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SECRETOS FAMILIARES (SAGA KING & MAXWELL 4)

David Baldacci  

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Fragmento

Título original: First Family

Traducción: Santiago del Rey

1.ª edición: enero, 2013

© 2009 by Columbus Rose, Ltd.

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 31180.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-317-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A mi madre,

mi hermano y mi hermana,

por todo su amor

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

1

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Agradecimientos

Prólogo

Caminaba con calma. Bajó por la calle, dobló a la izquierda, recorrió un par de manzanas y giró ligeramente a la derecha. Hizo un alto en un cruce y se detuvo en otro un poco más de tiempo. Por pura costumbre, en realidad. El radar de su cabeza no indicaba el menor peligro y avivó el paso. Había gente en la calle aunque fuese tarde, pero a ella nunca la veía nadie. Parecía deslizarse como la brisa: notada pero sin ser vista.

El edificio de hormigón de tres pisos seguía donde siempre, encajado entre un bloque de apartamentos a la izquierda y un cascarón de hormigón armado a la derecha. Había medidas de seguridad, desde luego, pero muy elementales, no de primera. El típico dispositivo que retendría solo unos minutos a un experto y mucho menos a un profesional.

Escogió una ventana de la parte trasera en lugar de forzar la puerta principal. Esos puntos casi nunca estaban conectados con la alarma. Hizo saltar el pestillo, deslizó la ventana hacia arriba y se coló dentro. Desactivó el detector de movimiento con facilidad; tarareaba mientras lo hacía. Aunque era un tarareo nervioso. Ya tenía cerca lo que había venido a buscar.

Lo cual le producía un miedo espantoso. Ella, por supuesto, jamás lo habría reconocido.

El archivador estaba cerrado. Esbozó una sonrisa irónica.

«Me lo estás poniendo muy difícil, Horatio.»

Cinco segundos después el cajón se abrió silenciosamente. Deslizó los dedos por las etiquetas de los archivos. Orden alfabético. Lo cual la situaba justo en la mitad del montón, por mucho que ella nunca se hubiera considerado del montón. Sus dedos detuvieron la búsqueda y se curvaron alrededor del expediente. Uno bien abultado; no esperaba menos. Obviamente, ella no era un simple caso de diez páginas. Había causado muchos más estragos. Desenganchó el expediente y echó un vistazo a la fotocopiadora de la mesa.

«Bueno, allá vamos.»

Horatio Barnes era su psiquiatra, su gurú mental. Tiempo atrás la había convencido para que se internara en un hospital psiquiátrico. El único misterio que ella había resuelto durante su encierro voluntario había sido uno que no tenía nada que ver con sus problemas. Luego el bueno de Horatio la había hipnotizado, retrotrayéndola a su infancia, como acaba haciendo cualquier loquero que se precie. La sesión había revelado muchas cosas, al parecer. El único problema era que Horatio había decidido no comunicarle lo que le había dicho durante el trance. Ahora estaba aquí para corregir ese pequeño descuido.

Introdujo las páginas en el alimentador de la fotocopiadora y pulsó el botón. Uno por uno, los hechos de su vida se deslizaron con un zumbido por las entrañas de la Xerox. Los latidos de su corazón parecían acelerarse al mismo ritmo con el que las hojas recién impresas salían catapultadas a la bandeja.

Dejó el expediente original en el archivador, sujetó con una goma elástica la copia y la sopesó con ambas manos. Aunque no pasaría de un kilo, su peso amenazaba con hundirla en un abismo. Salió por donde había entrado. Sus botas resonaron con un redoble metálico al besar el asfalto. Caminó con calma hasta su todoterreno, otra vez convertida en una brisa invisible. La vida nocturna seguía a su aire. Nadie la veía nunca.

Subió al vehículo, arrancó el motor. Lista para partir. Jugueteó unos momentos con los dedos sobre el volante. Le gustaba conducir, siempre le había encantado lanzar sus ocho cilindros por una ruta nueva que llevara a algún sitio desconocido. Y sin embargo, mientras miraba a través del parabrisas, sintió que no quería algo nuevo: deseaba con desesperación que las cosas siguieran como estaban.

Echó un vistazo al expediente; vio su nombre en la primera página.

Michelle Maxwell.

Por un instante no le pareció que fuese ella. En esas páginas estaban la vida, los secretos y tormentos de otra persona. Problemas: la palabra temida. Parecía tan inocua. Problemas. Todo el mundo tenía problemas. Y sin embargo, esas nueve letras parecían haberla definido siempre, descomponiéndola en una fórmula que nadie había logrado descifrar aún.

El todoterreno continuaba al ralentí, escupiendo monóxido de carbono a una atmósfera ya muy saturada. Unas cuantas gotas se estrellaron contra el parabrisas. Vio que la gente apretaba el paso al intuir lo que se avecinaba. Un minuto más tarde, se desató el temporal. Notó que el viento azotaba su robusto todoterreno. Hubo un relámpago seguido de un trueno prolongado como un eructo. La intensidad de la tormenta presagiaba su brevedad. Una violencia semejante no podía persistir mucho tiempo; consumía demasiada energía demasiado deprisa.

No pudo resistirse. Apagó el motor, tomó las páginas y, quitando la goma, empezó a leer. Primero figuraba la información general. Fecha de nacimiento, sexo, estudios, trabajo. Volvió la página. Luego otra. Nada que no supiera ya, lo cual tampoco era sorprendente teniendo en cuenta que se trataba de ella.

Al llegar a la quinta página de notas mecanografiadas, las manos empezaron a temblarle. El encabezado decía: «Infancia. Tennessee.» Tragó saliva una vez, otra más, pero no consiguió aclararse la garganta. Tosió y carraspeó, lo cual solo sirvió para empeorar la cosa. La saliva se le había solidificado en la boca, igual que cuando estuvo a punto de matarse remando, solo para ganar una medalla olímpica de plata que, a cada día que pasaba, significaba menos para ella.

Cogió una botella de Gatorade y se la bebió de golpe, derramando una parte en el asiento y sobre las hojas. Soltando una maldición, restregó la página para secarla. Y bruscamente, se le rompió casi en dos mitades. Lo cual hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas, sin que supiera bien por qué. Se acercó el papel a la cara, a pesar de que tenía una vista perfecta. Perfecta, pero no lograba distinguir aquellas letras. Alzó los ojos hacia el parabrisas, pero tampoco ahí veía nada, tan tupida era la lluvia. Las calles ahora estaban totalmente vacías; la gente se había dispersado en cuanto habían caído las primeras gotas oblicuas, casi horizontales, a causa del viento.

Volvió a mirar las hojas, pero era inútil. Las palabras seguían allí, desde luego, pero no las veía.

—Puedes hacerlo, Michelle. Tú puedes.

Las palabras, dichas en voz baja, sonaban forzadas, huecas.

Se concentró otra vez.

«Infancia. Tennessee», empezó. De nuevo tenía seis años y vivía en Tennessee con su madre y su padre. Su padre era un policía con una carrera ascendente en el cuerpo; su madre... bueno, era su madre. Sus cuatro hermanos mayores habían crecido y se habían largado. Solo quedaba la pequeña Michelle en casa. Con ellos dos.

Ahora sí lo estaba consiguiendo. Las palabras aparecían con claridad, los recuerdos iban cristalizando mientras ella retrocedía hacia esa porción de su historia personal. Cuando pasó la página y su mirada captó la fecha que figuraba en lo alto fue como si los relámpagos del exterior hubieran caído directamente sobre ella. Un millón de

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