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REINA ROJA

Juan Gómez-Jurado  

5


Fragmento

2

Un flashback

—... un lío de cojones, inspector Gutiérrez —concluye la frase el comisario. Tiene la cara de color bogavante, y respira como una olla a presión.

Estamos en Bilbao, en la comisaría de la Policía Nacional de la calle Gordóniz, el día antes de que Jon se enfrente a seis pisos de escaleras en el barrio de Lavapiés, en Madrid. Por ahora a lo que se está enfrentando es a sendos delitos de falsedad documental, alteración de pruebas, obstrucción a la justicia y deslealtad profesional. Y a una pena de cuatro a seis años de cárcel.

—Si el fiscal se encabrona puede pedir hasta diez años. Y el juez tan contento, te los carga. Porque a nadie le gustan los policías corruptos —dice el comisario, pegando una palmada encima de la mesa de acero. Están en la sala de los interrogatorios, que es un sitio en el que a nadie le apetece entrar como invitado de honor. El inspector Gutiérrez está recibiendo el paquete premium: la calefacción alta en ese puntito confortable entre el calor asfixiante y la muerte por sofocación, las luces fuertes, la garrafa de agua vacía, pero a la vista.

—No soy corrupto —dice Jon, resistiendo la tentación de aflojarse la corbata—. Nunca me he metido un céntimo en el bolsillo.

—Como si eso importara. ¿En qué carajo estabas pensando?

Jon estaba pensando en Desiree Gómez, alias la Desi, alias la Brillos. Desi tiene diecinueve años mal cumplidos, y ya lleva tres en la calle. Pateándola, durmiéndola, metiéndosela en la vena. Muñequita de salón, tanguita de serpiente. Nada que Jon no haya visto antes. Pero algunas de estas chicas se te cuelan en el corazón sin saber tú cómo, y de pronto todo es una canción de Sabina. Nada serio. Una sonrisa, un invitarla a un café a las seis y nunca de la mañana. Y de pronto te importa que el chulo la infle a hostias. Y hablas con el chulo, a ver si para. Y el chulo no para, porque en el cerebro le faltan tantas piezas como en la dentadura. Y ella te llora, y tú te vas calentando. Y antes de que te quieras dar cuenta le has plantado en el coche cuarto y mitad de caballo. Lo justo para que le caigan de seis a nueve años.

—No estaba pensando en nada —contesta Jon.

El comisario se pasa la mano por la cara, se la frota como si quisiera borrar su expresión de incredulidad. No funciona.

—A ver, si al menos te la estuvieras tirando, Gutiérrez. Pero a ti no te van las mujeres, ¿no? ¿O ahora pescas en las dos aceras?

Jon niega con la cabeza.

—Si el plan no era malo —ironiza el comisario—. Quitar a esa basura de la calle era una idea cojonuda. Trescientos setenta y cinco gramos de heroína, directo al penal. Sin atenuantes, ni historias. Sin molestos trámites.

El plan era estupendo. El problema fue que le pareció tan bueno que se le ocurrió contárselo a la Desi. Para que supiera que ese ojo morado y esos cardenales y esa costilla fisurada iban a ser los últimos. Y a la Desi, cocidita de jaco, le dio pena su chulo, pobre. Y se lo contó. Y el chulo instaló a la Desi en una esquina, pero escondida y grabando con el móvil. Y el vídeo se lo vendieron a la Sexta por trescientos euros —que me lo quitan de las manos—, al día siguiente de la detención del chulo por narcotráfico. Y se lio bien gorda. Portada en todos los periódicos, el vídeo en todos los informativos.

—Yo no sabía que me estaban grabando, comisario —dice Jon, avergonzado. Se rasca el pelo, ondulado y tirando a pelirrojo. Se mesa la barba, espesa y tirando a cana.

Y recuerda.

La Desi tenía un pulso de mierda y un encuadre nefasto, pero grabó lo suficiente. Y la carita de muñeca daba muy bien en los platós. Interpretaba de Oscar el papel de novia de un inocente inculpado injustamente por la policía. Al chulo no lo sacaban en los programas de por la tarde ni en las tertulias de la noche con su aspecto actual —camiseta sobaquera, dientes marrones—. No, ponían una foto de hace diez años, con la primera comunión aún sin digerir. Un angelito desviado, la sociedad es la culpable, todo ese rollo.

—Has dejado la reputación de esta comisaría por los suelos, Gutiérrez. Hay que ser imbécil. Imbécil e inocente. ¿De verdad no te olías lo que pasaba?

Jon niega por segunda vez con la cabeza.

Se enteró del asunto porque el vídeo le llegó al WhatsApp, entre meme y meme. Había tardado menos de dos horas en hacerse viral en todo el país. Jon se presentó de inmediato en la comisaría, donde el fiscal ya estaba pidiendo a gritos su cabeza, con los testículos de guarnición.

—Lo siento, comisario.

—Y más que lo vas a sentir.

El comisario se levanta, resoplando, y sale de la habitación propulsado por su justa indignación. Como si él no hubiera retocado pruebas nunca, estirado el Código Penal o hecho una trampita aquí y otra allá. Presuntamente. Lo que no había sido era tan tonto como para que le pillaran.

A Jon le dejan tiempo para que se cueza en su propio jugo. Le han quitado el reloj y el móvil, procedimiento estándar para que pierda la noción del tiempo. El resto de objetos personales están en un sobre. Sin nada con lo que entretenerse, las horas pasan muy despacio, dejándole bastante hueco para torturarse por su estupidez. Con el juicio mediático perdido, ya sólo le queda preguntarse cuántos años tendrá que chuparse en Basauri. Un sitio donde le esperarán unos cuantos amigos con los puños apretados y muchas ganas de pillar —tres contra uno— al poli que les alojó allí. O quizás le manden más lejos para protegerle, a algún sitio donde su amatxo no podrá ir a visitarle. Ni llevarle una tartera con sus famosas cocochas de los domingos. Nueve años, a cincuenta domingos por año, le salen cuatrocientos cincuenta domingos sin cocochas. A bulto. Mucho castigo le parece. Y su amatxo ya es mayor. Que le tuvo a los veintisiete, casi virgen del todo, como Dios manda. Y ahora él con cuarenta y tres y ella con setenta. Cuando Jon salga ya no estará amatxo para hacer cocochas. Si es que la noticia no la mata del susto. Ya se lo habrá contado la del 2.º B, menuda lagarta, lengua bífida, pues anda la que montó con lo de los geranios.

Pasan cinco horas, aunque a Jon le parecen cincuenta. Nunca ha sido de quedarse muy quieto en un sitio, así que el futuro entre rejas se le antoja imposible. No piensa en matarse, porque Jon valora la vida por encima de todo y es un optimista irredento. De esos de los que Dios se ríe con más ganas cuando les deja caer encima una tonelada de ladrillos. Pero tampoco encuentra modo alguno de escurrirse fuera de la soga que él mismo se ha colocado al cuello.

Jon está inmerso en estos negros pensamientos cuando se abre la puerta. Espera ver de nuevo al comisario, pero en su lugar hay un hombre alto y delgado. Cuarentón, moreno, de entradas pronunciadas, bigote recortado fino y ojos de muñeca, que parecen más pintados que reales. Traje arrugado. Maletín. Caros.

Sonríe. Mala señal.

—¿Es usted el fiscal? —pregunta Jon, extrañado.

No le ha visto nunca, y sin embargo el desconocido parece encontrarse como en casa. Aparta una de las sillas de acero, que arranca un chillido del cemento, y se sienta al otro lado de la mesa, sin dejar de sonreír. Saca unos papeles del maletín y los estudia como si Jon no estuviera a menos de un metro de él.

—Que si es usted el fiscal —insiste Jon.

—Mmmm... No. No soy el fiscal.

—¿Abogado, entonces?

El desconocido suelta un resoplido, entre ofendido y divertido.

—Abogado. No, no soy abogado. Puede llamarme Mentor.

—¿Mentor? ¿Eso es nombre o apellido?

El desconocido sigue ojeando los papeles, sin levantar la vista.

—Su situación es bastante comprometida, inspector Gutiérrez. Le han suspendido de empleo y sueldo, para empezar. Y tiene unos cuantos cargos encima de la mesa. Ahora vienen las buenas noticias.

—¿Tiene usted una varita mágica para hacerlos desaparecer?

—Algo por el estilo. Lleva más de veinte años en el cuerpo, un buen número de detenciones. Algunas quejas por insubordinación. Poca tolerancia a la autoridad. Le encanta tomar atajos.

—No siempre se pueden seguir las normas al pie de la letra.

Mentor guarda de nuevo los papeles en el maletín con parsimonia.

—¿Le gusta el fútbol, inspector?

Jon se encoge de hombros.

—Algún partido del Athletic de vez en cuando.

Por inercia. Que el Athletic es el Athletic.

—¿Ha visto jugar a un equipo italiano? Tienen una máxima, los italianos: Nessuno ricorda il secondo. A ellos les importa poco cómo ganen, mientras ganen. Simular un penalti no es ninguna deshonra. Dar una patada forma parte del juego. Un sabio llamó a esta filosofía mierdismo.

—¿Qué sabio?

Ahora es Mentor quien se encoge de hombros.

—Usted es un mierdista, como prueba su última hazaña con el maletero del vehículo del proxeneta. Claro que la idea es que el árbitro no le vea, inspector Gutiérrez. Y menos aún que la repetición de la jugada acabe en las redes sociales con el hashtag #DictaduraPolicial

—Oiga usted, Mentor, o como se llame —dice Jon, poniendo sus enormes brazos sobre la mesa—. Estoy cansado. Mi carrera se ha ido a la mierda y mi madre tiene que estar loca de preocupación porque no he ido a casa a cenar y no he podido avisarla todavía de que me voy a tirar un puñado de años sin verla. Así que vaya al grano o váyase a tomar por culo.

—Voy a proponerle un trato. Usted hace algo que yo quiero, y yo le saco de este... ¿cómo lo llamó su jefe? De este lío de cojones.

—¿Va a hablar con la fiscalía? ¿Y con los medios? Venga ya, hombre. Que no nací ayer.

—Entiendo que le resultará difícil escuchar a un desconocido. Seguro que tiene alguien mejor a quien recurrir.

Jon no tiene a nadie mejor a quien recurrir. Ni mejor, ni peor. Lleva cinco horas dándose cuenta de ello.

Se rinde.

—¿Qué es lo que quiere?

—Lo que quiero, inspector Gutiérrez, es que conozca a una vieja amiga. Y que la saque a bailar.

Jon suelta una carcajada en la que no hay ni pizca de alegría.

—Me temo que le han informado mal sobre mis aficiones, oiga. No creo que a su amiga le guste bailar conmigo.

Mentor sonríe de nuevo. Una sonrisa de oreja a oreja, aún más preocupante que la primera.

—Por supuesto que no, inspector. De hecho, cuento con ello.

3

Un baile

Así que Jon Gutiérrez afronta el último tramo de escalera del número 7 de la calle Melancolía (barrio de Lavapiés, Madrid) de un humor bastan

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