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ROJO Y ORO

Selene M. Pascual

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Fragmento

CANTO I
EL DIOS DE LA VIDA

Habladme, musas, de las antiguas historias de los dioses;
de sus rencillas y sus amores, y de los pecados nunca perdonados.

Habladme de Eris, que fue castigada por su ambición,
y de cómo el Caos se atrevió a crear vida de la propia muerte…

La historia que voy a contaros ocurrió mucho después de que el Mundo Medio hubiera sido poblado por mortales y el Mundo Superior por inmortales. Mucho después de que el Universo fuera dividido en tres por Zeus y sus hermanos, separando Cielo, Mar e Inframundo.

Esta historia ocurrió cuando el poder de los divinos ya estaba repartido, y todo aquel que ansiase más tenía que armarse de astucia y artimañas para conseguirlo.

Eso fue precisamente lo que hizo Eris, diosa de la Discordia, capaz de hacer reinar el caos entre humanos y deidades por igual.

Ella ansiaba más poder del que se le había dado, y pensó que la forma de conseguirlo era engañar a uno de los tres grandes dioses para robarles su fuerza y su reino. Su mirada se volvió hacia Zeus antes que hacia cualquier otro: pensó que si conquistaba al rey, este sería capaz de desterrar a su propia esposa, Hera, para darle el título de reina a ella. Pero, aunque el Caos sedujo al gobernante de los cielos, él nunca pensó en darle nada. Podría haberlo matado entonces, pero su idilio había despertado la atención y el desprecio de Hera, siempre celosa y vengativa, por lo que decidió retirarse de aquel terreno para conquistar alguno más sencillo.

Se fijó entonces Eris en el reino de Poseidón, pero aquel lugar no la agradaba: era frío y húmedo, y no estaba lo suficientemente apartado como para hacer lo que se le antojase sin estar bajo la vigilancia de los demás dioses. De igual modo, en los mares solo se puede plantar el caos de las tormentas y los naufragios, y aquello le parecía poco ambicioso.

Solo quedaba entonces una opción: el Inframundo era cálido y caótico en sí mismo. El sufrimiento y el terror que emanaban del Tártaro la atraían. Aunque Hades tenía como esposa a la bella Perséfone, ella pasaba la mitad del año fuera de aquellas tierras y no era demasiado poderosa. Eris no podía mantener a la reina del Inframundo alejada de sus dominios para siempre, pero quizá bastase con tomar su puesto durante un día y hacer creer a Hades que era ella. Cuando él se quisiera dar cuenta de que había sido engañado, ya sería demasiado tarde.

Así pues, cuando la puerta del Inframundo se abrió al final del verano para que Perséfone volviese a su palacio, Eris trató de embaucarla para adentrarse en el reino en su lugar. Le dijo que, de ese modo, si ansiaba pasar más tiempo con su madre podría hacerlo, que si quería toda la libertad del mundo la tendría. Incluso trató de convencerla de que Hades no la amaba, y le preguntó si de verdad ella podía llegar a querer a quien un día fue su captor. Pero Perséfone, si bien no tenía demasiado poder, era inteligente: sospechó de los trucos del Caos y se negó a aceptar su oferta, creyendo que intentaba mantenerla alejada de su trono.

Entonces Eris decidió que las cosas habrían de hacerse por las malas: planeaba gobernar sobre el Inframundo de todos modos, así que no haría falta otra reina. Por eso cortó la cabeza de su enemiga: la única forma que existe de matar a un inmortal. Eris escondió el cuerpo sin demora y tomó la forma de Perséfone como parte de su trampa, descendiendo a continuación a los Infiernos para conseguir su corona.

Hades esperaba a su esposa como al principio de cada otoño. Ajeno al engaño del que estaba siendo víctima, cuando Eris se arrodilló ante él bajo la apariencia de Perséfone, el dios la tomó en sus brazos y la besó con la pasión del primer encuentro. El hombre no vio el puñal que guardaba el Caos tras la espalda, pero supo que algo iba mal cuando no reconoció el beso de la que creía su amada. Se separó justo a tiempo de descubrir la farsa y salvar su vida, y fue campeón del forcejeo que siguió, reduciendo a la diosa y enredándola en cadenas.

Eris vio descubierta su identidad, y su castigo fue inminente.

¡Cómo lloraron los espíritus de los muertos ese día, cuando descubrieron a la bella Perséfone profanada por las crueles garras de la pérdida! ¡Cómo sufrió Hades, pues los dioses, cuando mueren, nunca pasan por su reino, y él no podría verla nunca más!

Pero la que más lloraba era Deméter, madre de Perséfone, que había perdido a su hija para siempre. Y si no estaba con ella, la vida no tenía sentido. Durante semanas, lloró por la soledad, y las plantas se marchitaron por todo el Mundo Medio. Durante semanas, fue una muerta en vida, hasta que decidió que solo le quedaba una opción: vacía como estaba, al borde de la locura y el agotamiento, tuvo sin embargo las fuerzas suficientes para cortar su propio cuello y acabar de una vez por todas con su dolor. En el mismo momento en el que lo hizo, su poder quedó libre por la tierra de los mortales, y las estaciones empezaron a sucederse sin orden ni concierto, trayendo largas sequías y espantosas inundaciones. Las cosechas se cubrieron de heladas y olas de calor abrasador azotaron las ciudades. Su pérdida dentro de los Doce, menguados a Once de pronto, trajo confusión y debates entre los dioses sobre si su puesto debía ser o no reemplazado. Finalmente, fue Hermes quien ocupó el lugar de la diosa, premiado por su fidelidad como mensajero divino durante tantos siglos.

Eris habría estado muy satisfecha de que su engaño hubiera traído al mundo la anarquía que tanto amaba, si no hubiera sido porque para entonces los Doce ya la habían juzgado. El pecado de matar a otra diosa era lo suficientemente malo para condenarla de por vida y Hera, encabezando el juicio junto a su esposo, prometió su encierro eterno. La convirtieron en estatua y construyeron a su alrededor un laberinto cuyo centro fuese imposible de alcanzar por cualquier dios conocido. Allí la dejaron, custodiada por sus vástagos, que así también recibieron su castigo por nacer del Caos: guardarían a su madre hasta el fin de los días, y así los dioses no habrían de temer que pudieran ser tan osados como lo había sido su madre.

Pero de todos los hijos de Eris, uno era demasiado pequeño para cumplir su labor de carcelero: Orión, el dios de la Vida, no era más que un recién nacido cuando su madre fue juzgada. Con él nadie sabía qué hacer, pues su poder no era cruel como el del resto de los hijos del Caos, pero al mismo tiempo no podían prever lo que pasaría si lo dejaban suelto.

Tras largas discusiones entre los Doce, Hera se ofreció a hacerse cargo del niño y a educarlo y guardarlo en su palacio. Conscientes del odio de su reina hacia Eris, ninguno de los presentes estuvo seguro de que aquella promesa guardara buenas intenciones, pero nadie se atrevió a protestar. Los dioses, al fin y al cabo, son criaturas egoístas que solo saben de bondad cuando esta les dispensa honor y gloria.

Y, así, la Vida nunca conoció la libertad.

ORIÓN

Mi mundo es dorado. El dorado del sol y del oro, de la opulencia y el derroche.

Mi mundo también es blanco. El blanco del orden, de lo impoluto, de la limpieza de aquello que no puede ser corrompido.

Yo no tengo nada en este mundo, y nunca he sido parte de él.

Cuando abro los ojos, el blanco es el de las sábanas de la cama en la que yazco, y el dorado es el de la tela de los cojines. Las sedas que cuelgan del techo dan a la luz que se cuela en la estancia un aire de atardecer, pese a que quedan horas para que Helios llegue al final de su recorrido diario por el Cielo.

Ella, por supuesto, no está a mi lado: siempre me despierto solo, y eso es de agradecer. Odiaría que se quedara conmigo en este lecho, humillándome incluso cuando se ha aburrido de mi cuerpo. Odiaría despertarme con su mirada clavada en mí, recordándome todo el poder que tiene, y cómo puede usarlo para controlarme.

Cuando alzo la cabeza, la veo inclinada sobre la pila, como cada día. Una vez más, debe de buscar a Zeus en ella, aunque no sé por qué sigue haciéndolo si siempre termina sufriendo de desencanto y celos, porque él tiene a alguna otra entre los brazos y, en cambio, a ella hace años que no la toca. Que no viene a verla, siquiera. La diosa de los Matrimonios no ve a su esposo desde hace al menos dos décadas, pero los mortales aún le rezan, esperando que consagre sus enlaces.

No sé si me parece triste o solo irónico.

El estruendo de la pila de oro al caer al suelo me coge por sorpresa. El agua en el que Hera estaba espiando a su esposo se derrama por el suelo en un gran charco y ella gruñe, enfadada. El líquido salpica el bajo de su túnica y sus pies descalzos, pero ni siquiera parece darse cuenta. Se queda ahí, de pie, mirando con furia silenciosa el estropicio. Sé que le echa la culpa de todo a Zeus. Sé que ha bajado muchas veces al Mundo Medio para buscarlo, para atraparlo, pero siempre llega tarde. El rey de los dioses es escurridizo, y por eso Hera tiene que contentarse con castigar a sus amantes, incluso cuando sabe que ellas no tienen la culpa. ¿Quién se va a resistir a él? Las mujeres, allá abajo, tienen miedo de las represalias de rechazarlo. Y, a la vez, tienen miedo de las represalias si lo aceptan. ¿Qué es peor? ¿Ser fulminada por un rayo o ser convertida en un monstruo sin conciencia de tu verdadero ser?

Con un suspiro, me levanto. He vivido esta escena ya demasiadas veces y sé cómo tengo que actuar para complacerla, así que lo hago. Hoy, más que nunca, necesito que esté contenta. Necesito que confíe en mí, aunque soy consciente de que nunca lo ha hecho. La reina de los Cielos no confía en nadie, y mucho menos en alguien a quien solo considera un siervo y un muñeco.

En silencio, me acerco adonde está mi señora y me arrodillo para recoger la palangana. Escucho las quejas de Hera entre dientes, como si hablara sola. En parte, lo hace. Está tan acostumbrada a mi presencia que a veces se olvida de que estoy aquí. Murmura contra su marido, como si ella fuera mucho mejor: ¿no se ha acostado conmigo, acaso, hace tan solo unas horas? Su esposo no puede tener aventuras, pero ella puede tenerme recluido en esta estancia para su disfrute todo el tiempo que desee.

Claro que tampoco puedo decir que haya conocido a ningún dios que no sea hipócrita. O egoísta. La mayoría son las dos cosas.

Alzo la pila, dejándola sobre su soporte. No ha recibido ningún daño.

Al percibir mi gesto, Hera se vuelve hacia mí. Me observa, con fijeza perturbadora, como si acabase de recordar que estoy con ella. Yo le devuelvo la mirada con lo que espero que ella interprete como humildad. Sería hermosa si no fuera por el mohín perpetuo en sus labios. Por sus rabietas y su ira. Sus ojos dorados me recuerdan a dó

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