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QUIRKE EN SAN SEBASTIáN (QUIRKE 8)

Benjamin Black  

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Fragmento

1

A Terry Tice le gustaba matar a gente. Así de sencillo. Tal vez decir que le gustaba no sea lo más correcto. Hoy día le pagaban por eso, y le pagaban bien. Pero en realidad el motivo nunca era el dinero. Entonces ¿qué? Le había dado muchas vueltas al asunto, en distintos momentos a lo largo de los años. No estaba chiflado, y no era nada sexual, y tampoco es que fuese un enfermo; no era ningún psicópata.

La mejor respuesta que se le ocurría era que lo hacía para poner orden, para dejar las cosas en su sitio. Le contrataban para matar a personas que se habían metido donde no debían y había que quitarlas de en medio para que el negocio pudiera seguir adelante sin problemas. O eso o estaban de más, y esa era una razón igual de buena para librarse de ellas.

Ni que decir tiene, él no tenía nada personal contra ninguno de sus objetivos —que es como prefería pensar en ellos, pues «víctimas» sonaba como si él fuese el culpable—, excepto en la medida en que eran un estorbo. Sí, se sentía verdaderamente complacido al dejar las cosas pulcras y en orden de revista.

En orden de revista, eso era. Al fin y al cabo, había pasado una temporada en la Armada Británica al final de la guerra. Era demasiado joven para alistarse, pero había mentido respecto a su edad y lo habían aceptado, y había «entrado en combate» —como les gustaba decir a los jefazos de voz meliflua— cazando submarinos alemanes en el Atlántico Norte. En todo caso, la vida en el mar era aburrida, el aburrimiento era una de las cosas que Terry no soportaba. Además, se mareaba. Un marinero que se pasaba el día mareado, bonita cosa. Así que, en cuanto tuvo ocasión, pidió el traslado al ejército.

Sirvió unos meses en el norte de África, acodado en los wadis, espantando las moscas y disparando al tuntún contra el famoso Afrika Korps de Rommel cada vez que asomaba la cuadrada cabezota, mientras a lo lejos en el horizonte los tanques zumbaban como escarabajos y se escupían fuego día y noche. Después estuvo un tiempo en Birmania, donde tuvo ocasión de matar a un montón de esos tipos amarillos y lo pasó en grande una temporada.

En África había pescado una desagradable gonorrea —aunque, ¿acaso existía una gonorrea agradable?—, y en Birmania contrajo una malaria más desagradable aún. Si no era una cosa era la otra. En la vida siempre se pierde.

El final de la guerra fue una conmoción para el soldado Tice. En tiempo de paz no sabía qué hacer con su vida, y se dedicó a ir de aquí para allá por Londres, saltando de un trabajo a otro. No tenía familia, que él supiera —había crecido, o se había curtido, más bien, en un orfanato—, y había perdido el contacto con sus antiguos camaradas del desierto o las olas. De todos modos, tampoco eran muchos. Ninguno en realidad, para ser francos.

Por un tiempo probó suerte con las chicas, pero no tuvo éxito. La mayoría con las que se juntaba resultaban ser profesionales, debía de despedir un olor especial o algo así, porque había notado que las fulanas acudían a él como moscas a la miel. Por supuesto, iba en contra de sus principios pagar por eso, y además, en su opinión, eso tampoco era nada del otro mundo.

Hubo una que se le pegó y que no era una furcia. Era una pelirroja despampanante, medio respetable, que tenía un trabajo de oficina en la fábrica de coches Morris cerca de Oxford, aunque era cockney hasta la médula. Él no tenía coche, así que solo la veía si subía hasta allí en tren o algún fin de semana que otro que ella bajaba a Londres para divertirse en la gran ciudad.

Decía que se llamaba Sapphire. Oh-la-la! Una noche en el Dog and Bone le registró el bolso, por pura curiosidad, mientras ella estaba empolvándose la nariz, y encontró una vieja cartilla de racionamiento y descubrió que su verdadero nombre era Doris, Doris Huggett, de un barrio de mala muerte del East End. Esa misma noche reparó, al verlo de cerca, en que su pelo era teñido. Tendría que haberse dado cuenta, era muy llamativo, con ese falso brillo metálico, como el de la curva del guardabarros de un Morris Oxford nuevecito.

Doris-alias-Sapphire no le duró mucho más que las otras. En un bar del Soho en Nochevieja ella bebió un par de Babychams más de la cuenta y le dio la espalda, desternillándose de risa por algo que él había dicho. A él no le pareció que tuviese nada de gracioso. Aun borracha como iba, la llevó al callejón de detrás del club y le dio un par de bofetadas para enseñarle buenos modales. A la mañana siguiente ella le telefoneó gritándole y le amenazó con denunciarle por asalto y agresión, pero todo se quedó en nada.

Eso era algo que no toleraba, que le faltaran al respeto o se burlasen de él. Acababa de juntarse con una pandilla del East End y habían dado algunos golpes provechosos y cosas por el estilo. No obstante, tuvo que dejarlo cuando acuchilló a uno de los tíos más jóvenes de la banda por burlarse de su acento irlandés; un acento irlandés, hay que añadir, que hasta entonces no sabía que tuviera.

Era hábil con el cuchillo y con las armas de fuego —al fin y al cabo había estado en el ejército—, y cuando hacía falta también era bastante ducho con los puños. Uno de los gemelos Kray, Ronnie, lo contrató un tiempo de matón, pero su corta estatura era una desventaja. Por eso le gustaba Birmania, a pesar del calor y de las fiebres y de todo lo demás: los tipos que le habían mandado matar eran de su misma talla o más bajos.

No era fácil ganarse la vida como civil, y estaba empezando a desesperar, no le importaba admitirlo, cuando Percy Antrobus llegó pavoneándose a su vida.

Percy era..., en fin, cuesta decir qué era Percy con exactitud. Corpulento, pálido, con caderas femeninas, bol

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