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RABOS DE LAGARTIJA

Juan Marsé  

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Fragmento

Chispa en el recuerdo

Venga, chaval. Desembucha.

Mis padres me engendraron hace muchos años, pero en este momento no tendré más de tres o cuatro meses. Todo está ocurriendo como en un sueño congelado en la placenta de la memoria, en un tiempo suspendido que engendró la caraba de mascaradas públicas e infortunios privados, atropellos y desventuras, calabozos y hierros.

—¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? —la voz intempestiva y ronca del hombre se abate de nuevo sobre mi hermano David, los dos enfrente de casa. Hace apenas media hora ha caído sobre el barrio una tormenta atronadora y sombría, y ahora, cuando la mañana vuelve a brillar esplendorosa y el aire y la luz se erizan acariciando la piel y los ojos, David se siente otra vez tan delicado y aparente que no le habría importado recibir el imperioso mandato de la autoridad vestido de Shirley Temple con sus tirabuzones rubios, sus hoyuelos en los mofletes y su vocecita de niña viciosilla:

—¿Mande?
—Digo que lo sueltes ya, si es que tienes algo que contarme sobre tu madre… —secretamente encelada, la voz se traba en su propia ronquera y su delirio, pero las palabras suenan sin acritud, en un tono tan poco apremiante e insidioso que, al oírlas, un chico menos maliciado que David Bartra habría tomado como un guiño que buscara su complicidad, y no como un desafío.

—¿Me está provocando, sahib?
—¿Qué es lo que sabes? —insiste el visitante—. Sea lo que sea, me interesa. Te escucho.

Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo ante mis ojos. El hombre sigue plantado frente a la puerta de casa con su trinchera gris plegada al hombro, golpea calmosamente el extremo del cigarrillo sobre la uña del pulgar, y espera. Pero David percibe la combustión interna del rostro apagado, y, antes incluso de recibir la orden, ha visto reflejada fugazmente en sus ojos líquidos y pesarosos la imagen femenina que le conturba; así que ahora guarda silencio, mirándose hacia adentro sin decir lo que también él está viendo, y por un instante, ambos, niño y policía, evocan a mamá esperando el tranvía en el mismo lugar y en idéntica postura, apoyada en la misma farola de la Travesera con el libro abierto en las manos, el mismo ardiente sol en los cabellos y la misma ensoñación en los ojos. Muy bella en su espera ensimismada, nuestra pelirroja no tiene la mirada ni el pensamiento puestos en la página del libro, sino en el humo azul del cigarrillo que sostiene entre los dedos, o tal vez más allá del humo, en algún repliegue funesto de la luz, un sombrajo de mal presagio que sólo ella percibe en medio de la radiante mañana de julio.

—¿Y?

Mientras confía en que mi hermano se decida a hablar, el inspector Galván ahueca la mano con parsimonia protegiendo la llama de un mechero que, medio oculto detrás de los dedos largos y nervudos, David intuye dorado y de superficie acanalada. Luego, el pitillo encendido en los labios, repite la orden con aparente indolencia y deja las manos yertas a la altura del ombligo, como prestas a sofocar alguna previsible punzada en el hígado o un puntual ardor de estómago. Vistas así, sumisas y pálidas, no parecen unas manos que hayan empuñado jamás una pistola, o que sean capaces de atizar puñetazos en los morros de alguien amarrado a una silla, aunque sí parece que tengan la presteza solícita y atenta como para haber sujetado a la pelirroja por la espalda tan oportunamente, evitando que cayera desfallecida sobre la acera. ¡Una mujer fumando en la vía pública!, gruñe con mirada severa un transeúnte, y el inspector le indica con la mano que se calme y circule, usted, circule. Pero no me engaña su rebuscada mansedumbre, piensa David: son las manos de un tipo sin entrañas, un pedazo de cabrón. Te vigilo, guripa, te tengo controlado, no sabes con quién te estás jugando los cuartos.

—¿A qué esperas?
—Primero enséñeme usted la placa.
—Me conoces. Soy la persona que atendió a tu madre cuando se cayó en la calle.

—¿En serio?
—Venga, no te hagas el listo.

Son las primeras escaramuzas de un funesto combate del que ambos saldrán maltrechos, y que en realidad no fue inicialmente concertado por ninguno de los dos, sino por una simple cartulina guardada en los archivos del rencor y la delación. Pero ésa es otra historia.

—Ah, sí —admite David—. La seguía usted tan de cerca que se dio de morros con ella. Por eso pudo cogerla por los sobacos antes de que cayera junto al bordillo. Vaya chamba, ¿verdad, usted?

—Me encontraba allí por un casual.
—Y una mierda.
—No me hagas perder el tiempo, muchacho. Me has parado para contarme algo importante de la señora Bartra. Adelante, te escucho.

—No sé si es importante. Pero sé que a usted le interesa… —A ver, de qué se trata. Venga.
—No me atosigue, oiga, que tengo un bosque de jilgueros metido en el oído… Pero bueno, le cuento. Resulta que mi madre ha sabido que papá estuvo remontando el río Nilo en compañía del teniente Harry Faversham, fue la semana pasada, iban los dos disfrazados de nativos de la tribu Shangali. Como usted ya debe saber, lo saben los polis de todo el mundo, los Shangali no pueden hablar, son mudos porque les cortaron la lengua por orden del Califa, y por eso llevan una marca de fuego en la frente. Bueno, pues con sus plumas blancas en la cartera y muertos de sed ahora mismo mi padre y el teniente Faversham ya deben estar cruzando el desierto para unirse al ejército angloegipcio del general Kitchener, que avanza imparable hacia Jartum…

—Ya vale, chico. Acabarás por hincharme las pelotas.
—Si no me cree, pues deténgame ahora mismo. —David junta los puños y baja la vista, pero sin dejar de vigilar las manos amodorradas del poli, hay que andarse con ojo—. ¡Ande, póngame las esposas!

En uno de los puños que se ofrecen burlones, el izquierdo, se retuerce el rabo cercenado de una lagartija. ¿Cuánta vida te queda, colín? Cinco minutos antes, el rabo serpenteaba sobre una piedra lisa al fondo del barranco y David lo contemplaba incrédulo y fascinado.

—Bueno, ¿qué me querías contar de tu madre? —insiste el inspector.

—Mire, ¿le digo la verdad? Yo sólo quería ver de cerca la jeta de un guripa —sonríe David, mientras rumía que la primera vez que la pelirroja sintió en la parada del tranvía el amago de una furtiva caricia en estas manos que la sujetaron por los sobacos, aquella primera vez que notó su aliento tabacoso en la nuca y sintió muy cerca esta boca dura y estos ojos fríos, naturalmente no podía saber que el fulano la seguía y ni siquiera sospechar que era un guripa—. Sólo quería eso, en serio, ver si pone cara de pipiolo cuando se traga una trola. ¿Le molesta, bwana?

El inspector le mira en silencio, moviendo la cabeza con aire conmiserativo.

—¿Cuánto va a durar la broma, mocoso? ¿No crees que ya va siendo hora de que espabiles un poco? Tendré que hablar seriamente con tu madre.

—Está durmiendo. Pero ya puede usted llamar al timbre, si quiere —desliza el rabo de lagartija en el bolsillo del pantalón y añade—: Alá nos proteja, sahib. Esta lagartija es venenosa. Yo me las piro.

—De modo que no tenías la menor intención de contarme nada, pillastre.

—No, señor. ¿Qué se había figurado? Lo único que quería es ganar tiempo, que mi madre pudiera dormir un poco más. Sólo un poco más.

Acaso no sería éste el primer encuentro ni el primer desafío, pero sé que tuvo lugar cerca de casa y a mediados del verano, probablemente unos días antes de aquella tarde en que había de caer otro fuerte chaparrón y David se presentó ante mamá llevando en brazos un perro de pelo negrísimo, flaco y sucio a más no poder, un chucho reviejo y más bien asquerosito.

—¡Virgen santa! —dice la pelirroja—, ¿de dónde vienes con este pobre animal? No pensarás quedártelo.

—Está enfermo y nadie lo quiere. Era del señor Augé y ahora es nuestro.

—¿Cómo que es nuestro?
—Te cuento. —David abraza al perro con entusiasmo, pensando lo que va a decir—. Ya sabes que al señor Augé lo fueron a buscar a su casa, y como el hombre vivía solo, y no sabía a quién dejárselo, le dijo a la portera que si yo iba por allí…

—¡Lo que nos faltaba! ¿Tú sabes el trabajo que nos va a dar? —se lamenta ella con la mano posada sobre la barriga, verificando tal vez mi enroscado sueño prenatal, protegiéndolo ante la proximidad piojosa de este despellejado saco de huesos.

Su mirada lastimera se cruza con la del perro, ciertamente muy viejo y casi ciego y matado de reuma, admite David, pero muy bueno y obediente, ya verás, madre, lo vas a querer mucho.

—Sí, para eso estoy.

Despatarrado en el suelo entre los pies de David, tembloroso, el chucho suelta un hondo y largo suspiro que va derivando en resoplido y que, en el tramo final, deviene ronquido para acabar finalmente en una especie de maullido.

—¿Lo oyes? —dice David—. El señor Augé decía que este perro, en otra vida, había sido un gato. Que tiene alma de gato.

—Lo que veo es que el pobre no puede con su alma, sea de gato o lo que sea.

—No hables tan alto que te puede oír. ¡Lo entiende todo! —¡Ay, hijo mío, qué poco conocimiento! —Mientras se afana frotando la pelambre del perro con una toalla, en la mirada con la

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