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ROSAS SIN ESPINAS (CUATRO BODAS 2)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

El amor, en opinión de Emmaline, hacía que ser mujer fuera algo especial. El amor volvía hermosas a las mujeres, y a los hombres los convertía en príncipes. Una mujer que sintiera amor vivía con la grandeza de una reina, porque su corazón era como un tesoro.

Flores, velas encendidas, largos paseos a la luz de la luna en un jardín privado… la idea misma le arrancaba un suspiro. Mejor bailar a la luz de la luna en un jardín privado… eso, en su escala de valores, era la culminación de lo romántico.

No le costaba imaginarlo: el aroma de las rosas en verano, la música colándose por las ventanas abiertas de una sala de baile, el modo en que la luz plateaba el perfil de los objetos, como en las películas… La manera en que le latiría el corazón (la misma en que le latía entonces al imaginarlo).

Anhelaba bailar a la luz de la luna en un jardín privado.

Tenía once años.

Veía tan claro cómo tendría que ser esa escena (cómo sería), que la describió, con todo detalle, a sus mejores amigas.

Las noches en que se reunían todas para dormir en casa de alguna de las cuatro hablaban sin cesar durante horas de esto y de aquello, escuchaban música o veían películas. Tenían permiso para estar levantadas el tiempo que quisieran, incluso para pasar despiertas la noche entera. Aunque ninguna de ellas lo había conseguido. Todavía.

Cuando dormían en casa de Parker, les dejaban quedarse a jugar en la terraza de su dormitorio hasta medianoche, si el tiempo lo permitía. Le encantaba estar en esa terraza en primavera, la mejor época del año para salir, y desde allí oler los jardines de la propiedad de los Brown y sentir la fragancia de la hierba si el jardinero había segado ese día.

La señora Grady, el ama de llaves, solía traerles leche y galletas. O a veces magdalenas. Y la señora Brown se asomaba de vez en cuando para ver qué se traían entre manos.

Casi siempre, sin embargo, estaban las cuatro solas.

—Cuando sea una ejecutiva famosa y viva en Nueva York, no tendré tiempo para el amor. —Laurel, con su pelo rubio claro veteado de verde tras un tratamiento casero de acondicionador mezclado con polvos de saborizante artificial Kool-Aid de sabor a lima-limón, daba un toque moderno a los cabellos rojo intenso de Mackensie.

—Pero hay que vivir el amor —insistió Emma.

—Ni hablar. —Laurel, con la lengua asomando entre los dientes, convertía un mechón del cabello de Mac en una larga y fina trencita—. Yo seré como mi tía Jennifer, que le cuenta a mi madre que no tiene tiempo de casarse y que no necesita a ningún hombre para sentirse realizada y todo eso. Vive en el Upper East Side y va a fiestas con Madonna. Papá dice que es una rompepelotas. Pues bien, yo también seré una rompepelotas e iré a fiestas con Madonna.

—Como si lo viera —espetó Mac con sorna. El breve tirón que notó en la trencita le arrancó unas risas—. Bailar es divertido, y supongo que el amor está muy bien si no te vuelve imbécil. Mi madre solo piensa en el amor, y en el dinero, claro. En las dos cosas, supongo. Es como si siempre quisiera tener amor y dinero a la vez.

—Ese no es amor de verdad —le aclaró Emma dándole una palmadita cariñosa en la pierna—. Creo que el amor es cuando dos personas están pendientes la una de la otra porque se han enamorado. Ojalá fuéramos mayores y pudiéramos enamorarnos. —Suspiró abiertamente—. Creo que tiene que ser sensacional.

—Tenemos que besar a un chico para averiguar de qué va la cosa.

Todas se quedaron mirando a Parker, que, echada boca abajo sobre la cama, observaba a sus amigas jugando a peinarse.

—Tenemos que elegir a un chico y conseguir que nos dé un beso. Estamos a punto de cumplir los doce. Hay que probar para saber si nos gustará o no.

Laurel entrecerró los ojos.

—¿Como en un experimento?

—Pero ¿a quién le vamos a dar un beso? —se preguntó Emma.

—Haremos una lista. —Parker rodó por la cama para tomar la libreta nueva que estaba encima de la mesilla de noche. En la tapa había un dibujo de un par de zapatos rosa abiertos por la puntera—. Escribiremos el nombre de todos los chicos que conocemos y luego los nombres de los que pensamos que vale la pena darles un beso. Y diremos el porqué.

—No suena nada romántico.

Parker dedicó una breve sonrisa a Emma.

—Por algo hay que empezar, y las listas siempre ayudan. Bueno, los familiares no nos servirán. Me refiero a Del —precisó Parker aludiendo a su hermano— o a los hermanos de Emma, que, por otro lado, son demasiado mayores. —Abrió la libreta y buscó una página en blanco—. A ver…

—A veces te meten la lengua en la boca.

La frase de Mac les arrancó chillidos, bromas y más risas.

Parker se levantó de la cama y fue a sentarse en el suelo, junto a Emma.

—Bien, cuando hayamos hecho la lista principal, podemos dividirla. Sí y No. Luego elegimos un nombre de la lista del Sí. Si conseguimos que el chico nos bese, tenemos que contar a las demás cómo ha ido. Y si nos mete la lengua en la boca, las otras también tendrán que saberlo.

—¿Y si elegimos uno que no quiere besarnos?

—¿Qué dices, Em? —Laurel, terminando ya la última trencita, hizo un gesto de incredulidad—. Cualquier chico va a querer darte un beso. Eres muy guapa y hablas con ellos como si fueran normales. Hay chicas que parecen estúpidas cuando andan chicos cerca, pero tú no. Además, te están creciendo los pechos.

—A los chicos les gustan los pechos —informó Mac en plan entendida—. En fin, si no te da un beso, se lo das tú. No creo que sea para tanto.

Emma pensó que lo era, o al menos debería serlo.

De todos modos, escribieron la lista, y solo eso ya les hizo reír. Laurel y Mac representaron qué táctica seguirían algunos de aquellos chicos para conseguir un beso y todas terminaron rodando por el suelo muertas de risa, hasta que el señor Fish, el gato, se fue indignado del dormitorio para ir a aovillarse a la salita de Parker.

Parker camufló la libreta cua

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