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REAL SITIO (LOS CíRCULOS DEL TIEMPO 3)

José Luis Sampedro  

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Fragmento

I

TRES DE MARZO

1930: La campanilla

Toda la luz en un punto. Fulgor tan vibrante como un sonido. El pálido sol invernal converge en ese foco que lo acapara, oscurece el entorno, absorbe la atención, obsesivo, hipnótico...

Cruza arriba una nube y el fulgor se apaga, el foco se hace objeto visible: una campanilla de plata cuyo mango es una sirena finamente labrada, posando su cola en la cima. El mundo se reconstruye alrededor: la mesa isabelina con papeles, la pantalla de porcelana verde, el retrato del rey en la pared frontera... Y la voz, la voz que insiste... Marta vuelve de su obsesión y escucha:

—¿Le ocurre algo, señorita?... Le he preguntado si llegó esta mañana.

—Sí señor, perdone. En el tren, a eso de las diez.

—Ya, el de las nueve cincuenta —puntualiza el caballero. Cincuentón, delgado, perfil de pájaro con el pelo a raya tapando celosamente la calva. Lentes de pinza sujetos a la solapa con negro cordoncillo. Sonrisa a la vez cortés y de superioridad.

Marta se fija en el cuello de celuloide, mientras explica que el ómnibus de la estación la dejó en el Hotel Pastor. El caballero la mira con sorpresa mientras coge un papel y lo aproxima a sus ojos. Ella reconoce la carta en que la recomienda el conde de Aybar, Intendente General de la Real Casa y Patrimonio.

—Tiene usted muy buenas cualificaciones —afirma el caballero mirándola de nuevo—. Espero que el señor administrador acuerde admitirla.

A Marta el corazón le da un vuelco. Si aún no estaba decidido, ¿para qué la han hecho venir a Aranjuez? Se fuerza a no gritar que la enfermedad final de su madre agotó sus recursos, que vive desalentada por la reciente injusticia sufrida, que no quiere mendigar asilo en casa de un pariente lejano...

Su interlocutor la nota angustiada:

—No se inquiete, señorita. Prácticamente es cosa hecha, pero es decisión de don Miguel y ha estado ausente hasta ayer... Como suele telefonear a esta hora, ¿por qué no espera un momento en el jardín? El ujier le indicará la salida. Vaya, parece que marzo nos ofrece un buen día. Y no se preocupe.

¿Un buen día? Marta no lo ve así. No tiene ánimo para pasear y se sienta en un banco adosado a la pared del Palacio, en blanca piedra y ladrillo rosado. Aún hace frío, pero hay menos nubarrones. Ante ella se extiende el Parterre, donde verdean las borduras y algunos arbustos, mientras los árboles entretejen sus ramas desnudas en un encaje gris, salvo esa hilera verde de redondeadas copas y sobre todo, frente a ella, un altísimo gigante vegetal. Apuntado cono verde oscuro, tan sombrío que a su pie aún persiste una delgada capa de hielo. Más lejos, hacia la puerta, las estatuas de una fuente monumental, pero Marta no está en condiciones de admirarlas.

Sólo piensa en que pueda ser inútil este gasto del viaje... ¡Volver a Madrid otra vez derrotada, como tras las recientes oposiciones! ¿Oposiciones? ¡La plaza estaba dada, hasta el público alborotó al oír la votación!... La sostuvo en el trance su antigua profesora doña Clemencia, llevándosela a su casa, moviéndose incansable hasta conseguir la valiosa recomendación para organizar una biblioteca con fondos almacenados en el Palacio de Aranjuez... ¡Si esto también fracasase...!

¡Ah, el ujier! Vuelve al despacho, donde ahora se encuentra también, de pie junto a la mesa, una muchacha de cara redonda, pelo negro ondulado con flequillo sobre la frente y ojos castaños que se fijan en Marta, mientras sonríe mostrando sus pequeños y blanquísimos dientes.

El caballero anuncia en el acto la admisión de la candidata. Marta consigue reprimir unas lágrimas. Es presentada a Quina, la mecanógrafa, que la acompañará a la biblioteca. Escucha enhorabuenas, advertencias sobre horas de oficina y trámites formularios, pero apenas se entera pues no se ha repuesto aún de su congoja. Al fin consigue balbucear su gratitud, cuando ya la mano de la compañera se posa en su brazo guiándola hacia otra puerta. «Me llamo Joaquina —le dice al salir—, pero me quito el Joa que suena feo, ¿verdad?»

Cruzan una habitación con estanterías ocupadas por legajos y luego una sala con muebles antiguos almacenados de cualquier modo. Al fondo del corto pasillo entran por fin en la biblioteca con la llave que trae Quina y que deja puesta, advirtiendo a Marta que cierre siempre al acabar su trabajo y la entregue en la oficina.

Están en un gran salón rectangular con sus dos paredes más largas y la de enfrente cubiertas por estanterías de libros hasta el techo, cerradas en su parte baja. Sólo tiene esa puerta y dos ventanas grandes al jardín. Junto a la más próxima se encuentra una mesa dieciochesca y, encima, una elegante escribanía.

Quina no cesa de hablar informando a Marta sobre el trabajo. Advierte que habrá mucho polvo en los estantes, pero al menos ha mandado limpiar la mesa, el sillón y la silla.

—Estarás a gusto, ya verás. Pídeme lo que necesites. Don Celes se da importancia, pero es un buenazo... Por cierto, ¿paras en el Hotel? Es caro, te lo advierto. Siete leandras al día.

—Allí me llevó el ómnibus. Pero, desde luego, no puedo quedarme.

Quina sonríe. «Como si se alegrara», piensa Marta.

—La Fonda del Comercio es más barata. Viajantes y eso.

Ante el gesto de Marta suelta Quina la risa, dejando ver su encía superior entre los labios jugosos, muy pintados en arco de Cupido.

—Mira, chica, yo estoy de pensión completa con la señora Sole por nueve reales. No hay otro huésped y tiene un cuarto libre. Ella cose para fuera y la casa es de patio, sin lujos. Sólo tenemos ducha, el retrete está en el altillo y la fontanería hace ruido de tripas... ¡Te lo aviso!

Marta acepta. El precio es una solución, al menos transitoria. Más adelante verá.

—Me alegro —concluye Quina—. Y ahora te dejo. A la salida recogeremos tus cosas en el Hotel y te llevaré a la señora Sole... ¡Madre, cuánto libro! ¡Trabajo tienes!

Marta queda sola, envuelta en denso silencio, olor a cerrado y ante la triple pared de libros, que parecen escrutar a la intrusa. Se siente pequeña, desarmada. Atrás han quedado las aulas, esto es la profesión, su vida: ha traspasado algo más que una puerta. Algo como el espejo de Alicia, sí, y se siente absorbida, como la niña cayendo por el agujero.

Recuerda a su padre y reacciona con ánimo, con responsabilidad. Da un paso hacia la mesa. Pulida caoba de suave tacto. La escribanía es de plata bien labrada: con su tintero, salvadera, caja con obleas, campanilla y cañón para las plumas. Curioso: la plata brilla; ¿la habrán limpiado también? Más curioso aún, ¡sorprendente!, el tintero contiene tinta negra y espesa, en la salvadera hay arenilla y las dos plumas no son de adorno, sino de ave y talladas correctamente, como hoy ya no se hace... Sin embargo, le han dicho que la biblioteca lleva cerrada muchos años. Resulta inexplicable.

Cavilando en ello Marta se desplaza a lo largo de los estantes. Magníficas encuadernaciones con blasones reales estampados. Desorden, aunque cierta agrupación por temas o reinados. Las excavaciones de Pompeya encar

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