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PROHIBIDO ENAMORARSE (#KISSME 1)

Elle Kennedy

5


Fragmento

1
HANNAH

Él no sabe que existo.

Por enésima vez en cuarenta y cinco minutos, miro de reojo a Justin Kohl. Es tan precioso que se me encoge la garganta. La verdad es que probablemente debería usar otro adjetivo; mis amigos chicos insisten en que a los hombres no les gusta que se les llame «preciosos».

Pero, madre de Dios, es que no hay otra forma de describir sus rasgos duros y sus expresivos ojos marrones. Hoy lleva una gorra de béisbol, pero sé lo que hay debajo: un pelo grueso y oscuro; al mirarlo se nota que es sedoso al tacto y te dan ganas de pasar los dedos a través de él.

En los cinco años que han pasado desde la violación, mi corazón ha latido solo por dos chicos.

El primero me dejó.

Este ni se da cuenta.

En el podio del auditorio, la profesora Tolbert enuncia lo que he llegado a llamar el «Discurso de Decepción». Es el tercero en seis semanas.

Sorpresa, sorpresa, el 70 por ciento de la clase ha sacado un 4,5 o menos en el examen parcial.

¿Y yo? Yo he sacado un 10. Y estaría mintiendo si dijera que el «10» enorme y en boli rojo metido en un círculo en la parte superior de mi examen no me ha pillado por sorpresa total. Todo lo que hice fue garabatear un rollo interminable de chorradas para intentar llenar los folios.

Supuestamente, Ética Filosófica estaba tirada. El profesor que solía dar la asignatura hacía exámenes estúpidos tipo test y un «examen» final que consistía en una redacción en la que había que desarrollar cómo reaccionarías ante un dilema moral dado.

Pero dos semanas antes del inicio del semestre, el profesor Lane se desplomó de un ataque al corazón y murió. Escuché que su señora de la limpieza lo encontró en el suelo del cuarto de baño; desnudo. Pobre hombre.

Por suerte —y sí, eso es sarcasmo absoluto—, Pamela Tolbert llegó para hacerse cargo de la clase de Lane. Es nueva en la Universidad Briar, de ese tipo de profe que quiere que conectes conceptos y que te involucres con el material. Si todo esto fuera una película, ella sería la típica profesora joven y ambiciosa que se presenta en la escuela de un barrio marginal de una ciudad, inspira a los estudiantes «chungos» y de repente todo el mundo suelta sus pistolas para coger lápices y en los créditos finales se anuncia cómo todos los chavales fueron admitidos en Harvard o alguna mierda parecida. Óscar a la mejor actriz inmediato para Hilary Swank.

Pero esto no es una película, y eso significa que lo único que Tolbert ha inspirado en sus estudiantes es odio. Y parece que de verdad no es capaz de entender por qué nadie sobresale en su clase.

He aquí una pista: porque sus preguntas son del tipo que uno podría incluir en una dichosa tesis de postgrado.

—Estoy dispuesta a poner un examen de recuperación para aquellos que hayan suspendido o hayan sacado un 6 o menos. —La nariz de Tolbert se arruga, como si no pudiera entender cómo algo así es necesario.

La palabra que acaba de utilizar… «¿dispuesta?» Ja. Sí, claro. He oído que un montón de estudiantes se han quejado a sus tutores por su actitud y sospecho que desde la dirección le están obligando a darnos a todos una segunda oportunidad. No deja en buen lugar a Briar que más de la mitad de los estudiantes de una clase cateen, sobre todo cuando no se trata solo de los vagos. A estudiantes con todo sobresalientes, como Nell, que está enfurruñada a mi lado, también se la ha cargado en el examen.

—Para aquellos de vosotros que elijan presentarse a la recuperación, se hará la media con las dos notas. Si lo hacéis peor la segunda vez, os mantendré la primera nota —concluye Tolbert.

—No puedo creer que hayas sacado un 10 —me susurra Nell.

Se la ve tan jorobada que siento una punzada de compasión. No es que Nell y yo seamos mejores amigas ni nada así, pero nos hemos sentado juntas desde septiembre, así que es razonable que nos hayamos llegado a conocer la una a la otra. Estudia Medicina y sé que viene de una familia académicamente destacable que la castigará sin compasión si se entera de su nota en el examen parcial.

—Yo tampoco me lo puedo creer —le susurro—. En serio. Lee mis respuestas. Son divagaciones de cosas sin sentido.

—Ahora que lo dices, ¿puedo? —suena ansiosa—. Tengo curiosidad por ver lo que esta tirana considera material digno de un 10.

—Te lo escaneo y te lo envío esta noche —le prometo.

Un segundo después de que Tolbert nos despida, el auditorio retumba con ruidos en plan «larguémonos de aquí de una vez». Los portátiles se cierran de golpe, los cuadernos se deslizan en las mochilas y los estudiantes arrastran sus sillas.

Justin Kohl se queda de pie cerca de la puerta para hablar con alguien y mi mirada se queda fija en él como un misil. Es precioso.

¿He dicho ya lo precioso que es?

Las palmas de mis manos empiezan a sudar mientras observo su hermoso perfil. Es nuevo en Briar este año, pero no estoy segura desde qué universidad pidió el traslado y, aunque no ha tardado en convertirse en el receptor estrella del equipo de fútbol americano, no es como los otros deportistas de esta uni. No va pavoneándose por el patio con una de esas sonrisas tipo «soy el regalo de Dios a este mundo», ni aparece con una chica nueva colgada del brazo cada día. Le he visto reír y bromear con sus compañeros de equipo, pero emana una intensa energía de inteligencia que me hace pensar que hay una profundidad oculta en él. Esta cuestión me hace estar aún más desesperada por conocerlo.

Normalmente no me fijo en los deportistas universitarios, pero algo acerca de este en particular me ha convertido en la tonta sentimental más grande del universo.

—Estás mirándole otra vez.

La voz burlona de Nell genera rubor en mis mejillas. Me ha sorprendido babeando por Justin en más de una ocasión, y es una de las pocas personas a las que les he admitido que me mola.

Mi compañera de cuarto, Allie, también lo sabe, pero ¿mis otros amigos? Ni de coña. La mayoría de ellos estudian Música o Arte Dramático, así que supongo que eso nos convierte en la pandilla artística. O algo así. Aparte de Allie, que ha tenido una relación intermitente con un chico de una de las fraternidades de aquí desde el primer año, a mis amigas les flipa despedazar a la élite de Briar. Normalmente no me sumo a esos cotilleos —me gusta pensar que estoy por encima de tanto chisme— pero… seamos sinceros: la mayoría de los chicos populares son unos gilipollas integrales.

Es el caso de Garrett Graham, la otra estrella del deporte en la clase. El tío camina por ahí como si fuese el dueño del lugar. Bueno, la verdad es que más o menos lo es. Todo lo que tiene que hacer es chasquear los dedos para que una chica ansiosa aparezca a su lado. O salte en su regazo. O le meta la lengua hasta la garganta.

Sin embargo, hoy no parece el «Tío Guay» del Campus. Casi todo el mundo se ha marchado ya, incluyendo a Tolbert, pero Garrett permanece en su asiento, con sus puños cerrados con fuerza agarrando los bordes de los folios del examen.

Supongo que también habrá suspendido, pero no siento mucha compasión por el chaval. La Universidad Briar es conocida por dos cosas: el hockey y el fútbol americano, algo que no sorprende mucho teniendo en cuenta que Massachusetts es el hogar de los Patriots y los Bruins. Los deportistas que juegan en Briar casi siempre terminan en equipos profesionales, y durante sus años aquí reciben todo en bandeja de plata, incluidas las notas.

Así que sí, es posible que esto me haga parecer un pelín vengativa, pero me da cierta sensación de triunfo saber que Tolbert ha suspendido al capitán de nuestro equipo de hockey y campeón de liga junto con todos los demás.

—¿Quieres tomar algo en el Coffee Hut? —me pregunta Nell mientras recoge sus libros.

—No puedo. Tengo ensayo en veinte minutos. —Me levanto, pero no la sigo hasta la puerta—. Adelántate tú, tengo que revisar el horario antes de irme. No me acuerdo de cuándo es mi próxima tutoría.

Otra «ventaja» de estar en la clase de Tolbert es que, además de nuestra clase semanal, estamos obligados a asistir a dos tutorías de media hora a la semana. Lo bueno es que Dana, la profesora asistente, es la que se encarga del tema y tiene todas las cualidades de las que Tolbert carece. Como, por ejemplo, sentido del humor.

—Vale —dice Nell—. Te veo luego.

—Ciao —digo tras ella.

Al oír el sonido de mi voz, Justin se detiene en la puerta y gira la cabeza.

Ay. Dios. Mío.

Es imposible detener el rubor que aflora en mis mejillas. Es la primera vez que hemos hecho contacto visual y yo no sé cómo reaccionar. ¿Digo «hola»? ¿Le saludo con la mano? ¿Sonrío?

Al final, me decido por un pequeño saludo con la cabeza. Ahí va. Rollo guay y casual, digno de una sofisticada alumna de tercero de carrera.

Mi corazón da un vuelco cuando un lado de su boca se eleva en una débil sonrisa. Me devuelve el saludo con la cabeza y se va.

Me quedo mirando la puerta vacía. Mi pulso se lanza a galopar porque, joder, tras seis semanas respirando el mismo aire en este agobiante auditorio, por fin se ha dado cuenta de mi presencia.

Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para ir tras él. Quizá invitarle a un café. O a cenar. O a un brunch… Espera, ¿la gente de nuestra edad queda para tomarse un brunch?

Pero mis pies se quedan pegados al suelo de linóleo brillante.

Porque soy una cobarde. Sí, una cobarde total, una gallina de mierda. Me horroriza pensar que es posible que diga que no, pero me horroriza aún más que diga que sí.

Cuando empecé en la universidad, yo estaba bien. Mis asuntos, sólidamente superados, mi guardia, baja. Estaba preparada para salir con chicos otra vez,

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