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RESCATANDO TU ALMA PERDIDA (ROSA BLANCA 1)

Laura A. López  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Hertfordshire, 1812

Era una calurosa mañana en Sunset Manor, y para lady Darline, un día ideal para salir a cabalgar, tomarse el tiempo para leer y para otras actividades secretas que tenía cuando iba al bosque, siempre ansiosa por aquellos momentos al aire libre.

—¡Buen día, padre, madre! —saludó Darline entrando a la sala, le dio un beso al conde de Derby y otro a la condesa.

El conde era un hombre aún atractivo pese a su edad; amable, amoroso y atento con su familia, adoraba a su pequeña niña. La madre de Darline había muerto de unas fiebres cuando ella tenía tres años de edad; el conde y sus tres hijos quedaron solos en el mundo, todo se había derrumbado para él.

Cuando decidió recuperar su vida un año después de la muerte de la condesa, se enamoró perdidamente de la viuda de un barón, lady Adele Hamilton.

La madrastra de Darline era una mujer bella, de dorados cabellos con bucles, ojos verdes como el prado y, por sobre todas las cosas, amaba profundamente a los hijos del conde, como una madre.

—Buenos días, cariño, ¿desayunas con nosotros? —preguntó el conde.

—No, padre, he pedido un pequeño desayuno para llevar a la señora Garret —contestó Darline con una amable sonrisa.

—Bueno, querida, que tengas un excelente día, no regreses tarde —expresó la condesa.

—Gracias, madre. Regresaré por la tarde —dijo Darline y salió hacia los establos donde se encontraba su yegua pura sangre, regalo de su hermano mayor Brent, futuro conde de Derby. En ese momento se encontraba viajando por negocios del condado, y su otro hermano, Harold, lo acompañaba. Con poca diferencia de edad, ambos eran más que hermanos; unos amigos inseparables, además de mujeriegos. Mientras estaban en la casa, se dedicaban a malcriar a su pequeña hermanita Darline. Ella los amaba y extrañaba, ansiaba el momento en que regresaran y le contaran sus aventuras.

***

—Adele… —dijo el conde.

—¿Sí, querido? ¿Qué sucede?

—Pronto debemos ir a Londres para presentar a Darline, la temporada inicia en un mes, ¿podrías ayudarla para que tenga una excelente noche? Necesitará nuevos vestidos y otros artículos. Sus hermanos están por regresar. En una semana partiremos a Londres.

—Claro, querido, encantada con la idea. Estoy tan ansiosa de que por fin haya llegado el momento más importante para toda señorita en edad casadera; con gusto la acompañare y apoyaré.

—Gracias, querida, sabía que podía contar contigo, siempre supe que tú podrías ganártela, ambas se adoran.

Ella amaba a Darline y a los muchachos como si fueran sus propios hijos.

—¡Oh, querido…! —expresó la condesa emocionada.

***

Llegando a las caballerizas, Darline pidió al mozo que ensillara a Petra, su preciosa yegua blanca.

—Vamos, Petra… —dijo espoleando a su montura.

Darline daba la impresión de ser una aparición celestial sobre la potra blanca. Con su cabello negro suelto, sus ojos grises profundos y una blancura que solo deberían tener los ángeles, salió disparada como excelente amazona que era. Educada con las mejores institutrices, sus modales eran tan exquisitos como ella misma; tocaba el arpa y el piano, conocía de arte, sabía pintar hermosos paisajes cuando la melancolía se cernía sobre ella.

Le gustaba sentir la libertad, soñaba con una vida tranquila en el campo, aunque sabía lo que debían hacer las señoritas de su edad: buscar un marido.

No era algo que le desagradara siempre y cuando no le cortara las alas.

Lentamente llegó hasta la orilla de un hermoso arroyo que tenía la propiedad de su padre; su lugar favorito. Y entonces dijo para sí:

—Con este calor, mejor me doy un baño. —Y lentamente se quitó la ropa al completo y se metió bajo la cascada.

Pensó en que pronto tendría que ir a Londres y dejar todo eso para buscarse un marido. Ella tenía la firme idea de que su marido debía ser un hombre guapo, joven, honesto y fiel, sobre todo fiel.

Durante sus paseos por el bosque, se quedaba horas perdida en lecturas románticas que, según ella misma, le llenaban la cabeza de ideas románticas, y muchas veces ridículas, en una sociedad donde las apariencias y los matrimonios arreglados estaban a la orden del día. Ella sabía que su padre nunca la obligaría a casarse con alguien que no amara, él quería un matrimonio

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