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REAMDE

Neal Stephenson  

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Fragmento

Título original: REAMDE

Traducción: Rafael Marín Trechera

1.ª edición: julio 2012

 

© 2011 by Neal Stephenson

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.19347-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-195-8

 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

O EL MUNDO A VELOCIDAD DE VIDEOJUEGO

Contenido

Portadilla

Créditos

Preámbulo

 

Primera parte. NUEVE DRAGONES

LA GRANJA FORTHRAST

DÍA 0

DÍA 1

DIA 2

DIA 3

DIA 4

DIA 5

Segunda parte. LAS CATARATAS AMERICANAS

DIA 6

DIA 7

DIA 8

DIA 9

DIA 10

DIA 15

DIA 17

DIA 18

DIA 19

DIA 20

DIA 21

Epílogo

LA GRANJA FORTHRAST

Agradecimientos

PRIMERA PARTE

NUEVE DRAGONES

 

LA GRANJA FORTHRAST

Noroeste de Iowa

 

ACCIÓN DE GRACIAS

 

Richard procuraba no apartar la mirada del suelo. No todas aquellas bostas de vaca estaban congeladas, y las que lo estaban podían torcerle un tobillo. Había limitado su equipaje a una mochila, así que se abría paso entre los montículos verdes y marrones con unas zapatillas flexibles negras de la talla 44 que podías prácticamente doblar por la mitad y guardarte en el bolsillo. Podría haber ido al Walmart esta mañana a comprar unas botas. La reunión, sin embargo, se habría percatado de semejante extravagancia y le habría dado demasiada importancia.

Dos docenas de parientes estaban desplegados a lo largo de la verja de alambre de espino a su derecha, disparando al barranco o recargando. La tradición había empezado como entretenimiento para que algunos de los chicos más jóvenes se desfogaran durante la tortuosa espera del pavo y la tarta. En los viejos tiempos, después de volver a la casa del abuelo tras la misa de Acción de Gracias y haberse quitado las chaquetas y corbatas en miniatura, salían corriendo por la puerta y corrían casi un kilómetro hacia los pastos, seguidos por unos cuantos hombres mayores para asegurarse de que las cosas no se salieran de madre, y disparaban sus pistolas calibre 22 y sus carabinas Daisy contra el riachuelo. Hombres adultos ahora con hijos propios, aparecían para la reunión con escopetas, rifles de caza y pistolas en la trasera de sus todoterrenos.

La verja estaba oxidada, pero sus postes de madera naranja de Osage no se habían podrido. Richard y John, su hermano mayor, la habían emplazado hacía cuarenta años para impedir que el ganado se escapara al riachuelo. La corriente era tan estrecha que un adulto podía cruzarla de una zancada, pero el ganado no estaba hecho para dar zancadas, ni para la inteligencia, y siempre podía encontrar algún modo de meterse en líos en las orillas empinadas que se desmoronaban fácilmente. Esa misma característica hacía que fuera un campo de tiro ideal. El verano había sido seco y el otoño frío, así que el riachuelo corría poco profundo bajo una capa de hielo fina como el papel, y la orilla al otro lado levantaba gotas de tierra suelta cada vez que detenía una bala. Esto facilitaba a los tiradores corregir la puntería. A través de sus protectores para los oídos, Richard podía oír las voces de los mirones que se ofrecían a ayudar.

—Estás unas tres pulgadas por debajo. Seis pulgadas a la derecha.

El estampido de las escopetas, el chasquido de los calibres 22, y el pow, pow, pow de las pistolas semiautomáticas quedaban reducidos a un leve repiqueteo por los componentes electrónicos de los protectores, duros auriculares de los que sobresalían los mandos para el volumen, que había metido en la bolsa ayer, casi a última hora.

Siguió estremeciéndose. El sol, ya bajo, se reflejaba en la turbina de viento de sesenta metros de altura en el campo al otro lado del riachuelo, y sus aspas proyectaban largas sombras como guadañas sobre ellos. No dejaba de sentir la súbita llegada de una lanzada de oscuridad que lo cubría sin efecto y continuaba su camino para ser seguida por otra y otra más. El sol parpadeada con el paso de cada hoja. Todo esto era nuevo. En sus días de juventud, solo estaban los elevadores de grano que demostraban la existencia de un mundo más allá del horizonte, pero ya habían sido sustituidos y humillados por esas torres faraónicas que alzaban sus cabezas sobre la pradera, lo único en el paisaje que había sido capaz de inspirar asombro. Algo en el hecho de que estuvieran en movimiento, en un lugar donde todo lo demás estaba casi patológicamente inmóvil, llamaba la atención; siempre parecían saltar hacia ti desde detrás de las esquinas.

A pesar del viento, los pequeños músculos de su rostro y cuero cabelludo (los padres de los dolores de cabeza) estaban relajados por primera vez desde su regreso a Iowa. Cuando estaba en el espacio público de la reunión (el vestíbulo del Ramada, la granja, el partido de fútbol en el patio) siempre sentía que todo el mundo lo miraba. Aquí era distinto: había que atender a tu propia arma, asegurarte de que los cañones siempre apuntaban al otro lado de la verja de alambre. Cuando Richard se veía, era durante tersas conversaciones de uno en uno, mantenidas CLA-RA-MEN-TE a través de la protección de los auriculares.

Los parientes más jóvenes, los cuñados recientes y los primos lo llamaban Dick, un nombre que Richard nunca había usado por su asociación, en su juventud, con Nixon. Atendía por Richard o por el apodo Dodge. Durante el largo viaje hasta aquí desde sus casas en las afueras de Chicago o Minneapolis o St. Louis, los padres informaban a los niños de quién era quién, algunos de ellos incluso mostraban copias en papel del árbol familiar y dosieres de fotos. Richard estaba seguro de que cuando se internaban en su rama del árbol familiar (y era una rama larga, recta y sin bifurcaciones) tenían en los ojos una cierta mirada que los chavales podían leer en el espejo retrovisor, un tono de voz que en esta parte del país decía más de lo que se permitía decir a las palabras. Cuando Richard los encontraba en la línea de tiro, podía verlo en sus rostros. Algunos no querían mirarlo a los ojos. Otros lo hacían de manera descarada, como para hacerle saber que lo habían calado.

Aceptó un calibre 12 abierto de manos de un tipo recio con sombrero de camuflaje a quien reconoció vagamente como el segundo marido de su prima segunda Willa. Manteniendo el rostro y el cañón del arma hacia la verja, los dejó mirar la espalda de su parka de esquí mientras se mordía el guante de la mano izquierda y metía un par de balas en los calientes cañones. Varios metros más allá, justo donde la tierra se perdía en el barranco, alguien había colocado un puñado de calabazas sobrantes de Halloween, la mayoría de las cuales ya habían sido convertidas a tiros en pulpa para relleno de pasteles y esparcidas por las hierbas marrones muertas. Richard cerró el rifle, lo alzó, acomodó la culata contra su hombro, echó adelante el peso de su cuerpo y apretó el primer gatillo. El retroceso lo golpeó, y la base de una calabaza saltó por los aires dando vueltas. La alcanzó con el segundo cañón. Entonces abrió el arma, sacó los casquillos calientes, los dejó caer al suelo, y le entregó la escopeta a su dueño con un gesto apreciativo.

—¿Cazas mucho allá en tu Schloss, Dick? —preguntó un hombre de unos veintitantos años. El hijastro de Willa. Lo dijo en voz alta. Era difícil decir si era por los tapones de gomaespuma naranja que cubrían sus oídos o por sarcasmo.

Richard sonrió.

—Nada de nada —respondió—. Casi todo lo que aparece de mí en la Wikipedia está equivocado.

La sonrisa del joven desapareció. Parpadeó, observando los protectores electrónicos de doscientos dólares de Richard, y luego bajó la mirada, como buscando bostas de vaca.

Aunque la entrada de Richard en la Wikipedia había estado tranquila últimamente, en el pasado había estado repleta de guerras de correcciones entre gentes misteriosas, conocidas solo por sus IP, que parecían querer recalcar aspectos de su vida que ahora le parecían, aunque técnicamente fueran ciertas, completamente ajenas. Por fortuna todo eso había sucedido después de que su padre enfermara demasiado como para poder manejar un ratón, pero eso no detenía a los Forthrast más jóvenes.

Richard se dio media vuelta y empezó a desandar lo andado. Las escopetas no le hacían demasiada gracia. Quedaban relegadas al fondo de la línea de tiro. Un poco más cerca, junto a un puñado de todoterrenos mal aparcados, niños de ocho y diez años, rodeados de adultos vigilantes, descargaban sus fusiles de calibre 22.

Directamente delante de Richard había un grupo de cinco hombres de unos veinte años o poco más, rodeados por un par de quinceañeros aspirantes. El centro de atención era un rifle de asalto, de esos que llamaban arma negra, estilo militar, sin culata de madera, ni camuflaje, ninguna pretensión de que se utilizara para cazar. El propietario era Lens, sobrino segundo de Richard, que actualmente estudiaba entomología en la Universidad de Minnesota. Las manos enrojecidas por el viento de Len sostenían un cargador de treinta balas vacío. Richard, dando un respingo cada vez que sonaba un disparo tras él, lo vio meter tres cartuchos en la parte superior del cargador y luego ofrecérselo al joven que ahora mismo tenía el rifle. Luego se colocó detrás del joven y le habló pacientemente mientras encajaba el cargador, liberaba el cerrojo y quitaba el seguro.

Richard se alejó de ellos dando un amplio rodeo y se encontró con un grupo de hombres mayores, algunos relajándose en sillas plegables de tela de camuflaje, otros disparando viejos rifles de caza. Le gustó más este ambiente, pero notó (y quizás era un recelo exagerado por su parte) que se sentían un poco aliviados cuando continuó su camino.

Solo venía a la reunión cada dos o tres años. La edad y las circunstancias le habían permitido el lujo de ser el genealogista de la familia. Era el compilador de aquellos árboles familiares que las madres desplegaban en los todoterrenos. Si pudiera llamar su atención durante unos pocos minutos, reunirlos y contarles historias de los hombres que habían poseído, disparado y limpiado algunas de las armas que ladraban ahora en la verja (no las Glocks ni los rifles negros, naturalmente, sino los revólveres de acción simple, los 1911, los pulidos 30-30 de acción de palanca) les haría comprender que aunque lo que había hecho no encajara con su idea de lo que estaba bien, era más fiel a las antiguas costumbres de la familia que la forma en que ellos vivían.

¿Pero por qué se molestaba siquiera?

Distraído con sus pensamientos, llegó junto a un grupito de veinteañeros que disparaban con sus pistolas.

De un modo que no fue capaz de situar, estos jóvenes tenían un aire distinto a los que se congregaban en torno a Len. Eran de ciudad. Probablemente de alguna ciudad costera. Probablemente de la Costa Oeste. De algún lugar entre Santa Cruz y Vancouver. Un hombre de pelo largo y tatuajes asomando de las mangas de cinco capas de vellón y el impermeable que se había puesto para defenderse de Iowa, empuñaba una Glock 17, disparando con cuidado e interés balas de nueve milímetros contra una jarra de plástico de leche situada a doce metros de distancia. Tras él se hallaba una mujer, de piel y cabellos más oscuros que ninguno de los presentes, con grandes gafas de montura pesada que Richard consideró propias de la Generación X, aunque «Generación X» debía de ser ya un término anticuado. Sonreía, pasándoselo bien. Estaba enamorada del joven que disparaba.

Su franqueza emocional, más que su pelo o su ropa, indicaba que no era de por aquí. Richard había salido de este lugar con ese estilo reservado, incluso amargado, que parecía tatuado en todos sus hombres. Eso había vuelto locas a media docena de novias hasta que por fin hizo algún progreso y pudo quitárselo de encima. Pero, cuando era útil, podía dejarlo caer como un rastrillo.

La joven se volvió hacia él y alzó los guantes rosa al aire en un gesto que, para un hombre, significaba «¡Gol!», y para una mujer: «¡Venga un abrazo!» Sonreía diciéndole algo, pero sus palabras quedaron convertidas en fragmentos ya que los auriculares neutralizaron una serie de disparos de nueve milímetros.

Richard vaciló.

Un anticipo de sorpresa se dibujó en el rostro de la muchacha cuando comprendió que no iba a recordarla. Pero en ese momento, y por esa expresión, Richard la reconoció. Un placer auténtico asomó a su cara.

—¡Sue! —exclamó, y entonces, pues a veces venía bien ser el genealogista de la familia, se corrigió—: ¡Zula!

Dio un paso adelante y la abrazó con cuidado. Bajo las capas de ropa, ella era de huesos finos, como siempre. Pero fuerte. Ella se alzó de puntillas para rozar su mejilla contra la suya, y luego se soltó y volvió a plantarse sobre los talones de sus enormes botas aislantes.

Richard lo sabía todo, y nada, sobre ella. Debía de tener ya veintitantos años. Un par de años después de la universidad. ¿Cuándo la había visto por última vez?

Probablemente no desde que era estudiante. Lo que significaba que, durante el puñado de años que Richard había olvidado pensar en ella, había vivido su vida entera.

En aquellos días, su aspecto y su identidad no se extendían mucho más allá de su historia pasada: huérfana eritrea, rescatada de un campo de refugiados en Sudán por una misión eclesiástica, adoptada por la hermana de Richard, Patricia, y su marido, Bob, de nuevo huérfana cuando Bob huyó de la justicia y Patricia se murió de pronto. Adoptada de nuevo por John y su esposa, Alice, para que pudiera terminar el instituto.

Richard trató de recuperar sus oscuros recuerdos de las últimas cartas por Navidad de John y Alice, intentando unir las piezas. Zula había ido a la universidad no muy lejos (¿Iowa State?) y había hecho algo práctico, ingeniería. Encontró trabajo y se mudó a alguna parte.

—¡Tienes un aspecto magnífico! —dijo él, ya que era hora de decir algo, y esto parecía inofensivo.

—Tú también —respondió ella.

A él le pareció un poco desconcertante, ya que era una mentira manifiesta. Casi cuarenta años antes, Richard y algunos de sus amigos recorrían una carretera local siguiendo una ridícula aventura adolescente y se encontraron atascados detrás de un granjero que conducía muy despacio. Uno de ellos, probablemente con la ayuda de drogas, había advertido la similitud (que, una vez señalada, era innegable) entre el ancho rostro rojizo y escalonado de Richard y la trasera de la camioneta roja que tenían delante. De ahí el apodo de Dodge. No dejaba de preguntarse cuándo iba a desarrollar el aspecto aguileño y de pelo canoso de los hombres de los anuncios de medicinas para la próstata en sus infinitos catálogos de viajes en hidroavión y sus paraísos de pesca con mosca. En cambio, se estaba convirtiendo en una versión cada vez más extensa y moteada de lo que era a los treinta y cinco años. Zula, por su parte, tenía verdaderamente un aspecto magnífico. Negra/árabe con una inconfundible chispa italiana. Una nariz espectacular que en otras familias y circunstancias había acabado bajo el bisturí. Pero ella había decidido que era hermosa con aquellas grandes gafas encaramadas. Nadie la confundiría con una modelo, pero había encontrado un look. Richard solo pudo imaginar qué feromonas de estilo lanzaba Zula a sus iguales, pero para él era una especie de bibliotecaria del hiperespacio, un no se qué de chica friki que le parecía inteligente y encantador sin atraerlo de un modo que habría sido repulsivo.

—Te presento a Peter —anunció ella, puesto que su novio había vaciado ya el cargador de la Glock. Richard valoró que comprobara la recámara del arma, sacara el cargador, y comprobara de nuevo la recámara antes de pasarse la pistola a la mano izquierda y extender la derecha para estrechar la suya—. Peter, este es mi tío Richard.

Mientras Peter y Richard se estrechaban la mano, Zula le dijo a Peter:

—¡Lo cierto es que vive bastante cerca de nosotros!

—¿En Seattle? —preguntó Peter.

—Tengo una casita allí —dijo Richard, y le pareció algo estúpido y estirado por su parte. Se agobió. Su sobrina estaba viviendo en Seattle y él no lo sabía. ¿Qué dirían de eso en la reunión? A modo de excusa, comentó—: Pero últimamente he pasado mucho tiempo en Elphinstone.

Y añadió, por si aquello no significaba nada para Peter:

—Columbia Británica.

Pero una expresión alerta e interesada se formaba ya en el rostro de Peter.

—¡He oído decir que practicar allí el snowboard es magnífico!

—Pues no lo sé —dijo Richard—. Pero todo lo demás es muy bonito.

Zula también estaba agobiada.

—¡Siento no haberme puesto en contacto contigo, tío Richard! Lo tenía pendiente en mi lista.

Para la mayoría de la gente esto habría sido simplemente un tópico amable, pero Richard sabía que Zula tendría una lista de verdad y que «llamar a tío Richard» estaría escrito en alguna parte.

—Es culpa mía —dijo él—. Tendría que haber comunicado dónde estaba.

Mientras volvían a cargar el arma, se pusieron al día. Zula se había graduado en Iowa State con una doble licenciatura en geología e informática y se había mudado a Seattle hacía meses para trabajar en una empresa de energía geotérmica que iba a construir una planta piloto cerca del monte Rainier: la estupenda escopeta volcánica que apuntaba a la cabeza de Seattle. Iba a hacer simulaciones del flujo de calor subterráneo usando códigos informáticos. A Richard le fascinó oír la jerga que salía por su boca, ver el cerebro de Zula desencadenado en algo que merecía la pena sus poderes. En el instituto había sido callada, un poco demasiado ensimismada, un poco demasiado fácil de contentar al estilo de las chicas de granja de los pueblos pequeños. Una chica cien por cien americana llamada Sue cuyos documentos oficiales la identificaban casualmente como Zula. Pero ahora había entrado en contacto con su esencia.

—¿Y qué pasó entonces? —preguntó Richard, pues ella había dicho que «iba a hacer» esto y lo otro.

—Cuando llegué allí, todo era un caos —respondió Zula. La expresión de su rostro mostraba fascinación. Ir de Eritrea a Iowa decididamente daba a una persona joven algunas perspectivas interesantes sobre el caos—. Pasaba algo curioso con los inversores. Uno de esos fondos de cobertura piramidales estilo Ponzi. Se declararon en bancarrota hace un mes.

—Estás en paro —dijo Richard.

—Es una forma de verlo, tío Richard —dijo ella, y sonrió.

Ahora Richard tenía un nuevo punto en su lista, que al contrario de la de Zula, era una amalgama de preocupaciones acuciantes, vagas intenciones, y deudas kármicas vagamente percibidas que llevaba en la cabeza. «Conseguirle a Zula un trabajo en la Corporación 9592.» E incluso tenía una forma plausible de lograrlo. Eso no era lo difícil. Lo difícil era conseguirle ese favor a ella sin dar ayuda y consuelo a cualquiera de los otros desempleados de la reunión.

—¿Qué sabes del magma? —preguntó.

Ella se dio media vuelta y lo miró de reojo.

—Más que tú, supongo.

—Sabes hacer simulaciones del flujo de calor. ¿Pero qué hay de las simulaciones del flujo de magma?

—La capacidad está ahí.

—¿Tensores?

Richard no tenía ni idea de lo que era un tensor, pero había advertido que cuando los genios matemáticos empezaban a mencionar la palabra, significaba que se encaminaban en la dirección general donde generalmente se hacía algo.

—Supongo —dijo ella, nerviosa, y él supo que su pregunta había sido ridícula.

—Es importante, de verdad, que lo hagamos bien.

—¿Qué, para tu compañía de juegos?

—Sí, para mi compañía de juegos Fortune 500.

Ella se quedó inmóvil en aquella pose alerta, tratando de decidir si le estaba tomando el pelo.

—La estabilidad de los mercados monetarios mundiales está en juego —insistió él.

Zula no iba a picar.

—Hablaremos más tarde. ¿Conoces a alguien con trastornos del espectro autista?

—Sí —farfulló ella, mirándolo directamente ahora.

—¿Podrías trabajar con alguien así?

Ella dirigió la mirada hacia su novio.

Peter estaba enfrascado recargando su arma. Intentaba meter las balas al revés en el cargador. Algo que llevaba molestando a Richard un par de minutos ya. Trató de pensar en una forma no humillante de mencionarlo cuando Peter se dio cuenta y le dio la vuelta a la bala.

Richard había asumido, basándose en cómo manejaba Peter el arma, que había hecho esto antes. Ahora volvió a considerarlo. Tal vez fuera la primera vez que Peter tocaba una semiautomática. Pero era rápido aprendiendo. Autodidacta. Todo lo que fuera técnico, lo que fuera lógico, lo que funcionara según las reglas, podía deducirlo. Y lo sabía. No se molestaba en pedir ayuda. Era mucho más rápido deducirlo por su cuenta que sufrir los esfuerzos bienintencionados de alguien por educarlo... y por forjar una conexión emocional con él mientras lo hacía. Había algo, en alguna parte, que podía hacer mejor que la mayoría de la gente. Algo de naturaleza técnica.

—¿Qué has estado haciendo, tío Richard? —preguntó alegremente Zula. Podía haber recuperado su «zulidad», pero mantenía a mano su «suezidad» para usarla en momentos como estos.

«¿Esperando al cáncer?» habría sido una respuesta demasiado sincera. «Combatiendo amargamente contra la depresión clínica» habría dado la impresión de que se sentía deprimido hoy, cosa que no era cierta.

—Preocupándome por mis pinceles —dijo Richard.

Peter y Zula parecieron extrañamente satisfechos con esta no-respuesta, como si encajara a la perfección con sus expectativas de lo que hacían los cincuentones. O tal vez Zula ya le había contado a Peter todo lo que sabía, o sospechaba, sobre Richard y sabían que era mejor no insistir.

—¿Viniste en avión desde Seattle? —preguntó Peter, saltando rápidamente al tópico de último recurso de los viajes aéreos.

Richard negó con la cabeza.

—Vine en coche hasta Spokane. Se tardan tres o cuatro horas, depende de la nieve y la espera en la frontera. Un salto a Minneapolis. Luego alquilé un gran coche americano y lo conduje hasta aquí —señaló con la cabeza en dirección a la carretera, donde un Mercury Grand Marquis marrón ocultaba dos casas del Zodiaco.

—Este debe de ser lugar adecuado para él —observó Peter. Volvió la cabeza para contemplar la granja, y luego miró inocentemente a Richard.

La reacción de Richard ante esto fue más complicada de lo que Peter podría haber imaginado. Le satisfizo que Peter y Zula lo hubieran identificado como uno de los chicos guai y lo invitaran ahora a compartir su ironía. Por otro lado, había crecido en esta granja, y una parte de él no hacía mucho caso a su actitud. Sospechaba que ya estaban dando cuenta de esto en Facebook y Twitter, que la gente guai de las cafeterías de San Francisco estaban haciendo comentarios admirados de las fotos de Peter con la Glock.

Pero entonces oyó la voz de cierta ex novia diciéndole que era demasiado joven para empezar a actuar como un viejo cascarrabias.

Una segunda voz lo reprendió, recordándole que, cuando había alquilado el colosal Grand Marquis en Minneapolis, lo había hecho irónicamente.

Las ex novias de Richard habían desaparecido hacía tiempo, pero sus voces lo seguían todo el tiempo y le hablaban, como Musas o Furias. Era como si tuviera siete superegos dispuestos en un pelotón de fusilamiento ante un único y asediado ID, asegurándose de que no disfrutara de aquel último cigarrillo.

Toda esa complejidad interna debió de notarse, pues Peter y Zula de pronto se achantaron. Tal vez fuera un aviso de senilidad. No importaba. Los cargadores estaban todo lo preparados que podía conseguirse con los dedos congelados. Zula, y luego Richard, se turnaron para disparar la Glock. Para cuando terminaron, el ritmo de los disparos por toda la verja se había reducido casi a la nada. Las sillas de camuflaje habían sido plegadas y las estaban guardando en las traseras de los todoterrenos. Zula se acercó a intercambiar abrazos y encantadas conversaciones en tono agudo con algunas de sus primas. Richard se agachó, algo que le resultó más difícil de lo que solía, y empezó a recoger casquillos vacíos. Con el rabillo del ojo vio que Peter le imitaba. Pero Peter renunció a la tarea rápidamente, porque no quería alejarse de Zula. No tenía ningún interés en el parloteo social con el puñado de primas de Zula, pero tampoco quería dejarla sola. Se mostraba siempre alerta y protector hacia ella de un modo que Richard a la vez admiró y envidió. No estaba por encima de sentirse un poco celoso por el hecho de que Peter se hubiera nombrado a sí mismo protector de Zula.

Peter contempló la casa, apartó un momento la mirada, y luego se volvió para hacerle un examen concienzudo.

Lo sabía. Zula le había contado lo que le había sucedido a su madre adoptiva. Probablemente lo habría buscado en Google. Probablemente sabía que había de cincuenta a sesenta muertes causadas por rayos al año y que a Zula le costaba trabajo hablar de ello porque la mayoría de la gente consideraba que era una forma extraña de morir, incluso aunque pudiera estar bromeando.

 

 

El Grand Marquis bloqueaba un todoterreno lleno de niños y madres que se habían hartado de estar allí fuera con el ruido y el frío, así que Richard, alegre por tener una excusa para marcharse, se dirigió rápidamente hacia el vehículo, pasando entre Peter y Zula. En un tono de voz no demasiado alto anunció:

—Voy al pueblo.

Lo cual significaba que iba al Walmart. Subió al enorme Mercury, oyó las puertas abrirse tras él, vio a Peter y Zula ocupar el mullido sofá del asiento trasero. La puerta de pasajeros se abrió también y entró otra mujer de veintitantos años cuyo nombre Richard debería saber pero no podía recordar. Tendría que sonsacárselo durante el trayecto.

Los juguetones jóvenes tuvieron mucho que decir sobre el Grand Marquis mientras Richard se dirigía a la carretera. Pillaron la broma y decidieron que Richard molaba. La chica del asiento de pasajeros dijo que nunca había estado antes en «un coche como este», refiriéndose, al parecer, a un sedán. Richard se sintió mucho más que simplemente viejo.

La conversación alternó como un gorjeo de pájaros durante unos cinco minutos, y luego todos guardaron silencio. Peter no estaba especialmente interesado en divulgar detalles de su vida. A Richard le pareció bien. La gente que tenía puestos de trabajo y tarjetas de presentación podían decir fácilmente dónde trabajaban y qué hacían para ganarse la vida, pero los que trabajaban por cuenta propia, haciendo cosas de naturaleza complicada, aprendían con el tiempo que no merecía la pena dar explicaciones si su único propósito era mantener una conversación anodina. Era mejor ir directamente a hablar de los viajes en avión.

Las extremidades congeladas sorbían toda la energía de sus cerebros. Contemplaron a través de las ventanas el paisaje devorado por la escarcha. Estaban en el oeste de Iowa. La gente de cualquier otro lugar, al cruzar el estado, habría tenido dificultades para ver ninguna diferencia entre el este y el oeste, o, ya puestos, para distinguir Ohio de Dakota del Sur. Pero al haber crecido aquí, y haber realizado muchas búsquedas de tesoros piratas y emboscadas indias a lo largo del riachuelo, Richard sentía una gradación en el territorio, estaba convencido de que se hallaban en el umbral entre el Medio Oeste y el Oeste, como si en un lado del riachuelo estuvieras en la tierra de las hojas rojas rastrilladas sobre el indulgente suelo negro y húmedo mientras escuchabas en el transistor los partidos de fútbol de los Big Ten, pero en el otro lado te estuvieras arrancando flechas del sombrero.

También había una gradación norte-sur. Al sur estaban Misuri y Kansas, de donde había venido esta rama de los Forthrast (según su investigación) allá por la época de la Guerra Civil para escapar de los terroristas y los escuadrones de la muerte. Al norte (algo difícil de pasar por alto un día como hoy) casi se podía ver el recodo del mundo volviéndose hacia el Polo. Estos Forthrast que buscaron el norte debieron de pensárselo mejor cuando ascendieron a esta latitud y sintieron el frío aire metiéndose por los cuellos de sus abrigos y cachearlos, y por eso se detuvieron aquí y echaron raíces, no del modo en que lo hacían los viejos castaños alrededor del riachuelo, sino como lo hacían las zarzamoras y los dientes de león cuando una semilla afortunada se posa y prende en un trozo de terreno sin vigilancia.

El Walmart era como una nave espacial que hubiera aterrizado en los campos de soja. Richard dejó atrás la zona de alimentación, la farmacia y el centro óptico, y aparcó al fondo, donde almacenaban la mercancía. Los aparcamientos estaban preparados para furgonetas grandes, un detalle que ahora le resultaba útil.

Entraron. Los jóvenes se detuvieron cuando sus irónicas sensibilidades, que les hacían las veces de almas, fueron interceptadas por una señal de abrumadora potencia. Richard siguió moviéndose, ya que era el que tenía una misión. Había visto un modo de contribuir a la reunión sin pisar ni meter el pie hasta el tobillo en ninguna de las bostas de vaca tan retorcidamente colocadas en su camino.

Siguió caminando hasta que todo en su campo de visión fue camuflaje o naranja fluorescente, y luego buscó el mostrador de las municiones. Salió un hombre mayor vestido con un chaleco azul y apoyó sus arrugadas manos en el cristal como si fuera un camarero del viejo oeste. Richard asintió ante el saludo indiferente del hombre y luego anunció que quería tres cajas grandes de cartuchos de 5,56 milímetros de la OTAN. El hombre asintió y se dio media vuelta para abrir la vitrina de cristal donde estaba guardado el material bueno. En la parte trasera del chaleco llevaba un gran Smiley amarillo que sobresalía y parecía casi una semicircunferencia debido a su joroba de viudo.

—Len estuvo descargando tres rondas cada vez —le explicó a los demás, cuando lo alcanzaron—. Todo el mundo quiere disparar su carabina, pero nadie compra munición, y la 5,5 es cara hoy en día porque todos los chalados están convencidos de que la van a prohibir.

El empleado depositó con cuidado las pesadas cajas sobre el mostrador de cristal, sacó un lector de código de barras en forma de pistola de su cartuchera de plástico, y le disparó a cada una de las tres cajas por turno: tres apretones al gatillo, tres blancos directos. Citó una cifra impresionantemente alta. Richard ya había sacado la cartera. Cuando la abrió, la sobrina o sobrina segunda (todavía no había conseguido sonsacarle el nombre) contempló la cartera de hermoso cuero de manera tan indiscreta que estuvo a punto de entregárselo todo. Ella se sorprendió al ver la efigie de la reina Isabel y pintorescas imágenes de jugadores de hockey y soldados de la Primera Guerra Mundial. No se le había ocurrido cambiar el dinero, y ahora estaba en un sitio donde no había oficina de cambio. Pagó con tarjeta.

—¿Cuándo te mudaste a Canadá? —preguntó la joven.

—En 1972 —respondió él.

El viejo lo miró por encima de sus bifocales: «¡Desertor del reclutamiento!»

Ninguno de los jóvenes pareció hacer la conexión. Richard se preguntó si sabían siquiera que el país tuvo en tiempos un reclutamiento, y que la gente se daba patadas en el culo para evitarlo.

—Necesito su PIN, señor Forrest —dijo el empleado.

Richard, como muchos que se habían marchado, pronunciaba su apellido forTHRAST, pero

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