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RUMBO A LA NOCHE

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

I

Se sumergió totalmente en la bañera.

Aquella constituía su mejor terapia, la única que le permitía desprenderse de todo olor o contacto ajenos, devolviéndole a los lejanos tiempos en los que buceaba en una charca conteniendo la respiración y tratando de atrapar cangrejos que se le escurrían entre los dedos.

El agua era el refugio en el que volvía a ser la Ca­ribel que había sido durante veinte años gracias a que duran­te largo rato conseguía recuperar parte de su auto­estima e incluso la confianza en sí misma.

Aquel era uno de esos días en los que la vida se veía algo mejor gracias a que Gregori era un hombre amable, decente y aseado; un cincuentón sin más aspiración que abrir una vez por semana el grifo de sus necesidades de una manera normal, dulce y educada, sin provocar jamás una situación incómoda o desagra­dable.

A base de un impactante físico, un buen hacer profesional y una notable cultura que incluía hablar correctamente cinco idiomas, había conseguido hacerse con una clientela fija y poco problemática, lo cual le permitía negarse a atender a un determinado tipo de «parroquianos».

Alegar que ya se había adquirido un compromiso previo era una opción de la que siempre se podía echar mano, pero de la que no convenía abusar cuando se corría el riesgo de ofender a quienes estaban dispuestos a gastarse una pequeña fortuna a la hora de demostrar que eran muy ricos y muy hombres.

Aunque la experiencia enseñaba que muchos no gastaban su dinero puesto que cargaban los gastos a tarjetas de crédito a nombre de empresas gubernamentales, ayuntamientos e incluso ministerios.

Y curiosamente solían ser los que utilizaban dinero público quienes elegían los menús más costosos, las bebidas más exóticas y las mujeres más llamativas, aunque luego ni siquiera dejaran propina por mucho que la atención prestada hubiera sido de su agrado.

Gregori no era de esos.

Probablemente tenía más derecho que la mayoría a utilizar ese tipo de tarjetas, pero siempre pagaba en metálico y siempre dejaba algo más sobre la mesilla mientras lanzaba un beso de despedida.

–¡Hasta el jueves, cielo...!

Lo decía en el tono de quien ansiaba que los días desaparecieran de improviso y que en cuanto cruzara el umbral volviera a ser jueves, lo cual significaría que lo estaba cruzando en sentido contrario.

–¡Hasta el jueves!

Caribel sospechaba que al tímido y solitario viudo le encantaría «firmarle una exclusiva» a base de comprarle un coqueto apartamento en cualquier barrio de clase media, aunque le constaba que jamás se atrevería a insinuarlo.

El buen hombre, que además de funcionario de alto rango era un editor de reconocido prestigio, sabía muy bien que lo más gravoso de ciertos apartamentos no estaba en lo que había costado «el continente» sino en lo que llegaba a costar «el contenido».

Resultaba mucho más económico, cómodo y sensato, visitarla una vez por semana, saber que le estaba esperando «con los brazos abiertos» y disfrutar de un par de horas de agradable compañía antes de regresar a casa.

Aunque tuviera que cenar solo.

Caribel agradecía que ni tan siquiera hubiera insinuado la posibilidad de «retirarla», ya que se hubiera visto obligada a hacerle comprender que jamás podría ofrecerle lo que le ofrecía El Convento sin correr el riesgo de acabar en la ruina.

En El Convento se cobraba por ver, oír, oler, gustar y sobre todo tocar, y quien atravesaba el enrejado portón que daba acceso a sus cuidados jardines o a sus luminosos claustros sabía que pasaría unas horas inolvidables, pero que la factura lograría que le resultara aún más inolvidable.

Si es que la pagaba él.

Si corría a cargo de los contribuyentes no existía lugar sobre la tierra más parecido al paraíso dado que allí encontraban lo mejor de lo mejor, especialmente en lo que se refería a mujeres.

Las había de todos los colores, razas y estilos, por lo que algunos clientes parecían disfrutar más observándolas en los salones, el piano-bar, el exclusivo restaurante de dos estrellas Michelin o el pequeño casino que ocupaba el ala norte, que llevándosela a la cama.

Y es que el acto final tan solo solía durar unos minutos, a veces demasiado pocos, mientras que la sensación de poder que producía el preludio se alargaba como un irresistible orgasmo mental.

Caribel despreciaba a los libidinosos mirones que se relamían como el comensal que estudia el menú confiando en que les abra el apetito, pero se esforzaba a la hora de conseguir que ese desprecio no aflorara puesto que al fin y al cabo era ella quien había elegido ser uno de los platos fuertes de tan selecta carta, aunque matizando que tenía derecho a ser excluida del menú si el comensal no era de su agrado.

Ese era uno de los detalles que marcaban la diferencia entre El Convento y el resto de los prostíbulos de gran lujo; sus pupilas eran dueñas de sus actos, y cuando decían «no», era «no».

Aquel constituía un acuerdo justo dentro de un mercado casi siempre injusto, y por ello había aceptado a entrar a formar parte del selecto «club» de cuantos consideraban que el dinero estaba hecho para gastárselo.

Sus generosos socios pagaban y se marchaban con el bolsillo aligerado aunque tal vez temiendo que alguien les preguntara por qué olían como olían, mientras que a ella le bastaba con meterse en la bañera y olvi­darlos sin tener que dar explicaciones sobre la procedencia de su dinero.

Cerró los ojos, jugó una vez más a contener la respiraci

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