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RIMAS Y LEYENDAS (LOS MEJORES CLáSICOS)

Gustavo Adolfo Bécquer  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Cuando nos asomamos al manuscrito autógrafo de Bécquer, llamado por él Libro de los gorriones, estamos muy lejos de suponer lo que el tiempo ha deparado a sus escritos, principalmente a las Rimas y a las Leyendas, aunque también a otros escritos literarios y periodísticos: una fama popular y un prestigio académicos que contados escritores españoles han logrado a lo largo de su historia. De aquel libro tan humilde de «proyectos» han quedado como testimonios imperecederos la mayor parte de sus poemas, la preciosa «Introducción sinfónica» y algún otro texto publicado en el manuscrito («La mujer de piedra»), más los trabajos múltiples que realizó para la prensa de su tiempo y la edición póstuma de sus Leyendas, Cartas desde mi celda, Artículos varios (hasta once) y Rimas, de 1871, publicadas por los amigos del poeta. En esa edición (de la que por fortuna hay edición facsímil de Cristóbal Cuevas y Salvador Montesa) se recoge, pues, la esencia más importante de su obra, si bien se echan en falta textos como las Cartas literarias a una mujer, la Historia de los templos de España y una enorme parte de sus artículos periodísticos que ha ido publicando la crítica (Leonardo Romero, etc.) hasta las ediciones más completas de los mismos (y otros escritos varios) realizadas por Ricardo Navas Ruiz[1] y últimamente por Joan Estruch.[2]

En el Libro de los gorriones se nos ofrecen unos textos limpios de pedantería académica, con las incorrecciones del «hombre» que «escribe» poesía y no del sabio literato que la «hace», como él mismo distinguiera en la rima XXVI. Aunque lo que sabemos de Bécquer como persona no es tanto como quisiéramos, su figura se nos ha hecho familiar por sus retratos, por su escritura (sus propios manuscritos), por las semblanzas de algunos amigos queridos y, últimamente, por los valiosos ensayos biográficos de algunos críticos como Rica Brown, Heliodoro Carpintero, José Pedro Díaz y, más recientemente, por el bello libro de Rafael Montesinos, tan «lleno» de Bécquer no sólo por sus preciosas ilustraciones y documentos, sino también por su vivo, claro y amoroso texto. Todos ellos y otros críticos, que no podríamos enumerar aquí, habían visto al poeta y al hombre, y los que no pudieron conocerle en persona lo habían adivinado a través de sus poemas, porque pocas veces un escritor está tan vivo en su obra como Gustavo Adolfo Bécquer, que supo unir, sin exhibicionismo, su talento natural de artista a una sinceridad y autenticidad consigo mismo muy poco frecuentes, y está tan vivo no sólo como artista sino como mero hombre que forjó su poesía, como deseara Machado para sí.

Hablar de un hombre es más difícil y temerario que hacerlo de un escritor. Gustavo Adolfo decía: «de que pasé por el mundo / quién se acordará?» (rima LXI). Hoy nos acordamos muchos, después de más de un siglo transcurrido, y no sólo del buen escritor. Y nos acordamos los que lo estudiamos, pero también los que lo leen de forma anónima con amor y se sienten hermanos de sus sueños. Profundizar en el estudio de Bécquer y su obra es una de las experiencias más gratas que pueda tener cualquiera. No es extraño, pues, que pese al fugaz gusto y a la inconstante moda, Bécquer haya sido leído y amado desde su muerte por modernistas y noventayochistas, por generaciones novecentistas, del veintisiete y de posguerra… hasta hoy. En todos los grupos, en todas las escuelas, es fácil encontrar su recuerdo, y quizá entre la gente iletrada sea el poeta del siglo antepasado más presente y vivo hoy en día.

Cuando Ramón Rodríguez Correa, amigo del poeta, escribe su sencilla pero emotiva semblanza en el prólogo a la primera edición de sus obras en forma de libro (en el mencionado año de 1871), se nos revelan muchas cosas: que un gran poeta había dejado casi en el anonimato la mayor parte de sus versos, que la adversidad de su vida truncó ambiciosos proyectos, y que, sólo tras la muerte, se revelaba al público el genio de un hombre que para sobrevivir y ser fiel a su talento tuvo que pagar por él «o una necesidad material, o el pago de una receta», como dice el mencionado Rodríguez Correa.

No es la vida de Bécquer, como ahora veremos, la del artista triunfante, que conoce el sabor de la gloria o, al menos, la tranquilidad de una existencia afectiva suficiente, ni siquiera la seguridad de una cobertura material medianamente satisfecha. «Yo era huérfano y pobre…» dice Bécquer en su rima LXV, y esto, que es sin duda en el contexto poético una afirmación llena de resonancias complejas, es también una realidad de hecho, aunque pueda discutirse en algún pormenor. Tuvo en efecto algunas satisfacciones de muy distinto orden, pero éstas provenían más de su temperamento artístico y de la exaltación vital de sus ilusiones que del logro de las mismas. «Poeta del dolor» le ha llamado Díez Taboada, pero también por el hecho mismo de ser auténtico poeta, hombre de sensibilidad e imaginación para poder hallar en la Poesía el bálsamo de la adversidad y el consuelo del Sueño. Bécquer, por fortuna para él, supo ver con claridad la contingencia de la vida al modo calderoniano y avanzar más allá, llegando a atisbar también el valor del sueño de la vida, a profundizar en éste y a intentar incluso traspasar su umbral.

Una edición de sus obras fundamentales es siempre necesaria, no sólo por el interés intrínseco de estas obras, sino porque hay un lector a quien hay que mantener en contacto con nuestros clásicos, y más si son tan vivos como Bécquer. La edición, sobre todo de sus Rimas, presentaba un problema, reavivado por los editores más recientes: conservar el orden del manuscrito becqueriano Libro de los gorriones o el de la edición póstuma de los amigos del poeta. Aunque esto no nos parece una cuestión del todo relevante, sí lo es en la medida en que la edición del manuscrito implica una presentación de las Rimas de acuerdo con él, cuando sabemos, por las propias palabras de Bécquer, que éste, escrito en un libro puramente comercial, era sólo un cuaderno de «proyectos» en el que tenían cabida otros escritos diferentes y textos en prosa. No hay identificación con las rimas exclusivamente. Hay otros dos datos importantes: la edición de las Rimas (éstas sí) efectuada por los amigos del poeta (Narciso Campillo y Ramón Rodríguez Correa) y publicada en 1871, muerto el poeta, quizá hubiera contado con su aprobación, pues Bécquer confiaba en ellos, más doctos y capaces de asumir una labor teórica y práctica (Campillo había escrito incluso una Poética dentro de parámetros académicos) en la confección, organización y publicación de sus textos. Además, la tradición ha mantenido en innumerables ocasiones el orden de las poesías de esa edición, a las que eruditos, profesores y lectores aludían y aluden en citas, referencias y escritos de variada índole. Introducir una nueva ordenación que no sea la canónica iría contra esa misma tradición, que tan útil ha sido y es, hasta el punto que hay que combinar siempre, advirtiéndolo, las dos ordenaciones para evitar la confusión. Por esas razones (y otras de menor relieve), mantenemos nosotros el orden tradicional, no creyendo, como algunos críticos recientes piensan, que tergiverse el sentido de los poemas, al dar a éste un valor autobiográfico, y menos referir una historia concreta de este tipo, pues el lector es inteligente y distingue a la perfección los motivos y detalles de cada poema y es capaz de leerlos de forma aislada como lo que son. La edición tradicional tiene la virtud de agavillar unos temas concretos e ilustrar con ello una faceta de la visión del poeta acerca de la poesía, el descubrimiento amoroso, la exaltación de éste o su desengaño y ruptura, sin atribuir a un acontecimiento vital concreto tal o cual poema, porque entre otras cosas no es necesario para entender el sentido de los mismos. No por ello se desestima la edición de las Rimas siguiendo el manuscrito autógrafo, tal cual se ha hecho en varias ocasiones, pues su objeto es de utilidad evidente. En este sentido hay que agradecer a los profesores Balbín y Roldán (ya fallecidos) la verdadera primera edición facsímil que realizaron en el año 1971 en un precioso libro encuadernado según el formato del manuscrito (o lo más parecido a él) en color y forma. En cuanto a la edición de las Leyendas, nos atenemos al texto de nuestra anterior edición de 1984 en Plaza & Janés con algunos matices que explicamos en los criterios de edición presentes.

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

En la época en la que nace Bécquer (1836) se han empezado ya a consolidar el romanticismo y el liberalismo en Europa. El fenómeno procede de las corrientes racionalistas de la Ilustración dieciochesca y se opone a la vez a ellas, lo que permite explicar la aparente contradicción en la que se mueve la cultura del momento: por un lado, una abierta rebeldía contra toda norma, fundamentalmente contra los valores clásicos y la tradición, y por otro un nexo con la tradición y, por tanto, con la espiritualidad individual y colectiva de raigambre medieval, y con los valores del «pueblo» (cuentos, leyendas religiosas o de otro orden, etc.), desde el folclore hasta las reliquias del arte y la arquitectura (catedrales, monasterios, monumentos y ruinas, etc.). Pero sobre todo destacan elementos de la psique humana como la pasión y los sentimientos, a los que se añade el sentido estético en la contemplación de la naturaleza, que determinará el descubrimiento del paisaje como cuadro autónomo. La ambivalencia, e incluso aparente contradicción, emanada del gusto por la tradición y el afán de progreso, del culto a los valores de lo popular y el más acendrado individualismo, se va decantando con el tiempo hasta constituirse en dos corrientes que tienen su orientación ideológica y política según prevalezcan unas u otras tendencias: la conservadora, con predominio del peso de la tradición, y la liberal o progresista, en la que el influjo de las ideas ilustradas ganan fuerza. No obstante, en cualesquiera de las dos corrientes se pueden hallar, como hemos dicho, contradicciones evidentes, que a veces corresponden a distintas fases en la evolución de los autores. Así, por ejemplo, es fácil encontrar una estética neoclásica en la poesía de Larra o en su teatro, apenas rota por el impulso juvenil de la protesta o la renovación ideológica que le es inherente; o en las primeras poesías de un Bécquer juvenil todavía hallamos el marchamo vivo de esa misma estética heredada de Lista o de Quintana hasta su pronta evolución posterior por influjo de los poetas románticos españoles y extranjeros. Mientras en Francia Chateaubriand (1787-1824), quien habría de influir en ciertos aspectos de la concepción becqueriana de la tradición, seguía una línea monárquica y conservadora, Lord Byron (1787-1824) mostraría en Inglaterra una decidida vocación por el más acendrado individualismo, lo mismo que Heine (1797-1856) en Alemania (quien también habría de influir en la poesía de Bécquer). Es curiosamente en Francia donde el romanticismo conquista un puesto decisivo con el manifiesto de Victor Hugo (en el prefacio de su drama Cromwell) en 1827. Las producciones poéticas de Vigny, Musset, Lamartine, dejan ya el camino abierto a la nueva corriente de forma decisiva. Lo mismo ocurre en el campo de la pintura con Delacroix, o de la música con los italianos Rossini, Donizetti y Bellini (que también influirían en la personalidad de Bécquer), los germanos Mendelsshon, Schubert y Schumann, y el polaco Chopin. En España el duque de Rivas, de manera algo tardía (1835), introducía de forma decidida el movimiento en el teatro, y Espronceda conseguía sus mejores frutos en el género publicando en 1840 sus Poesías. La vida de Bécquer transcurre entre ese incipiente romanticismo y el período llamado realista. Propiamente su obra se mueve ya en el campo de la poesía tardorromántica o realista. Aunque su posición es tildada por algunos de romántica, sólo lo es en la medida que asimila más el tipo del lied o canción alemana (a través de poetas españoles filogermanistas) que la poesía exaltada de los primeros románticos, y está situado, como veremos luego, en una zona propia de poesía intimista que tiene como precedentes poetas extranjeros y españoles de la segunda mitad del siglo, que es la que corresponde cronológicamente a su realización poética y literaria.

En otros campos de las artes el romanticismo inicial hunde sus raíces en el neoclasicismo anterior, como sucede con el pintor David en Francia, autor neoclásico ligado por su ideología a la revolución y luego artista oficial del Imperio con Napoleón. De David precisamente procede Girodet (1767-1824), quien ya se inspira en temas legendarios como la saga de Ossian; Gérard (1770-1837) y Gros (1771-1835), autor del famoso retrato de Bonaparte en el puente de Arcole; pero los más importantes de este período son sin duda Proudhon (1758-1823), autor de una alegoría sobre el crimen, de espíritu ya plenamente romántico, Géricault (1791-1824), autor de obras sobre las hazañas napoleónicas y de una obra típica de la época, La balsa de la Medusa, de exaltación romántica, como lo serán las pinturas del más grande de todos, Eugène Delacroix (1793-1863), quien se inspira en Shakespeare (Hamlet y Horacio en el cementerio), o en Byron (El naufragio de don Juan), pero sobre todo es conocido por La libertad guiando al pueblo, de 1830. En Inglaterra es muy importante William Blake (1757-1827) como pintor visionario y poeta, autor de ilustraciones sobre la Biblia y la Divina comedia, así como los grandes descubridores del paisaje como John Constable (1776-1837) y, sobre todo, William Turner (1775-1851). En España los pintores románticos también parten de las enseñanzas neoclásicas. Dejando al margen al preclaro Francisco de Goya (1746-1828), pintor dieciochesco, pero que se asoma a la época moderna con una audacia que le hace precursor del impresionismo y expresionismo, hay que destacar a Esquivel (1806-1857), importante retratista, cuya Reunión de literatos (o Zorrilla en el estudio del pintor) es importante también como documento de época, y a Pérez Villaamil (1807-1854), de un gran talento evocador de paisajes orientales y edificios medievales, todo impregnado de subjetividad. Finalmente, Valeriano Bécquer (1834-1870), hermano del poeta, destaca por la pintura de costumbres y tipos populares. Pertenecían ambos a una familia de pintores, entre los que destacan el padre, José Domínguez Bécquer, pintor de carácter costumbrista también, y Joaquín, tío de los hermanos, también pintor de costumbres. Valeriano fue seguramente el más importante de ellos, dedicándose también a la ilustración de revistas y libros (entre ellos destaca Los trabajadores del mar, de Victor Hugo), y al retrato, realizando, entre otros, varios de su hermano Gustavo Adolfo.

En lo político, el triunfo del liberalismo era cuestión de tiempo. En España lo logró gracias al apoyo de Inglaterra y Francia, de forma que los gobiernos que se suceden de 1834 a 1837 (Martínez de la Rosa, Toreno, Mendizábal) son progresivamente más liberales. Las guerras carlistas minaban la situación, hasta que en 1839 se firma el Convenio de Vergara con los partidarios de don Carlos. Pero en el año 1843 es derribado Espartero, y después de declararse la mayoría de edad de Isabel II se impone una situación claramente conservadora hasta 1854. En Francia, la revolución de 1848 obligó a abdicar al rey Luis Felipe y se vuelve a proclamar la república. Estos hechos se propagan por Europa y el espíritu liberal y democrático vuelve a imperar por todas partes. En Austria dimite Metternich, el hombre que había representado el espíritu de la Restauración. Demócratas y socialistas se hacen con el poder. En Italia las ideas políticas

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