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PROHIBIDO HABLAR DE SEXO. CONFESIONES DE UN ADOLESCENTE

Daniel Handler  

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Fragmento

 

 

 

 

A ver cómo lo explico. Este es el tiempo que dedico a pensar en el sexo: traza una gráfica donde cero signifique que nunca piensas en sexo y diez que no tienes otra cosa en la cabeza, y mientras dibujas la línea yo ya estoy pensando en sexo. Una chica cualquiera me roza en el pasillo del instituto y pienso en sexo, en cómo huele mientras subo detrás de ella por la fea escalera, tratando de controlarme, con el cuerpo agitado igual que una ardilla encerrada en una lata. Aparearme con ellas, aprisionar sus cuerpos de la cabeza a los pies debajo de una manta con luz suficiente para ver el placer de lo que hacemos. Macerado en ello, en la tensión y las ganas de estar dentro de toda ella. Es una historia que se me repite una y otra vez, la de mi chisporroteante deseo en este mundo iluminado solo por las chicas que podrían besarme, igual que una flor, que un atrapamoscas, el delicioso sexo del que disfrutaríamos si no estuviéramos en esta estúpida maratón para ir a clase. Genial. Toca Cálculo. Eso lo solucionará todo.

 

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Despertarme por la mañana, amargado por el mal tiempo. Un día entero de clase como único panorama, como una pared contra la que darme cabezazos. Piensa en las chicas, me digo, como si fueran galletas en el horno, para obligarme a salir de la cama. Piensa en lo guapas que son. ¿No quieres verlas, Cole? Vamos, lávate los dientes.

 

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Por entre un desgarrón de los vaqueros de una chica le veo pelusa rubia en una rodilla. Pero al día siguiente la tiene suave y sin pelo. Desnuda, depilándose las piernas. Porque para depilarse se desnudan, ¿verdad? Lleva vaqueros, pero en mi imaginación está desnuda. La cuchilla que sube por sus piernas. ¿Cómo no voy a sacar malas notas?

 

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A ver cómo lo explico. Digamos que tienes un brazo. Digamos que el brazo de pronto crece y se pone rígido y sobresale de una manera de lo más antiestética, y que relajarlo es una gozada.

No me digas que no lo pensarías, que no te preguntarías si no sería tan disparatado pedir a alguien que dedicara un minuto a arreglarte ese brazo.

 

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Miro a mi alrededor en la cafetería e imagino que nos hacen formar una fila en orden descendente, con la persona que ha tenido un orgasmo hace menos tiempo la primera y la que lo ha tenido hace más tiempo, la última. Ahora formemos otra fila, empezando por el más feliz y terminando con esa chica de la sudadera chillona que llora, agarrotada y sola. ¿A que sería la misma fila?

 

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Me gustaría poder explicar que para mí estas cosas son seducir, aunque sé que no es así. Que me revuelvas e

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