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QUERERTE ASí (SEGUNDAS OPORTUNIDADES 4)

Bela Marbel  

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Fragmento

Capítulo 1

LA LOBA CELTA

Ahí estaba él, entrando en el bar como si fuera su propia casa. En parte lo era; había pagado el local. Igual de alto y de intimidante que cuando lo conoció, si acaso, las arrugas que adornaban las esquinas de sus ojos azules lo convertían en alguien más peligroso. Esos mismos ojos azules e intensos que se clavaron en su alma hacía ya tantos años, y que le impedían marcharse y olvidarse definitivamente de él. Odiaba y amaba a partes iguales la forma en la que todo desaparecía a su alrededor cuando la miraba, era como si la absorbiera el centro de un tornado.

Pensaba que con el tiempo sería más fácil resistirse a la atracción física que ejercía sobre ella, ese hombre al que había conocido como a sí misma y que, en ese momento, le parecía un completo extraño. Por alguna razón, le resultaba imposible dejar de amarlo.

Lo vio acercarse hasta la barra y hacer una señal a los gorilas que habitualmente le dejaba en el bar «para cuidarla», decía él. Sí, era raro, pero es que, para Jeremy, ella seguía siendo su esposa, ella lo sabía, se lo había oído decir infinidad de veces. Su amiga Nat le había dicho que era retorcido e incluso enfermizo, algo con lo que debería terminar. La verdad era que le venía bien la seguridad y le gustaba mantener ese lazo de unión. Sabía que de ese modo no avanzaría nunca, tal y como le recordaban Nat y Doble M, pero, a pesar de que habían pasado varios años desde que decidió separarse de él, aún no estaba preparada para dejarlo marchar.

Los gorilas comenzaron a decir a la gente que era hora de cerrar, ella miró el reloj en la pared, eran casi las doce de la noche, hora a la que terminaba entre semana. Devolvió la vista al vaso que estaba repasando con un trapo, intentando aislarse de lo que sucedía a su alrededor.

—Loba —Jeremy pronunció su apodo indio, sentándose en el taburete que quedaba frente a ella.

—Como habrás notado, estoy cerrando. Deberías irte —le recriminó Roxie.

—Tenemos que hablar —exigió él.

—No, te equivocas, no tenemos nada de lo que hablar. —Se giró para dejar el vaso en la estantería.

—Si no quieres hablar, no hablaremos.

No sabía por qué, pero algo en la voz de Kawosa la hizo detenerse. Había sonado a amenaza.

Escuchó un sonido y, antes de poder darse la vuelta, lo sintió pegado a su espalda. Su ancha mano le cubría el estómago pegándola a él por completo. El conocido aliento cálido que emanaba de su boca le rozaba la oreja haciendo que su piel se tornara hipersensible. Se permitió cerrar los ojos por un instante, disfrutar de la conocida fuerza de su abrazo, y fue un error. Jeremy le agarró la mandíbula con la otra mano y movió su rostro hasta encontrar los labios. Los mordió, succionó y lamió, dejándola aturdida. La giró entre sus brazos y la subió a la barra, se coló entre sus piernas sin dejar de besarla y tocarla.

Así era él, lo ocupaba todo siempre, la devoraba por dentro y por fuera, hacía crecer el fuego en ella y la llevaba hasta el borde de sus fuerzas, deseando más y más, permitiéndole apoderarse por completo de su voluntad.

—Esta vez será diferente —le advirtió.

—No, no lo será, lo haremos y te marcharás a tu vida hipócrita. —Roxie le sacó la camisa de los pantalones, mientras le advertía con la mirada que nada había cambiado.

—Me va a encantar mostrarte lo equivocada que estás —le aseguró él a la vez que la alzaba cogiéndola con un brazo por la cintura.

—Jefes —les interrumpió uno de los de seguridad—, nos vamos, dejaremos cerrada la puerta principal.

Jeremy gruñó en respuesta y llevó a Roxie hasta la mesa de billar, una vez la tuvo tumbada le arrancó los pantalones de piel. Posó su mano sobre la delicada tela de encaje que cubría su pubis y coló dentro sus dedos por el lateral.

La caricia la hizo derretirse casi literalmente, se impregnó con los fluidos de la excitación y él los repartió por toda la zona. Le quitó las braguitas con delicadeza y se las metió en el bolsillo. Le subió los pies a la madera que bordeaba la mesa y se arrodilló ante ella.

Su lengua hizo el mismo recorrido que habían hecho antes sus dedos, lamió con hambre y la hizo sentir como solo él sabía. Le agarró las caderas con fuerza, obligándola a mantenerse quieta ante la invasión de su pérfida lengua. Clavó los dedos proporcionándole una sensación entre el dolor y el placer que la hacía evadirse por completo.

Sentía un vacío enorme en su interior, necesitaba que él lo llenara, seguía notando cómo la inmovilizaba y apretó más fuerte hasta que consiguió elevar las nalgas, él abrió por completo la boca y la succionó con fuerza, term

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