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RONDA DE NOCHE (MUNDODISCO 29)

Terry Pratchett  

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Fragmento

Sam Vimes suspiró al oír el grito, pero terminó de afeitarse antes de hacer nada al respecto.

Luego se puso la chaqueta y salió paseando a la maravillosa mañana de finales de primavera. Los pájaros cantaban en los árboles, las abejas zumbaban en las flores. Había una neblina en el cielo, sin embargo, y las nubes de tormenta que asomaban por el horizonte amenazaban lluvia para más tarde. Pero por ahora el aire era caluroso y pesado. Y en la vieja fosa séptica tras el cobertizo del jardinero, un joven chapoteaba en el agua.

Bueno… chapoteaba, por lo menos.

Vimes se apartó un poco y encendió un puro. Lo más probable es que no fuera buena idea acercarse más a la fosa con una llama desnuda. La caída desde el tejado del cobertizo había roto la corteza superior.

—¡Buenos días! —dijo en tono jovial.

—Buenos días, excelencia —dijo el diligente chapoteador.

La voz sonó más aguda de lo que Vimes había esperado y le informó de que, cosa rara, el joven que estaba en la fosa era de hecho una joven. No era inaudito del todo: el Gremio de Asesinos era consciente de que las mujeres eran por lo menos tan buenas como los varones cuando se trataba de matar con inventiva; y sin embargo, aquello cambiaba de algún modo la situación.

—Creo que no nos conocemos —dijo Vimes—. Aunque veo que usted sí sabe quién soy. ¿Se llama…?

—Wiggs, señor —dijo la nadadora—. Jocasta Wiggs. Es un honor conocerlo, excelencia.

—Wiggs, ¿eh? —dijo Vimes—. Una familia famosa en el Gremio. Con «señor» ya basta, por cierto. Creo que una vez le rompí la pierna a su padre, ¿no?

—Sí, señor. Me pidió que le mandara recuerdos —comentó Jocasta.

—Es usted un poco joven para que le asignen este contrato, ¿no? —dijo Vimes.

—No es un contrato, señor —respondió Jocasta, sin dejar de mover las piernas.

—Venga ya, señorita Wiggs. El precio por mi cabeza es al menos…

—El Gremio lo ha suspendido, señor —informó la obstinada nadadora—. Lo han sacado del registro. Ahora mismo no aceptan contratos por usted.

—Cielos, ¿por qué no?

—No lo sé, señor —dijo la señorita Wiggs. Sus pacientes esfuerzos la habían llevado hasta el borde de la fosa y ahora se estaba dando cuenta de que el enladrillado se encontraba en muy buen estado, resbalaba bastante y no ofrecía ningún asidero. Vimes lo sabía, porque una tarde se había pasado varias horas asegurándose meticulosamente de que así fuera.

—Y entonces, ¿por qué la han enviado?

—La señorita Pandilla me ha mandado como ejercicio —dijo Jocasta—. Caramba, estos ladrillos son complicadillos, ¿eh?

—Sí —dijo Vimes—, lo son. ¿Se ha portado usted mal con la señorita Pandilla últimamente? ¿La ha hecho enfadar por algo?

—Oh, no, excelencia. Pero dijo que me estoy confiando demasiado y que me iría bien un poco de trabajo de campo avanzado.

—Ah, ya veo. —Vimes intentó acordarse de la señorita Alice Pandilla, una de las profesoras más estrictas del Gremio de Asesinos. Por lo que tenía entendido, la chiflaban las lecciones prácticas—. Así pues, ¿la ha enviado a matarme?

—¡No, señor! ¡Es un ejercicio! ¡Ni siquiera llevo flechas para la ballesta! ¡Solamente tenía que encontrar un sitio desde donde lo tuviera a usted en el punto de mira y luego hacer un informe!

—¿Y ella se lo iba a creer sin más?

—Claro, señor —dijo Jocasta, con expresión ofendida—. Honor del Gremio, señor.

Vimes respiró hondo.

—Verá, señorita Wiggs, en los últimos años bastantes de sus colegas han intentado matarme en mi casa. Como podrá entender, no es algo que apruebe.

—Es fácil ver por qué, señor —dijo Jocasta, con la voz de quien sabe que su única esperanza de escapar de la situación presente se basa en la buena voluntad de otra persona que no tiene razones de peso para mostrar ninguna.

—Y se quedaría usted asombrada de las trampas que hay desplegadas por la propiedad —continuó Vimes—. Algunas son bastante astutas, por mal que me esté decirlo.

—La verdad es que no esperaba que las tejas del cobertizo se movieran así, señor.

—Están instaladas sobre rieles engrasados —dijo Vimes.

—¡Buen trabajo, señor!

—Y hay bastantes de las trampas que te hacen caer sobre algo letal —dijo Vimes.

—Qué suerte que me haya caído en esta, ¿verdad, señor?

—Bueno, esa también es letal —apuntó Vimes—. Letal a largo plazo.

Vimes suspiró. Lo último que quería era darles ánimos, pero… ¿cómo que lo habían quitado del registro? No es que le gustara que unas figuras encapuchadas contratadas temporalmente por sus muchos y variados enemigos se dedicasen a dispararle, pero al mismo tiempo siempre lo había considerado una especie de voto de confianza. Demostraba que Vimes estaba molestando a la gente rica y arrogante a la que había que molestar.

Además, era fácil superar en astucia al Gremio de Asesinos. Tenían reglas estrictas que seguían de forma muy honorable, y eso le parecía bien a Vimes, que en ciertas áreas prácticas carecía por completo de reglas.

Conque fuera del registro, ¿eh? La única otra persona que ya no estaba en el mismo, según los rumores, era lord Vetinari, el patricio. Los Asesinos entendían el juego político de la ciudad mejor que nadie, y si eliminaban a alguien del registro era porque pensaban que su defunción no solamente estropearía el juego sino que también rompería el tablero…

—Le estaría muy agradecida si pudiera usted ayudarme a salir, señor —dijo Jocasta.

—¿Cómo? Ah, sí. Lo siento, es que llevo ropa limpia —se excusó Vimes—. Pero cuando vuelva a la casa le diré al mayordomo que baje aquí con una escalera de mano. ¿Qué le parece?

—Muchas gracias, señor. Encantada de haberlo conocido, señor.

Vimes volvió paseando a la casa. ¿Fuera del registro? ¿Se le permitía recurrir la decisión? Tal vez pensaran…

El olor se le echó encima.

Levantó la vista.

En lo alto, un lilo estaba en flor.

Se quedó mirándolo.

¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! Todos los años se olvidaba. Bueno, no. No se olvidaba nunca. Simplemente apartaba los recuerdos, como si fueran una vieja cubertería de plata que no quisiera que perdiese el brillo. Y ellos regresaban todos los años, afilados y centelleantes, y lo apuñalaban en el corazón. Y tenía que ser precisamente hoy…

Levantó el brazo y la mano le tembló mientras agarraba una flor y rompía suavemente el tallo. La olió. Se quedó un momento plantado, mirando a la nada. Y luego subió la ramita de lilas hasta su vestidor con gran cuidado.

Willikins le había preparado el uniforme oficial para hoy. Sam Vimes lo miró fijamente, sin entender, y de pronto se acordó. Comité de la Guardia. Eso era. La vieja coraza abollada no bastaría, ¿verdad? No para su excelencia el duque de Ankh, comandante de la Guardia de la Ciudad, sir Samuel Vimes. Lord Vetinari se había mostrado muy firme en aquel asunto, demonios.

Y más demonios todavía, porque por desgracia Sam Vimes le veía el sentido. Odiaba el uniforme oficial, pero hoy en día representaba algo más que a sí mismo. Sam Vimes había podido presentarse a reuniones con la armadura hecha un asco, y hasta sir Samuel Vimes podía por lo general encontrar la manera de no cambiarse nunca el uniforme de calle, pero un duque… bueno, un duque necesitaba un poco de lustre. A un duque no se le podía ver el culo por encima de las calzas cuando se reunía con diplomáticos extranjeros. La verdad es que tampoco al Sam Vimes de los viejos tiempos se le había salido nunca el culo de las calzas, pero nadie habría declarado una guerra de haber sido así.

El Sam Vimes de los viejos tiempos había plantado cara. Se había librado de la mayor parte de las plumas y de los estúpidos leotardos, y así había conseguido un uniforme de gala que por lo menos daba la impresión de que su propietario era varón. Pero el casco llevaba decoración de oro, y los armeros que le hacían las piezas a medida le habían forjado una coraza nueva y resplandeciente llena de inútiles adornos dorados. Sam Vimes se sentía un traidor a su clase cada vez que la llevaba. Odiaba que le metieran en el mismo saco que a la gente que llevaba una estúpida armadura ornamental. Le daba refulgencia ajena.

Le dio vueltas a la ramita de lilas que tenía en los dedos y volvió a oler su aroma mareante. Sí… las cosas no siempre habían sido así…

Alguien acababa de hablarle. Levantó la vista.

—¿Cómo? —gruñó.

—Le he preguntado cómo está la señora, excelencia… —dijo el mayordomo, sobresaltado—. ¿Se encuentra usted bien, excelencia?

—¿Qué? Oh, sí. No. Estoy bien. Y la señora también, gracias. He entrado a verla antes de salir. La señora Contento está con ella. Dice que todavía falta bastante.

—He avisado a la cocina de que pese a todo tengan lista mucha agua caliente, excelencia —dijo Willikins, ayudando a Vimes a ponerse la coraza dorada.

—Sí. ¿Para qué crees que necesitan tanta agua?

—No sabría decirle, excelencia —dijo Willikins—. Probablemente sea mejor no preguntar.

Vimes asintió con la cabeza. Sybil ya le había dejado muy claro, con tacto y amabilidad, que en aquel asunto concreto a él no se lo necesitaba. Y él tenía que admitir que aquello le había supuesto cierto alivio.

Le dio el tallo de lilas a Willikins. El mayordomo lo cogió sin decir nada, lo introdujo en un tubito plateado con agua que lo mantendría fresco durante unas horas y se lo sujetó con una de las correas de la coraza.

—Los tiempos cambian, ¿verdad, excelencia? —dijo, sacándole lustre con un cepillito.

Vimes sacó su reloj.

—Ya lo creo que sí. Escucha, voy a pasar por el Yard de camino a palacio, para firmar lo que haga falta, y volveré lo más deprisa que pueda, ¿de acuerdo?

Willikins le dedicó una mirada de preocupación casi impropia de un mayordomo.

—Estoy seguro de que la señora estará bien, excelencia —dijo—. Claro que ya no es, no es…

—… joven —terminó la frase Vimes.

—Yo diría que es más rica en años que muchas otras primíparas —dijo Willikins rápidamente—. Pero tiene buena constitución, si no le importa que lo diga, y tradicionalmente su familia ha tenido muy pocos problemas para dar a luz…

—¿Primiqué?

—Madres novatas, excelencia. Estoy seguro de que la señora preferiría saber que está usted persiguiendo a algún bellaco que desgastando la alfombra de la biblioteca.

—Espero que tengas razón, Willikins. Ejem… ah, sí, hay una señorita chapoteando en la vieja fosa séptica, Willikins.

—Muy bien, excelencia. Voy a mandar ahora mismo al mozo de cocina con una escalera de mano. ¿Y un mensaje para el Gremio de Asesinos?

—Buena idea. Le va a hacer falta ropa limpia y un baño.

—Creo que tal vez la manguera del viejo fregadero sea más adecuada, excelencia… Por lo menos para empezar.

—Bien pensado. Encárgate de ello. Y ahora me tengo que marchar.

En las oficinas atestadas de la Casa de la Guardia de Pseudópolis Yard, el sargento Colon se ajustó con gesto distraído el ramito de lilas que llevaba sujeto al casco como si fuera una pluma.

—Se vuelven muy raros, Nobby —dijo, hojeando sin ganas el papeleo matutino—. Es una cosa de polis. A mí me pasó cuando tuve críos. Te vuelves duro.

—¿Cómo que «duro»? —preguntó el cabo Nobbs, posiblemente la mejor demostración viviente de que existía una evolución continua entre los humanos y los animales.

—Bueeeno —dijo Colon, reclinándose en su silla—. Es como… bueno, cuando uno tiene nuestra edad… —Miró a Nobby y vaciló. Nobby llevaba años haciendo constar su edad como «probablemente treinta y cuatro». A la familia Nobbs no se le daban bien las cuentas—. O sea, cuando un hombre llega a… cierta edad —probó de nuevo—, sabe que el mundo no va a ser perfecto nunca. Se acostumbra a que sea un poco, un poco…

—¿Roñoso? —sugirió Nobby.

Metida detrás de su oreja, en el lugar habitualmente reservado a su cigarrillo, había otra lila marchita.

—Exacto —dijo Colon—. O sea, el mundo nunca va a ser perfecto, así que tú haces lo que puedes y ya est

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