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ÉRASE UNA VEZ UNA PRINCESA QUE SE SALVó SOLA

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Fragmento

background image2Escribir historias inmortales, eso es lo que queremos todos losescritores. Que los lectores puedan entenderlas hoy y mañana, hablen o no nuestro idioma, vivan en la casa de al lado o en la punta más alejada del planeta. Queremos que nuestras historias no mue-ran nunca y cualquier persona pueda sentirse identificada con ellas. Su-pongo que en el fondo esperamos que el pedacito que ponemos en ellas alescribirlasvivasiemprequehayaunlectordispuestoaleerlas,yqueeso nos convierta, también, en un poco inmortales.Eso es lo que quería cuando empecé a escribir los ocho relatos de Elfuturo es femenino, libro hermano del que estás a punto de comenzar. Diforma a estos relatos pensando en las niñas, en la que yo fui y en las que losleerían, y antes de que se publicaran tuve miedo de que al estar basados enmi infancia no fueran tan inmortales como me hubiera gustado. Al fin y alcabo, hace más de veinte años que yo dejé de tener diez, y las desigualdadesque a mí me marcaron tal vez no tuvieran nada que ver con la realidad ac-tual. Pero cuando el libro se publicó y empecé a recibir impresiones de loslectores, lo que realmente me asustó fue darme cuenta de lo equivocada queestaba: los más jóvenes reconocían perfectamente las desigualdades quedenunciaban sus páginas porque las protagonizan día a día en sus colegios,en sus casas, con sus amigos y familiares. Las historias que yo había vividohacía más de veinte años eran las mismas que estaban viviendo ellos.El cuento, en definitiva, no había cambiado nada.Por eso, cuando empecé a escribir los diez relatos que componen Éra-se una vez una princesa que se salvó sola, mi deseo fue muy distinto. Esta veznoquieroquemisrelatosseaninmortales,sinotodolocontrario:espero con todas mis fuerzas que

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