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SANGRE DE LOBOS

Alberto Rojas  

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Fragmento

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Pólvora y oro

Madrid, 28 de octubre de 1940

Para Valdivia había dos clases de personas: las que son capaces de matar a un ser humano y las que no. Él pertenecía al primer tipo y reconocía de un vistazo a los de su calaña. Sentado en la oscuridad, desquiciado por la incertidumbre y atrofiado por la postura, se puso a recordar a las tres personas a las que había arrebatado la vida. De cada una de ellas guardaba en su memoria el momento exacto en el que se produjo y la sensación que le dejó. El primero fue Eugenio Merino, el profesor que abusó de él y de sus compañeros en el orfanato. Con catorce años fue capaz de abrirle la cabeza con un candelabro de su despacho después de que sus amigos le confesaran que aquel tipo había hecho con ellos lo mismo que con él. Nadie vio nada ni declaró nada, pero muchos de sus compañeros sabían que había sido él, lo que le valió su respeto. El crujido del cráneo se transmitió a su mano, su brazo, su hombro y así hasta su cerebro, que registró cómo el metal rompía la estructura ósea y dañaba los tejidos cerebrales. Y aquel sonido seco: crac. Valdivia lo resolvía consigo mismo desde la responsabilidad: había que hacer algo con aquel violador de niños y le tocó a él. Fin del asunto.

El segundo muerto llegó tres años después. Un gángster rival del barrio de las Injurias, que vio amenazado su territorio por la pujanza de la banda de Valdivia, fue a buscarlo con otros cuatro amigos. Juancho Ventura, alias el Buitre, intentó negociar de la única forma que sabía hacerlo, pero se le fue la mano y le rompió todo aquello que podían romperle. Valdivia estuvo dos meses en el hospital comiendo con pajita y meando en un orinal, así que lo primero que hizo cuando se recuperó fue ir a buscarlo. Lo encontró de noche saliendo de un cine de la Gran Vía. Cuando se disponía a meterse en la estación de metro de Callao, Valdivia le alcanzó por la espalda, le agarró del pescuezo con la mano derecha y le clavó un punzón largo en la parte izquierda del cuello. No llegó ni a darse la vuelta. Cayó fulminado escaleras abajo. De esa muerte recordaba la sangre caliente y oscura, casi negra, corriendo por su mano, y el fuerte olor corporal de aquel delincuente. «A veces, matar tan de cerca a alguien te sitúa en un nivel de intimidad con el muerto similar al sexo», pensó. En su memoria quedó registrada una mezcla de sudor, ropa sucia y alcohol. De aquel crimen no se arrepentía lo más mínimo. Las reglas de la calle no eran para pusilánimes. Tampoco nadie vio nada, pero el mensaje llegó al barrio, exactamente a las personas que tenían que recibirlo.

El tercer muerto le había dejado, de los tres, el recuerdo más desagradable, más que nada porque fue una mujer. Fue el último invierno de la guerra, cuando huía de un atraco en una moto Triumph a toda velocidad cerca de Lavapiés. Al girar hacia la glorieta de Atocha, no la vio cruzar con la niebla que lo cubría todo y se la llevó por delante. De aquello conservó una cicatriz en la barbilla, otra en la ceja derecha, varias costillas rotas, el olor preciso del perfume de la chica y su imagen tirada en el suelo, con un hilo de sangre corriéndole bajo la melena rubia y una cesta de fruta y verdura desparramada junto a ella en el asfalto. No pudo verle la cara porque escapó a toda velocidad levantando la moto del suelo, pero al día siguiente leyó sobre aquel accidente en el ABC. Desde entonces, de manera obsesiva, soñaba con aquella esquina y con aquella mujer. En su pesadilla, trataba de reducir la velocidad y esquivarla, pero era en vano porque siempre se le volvía a aparecer entre la niebla. Valdivia suspiró y se recostó en la pared para apartar a la joven de su pensamiento.

Con sus fantasmas ya convocados, comenzó a angustiarse de verdad. Estaba en un habitáculo en el que apenas cabía sentado. Tampoco podía ponerse de pie del todo. La puerta era gruesa y metálica y no dejaba entrar un rayo de luz. No había cerradura por dentro. Podían haber pasado doce horas o treinta y seis, y seguía sin saber si era de día o de noche. No había oído a nadie fuera y temía que lo hubieran olvidado. No había trampilla para que nadie le diera comida o bebida. Quizá era una buena señal y no pensaban dejarlo ahí mucho más tiempo. Hacía un rato que se aguantaba las ganas de orinar. Por la textura del polvo que se acumulaba en el suelo, pensó que se encontraba en el interior de una carbonera. Empezaba a oler mal. Hacía calor allí dentro. Debía de estar en un sótano profundo porque no se escuchaba nada fuera. Echaba de menos su paquete de tabaco Craven A, que había quedado en alguna parte. Le dolía la cabeza. Notó algo de resaca y dolores en los brazos de los golpes y arañazos, además de un pinchazo en el cuello.

Entonces recordó el mejor consejo que nunca le dieron: «Cuando estés sufriendo piensa en algo positivo». Se lo dijo su amigo Cruz en un lugar parecido a éste la primera vez que los metieron a ambos en un cuarto sin luz como castigo en el orfanato. Así que recurrió a la misma imagen de aquella ocasión: la fotografía de una modelo desnuda de cintura para arriba que miraba hacia una ventana que había a su izquierda. Tenía el pelo recogido, los pezones puntiagudos y una cintura que él imaginaba entre sus propias manos. Recordaba el pie de foto en inglés palabra por palabra: «Lee Miller, fotografiada por el retratista Man Ray. La perfección de sus pechos es tal que ha inspirado una copa de champán con sus formas». Valdivia no sabía cómo había llegado a sus manos aquel recorte de una revista llamada Vogue, pero lo guardaba desde aquel día. Palpó su cartera en el bolsillo derecho, donde aquella página de papel, arrugado y ya casi sin definición, continuaba junto a él.

Las tetas de Lee Miller con forma de copa de champán lo sacaron del aturdimiento. Después de horas de parálisis y miedo comenzó a pensar de manera racional. Cerró los ojos, aunque estaba oscuro, y respiró profundamente. Tres veces. Valdivia se sentía más fresco al activar sus patrones de supervivencia. Los tipos que le habían detenido no dijeron quiénes eran, ni de dónde venían. Había estado tomando unos cócteles en el bar Cock, los suficientes para engrasar la conversación con la mujer a la que tenía que seducir. Recordó que la calle estaba tranquila. Al entrar en la antesala, le dio un apretón de manos a Alfonso, el portero, como era su costumbre. Ese gesto incluía dos movimientos ocultos: en la palma siempre viajaba un billete de tres pesetas que ya no hacía la travesía de vuelta. Valdivia miraba a Alfonso un segundo a los ojos. Si el portero agachaba ligeramente la cabeza, significaba que el camino estaba despejado y no había policía franquista en el local. Si abría los ojos como platos durante ese cruce de miradas, significaba peligro. Pero Alfonso, delgado y triste como un personaje de un cuadro del Greco, bajó la cabeza y abrió la puerta. Un golpe de humo de tabaco, música, conversaciones y calor humano le dio la bienvenida.

La fichó nada más entrar entre el gentío y ella hizo lo mismo desde el final de la barra, apoyada en una banqueta como esperando a alguien, en el mejor sitio del local, donde podía controlarlo todo, la posición favorita de Valdivia. La miró un segundo, dos, tres... Pero trató de ceñirse al trabajo. En la mesa frente a la chimenea vio a la hija del embajador alemán, Astrid Müller, una chica enorme de pelo rubio, piel enrojecida por el sol del Retiro y brazos de estibador. Estaba con un grupo de amigos entre los que reconoció a Hanna Kirchner, la esposa del cónsul austríaco, una mujer estridente y malencarada que no sabía beber, tenía una dentadura horrible y perdía los estribos cada noche hacia la quinta o sexta copa. Todos se preguntaban cómo había conseguido ese estatus una mujer como ella. También había españoles de los llamados germanófilos, agentes del régimen, algún capitán del ejército de Franco vestido de calle, el hijo del gobernador civil... Había que levantar la vista hacia la mesa de la esquina derecha, la opuesta a la barra, para encontrarse con el otro bando de la guerra que se disputaba en Europa: los hijos y las mujeres de los embajadores de Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido, junto con los chicos de su servicio de seguridad. Era esta última, la esposa del representante de su graciosa majestad, lady Hoare, exjugadora de tenis, el objetivo de esa noche. En el giradiscos sonaba Guilty, de Al Bowlly.

En la barra, Harry, el maestro coctelero, estaba ya preparándole su Old Fashioned. Cuando estuvo servido se lo llevó a los labios dejando una sonrisa como saludo, y repensó la estrategia. Le gustaba aquel cóctel fuerte, oscuro, denso. En su cautiverio recordó el sabor del bourbon en la oscuridad, su color cálido y su gesto al primer trago: aguantarlo en la boca, cerrar los ojos y saborearlo durante unos segundos. Harry no seguía los manuales clásicos para prepararlo, porque prefería un golpe de azúcar en vez de dos, con lo que quedaba amargo. Lady Hoare estaba sentada en el sillón; llevaba el collar de oro amarillo y oro blanco que le había regalado su marido y se encontraba rodeada por varios hombres a ambos lados. Pensó que era difícil iniciar una aproximación, terminar el trabajo de seducción iniciado semanas atrás e intentar salir con ella del bar hacia algún hotel cercano. Había que esperar a que subiera la música y el alcohol para que se levantaran a bailar. Se acodó tranquilo en la barra y encendió un cigarrillo. Entonces volvió a mirar a su derecha y observó a aquélla de nuevo, ahora con más calma.

Trató de hacer memoria en la negrura del agujero en el que lo habían metido: morena, media melena, unos treinta años, de enormes ojos oscuros, piernas torneadas, sin medias, vestido color marfil y tacones rojo garnet a juego con el lápiz de labios, que quedó impregnado en la boquilla de ébano con la que fumaba tabaco rubio, aunque no recordaba la marca. El tocado con rejilla dejaba a la vista parte del rostro donde aparecía un lunar a la derecha de sus labios. Tenía las pestañas muy largas y una nariz recta y armoniosa. Llevaba un bolso pequeño cuya asa era una cadenita dorada. Iba maquillada, pero de forma sutil. Adoptaba la actitud de las mujeres que saben que están en su mejor momento. Uñas pintadas de rojo oscuro, de manicura. Ella le sonrió directa y dio un trago a su copa, un Manhattan rojo sangr

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