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ÓSCAR Y LAS MUJERES (EPISODIO 3)

Santiago Roncagliolo  

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Fragmento

 

Gustavo Adolfo desayuna en el salón. Como corresponde a su posición, tiene enfrente una bandeja de plata rebosante de tostadas, jugos de frutas y café. Lleva puesta una bata de seda, igual que el pañuelo que le rodea el cuello. Y lee atentamente la página financiera del periódico. María de la Piedad llega con un plumero en la mano:

«¿Le molesta si sacudo un poco el polvo?», pregunta.

«Por supuesto que no», responde él, «adelante».

María de la Piedad se pone a limpiar y canturrea una melodía. Gustavo Adolfo se distrae de su lectura. Está a punto de pedirle que se detenga, pero se queda mirándola. Sus ojos se posan en los gráciles movimientos de las manos de María de la Piedad, en la sencillez de sus gestos, en la dulzura de su boca al cantar. Algo de ella lo atrae, como un imán, y no puede resistirse.

«María de la Piedad, yo quisiera pedirle disculpas si la abochorné ayer en la piscina. No era mi intención avergonzarla.»

Ella baja la mirada, sonrojándose de sólo recordar la escena. Le responde:

«No se preocupe. Soy yo quien debe disculparse. Me tomé unas confianzas que n

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