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RENDICIóN (PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2017)

Ray Loriga

4


Fragmento

 

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas. De pronto, aquello en lo que no habíamos reparado siquiera nos destruye, como las trampas de un cazador que nos supera en habilidad y a las que no prestábamos atención mientras nos distraíamos con el señuelo. A qué negar, en cambio, que mientras pudimos también cazamos así, utilizando trampas, señuelos y grotescos pero muy efectivos camuflajes.

Si uno mira con cuidado el jardín de esta casa, sabrá enseguida que vivió tiempos mejores, que la alberca vacía no desentona con el zumbido de los aviones que cada noche castigan no ya esta propiedad sino todas las de nuestro valle. Cuando ella se acuesta intento tranquilizarla, pero lo cierto es que sé que algo se derrumba y que no podremos levantar nada nuevo en su lugar. Cada bomba en esta guerra abre un agujero que no vamos a ser capaces de rellenar, lo sé yo y lo sabe ella, aunque jugamos y nos hacemos los tontos a la hora de dormir, buscando una tranquilidad que ya no encontramos, un tiempo como el de antes. Algunas noches, con tal de soñar mejor hasta recordamos.

En ese otro tiempo disfrutamos de lo que entonces pensábamos que iba a ser nuestro para siempre. El agua fresca del lago, lo llamábamos lago pero era más bien una charca grande, no sólo aliviaba los días de calor, sino que nos ofrecía toda clase de juegos y aventuras seguras. Esto último, «aventuras seguras», es sin duda una contradicción de la que entonces no éramos conscientes.

Teníamos una pequeña barca de remos, con la que los niños pasaban las horas jugando a piratas y con la que a veces, en las tardes de verano, la llevaba a ella a navegar, también es un decir, enredados los dos en nuestros propios pensamientos, sin hablar demasiado, pero tranquilos.

Ayer llegó una carta de Augusto, nuestro hijo, nuestro soldado, que nos cuenta que hace un mes estaba aún vivo aunque eso no confirma que hoy no esté muerto. La alegría que sentimos al leerla hace un poco más grande nuestro miedo. Desde que se interrumpieron las señales de pulso, por decisión del gobierno provisional, hemos vuelto a esperar al cartero, como hacían nuestros abuelos. No hay otra vía de comunicación. De Augusto al menos tenemos noticias del mes pasado, de Pablo hace casi un año que no sabemos nada. Cuando se marcharon al frente, las señales de pulso nos daban cuenta constante del latido de sus corazones; ella decía que era casi como tenerlos dentro, como cuando los sentía vivos durante la gestación. Ahora estamos obligados a soñarlos vivos en silencio. La guerra para los padres no es la guerra de los hombres que pelean, es una guerra distinta. Aguardar es nuestra única tarea. Mientras tanto el jardín se desespera y se va muriendo, agotado. Ella y yo, por otro lado, nos levantamos cada día bien dispuestos.

Nuestro amor, enfrentado a esta guerra, se va haciendo fuerte.

No es fácil precisar ahora cuánto nos quisimos antes; claro está que en nuestra boda los besos fueron sinceros, pero esa sinceridad estaba pegada al cuerpo de lo que éramos entonces, y es evidente que el tiempo nos ha convertido en otra cosa. Esta misma mañana he caminado por la propiedad para certificar una vez más que este lugar apenas se parece ya a lo que fue nuestra casa. El lago está casi seco; alguien, es de suponer que el enemigo, ha puesto diques en los arroyos del monte. Las orillas del lago, antes verdes como una jungla, ahora agonizan.

La guerra no cambia nada por sí misma, sólo nos recuerda, con su ruido, que todo cambia.

Y a pesar de la guerra, o gracias a la guerra, seguimos adelante, bu

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