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ÁRBOL DE HUMO

Denis Johnson  

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Fragmento

1963

Habían matado al presidente Kennedy a las tres de la madrugada de la noche anterior. El marinero Houston y los otros dos reclutas estaban durmiendo mientras las primeras informaciones daban la vuelta al mundo. Había un pequeño local nocturno en la isla, un bar de copas ruinoso con enormes ventiladores giratorios y una máquina de millón; los dos marines que regentaban el bar pasaron a despertarlos y les contaron lo que le había pasado al presidente. Los dos marines se sentaron con los tres marineros en el barracón de acero para reclutas de paso, mirando cómo el aparato de aire acondicionado goteaba dentro de una lata de café y bebiendo cerveza. La emisora de la cadena de las Fuerzas Armadas de la bahía de Subic se pasó la noche entera funcionando, emitiendo boletines sobre aquel asesinato inconmensurable.

Ahora ya era media mañana, y el marinero en prácticas William Houston Jr. empezó a sentirse sobrio otra vez mientras merodeaba por la selva de la Isla Grande con un rifle del calibre 22 prestado en las manos. Se suponía que había jabalíes salvajes deambulando por las instalaciones militares de aquella isla, que era lo único de las Filipinas que él había visto hasta aquel momento. No sabía qué pensar de aquel país. Lo único que quería era ir de caza por la selva. Se suponía que por allí había jabalíes salvajes.

Caminó con cautela, pensando en serpientes y tratando de no hacer ruido porque si había jabalíes quería oírlos antes de que cargaran contra él. Era consciente de estar magníficamente tenso. Por todos lados lo rodeaban los diez mil sonidos de la selva, así como los chillidos de las gaviotas y de la espuma lejana, y si se quedaba quieto del todo y escuchaba un momento, también podía oír la risita sofocada del pulso en el calor de su carne y el crujido del sudor en sus oídos. Si se quedaba inmóvil únicamente otro par de segundos, los bichos lo encontraban y se ponían a berrear alrededor de su cabeza.

Apoyó el rifle sobre el tocón de un platanero y se quitó la cinta del pelo y la escurrió, después se secó la cara y se quedó allí un rato de pie, apartando los mosquitos con el trapo y rascándose la entrepierna con gesto ausente. Cerca de allí, una gaviota parecía estar teniendo una discusión consigo misma, una serie de chillidos de protesta alternados con graznidos graves de disensión que sonaban como alguien diciendo «¡Uh! ¡Uh! ¡Uh!». Y algo que se movía de árbol en árbol atrajo la mirada del marinero Houston.

Mantuvo la vista clavada en el punto donde lo había visto, entre las ramas de un árbol del caucho, y estiró el brazo para coger el rifle sin alterar la dirección de su mirada. La cosa se volvió a mover. Ahora vio que se trataba de alguna clase de mono, no más grande que un perro chihuahua. No era precisamente un jabalí salvaje, pero se presentaba a sí mismo como algo que mirar, agarrado al tronco del árbol con la mano izquierda y ambos pies y hurgando en la fina corteza con aire de prisa minuciosa y exasperada. El marinero Houston enfocó la flaca espalda del mono en la mirilla del rifle. A continuación levantó el cañón unos cuantos grados y centró la cabeza del mono en la mira. Sin pensar realmente en nada en absoluto, apretó el gatillo.

El mono pegó el cuerpo al árbol, extendió los brazos y las piernas en gesto entusiasta, y por fin, echando las dos manos hacia atrás como si tratara de rascarse la espalda, cayó al suelo dando tumbos. Al marinero Houston le aterró ver sus convulsiones allí. El animal se levantó como pudo, haciendo fuerza con un brazo contra el suelo, y se sentó con la espalda pegada al tronco del árbol y las piernas extendidas ante sí, como alguien que descansa después de una tarea laboriosa.

El marinero Houston se acercó unos cuantos pasos más con cautela y desde apenas unos metros de distancia vio que el pelaje del mono era muy brillante y que tenía un tinte como de jena a la sombra y un tinte rubio a la luz, mientras las hojas se movían sobre el mismo. Ahora el animal miraba de un lado a otro, con el aliento saliéndole a grandes y rápidas bocanadas y la barriga ensanchándose tremendamente cada vez que respiraba, como si fuera un globo. El disparo había sido bajo y le había salido por el abdomen.

El marinero Houston sintió que a él también se le partía el estómago por la mitad.

—¡Dios bendito! —le gritó al mono, como si este pudiera hacer algo para remediar su estado vergonzoso y odioso.

Pensó que le iba a explotar la cabeza si el sol de media mañana seguía inflamando toda la selva a su alrededor y las gaviotas seguían chillando y el mono no dejaba de contemplar su entorno con cautela, moviendo la cabeza y los ojos negros de un lado a otro como si estuviera siguiendo el progreso de alguna conversación, de algún debate, de alguna pugna que la selva, la mañana, el momento, estaban teniendo consigo mismos. El marinero Houston caminó hasta el mono y dejó el rifle en el suelo a su lado y levantó al animal con las dos manos, sosteniendo las nalgas con una y la cabeza con la otra. Con fascinación, y luego con repulsión, se dio cuenta de que el mono estaba llorando. La respiración le salía entrecortada y cada vez que parpadeaba se le inundaban los ojos de lágrimas. Miraba a un lado y a otro, y no parecía que estuviera más interesado en él que en todo lo demás que podía estar viendo.

—Eh —le dijo Houston, pero el mono no pareció oírlo.

El mono todavía estaba en sus manos cuando le dejó de latir el corazón. Él lo zarandeó, pero sabía que era inútil. Sintió que todo era culpa suya, y aprovechando que no había testigos, se permitió echarse a llorar como un niño. Tenía dieciocho años.

Cuando regresó al bar situado junto a la orilla, Houston vio que en la playa gris había embarrancado un banco de medusas de color violáceo, cientos de ellas, cada una del tamaño aproximado de una mano humana, traslúcidas y secándose bajo el sol. El pequeño puerto de la isla estaba vacío. La única embarcación que llegaba hasta allí era el ferry de la base naval situada al otro lado de la bahía de Subic.

A escasos metros de distancia, un par de cabañas de bambú dominaban la franja de arena bajo unos árboles palaciegos que rociaban sus tejados de una fina lluvia de pequeñas flores purpúreas. De dentro de una de las cabañas llegaban los gritos de una pareja haciendo el amor, de una puta, supuso el marinero Houston, y un marinero. Houston se puso en cuclillas a la sombra y estuvo escuchando hasta que ya no oyó más risitas, ni más jadeos, y un lagarto que había en el alero del tejado de la cabaña empezó a llamar, con un breve trino a modo de anuncio seguido de una serie de risotadas ásperas y entrecortadas: «gek-ko, gek-ko, gek-ko».

Al cabo de un momento el hombre salió, un hombre de cuarenta y tantos con el pelo al rape, una toalla blanca anudada por debajo de la barriga y un cigarrillo agarrado entre los dientes incisivos, y allí se quedó plantado con las piernas separadas, aguantándose la toalla en la cadera con una mano, observando algo cercano pero invisible, y meciéndose. Probablemente un oficial. Cogió el cigarrillo entre el pulgar y el índice, le dio una calada y soltó una nubecilla que le envolvió la cara.

—Otra misión cumplida —dijo.

Se abrió la puerta delantera de la cabaña vecina y una filipina desnuda tapándose la entrepierna con la mano dijo:

—No le gusta hacerlo.

El oficial gritó:

—¡Eh, Lucky!

Un hombre asiático y bajito salió a la puerta, completamente vestido con el uniforme militar.

—¿No se lo has hecho pasar en grande?

—Podría darme mala suerte —dijo el hombre.

—Karma —dijo el oficial.

—Podría ser —dijo el hombrecillo.

—¿Andas buscando una cerveza? —le dijo el oficial a Houston.

Houston había tenido intención de marcharse. Ahora se dio cuenta de que se había olvidado de irse y de que el hombre le estaba hablando a él. Con la mano libre el hombre tiró el cigarrillo y apartó a un lado la tela de su toalla. Luego le dijo a Houston, mientras soltaba un chorro casi recto hacia abajo que espumeó sobre la tierra, destruyendo la colilla de su cigarrillo:

—Si ves algo que valga la pena mirar, me lo dices.

Sintiéndose tonto, Houston entró en el bar. Dentro había dos jóvenes filipinas con vestidos de flores de colores vivos jugando a la máquina de millón y hablando tan deprisa, mientras los ventiladores enormes rotaban encima de ellas, que el marinero Houston sintió que perdía el equilibrio. Sam, uno de los marines, estaba de pie detrás de la barra.

—Calla, calla —dijo.

Levantó la mano, con la cual estaba sosteniendo una espátula.

—¿Qué he dicho? —preguntó Houston.

—Perdona. —Sam inclinó la cabeza hacia la radio, concentrándose en su sonido como si fuera ciego—. Han cogido al tipo.

—Eso ya lo dijeron antes del desayuno. No es nuevo.

—Hay más sobre él.

—Vale —dijo Houston.

Bebió agua con hielo y escuchó la radio, pero ahora mismo tenía tal dolor de cabeza que no podía distinguir ni una sola palabra.

Al cabo de un rato entró el oficial, vestido con una gigantesca camisa hawaiana estampada y acompañado del joven asiático.

—Coronel, lo han cogido —le dijo Sam al oficial—. Se llama Oswald.

—¿Qué clase de nombre es ese? —dijo el coronel, aparentemente tan escandalizado por el nombre del asesino como por su atrocidad.

—Cabronazo de mierda —dijo Sam.

—Cabronazo —dijo el coronel—. Espero que le vuelen las pelotas de un tiro. Espero que le metan una bala por el culo. —Secándose las lágrimas sin pudor, dijo—: ¿Oswald es el nombre de pila o el apellido?

Houston se dijo que primero había visto a aquel oficial mear en el suelo y ahora lo estaba viendo llorar.

—Señor —le dijo Sam al joven asiático—, somos de lo más hospitalario. Pero por lo general aquí no servimos a militares filipinos.

—Lucky es de Vietnam —dijo el coronel.

—Vietnam. ¿Se ha perdido?

—No, no perdido —dijo el hombre.

—Este tipo —dijo el coronel— ya es piloto de avión. Es un capitán de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur.

Sam le preguntó al joven capitán:

—Bueno, ¿hay guerra allí o qué? Guerra… Ratatatatatatá. —Puso las dos manos como si llevara una metralleta y las sacudió al unísono—. ¿Sí? ¿No?

El capitán apartó la mirada del americano, formó mentalmente las frases, las practicó, volvió a girarse y dijo:

—No sé si guerra. Mucha gente muerta.

—Ya es eso —asintió el coronel—. Eso cuenta.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Estoy aquí por formación de helicópter

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