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RAMSéS EL MALDITO. LA PASIóN DE CLEOPATRA

Anne Rice   Christopher Rice  

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Fragmento

Proemio

En 1914, los periódicos se hicieron eco del espectacular hallazgo de un egiptólogo británico en una tumba aislada en las afueras de El Cairo: la momia real del más poderoso monarca de Egipto y, junto a su sarcófago pintado, una vasta colección de venenos antiguos y un diario en latín, escrito en tiempos de Cleopatra, que comprendía unos trece rollos de papiro.

Llamadme Ramsés el Maldito. Pues tal es el nombre que yo mismo me puse. Aunque antaño fui Ramsés el Grande del Alto y el Bajo Egipto, azote de los hititas, padre de muchos hijos e hijas, que gobernó Egipto durante sesenta y cuatro años. Mis monumentos siguen en pie: la estela que cuenta mis victorias, aunque mil años han transcurrido desde que me sacaron, como niño mortal, del útero de mi madre.

Ay, fatídico momento ahora enterrado en el tiempo, cuando de manos de una sacerdotisa hitita tomé el elixir maldito. A sus advertencias hice caso omiso. Ansiaba la inmortalidad. De modo que bebí la poción de la copa a rebosar...

... ¿Cómo soportar esta carga más tiempo? ¿Cómo seguir padeciendo esta soledad? Sin embargo, no puedo morir...

Así escribió un ser que sostenía haber vivido mil años, durmiendo a oscuras cuando los grandes reyes y reinas de su reino no lo necesitaban, siempre listo para ser resucitado y ofrecer sabiduría y consejo, hasta que la muerte de Cleopatra y la del propio Egipto lo condujeron a un descanso eterno.

¿Qué podía hacer el mundo con ese extraño relato, o con el hecho de que Lawrence Stratford, descubridor del misterio, muriera en la mismísima tumba en el momento de su mayor triunfo?

Julie Stratford, hija del gran egiptólogo y única heredera de la fortuna de la Stratford Shipping, llevó la controvertida momia a Londres, junto con los misteriosos rollos y venenos, para honrar el descubrimiento de su padre mediante una exposición privada en su casa de Mayfair. Al cabo de unos días, Henry, el primo de Julie, hizo unas frenéticas declaraciones explicando que la momia se había levantado de su sarcófago e intentado asesinarlo, y el chisme de la maldición de la momia dejó estupefactos a los londinenses. Antes de que los rumores acallaran, Julie apareció en público con un misterioso egipcio de ojos azules llamado Reginald Ramsey, y ambos viajaron de regreso al Cairo en compañía de sus queridos amigos Elliott, el conde de Rutherford; su joven hijo, Alex Savarell, y el afligido Henry.

Tuvieron lugar más acontecimientos chocantes.

Un cadáver sin identificar robado del Museo de El Cairo, truculentos asesinatos entre los tenderos europeos de la ciudad y el propio Ramsey buscado por la policía cairota, así como la desaparición de Henry. Finalmente, una tremenda explosión dejó a varios testigos perplejos y a Alex Savarell desesperado, llorando a una mujer anónima que había huido aterrorizada del Teatro de la Ópera de El Cairo y había llevado su automóvil hasta la vía por la que se aproximaba un tren.

Entre el caos y el misterio, Julie Stratford se erigió como la devota prometida del enigmático Reginald Ramsey, viajando por Europa con su amado mientras en Inglaterra la familia Savarell trataba de entender el exilio del duque de Rutherford y la aflicción de su hijo Alex por la trágica pérdida de la mujer fallecida entre llamas en el desierto egipcio. Los rumores se fueron apagando; los periódicos pasaron página.

Al inicio de nuestro relato, la finca rural del duque de Rutherford pronto acogerá la fiesta de compromiso entre Reginald Ramsey y Julie Stratford, mientras por doquier se oyen ecos de la historia del inmortal Ramsés el Maldito y su elixir legendario, aunque su cuerpo momificado, trasladado a Londres con tanta fanfarria, lleva tiempo desaparecido.

¿Cómo soportar más tiempo esta carga? ¿Cómo seguir padeciendo esta soledad? Sin embargo, no puedo morir. Sus venenos no pueden hacerme daño. Mantienen mi elixir a salvo para que todavía pueda soñar con otras reinas, justas y prudentes, que compartan los siglos conmigo.

RAMSÉS EL MALDITO

3600 a.C.: Jericó

—Nos están siguiendo, mi reina.

Hacía siglos que no era reina, pero sus dos leales sirvientes seguían refiriéndose a ella como tal. Ambos hombres la flanqueaban mientras se aproximaban a pie a la gran ciudad de piedra de Jericó.

Eran los únicos miembros de su guardia real que se habían negado a participar en la insurrección contra ella. Ahora, miles de años después de haberla liberado de la tumba en la que la había metido su traicionero primer ministro, estos antiguos guerreros de un reino perdido seguían siendo sus fieles compañeros y protectores.

Su compañía era lo más importante. Ella conocía una soledad que nunca podría describir por completo a otro ser, una soledad que hacía tiempo que había aceptado pero que temía que un día la destruyera.

Había muy poca cosa de la que precisara ser protegida. Ella era inmortal, y ellos también.

—Seguid caminando —ordenó en voz baja—. No os detengáis.

Sus hombres obedecieron. Estaban lo bastante cerca de la ciudad para oler las especias del mercado que estaba justo detrás de la muralla de piedra.

La mujer sobrepasaba en estatura a la mayoría, pero sus dos sirvientes eran con mucho más altos que ella. A su derecha caminaba Enamon, con su orgullosa aunque torcida nariz, rota en una antigua batalla entre tribus extinguidas tiempo atrás. Aktamu iba a su izquierda, con una redonda cara de niño fuera de lugar encima de un cuerpo esbelto y musculoso. Hoy iban disfrazados de comerciantes de Kush, con faldas de piel de leopardo que bailaban sobre sus largas piernas, con anchas bandas doradas sobre sus musculados pechos desnudos. Las túnicas azules que la envolvían le permitían mover con libertad los delicados brazos. El bastón que utilizaba era una farsa dedicada a los mortales: ella no se cansaba ni necesitaba reposar como estos.

En aquel momento, el camino estaba despejado de carros en ambas direcciones, de ahí que no fue sorprendente que alguien reparase en ellos desde delante de las puertas de la ciudad; no obstante, cuando Bektaten oyó a Enamon diciéndolo se dio cuenta de que aquella atención se prolongaba de una manera sospechosa.

Volvió la vista atrás y vio al espía.

Tenía la piel varios tonos más clara que la suya, del mismo color que quienes habitaban la ciudad que tenían enfrente. Estaba a una buena distancia en la ladera yerma de su izquierda, envuelto en túnicas en el claroscuro de la frágil sombra de un olivo. No intentó esconderse. Su postura y posición eran una advertencia, alguna clase de amenaza. Y sus ojos eran tan azules como los de los hombres con quienes había viajado durante siglos.

Tan azules como los suyos.

Eran ojos transformados por el elixir que había descubierto mil años antes. Un descubrimiento que había causado la caída de su reino.

«¿Es él? ¿Es Saqnos?»

Los recuerdos de la traición del primer ministro nunca se desvanecerían, por más tiempo que pisara la tierra. El asalto que había orquestado en sus habitaciones con miembros de su propia guardia, sus exigencias para que le entregara la fórmula que había descubierto casi por casualidad, la que ha

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