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QUé VAS A HACER CON EL RESTO DE TU VIDA

Laura Ferrero

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Fragmento

1

Hay un hombre aquí, fuera de esta casa que da a la playa de La Xanga. Mira el mar. Yo juraría que no es el mismo que he visto antes de acostarme todas las noches de mi infancia. No porque el agua haya adquirido otra tonalidad ni porque el rumor de las olas sea más fuerte. Todo permanece intacto. Sin embargo, ya no refleja a la niña que se detenía al final del espigón. Ni tampoco a mi hermano, el niño que siempre tenía miedo. Miedo a nadar, a las medusas, al frío del agua y a los monstruos que podían aparecer de improviso en las profundidades.

El mar es el mismo, pero nosotros hemos cambiado.

El hombre vigila a un niño que no tiene miedo y que lanza piedras y guijarros pequeños que ha ido recolectando en la playa. Cuando las piedras se hunden en el agua grita contento: ¡Mira, papá!

La casa que tengo a mis espaldas ya no es nuestra. Desde donde estoy escucho a dos niñas que hablan en un idioma que no comprendo. Son danesas, y juegan en el mismo jardín en el que lo hicimos nosotros. Pero nosotros nos hemos ido de esta casa, de la playa, de la isla. Estamos cada uno en otro sitio. Vendimos la casa y los nuevos dueños volvieron a pintar de blanco las paredes y le cambiaron el nombre. Ahora se llama como un viento: Mistral.

Hace un rato, el niño que no tiene miedo ha querido ver una torre abandonada. Ha preguntado si ahí vivían piratas y le he dicho que ya no. ¿Y antes de que naciera yo? Sí, antes de que nacieras tú sí. ¿Y antes de que naciera mi abuelo? Sí, antes de que naciera tu abuelo también.

Me resulta extraño, ahora, pensar en esta casa y en esta isla. Pensar en la cajita roja que llevo en el bolso. En su cierre de rosca. En lo que cabe dentro.

Recorro el pequeño espigón y me detengo al final. Abro la caja, vuelco el contenido, la vuelvo a guardar en el bolso.

Me quedo unos instantes ahí, de pie. Sin saber muy bien dónde empieza el horizonte y dónde termina el mar.

Regreso a la orilla, y el hombre que mira el mar vuelve la mirada hacia mí y me adivina.

—Está bien. Es hora de irse.

El niño que no tiene miedo me pregunta si creo que quedan restos de alguna espada enterrados en la playa y me da la mano.

2

Mi padre creía que Groenlandia no era una isla.

A lo largo de su vida como geólogo había sostenido algunas teorías extravagantes con respecto a las islas. La mayoría están en el mítico Todo es una isla, un libro que continúa siendo una referencia para el Consejo Científico Internacional para el Desarrollo de las Islas. Su tesis principal ponía en tela de juicio la certeza de que Australia, por ser el continente de Oceanía y el sustento de todos esos atolones de islas minúsculas, no fuera una isla, y que, sin embargo, el vasto territorio de Groenlandia sí lo fuera. Sus detractores argumentaron que de darle semejante estatuto a Groenlandia se abrirían cientos de debates. ¿Por qué no Madagascar? ¿Y la Antártida?

¿Dónde estaban los límites, y cuáles eran?

La disputa acerca de lo que era o no una isla duró muchos años y hoy sigue siendo un debate irresuelto. Sospecho que, aunque el tiempo le quitara la razón, mi padre nunca dejó de creer que el mundo se equivocaba. Y que tras esa discusión, a mi juicio inútil e infructuosa, había otra cuestión un poco más compleja. Algo sobre lo que mi padre nunca escribió pero que definió su vida: la materialidad de los límites. La línea que marca la diferencia entre lo que es y lo que no. Entre una isla y un continente. El horizonte y el mar. Lo que era una familia y lo que dejaba de serlo.

Nosotros éramos una familia compuesta por cuatro islas encerrada dentro de otra isla: Ibiza.

Aunque algunos dicen que Ibiza es una isla y otros, un invento, un acto de la imaginación.

—Ebesos, Ibosim, Ebusus, Yebisah, Eivissa, Ibiza —nos hacía repetir mi padre cuando éramos pequeños, con la ingenua ilusión de que nombrar es poseer. Aunque eso es algo que no aprendimos de niños sino más tarde, cuando entendimos que mi padre hubiera querido haber llegado a Ibiza en los años treinta, en el mismo barco que Walter Benjamin. Sin embargo, llegó con cincuenta años de retraso y lo hizo como veraneante. Como turista.

«Haber llegado antes», le repetía mi madre. Ninguno de los dos entendía que, en la vida, la gente y las cosas llegan cuando tienen que llegar.

Mi padre se estableció en Ibiza en 1982, el año que se casó con mi madre. Inevitablemente, mientras escribo estas líneas, me viene esa frase a la cabeza: «Haber llegado antes». Y se marchó en mayo de 2015, un año después de que ocurriera todo aquello.

«Laura, no digas todo aquello», me advirtieron. No sirve para nada.

Durante aquellas tres décadas, su isla, su pequeña porción de tierra, había cambiado ensanchándose hacia otros horizontes. Había invertido los mejores años de su vida en amar profundamente, hasta las últimas consecuencias, dos cosas: su isla, Ibiza, y a su mujer, mi madre. Uno puede argumentar que es absurdo amar algo que, dada su naturaleza, es incapaz de devolver el amor. Pero eso solo serviría para Ibiza.

Después estaba mi madre, alguien que se le parecía: era de carne y hueso, respiraba, escuchaba a la francesa Barbara cantar aquel Le mal de vivre, y le gustaba andar descalza por la casa. También tenía un corazón.

Él las perdió a las dos. Aunque uno solo pierde aquello que ha sido suyo.

Nos habíamos ido marchando todos de Ibiza y el último año solo quedábamos él, yo y aquella casa que vaciamos en una semana. Queríamos irnos. De repente, los dos teníamos prisa por hacerlo. En el salón solo quedaron cajas y muebles viejos que no habíamos vendido ni tirado a la basura. Muebles que significaban. También había dos objetos que habían sobrevivido a la quema de los años, incluso a la de las cajas. Uno era una fotografía en blanco y negro con un marco de cristal. Era de Francesc Català-Roca, de 1950, y en ella veíamos a un niño pequeño, de tres o cuatro años, sentado dentro de una vieja casa payesa. El niño estaba en el centro de un amplio porxo con columnas y arcos. La luz se filtraba en el interior, iluminándolo. Era verano en la fotografía y había quietud, cierta sensación de soledad. De una de las vigas colgaba una jaula con un pájaro y yo, de niña, me quedaba hipnotizada mirándolo, como si en algún momento alguien pudiera abrir la jaula y liberarlo.

El otro superviviente era ese mapamundi inmenso y desactualizado que había estado durante los años de nuestra infancia en su despacho, pero que luego, cuando mi padre descolgó los cuadros pintados por mi madre —«no sirven para nada, solo ocupan espacio»—, había sido destinado a cubrir espacios blancos. Una tirita, un apósito, eso era aquel mapa. En él, el gigante de la URSS se mantendría en pie por los siglos de los siglos y Alemania tendría eternamente una capital compuesta: Berlín-Bonn.

Porque mi padre era también un amante de los mapas, sobre todo de esas líneas misteriosamente aleatorias que separan un país de otro. Gracias al mapamundi, nos convertimos en viajeros sin movernos del sillón. Un mapa es un tesoro inagotable de nombres, formas y lugares. De promesas. Nosotros nos sentábamos frente a él y, como aquellos viajeros que volvían siempre a los mismos sitios para observar una misma puesta de sol y captar un nuevo detalle inadvertido en anteriores ocasiones, buscábamos nuevos detalles en aquella superficie gigantesca. Calculábamos distancias, imaginábamos qué cabría en las extensiones vacías de la Antártida o en el interior de Australia. «¿Cuántas Ibizas caben dentro de China, papá?»

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