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SECRETO INCONFESABLE (TRILOGíA PECADO 1)

J. Kenner  

4


Fragmento

1

El rey del sexo

La fiesta en la mansión de casi mil metros cuadrados en Meadow Lane apestaba a extravagancia incluso para los estándares habituales de Southampton.

Artistas galardonados con un Grammy actuaban en el escenario al aire libre montado en el exuberante jardín que se extendía desde la casa principal hasta las pistas de tenis. Los famosos se codeaban con modelos, que coqueteaban con magnates de Wall Street, que hablaban sobre cotizaciones bursátiles con gurús de la tecnología e intelectuales de familias adineradas mientras degustaban un buen whisky escocés y la ginebra más cool de esa temporada. Luces de colores iluminaban la piscina de estilo natural, en la que modelos desnudas flotaban con aire indolente sobre colchonetas y cuyos cuerpos servían como bandejas para los exclusivos platos de sushi preparados por los mejores chefs.

Las mujeres invitadas recibían un bolso Birkin de Hermès, y los hombres, una edición limitada de un reloj Hublot. Las exclamaciones de gozo, de ellos y ellas por igual, rivalizaban con el tronar de los fuegos artificiales que estallaron sobre la bahía de Shinnecock a las diez en punto de la noche, programados a la perfección para distraer a los invitados del trajín del personal de servicio, que retiró el bufet de la cena antes de servir un surtido de postres, café y licores.

No se había reparado en gastos, no se había pasado por alto ningún deseo, ansia o indulgencia. No se había dejado nada al azar y todos los asistentes coincidían en que esta fiesta era el evento de obligada asistencia de la temporada, si no del año. Dios, incluso de la década.

Todo aquel que era alguien estaba allí, bajo las estrellas en la finca de dieciséis mil metros cuadrados de Billionaires’ Row.

Todos excepto el anfitrión. Y las especulaciones sobre dónde estaba el multimillonario, qué estaba haciendo y con quién corrían como la pólvora entre la multitud, bien provista de alcohol y ávida de cotilleos.

—No tengo ni idea de adónde puede haberse marchado, pero apostaría cualquier cosa a que no se está muriendo de pena en soledad —comentó un hombre delgado como un junco, con el cabello canoso y una expresión que quería parecer desaprobación pero que, en realidad, era envidia.

—Juro que me corrí cinco veces —declaró una animada rubia a su mejor amiga con un susurro fingido y el claro propósito de llamar la atención—. Ese hombre es un maestro en la cama.

—Tiene una mente astuta para los negocios, pero ni el más mínimo sentido del decoro en lo que respecta a su polla —añadió un corredor de Wall Street.

—Oh, no, cielo. No le van las relaciones. —Una modelo morena, que en ese momento celebraba el contrato que acababa de firmar, se estremeció como si reviviera un momento de éxtasis—. Es como el buen chocolate. Está hecho para degustarlo en pequeñas porciones, pero es delicioso cuando lo saboreas.

—Si puede follarse a tantas tías, mejor para él. —Un hípster con barba y moño se limpió las gafas de montura metálica con el faldón de su camisa—. Pero ¿por qué narices tiene que ser tan descarado al respecto?

—Todas mis amigas se lo han tirado —aseguró una pelirroja menuda que consiguió una bonificación de seis cifras al casarse. Después esbozó una sonrisa pausada y el brillo de sus ojos verdes dio a entender que ella era una gata y él, un apetecible bol de deliciosa leche—. Pero soy la única que ha repetido.

—¿Todas tus amigas?

—¿De cuántas tías hablamos?

—Al menos la mitad de las mujeres que hay aquí esta noche. Puede que más.

—Tío, ni se te ocurra preguntar. Créeme. Dallas Sykes es el rey del sexo. ¿Tú y yo? Los simples mortales como nosotros ni siquiera podemos compararnos con él.

Tres plantas por encima de los invitados a la fiesta, en una habitación con vistas al océano Atlántico, Dallas Sykes succionaba con avidez el clítoris de una ágil rubia sentada sobre su cara que se retorcía presa del placer que precedía al orgasmo. Los gritos de la rubia se mezclaban con los guturales gemidos de placer de la pelirroja voluptuosa sentada a horcajadas sobre la cintura de Dallas mientras este la penetraba con fuerza con los dedos.

Aquellas mujeres se habían entregado a él, y la certeza de que esa noche eran suyas, bien para que las tratase con ternura, bien para que las atormentase, lo excitaba al máximo. Un afrodisíaco perverso, con un filo tan punzante como el acero e igual de salvaje.

Estaba borracho; ebrio de sexo, de whisky y de sumisión. Y en ese preciso instante lo único que deseaba era perderse en el placer. Dejar que todo lo demás se disolviera.

—Por favor. —Los músculos de la pelirroja se tensaron alrededor de sus dedos y un estremecimiento recorrió el cuerpo de Dallas; su necesidad de correrse era ya tan potente que rayaba en el dolor—. Estoy muy cerca. Te quiero dentro de mí. Oh, Dios mío, por favor. Ahora.

Inmerso en los sonidos de su boca al succionar el coño dulce de la rubia, a duras penas consiguió entender aquellas palabras. Pero oyó lo suficiente, y de un único y brusco movimiento, bajó a la chica y la colocó a un lado, dejándola tendida y temblando sobre la cama, con los pezones erectos y su coño, resbaladizo y expuesto, tentándole.

Dallas sintió que su cuerpo se tensaba de necesidad. De deseo. Pero solo para correrse. No deseaba a ninguna de aquellas mujeres. En realidad no. Sí su compañía. La evasión que le ofrecían, por supuesto. Pero ¿a ellas?

Ninguna era la mujer que ansiaba, la chica que le había

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