Loading...

SCARPETTA (DOCTORA KAY SCARPETTA 16)

Patricia Cornwell  

0


Fragmento

Título original: Scarpetta

Traducción: Luis Murillo Fort

1.ª edición: febrero 2010

© 2008 by CEI Enterprises, Inc.

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

Depósito Legal: B.8220-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-15389-55-2

Gracias por comprar este ebook.

Visita www.edicionesb.com para estar informado de novedades, noticias destacadas y próximos lanzamientos.

Síguenos en nuestras redes sociales

       

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Ruth

(1920-2007)

Y como siempre con gratitud,

para Stacy

 

 

 

 

 

El estado mental del loco se puede describir,

en efecto, como un sueño caótico.

MONTAGU LOMAX

The Experiences of an Asylum Doctor, 1921

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

1

 

Las mangas de la bata de quirófano de la doctora Kay Scarpetta llevaban pegados fragmentos de tejido cerebral como húmedas hilachas grisáceas y la pechera estaba salpicada de sangre. Las sierras Stryker gemían de mala manera, el agua de los grifos tamborileaba y el aire estaba impregnado de un polvillo de huesos que parecía harina. Tres mesas llenas y nuevos cadáveres esperando turno. Era martes, 1 de enero, el día de Año Nuevo.

No necesitó recurrir a Toxicología para saber que su paciente había estado bebiendo antes de accionar el gatillo de su escopeta con el dedo gordo del pie. No bien lo hubo abierto, detectó el acre y pútrido olor del alcohol al descomponerse. Hacía años, cuando trabajaba de interna en Patología Forense, se había preguntado muchas veces si los adictos al alcohol no se volverían abstemios de golpe si visitaran un depósito de cadáveres. Quizás enseñándoles una cabeza abierta como una huevera y dejándoles olfatear la pestilencia del champán post mórtem, se volverían todos adictos al agua Perrier. Ojalá fuera así de fácil...

Vio cómo su segundo de a bordo, Jack Fielding, levantaba las brillantes vísceras de la cavidad torácica de una estudiante que había sido atracada y muerta en un cajero automático y esperó su inevitable exabrupto. Durante la reunión de personal médico de aquella mañana, Fielding había hecho el exasperado comentario de que la víctima tenía la misma edad que su propia hija, ambas grandes atletas y a punto de empezar estudios de Medicina. Cuando Fielding barría para su casa, siempre había jaleo.

—¿Es que ya no afilamos los cuchillos? —bramó.

La hoja de una sierra oscilante Stryker chilló en el momento en que el ayudante procedía a abrir un cráneo y respondía a grito pelado:

—¿Tengo cara de estar mano sobre mano?

Fielding tiró el cuchillo al carrito, con rabia.

—¿Cómo coño se puede trabajar así? —dijo.

—Joder, que alguien le dé un Xanax o algo. —El ayudante abrió el cráneo del todo valiéndose de un escoplo.

Scarpetta colocó un pulmón en la báscula y utilizó un smartpen para anotar el peso en una agenda electrónica. No había a la vista ningún rotulador, portapapeles ni impreso. Cuando subiera, lo único que tendría que hacer sería pasar al ordenador lo que había escrito o bosquejado, pero la tecnología no brindaba ningún remedio para sus fluidos pensamientos y éstos aún fluían después de terminar y haberse quitado los guantes. La suya era una moderna oficina de médico forense, puesta al día con las cosas que ella consideraba esenciales en un mundo que ya apenas si reconocía, un mundo donde la gente creía todo lo que enseñaban las series forenses de televisión y la violencia no era un problema social sino una guerra.

Empezó a seccionar el pulmón al tiempo que tomaba mentalmente nota de que era de constitución normal, con su lisa y reluciente pleura y un parénquima atelectásico de un rojo muy oscuro. Mínima cantidad de espuma rosada. Por lo demás, no se apreciaban lesiones discretas a simple vista y la vasculatura pulmonar no era digna de mención. Hizo una pausa cuando entró Bryce, su auxiliar administrativo, con aquella expresión entre esquiva y desdeñosa en el rostro juvenil. No es que tuviera remilgos respecto a lo que aquí se traían entre manos, sino que ponía mala cara por cualquier motivo. Arrancó varias toallas de papel de un expendedor, se cubrió la mano con ellas y levantó el auricular del teléfono mural negro, que mostraba luz en la línea uno.

—Benton, ¿sigues ahí? —dijo—. Bien, aquí está, empuñando un cuchillo descomunal. Supongo que ya te habrá hablado del menú de hoy, ¿no? La estudiante de Tufts es lo peor, su vida a cambio de doscientos pavos. Los Bloods o los Crips, sí, una de esas bandas de mierda. El tipo fue filmado por las cámaras de vigilancia. Sale en las noticias. Jack no debería ocuparse de ese caso, pero a mí nadie me consulta. De ésta le da un aneurisma. Oh, y luego está el suicida. Vuelve de Irak sin un maldito rasguño. Sí, él está bien. Felices fiestas y que la suerte te sonría.

Scarpetta se subió el protector facial, se quitó los ensangrentados guantes y los tiró a un contenedor para residuos patológicos de color rojo. Luego fue a lavarse las manos en una pila honda de acero inoxidable.

—Nubarrones dentro y nubarrones fuera —le dijo Bryce a Benton por charlar, aunque éste no era muy aficionado a la charla—. Estamos a tope y Jack con su cabreo depresivo. Quizá deberíamos hacer algo. Una escapadita de fin de semana a ese hospital de Harvard que tú conoces, ¿eh? Seguramente nos aceptarían en plan familia al completo...

Scarpetta le arrebató el teléfono, retiró las toallas de papel y las arrojó a la papelera.

—No critiques tanto a Jack —le dijo a Bryce.

—Me parece que va de esteroides otra vez, por eso está tan irritable.

Scarpetta le dio la espalda —a él y a todo lo demás— y preguntó a Benton:

—¿Qué ha pasado?

Habían hablado por teléfono de madrugada; que la llamara otra vez al cabo de unas horas mientras ella estaba en plena autopsia no auguraba nada bueno.

—Me temo que tenemos un problema —dijo Benton.

Así, con estas palabras, se lo había dicho también la víspera al volver ella a casa después de pasar por la escena del crimen en el cajero automático. Lo había encontrado poniéndose la chaqueta para ir a Logan a tomar el puente aéreo. El Departamento de Policía tenía un «problema» y le necesitaban allí con urgencia.

—Jaime Berger pregunta si puedes venir —añadió ahora.

Oír ese nombre siempre ponía a Scarpetta en tensión, sentía una inmediata tirantez en el tórax que nada tenía que ver con la fiscal neoyorquina en tanto que persona. Jaime Berger siempre estaría vinculada a un pasado que Scarpetta prefería olvidar.

Benton dijo:

—Cuanto antes mejor.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta