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REGRESO A IRLANDA

Jojo Moyes  

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Fragmento

PRÓLOGO

Entonces, el arzobispo besará la mano derecha de la reina. Acto seguido el duque de Edimburgo ascenderá los escalones del trono y, habiéndose despojado de su corona, se postrará de rodillas ante Su Majestad, y colocando sus manos entre las de la reina pronunciará las palabras de homenaje:

Yo, Felipe, duque de Edimburgo,

soy desde este momento vuestro siervo en cuerpo y alma,

en veneración terrenal;

recibiréis de mí honestidad y fidelidad,

para vivir y morir contra toda clase de gentes.

Que Dios me ayude.

Y levantándose, tocará la corona de Su Majestad y le besará la mejilla izquierda.

De manera parecida, el duque de Gloucester y el duque de Kent rendirán respectivamente su homenaje.

Del procedimiento de la ceremonia de la coronación, 1953

Probablemente había sido una grosería, pensó Joy después, conocer a tu futuro esposo en el que de hecho era el gran día de la princesa Isabel. O de la reina Isabel II, como se la conocería a partir de entonces. Con todo, teniendo en cuenta la trascendencia de aquel acontecimiento, había resultado bastante difícil (cuando menos para Joy) compartir el grado de excitación que la ocasión requería.

Aquel día llovía a mares. El puerto de Hong Kong estaba cubierto por un cielo húmedo y de un gris metálico, y mientras caminaba por el Peak con Stella, llevando una carpeta de partituras mojadas bajo el brazo, con las axilas pringosas como si se hubiera puesto grasa y la blusa pegada a la espalda como azúcar glasé, Joy había experimentado poco fervor monárquico al pensar en la fiesta que los Brougham Scott daban con motivo de la coronación.

Su madre, que estaba emocionadísima antes de salir de casa, se sentía tensa e insatisfecha, debido sobre todo a la presencia de su marido, que acababa de llegar de uno de sus viajes a China. Sus visitas parecían coincidir invariablemente con un rápido decaimiento en el ánimo de Alice, convirtiendo sus anhelos de una vida mejor en otra parte del mundo en algo mezquino y siniestro.

—No pensarás ponerte eso —le había dicho a Joy, frunciendo el ceño, y en su boca se había pintado un mohín escarlata de desaprobación.

Joy había vigilado la puerta. Estaba ansiosa por reunirse con Stella y evitar así tener que ir hasta la villa de los Brougham Scott con sus padres, a quienes había colado una mentirijilla diciendo que los anfitriones necesitaban las partituras a primera hora. Los trayectos con sus padres, inclusive a pie, la dejaban siempre con una sensación de mareo.

—Tienes un aspecto tan vulgar, cariño. Y te has puesto los zapatos de tacón. Serás más alta que nadie. —Aquel «cariño» era la manera en que Alice solía disfrazar su disgusto.

—Me quedaré sentada.

—No podrás estar así toda la noche.

—Bueno, doblaré las rodillas.

—Deberías ponerte un cinturón más ancho. Eso te hará parecer menos alta.

—Se me clavaría en las costillas.

—No sé por qué pones tantas pegas. Solo intento ayudar. No parece que quieras estar guapa.

—Oh, mamá, eso da igual. A nadie le va a importar. No creo que nadie vaya a fijarse en mí. Todos estarán pendientes de la princesa. —Déjame marchar de una vez, pensó Joy. Ya tendría bastante con aguantar el humor corrosivo de Alice durante toda la fiesta.

—Pues a mí sí me importa. La gente creerá que no he sabido educarte.

Lo que pensaba la gente era trascendental para Alice. Hong Kong es como una pecera, solía decir. Siempre había alguien mirándote, hablando de ti. Pues sí que deben de aburrirse, pensaba Joy. Pero no lo decía, sobre todo porque era verdad.

Por otra parte, estaba su padre, quien sin duda alguna bebería demasiado y besaría a todas las mujeres en la boca y no en la mejilla, y ellas volverían la cabeza nerviosas, no muy seguras de haberle incitado a hacerlo. Después, le gritaría a Alice que solo estaba echando una canita al aire. Qué esposa negaría a su marido un poco de diversión, después de pasar semanas enteras trabajando como un esclavo en China (y todos sabíamos lo que era vérselas con los «orientales»). Su padre no había vuelto a ser el mismo desde la invasión japonesa. Pero de eso no hablaban nunca.

También estaban los Brougham Scott. Y los Marchant. Y los Dickinson. Y los Alleyne. Y todos los demás matrimonios de parecido estatus social que residían más abajo del Peak, pero no de Robinson Road (en aquella época, la zona media era para los empleados), y que se veían en todas las fiestas del club de críquet de Hong Kong, coincidían en las carreras de Happy Valley, compartían los sampanes que hacían el trayecto por las islas entre trago y trago de jerez, y se quejaban de las dificultades para conseguir leche, de los mosquitos, del precio de las casas y de la pasmosa tosquedad de la servidumbre china. Y hablaban de Inglaterra, de lo mucho que la añoraban, de los visitantes que llegaban de allí, de lo aburridas que eran sus vidas, de lo «monótona» que les parecía Inglaterra a pesar de que la guerra había terminado hacía una eternidad. Pero sobre todo hablaban de ellos mismos; los militares empleando un idioma especial plagado de chistes privados y de humor cuartelero, los comerciantes desacreditando los logros de sus rivales, sus mujeres agrupándose una y otra vez en incesantes combinaciones, tan aburridas como venenosas.

Y lo peor, estaba William, omnipresente en cualquier reunión social, con su barbilla huidiza y su pelo rubio, tan frágil y delgado como su voz aguda y afónica, apoyándole sus manos húmedas en la espalda para empujarla hacia sitios adonde ella no quería ir. Mientras ella hacía ver, educadamente, que prestaba atención, podía verle la coronilla y adivinar en qué punto se iba a quedar calvo al cabo de unas semanas.

—¿Tú crees que está nerviosa? —preguntó Stella. Se había recogido el pelo, brillante como el barniz húmedo, en un vistoso moño. No tenía ni un solo cabello extraviado en el aire pegajoso, a diferencia del de Joy, que a los pocos minutos de haber sido peinado pugnaba caóticamente por desbandarse. Bei-Lin, su amah, la reprendía cuando Joy se sujetaba el pelo, como si aquello respondiera a una deliberada negligencia por su parte.

—¿Quién?

—La princesa. Yo lo estaría. Imagínate, toda esa gente pendiente de ti.

Las últimas semanas, Stella, que ahora estaba suntuosa con su falda roja, blusa blanca y cárdigan azul pensados para la ocasión, había hecho gala de lo que Joy consideraba un insano interés por la princesa Isabel, especulando sobre las joyas que usaría, su vestido, el peso de la corona, incluso sobre la posibilidad de que su marido tuviera celos de su título real, habida cuenta que él no podía ser rey. Joy empezaba a advertir en Stella un sentido de la identificación muy poco humilde.

—No todos la estarán mirando. Habrá mucha gente como tú y yo, que solo estarán escuchando la radio. —Se apartaron para dejar pasar un coche, mirando brevemente en su interior para ver si conocían a alguien.

—Pero la princesa podría equivocarse cuando diga lo que tiene que decir. A mí me pasaría. Seguro que me pondría a tartamudear.

Joy lo dudaba, pues Stella era un modelo en todo lo referente a la etiqueta femenina. A diferencia de Joy, tenía la estatura adecuada para una señorita y siempre llevaba vestidos elegantes que su modisto de Tsim Sha Tsui le confeccionaba siguiendo la última moda de París. Nunca se tropezaba al andar, ni se ponía de mal humor en presencia de otros, ni se le trababa la lengua hablando con la interminable fila de oficiales a quienes les ordenaban asistir a «recepciones» al objeto de que no se preocuparan por la inminente guerra de Corea. Joy pensaba a menudo que la imagen pública de Stella podría haber quedado ligeramente maltrecha si se hubiera descubierto su habilidad para decir todo el alfabeto a golpes de eructo.

—¿Tú crees que tendremos que quedarnos hasta el final?

—¿De la ceremonia? —Joy suspiró, dando un puntapié a una piedra—. Seguro que durará horas, y todos se achisparán un poco y se pondrán a hablar entre ellos. Y mi madre empezará a coquetear con Duncan Alleyne y le dirá que William Farquharson es pariente político de los Jardine y que es el partido ideal para una chica de mi posición.

—Pues más que un buen partido, yo diría que es enano. —Stella también tenía agudeza verbal.

—Me he puesto los tacones altos a propósito.

—Oh, vamos, Joy. ¿No es excitante te

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