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PROMETí DESTRUIRTE, AMOR (LOS PELIGROS DE ENAMORARSE DE UN LIBERTINO 1)

Raquel Mingo  

5


Fragmento

PRÓLOGO

Hace rato que la brisa se llevó las horquillas de su cabello, ahora lo tiene suelto hasta las caderas, y el viento parece reírse al jugar con cada hebra.

Pero la muchacha no lo nota, está abstraída en sus pensamientos. Acaba de decidir su futuro y no le agrada lo que ve en él.

Conoce su destino, el final del camino que cada uno debe encontrar, si no lo decidieron por ti aun antes de existir.

Ella nació para disponer de la vida de miles de seres humanos con sabiduría y con bondad. Al menos así se suponía que tendría que ser, piensa con algo muy parecido a la desesperación royéndole las entrañas al recordar el motivo por el que se encuentra allí, a punto de abandonar todo lo que le importa y le es querido.

Durante un instante, la muchacha deja de mirar el horizonte que tantos recuerdos le trae para centrarla en sí misma: sus zapatos, su vestido, sus manos temblorosas. Y por primera vez siente vergüenza de sí misma, porque de repente comprende que no representa la prístina institución que ella creía, símbolo inquebrantable de equidad y de justicia. En su mundo todo está profanado por la corrupción, la perversidad y la muerte.

Poco a poco sale de su letargo, observa por última vez cada centímetro del lugar que se halla a sus pies, donde nació y donde ha vivido toda su vida.

Es probable que no vuelva nunca más. Por ello, con esa última mirada tiene que recoger cada detalle para llevárselo consigo adónde quiera que vaya.

—¡Algún día volveré! —grita al vacío con los puños apretados. El eco reparte su juramento a cada rincón, mientras las lágrimas ruedan por el rostro de Kana de Trarr, por derecho, reina entre reyes y aunque no lo sabe todavía, mujer para amar.

Mientras le da la espalda al único mundo que ha conocido, un solo pensamiento ocupa su mente: regresar.

CAPÍTULO 1

La fiesta estaba en pleno apogeo. Después de más de una hora, todos los invitados se encontraban ya en el gran salón de la suntuosa mansión. Todos excepto el más importante, el objeto constante de las murmuraciones de la gente de bien: el príncipe Reskan Cetriar.

La única que parecía no divertirse era la deslumbrante mujer que se encontraba un tanto apartada de los demás, tan regia como una reina, con su copa de vino blanco sujeta con descuido entre sus dedos.

Su bellísimo rostro mostraba una clara expresión de hastío, aunque debía reconocerse que solo tras traspasar la barrera de su impresionante sonrisa, fabricada sin duda para subyugar y descolocar al más pintado, uno llegaba a darse cuenta de la inexpresividad de aquellos increíbles ojos.

El hombre que se mantenía oculto entre las sombras, con la esperanza de permanecer en el anonimato un poco más, seguía sin poder apartar la vista de ella. Sonrió con cinismo, la verdad era que la mujer, aún en su postura estática y sin abrir la boca, lograba atraer la atención de cualquiera, lo cual supuso que a pesar de todo era su intención, pensó mientras deslizaba la mirada por las curvas que el vestido de terciopelo rojo escarlata se esforzaba por realzar. Este tenía un gran escote que se curvaba hasta el borde de los hombros y que dejaba casi al descubierto sus voluminosos y erguidos pechos. Sus enaguas eran de la misma tela, aunque de un tono más oscuro, tirando a granate, con complicados y hermosos bordados, los mismos que lucía en el ajustado corpiño, tanto, que pensó que estallaría ante semejante esplendor. Era caro, bonito y llamativo. «Como su dueña», se dijo, ampliando la sonrisa, a la vez que la excitación de la conquista iba apoderándose de él.

Había observado que todos y cada uno de los hombres solteros de la fiesta se le habían acercado en algún momento, pero después de ser despedidos con cortesía aunque con cierto filo cortante, no habían vuelto a intentarlo. Y por supuesto aquello añadía un toque más de desafío al reto que intuía que significaría aquella joven.

«En cuanto consiga romper el hechizo que ha echado sobre mí, me acercaré y le haré el amor apasionadamente sobre el suelo, con todos los invitados mirándonos». Volvió a sonreír, «sin lugar a dudas es una bruja», y salió de entre las sombras.

Haliana se aburría. No era que la fiesta no fuese divertida, las celebraciones de Trea se destacaban por la cantidad de gente invitada, su alta clase social, la buena música y el esplendor de la comida, pero la verdad era que le parecían todas iguales y si algo había tenido ella en los últimos cuatro años eran festejos de ese tipo, tantos, como para que le durasen toda la vida.

En ese momento vio como la anfitriona se acercaba a su lado y dejó de divagar. Amplió tanto su sonrisa que pensó que se le resquebrajaría la cara y levantó la copa hacia ella.

—Haliana, no pareces divertirte.

—Al contrario, es una fiesta estupenda. ¿Quién no la disfrutaría?

—Imagino que tú. —Acusó en tono ofendido.

—Oh, no te enfades —pidió, cogiéndole las manos—. Es solo que estoy un poco cansada de esta monotonía. —Señaló el salón y a sus ocupantes.

—Yo estoy contenta con ello, pero entiendo que tú eres diferente. No, no me interrumpas, siempre lo he sabido. Necesitas otras cosas aparte de ir de compras y a reuniones sociales, por muy suntuosas que sean estas. —Se calló durante un momento, mirándola con aire pensativo y después añadió—. Tal vez necesites un hombre.

—¡Trea, cómo puedes decir algo semejante!

—Oh, no te escandalices de ese modo. Sabes lo que pienso acerca de tu virginidad. Una puede divertirse un poco con un hombre guapo hasta que encuentre a otro merecedor de su mano. Y con tu fortuna no te faltarán pretendientes, incluso sin el detallito de tu falta de virtud…

— Y tú conoces mi opinión sobre las relaciones extramatrimoniales.

—Sí, pero si tan solo cambiases un poquito sobre ese punto...

—Ni hablar, y ya no quiero discutir más este tema. Eres libertina y lujuriosa.

—Querida... —En ese momento se hizo un gran silencio y después se escuchó un murmullo de gente que hablaba al mismo tiempo. Al mirar hacia donde provenían las voces, descubrieron que alguien era rodeado por un numeroso grupo de personas—. Así que ya ha llegado mi invitado... —Volvía a tener ese aire pensativo que Haliana conocía tan bien de su amiga y tembló por dentro. Cuando se ponía a maquinar algo más que comprar vestidos o hacer fiestas era temible—. Tal vez yo haya encontrado a tu hombre —le susurró al oído antes de alejarse para recibir al recién llegado.

Haliana permaneció donde estaba, preguntándose cómo salir del lío en que su anfitriona iba a meterla en los próximos minutos. ¡Como si no la conociera!

Durante la última hora y media, nadie había dejado de cuchichear y preguntar cuándo llegaría el invitado de honor. Desde el lugar en el que se encontraba, alejada un tanto de los demás y creyéndola ensimismada en sus pensamientos, habían soltado sus lenguas para criticar o alabar, según el caso.

—[...] dicen que no hay mujer que se le resista...

—[...] es un hombre poderoso y con mucho dinero...

—[...] su padre no durará mucho y él heredará el trono...

—[...] sí, es un buen partido, tendré que presentarle a mis tres hijas doncellas y si ninguna de ellas le gusta, aún tengo dos casadas...

Sí, era un príncipe, el príncipe Reskan... no recordaba el apellido.

Los más maliciosos decían que su padre, el rey, había decidido abdicar en favor de su único hijo varón y si eso era cierto, pronto heredaría un gran y lucrativo reino. No le extrañaban, entonces, los comentarios perversos y ruines de los demás invitados. Sonrió con amargura, qué no darían los ricos por ser más ricos aún.

Eso era algo que no impresionaba en lo más mínimo a la muchacha, al contrario que al parecer, a cualquiera de las doscientas personas que se encontraban en la sala.

Suspiró mientras observaba a Trea dirigirse hacia ella como un barco mercante, cogida del brazo del príncipe, con su típica expresión de intrigante que le recordaba a un gato relamiéndose de placer anticipado. Y mientras la pareja se acercaba se dispuso a examinar a conciencia al invitado.

Reconoció que era un hombre guapísimo, de un metro noventa de estatura, hombros muy anchos, cintura estrecha y piernas recias. Tenía el pelo más largo de lo que la moda aconsejaba, pero de un tacto suave como la seda, imaginó ella. Lo calificó de rubio ceniza, aunque muchos de sus mechones eran tan claros como el trigo. Sus manos se veían fuertes, lo notó mientras gesticulaba con ellas al hablar con su amiga; grandes y hábiles. Durante un instante se las imaginó acariciando su cuerpo despacio y con gran pericia, haciéndola gritar con el dulce sufrimiento que provocaba el placer.

En ese momento, sus ojos se encontraron y supo que ese hombre podría hacerla sentir lo mismo con una sola de sus miradas. Sí, poseía una mirada poderosa, penetrante hasta la turbación más absoluta. Sus ojos eran azules grisáceos, como el cielo limpio de un día de verano. Su nariz agraciada y la mandíbula firme como solo la de un hombre tenaz y terco podía serlo.

Una leve sonrisa curvó los labios femeninos, no era justo juzgarlo sin conocerlo, pero no le simpatizaba en absoluto.

Entonces se fijó en sus finas y elegantes ropas, pero lo que más llamó su atención fueron los abultados músculos de pecho, brazos y muslos que se dibujaban con total claridad a través de su traje.

«La verdad es que el hombre es endiabladamente atractivo, un ejemplar digno de una buena cópula, como diría Trea», pensó y tuvo que tragarse las ganas de soltar una carcajada.

Reskan no prestaba atención a lo que su anfitriona le decía, aunque procuraba disimularlo para no ofenderla.

Se consideraba un hombre de emociones controladas, pero se encontraba con los sentimientos de un muchacho que no sabía dominar su ansiedad.

En todo momento fue consciente del escrutinio de la joven y él, un hombre que desde los dieciocho años había estado siempre seguro de su atractivo físico, se preguntaba angustiado si habría salido victorioso del exhaustivo examen.

A medida que se acercaba a ella, el mundo fue diluyéndose poco a poco hasta que solo quedaron ellos dos.

Observó sin disimulo esos pechos altos y firmes, tan generosos. Su cintura de avispa, las caderas redondeadas y las largas piernas, como a él le gustaba que fueran. Claro, que debían serlo, pues calculó que mediría alrededor de metro setenta y cinco. Sonrió, ya que era más alta que algunos de los invitados varones de la fiesta, ni qué decir de las mujeres, pero era perfecta para él, en todos los sentidos.

Suspiró para sí, un modelo sin fin de curvas peligrosas.

Despacio, pasó de su cuerpo a su cara y entonces fue cuando creyó que se encontraba en el cielo. Era una hembra hermosa hasta decir basta, con esa deslumbrante mata de pelo negro azabache que le envolvía las caderas de manera tan sugestiva y que con toda seguridad habría sido criticada por todos los asistentes, ya que la etiqueta permitía tan solo que fuese recogida.

La combinación de pelo negro y ojos de un violeta tan intenso era sobrecogedora, además de muy extraña. Estaba seguro de que la mujer no era de ese país, a decir verdad, solo había visto esa mezcla en un lejano reino en el que una vez fue bienvenido y, para ser más exacto, a una niña maravillosa a la que idolatró cuando era muy joven. Sus ojos se nublaron y apretó la mandíbula con rencor. La vena de su cuello comenzó a palpitar de un modo peligroso.

Pero para cuando se encontró frente a la visión de pestañas largas y labios carnosos y sensuales su expresión era de total cortesía.

—Halia, creo que en toda la fiesta eres la única que aún no ha conocido al príncipe.

—No he tenido ese placer —murmuró entre dientes al tiempo que le dedicaba una de sus mejores sonrisas.

—Bien, ahora lo tienes —contestó la otra complacida—. Res —le dijo, aún cogida de su brazo—, ella es lady Haliana Antal Quiveska.

—Encantado de conocerla. —Le besó la mano con galanteo.

—Lo mismo digo —contestó siguiendo el protocolo.

—Bien, yo... he de ir a revisar unos detalles. Si me disculpáis... —Y sin esperar respuesta se marchó. Haliana pensó que no había sido una excusa muy elaborada y que, gracias a la buena voluntad de su amiga, ahora tendría que entretener al invitado de honor hasta que ella regresase.

—¿Quiere bailar, lady Haliana? —Se le ocurrió que si lo hacía no debería hablar con él y tal vez, cuando terminase la pieza habría llegado alguien para socorrerla.

—Será un placer. —Con lo que la muchacha no contaba era con lo que sentiría al estar en sus brazos tanto tiempo. Las sensaciones que recorrían su cuerpo, destruyendo cualquier recelo que pudiese albergar hacia el príncipe, la dejaron sin aliento. «¿Cómo será que un hombre como este te tumbe en el suelo y te posea con salvaje abandono?».

—¿Cómo dice?

—¿Uhmm?

—Creí que me estaba hablando, pero lo dijo tan bajo que no logré escucharla. —Y ella dio gracias por ello.

—Oh, pensaba en voz alta —aclaró, aliviada en gran medida porque no tuviese un oído demasiado fino.

—¿Lo hace muy a menudo?

—¿Hacer qué? —El hombre sonrió, aceptando con estilo la aparente falta de interés femenino sobre su persona.

—Creo que no le entretiene mi compañía, ¿no es cierto?

—Disculpe, estoy algo distraída —«Llenando mi mente de imágenes íntimas entre los dos»—. ¿Qué le parece la velada?

—Aburrida, como todas.

—¿Por qué viene, entonces?

—Forma parte del protocolo. Además, Trea es una buena amiga mía y, si he de ser sincero, ya estaba un poco enfadada porque he rechazado muchas de sus invitaciones.

—¿Y eso le preocupa?

—No la entiendo.

—El hecho de que una mujer esté enojada con usted por algo tan trivial como no asistir a una de sus fiestas.

—Sí, cuando aprecio de verdad a la dama en cuestión.

—¿Sabe que Trea está casada? —preguntó con cierta dureza en la voz, matiz que por supuesto no le pasó desapercibido a aquel consumado seductor.

—Desde luego, aunque debo reconocerle que eso no afectaría en nada mi decisión de seducirla, que no es el caso. Por otro lado, he encontrado de manera inesperada a una dama que ha acaparado toda mi atención. —Su mirada se posó en sus labios, en sus senos y por último regresó hasta sus ojos, de manera que sus intenciones quedaron muy claras. «Por supuesto, ya veo tus manos por debajo de mi falda». Pero ese semental arrogante y bravucón iba listo si pensaba seguir ese camino con ella. Petimetres más listos que él lo habían intentado y fracasado de forma estrepitosa—. ¿De dónde es, Haliana?

—¿Disculpe? —inquirió, ocultando el nerviosismo que siempre se apoderaba de ella ante esa pregunta.

—Sus rasgos no pert

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