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RONDA DEL GUINARDó

Juan Marsé  

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Fragmento

1

El inspector tropezó consigo mismo en el umbral del sueño y se dijo adiós, pedazo de animal, vete al infierno. Desde el bordillo de la acera, antes de cruzar la calle, miró por última vez la desflecada palma amarilla y la ramita de laurel sujetas a los hierros oxidados del balcón, pudriéndose día tras día amarradas a los sueños de indulgencia y remisión que anidaban todavía en el interior del Hogar. Siempre sospechó que el infierno empezaba aquí, tras los humildes emblemas pascuales uncidos a esa herrumbre familiar.

Este escarpado y promiscuo escenario de La Salud nunca había sido para él un simple marco de sus funciones de policía, sino el motor mismo de tales funciones. Habían pasado tres años desde su traslado y otras competencias lo alejaron del barrio, pero nunca logró desconectar su imaginación sensorial y su belicoso olfato de estas calles enrevesadas y de su vecindario melindroso, versado en la ocultación y la maulería. En el recuerdo enquistado de rutinarias inspecciones y registros domiciliarios persistía un cálido aroma a ropa planchada y almidonada, a festividad clandestina y vernácula, ilegal y catalanufa.

Conminado desde hacía rato por un peso en el corazón, el inspector abrió los ojos sentado en el recibidor celeste tachonado de estrellas de púrpura, ciertamente nada apropiado como antesala del infierno. Sintió en el vientre la culebra de frío enroscándose y miró el revólver en su mano como si descifrara un sueño. Habría jurado que le quitó el seguro. El frío de la culata no lo sentía en la palma, sino en el corazón, y, por un instante, el ansiado fervor de la pólvora le nubló la mente. Volvió a su boca el sabor mansurrón a eucalipto del caramelo olvidado entre el paladar y la lengua, menguado ya su tamaño hasta el sarcasmo: más o menos del calibre 9 milímetros, calculó taciturno. Deslizó el arma en la funda sobaquera y se levantó de la silla empapado en sudor.

Llevaba una eternidad esperando bajo aquel cielo de Belén pintado por las huérfanas en las últimas Navidades. La niña descalza que abrió la puerta y lo saludó con voz de trompetilla, había desembarazado la silla de madejas de lana para que él se sentara y lo había espiado maliciosamente en el espejo del perchero mientras simulaba enderezar los toscos uniformes mal colgados, con sus cuellos y puños todavía calientes de almid

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