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ÓSCAR Y LAS MUJERES (EPISODIO 5)

Santiago Roncagliolo  

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Fragmento

 

Siempre era de noche en el interior del puticlub. La ausencia de ventanas y la iluminación estilo discoteca de los setenta creaban la ilusión de una madrugada sin fin. Pero aun así, durante el día perdía parte de su espíritu. Su mística se debilitaba. Se le recalentaba el glamour.

Antes del anochecer, ninguna luchadora peleaba en el ring ni servía alcohol en manguera. Tan sólo algunas somnolientas casquivanas deambulaban cual zombis del amor por un cementerio de sillas. Si tropezaban con algún hombre que no fuese camarero o proxeneta, musitaban algunas desangeladas palabras de cariño. Y sus movimientos provocativos funcionaban como cervezas sin alcohol: tenían el mismo sabor que las originales, pero no causaban el mismo efecto.

Esta vez, Óscar había tenido que llegar solo. Marco Aurelio Pesantes, aunque cliente habitual del lugar, nunca lo frecuentaba a esas horas. Según le había dicho por teléfono, haciendo gala de su delicadeza y sobriedad:

—A la luz del día y sobrio, te das cuenta de que las putas son muy feas.

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