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SECUESTRO EN NUEVA YORK

Mary Higgins Clark   Carol Higgins Clark  

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Fragmento

JUEVES, 22 DE DICIEMBRE


Regan Reilly suspiró por enésima vez mientras miraba a su madre, Nora, flamante paciente del Hospital de Cirugía Especial de Manhattan.

—¡Pensar que yo compré esa maldita alfombra con la que tropezaste! —dijo.

—Sólo la compraste. Fui yo quien se enganchó el tacón en ella —murmuró con languidez la famosa escritora de novelas de misterio—. No tienes la culpa de que me pusiera esos ridículos zapatos con tacón de aguja.

—Os dejaré solas para que decidáis quién es la culpable de la fractura —declaró Luke Reilly, propietario de tres casas de pompas fúnebres, padre y esposo, mientras levantaba su largo y delgado cuerpo del bajo sillón situado junto a la cama—. Tengo que asistir a un entierro, ir al dentista y luego, puesto que nuestros planes navideños se han alterado, supongo que debería comprar un árbol de Navidad. —Se inclinó y besó a su esposa—. Míralo de esta manera: no podrás contemplar el océano Pacífico, pero tienes una buena vista de East River.

Él, Nora y la única hija de ambos, Regan, de treinta y un años, habían previsto pasar las vacaciones navideñas en Maui.

—Muy gracioso —replicó Nora—. ¿Hay alguna esperanza de que el árbol que compres no sea tu acostumbrado «especial Charlie Brown»?

—Eso es ofensivo —protestó Luke.

—Pero cierto. —Nora cambió de tema—. Pareces agotado, Luke. ¿No puedes faltar al entierro de Goodloe? Austin es perfectamente capaz de ocuparse de todo.

Austin Grady era la mano derecha de Luke. Había organizado centenares de funerales solo, pero el de hoy era diferente. El difunto, Cuthbert Boniface Goodloe, había legado la mayor parte de su fortuna a la Asociación Semilla, Planta y Flor del estado jardín de Nueva Jersey. Su contrariado sobrino y tocayo, Cuthbert Boniface Dingle, conocido como C.B., estaba ostensiblemente resentido por la miserable herencia que le había quedado. La tarde anterior, terminado el velatorio, C.B. había regresado furtivamente junto al ataúd, donde Luke le descubrió metiendo plantas podridas en las mangas del elegante traje que el propio Goodloe había escogido como último atuendo.

Mientras Luke se acercaba por detrás, le había oído susurrar:

—¿Te gustan las plantas? Pues aquí tienes plantas, viejo chocho, hipócrita. ¡Huélelas! ¡Disfruta de ellas hasta el día de la Resurrección!

Luke había retrocedido para no enfrentarse con C.B., que continuó soltando improperios al cuerpo de su poco generoso tío. No era la primera vez que Luke oía a un deudo reprochar al finado, pero el uso de follaje podrido constituía una novedad. Más tarde había retirado en silencio la ofensiva vegetación. Pero hoy quería vigilar personalmente a C.B. Además, no había tenido ocasión de mencionarle el incidente a Austin.

Luke pensó en la posibilidad de comentar con Nora la estrambótica conducta del sobrino, pero decidió no hacerlo.

—Goodloe estuvo planeando su funeral conmigo durante tres años —dijo en cambio—. Si no me presento, su fantasma me perseguirá.

—Sí, supongo que debes ir. —La voz de Nora sonaba soñolienta, y sus ojos comenzaban a cerrarse—. Regan, ¿por qué no le pides a papá que te lleve al piso? El último analgésico que me dieron me está dejando grogui.

—Prefiero quedarme hasta que venga la enfermera privada —respondió Regan—. Quiero asegurarme de que no te quedas sola.

—De acuerdo. Pero luego vete a casa y échate. Sé que nunca duermes en los vuelos nocturnos.

Regan, que era investigadora privada y vivía en Los Ángeles, había estado empacando cuando su padre la había llamado.

—Tu madre está bien —empezó—. Pero ha tenido un accidente. Se rompió una pierna.

—¿Se rompió una pierna? —repitió Regan.

—Sí. Estábamos a punto de marcharnos a una cena de gala en el Plaza. Tu madre era una de las homenajeadas. Se estaba retrasando. Yo fui a llamar el ascensor…

Una de las poco sutiles tácticas de papá para meterle prisa a mamá, pensó Regan.

—El ascensor llegó, pero ella no. Volví al piso y la encontré tendida en el suelo, con una pierna doblada en un ángulo extraño. Pero ya conoces a tu madre. Lo primero que preguntó fue si se había roto el vestido.

Típico de mamá, pensó Regan con afecto.

—No han visto una paciente mejor vestida en la sala de urgencias en toda la historia del hospital —concluyó Luke.

Regan había sacado la ropa para Hawai de la maleta y la había reemplazado por prendas de invierno, más apropiadas para el clima de Nueva York. Había pillado de milagro el último vuelo de Los Ángeles con destino al aeropuerto Kennedy y, una vez en Nueva York, se había entretenido apenas lo suficiente para dejar los bultos en el piso de sus padres, en Central Park South.

En la puerta de la

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