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SEIS AñOS DE INVIERNO

Fernando Garí  

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Fragmento

1

Todos nacemos y vivimos a bordo de un tren en marcha que nunca se detiene, ni siquiera cuando pasa lentamente por alguna estación. Permanecemos toda nuestra vida en el asiento, como si lleváramos abrochado un cinturón de seguridad invisible, y miramos a nuestros compañeros de viaje que hacen lo mismo que nosotros. Su presencia constituye nuestra razón de ser y nuestro consuelo, de modo que solo algunos tienen la valentía de bajarse en marcha para saber lo que significa vivir de verdad o simplemente de otra manera. La mañana del 5 de julio de 1941, el tren de Miguel Arquer se disponía a cobrar velocidad, y él no imaginaba que algún día se plantearía la posibilidad de saltar.

Cerró el petate y lo dejó encima de la cama. Se irguió y contempló la pequeña habitación de paredes blancas, amueblada con la vieja cama de hierro, el armario y la sencilla mesita de noche. Se había escondido, vivido y dormido durante los últimos cuatro años entre las estrechas paredes de aquella vivienda pero dudaba que fuera a echarla de menos. Nadie añoraba un refugio cuando había tenido que encerrarse en él con la única compañía del miedo permanente a ser descubierto. Se asomó al diminuto balcón que daba a la calle Caspe. Dos pisos más abajo, un par de mujeres se dirigía a sus quehaceres de sábado con sus raídas bolsas de la compra medio vacías. Cerró los ojos unos minutos al sol de aquella mañana de verano y volvió a entrar. La casa parecía dormitar con el calor y todo se hallaba en silencio. En particular, la habitación de su madre.

Se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla de noche y rebuscó entre los libros que habían sido su principal afición y entretenimiento. No encontró lo que quería y los sacó con urgencia, como si fueran una molestia, hasta que sus dedos dieron por fin con el reloj de pulsera. Lo extendió con cuidado en la palma de su mano y lo contempló mientras lo acariciaba con las yemas de los dedos. Era un reloj ordinario y gastado, de acero, con esfera negra y correa de piel, como tantos otros.

No tenía un recuerdo especialmente nítido del reloj, pero sí de su portador. Concretamente, de una muñeca y una mano. Recordaba con viveza la piel morena, las venas abultadas y el vello en las falanges, las uñas cortas y el pulgar encallecido por el trabajo en el taller. Era la misma mano que había envuelto la suya las mañanas de invierno, camino del colegio; la que había empujado el columpio del parque para que descubriera el vértigo de volar; la que le había sujetado el sillín de la bicicleta con tal de que no se cayera; la que le había dibujado motos y coches en un papel durante la cena, junto a su plato de sopa; la que le había dado un alegre cachete el día en que se afeitó solo por primera vez.

Cerró los ojos y cerró los dedos alrededor del reloj como si con ello pudiera estrechar la mano de su padre ausente. Nunca más volvería a verla, nunca más volvería a notar su contacto, áspero y cálido. La última vez que la había sostenido entre las suyas no había podido evitar que se le pusieran los pelos de punta al notar lo fría que estaba, al ver que le faltaban todas las uñas. Dios mío, qué te han hecho, padre. Luego se había echado a llorar como no había llorado desde niño, estremeciéndose igual que un árbol en una tormenta. Porque eso había sido aquella tormenta para él: el dolor de ver cómo le arrancaban las uñas a los sueños de la infancia.

Cuando los volvió a abrir vio que se acercaba la hora y se apresuró. Borró las huellas de las lágrimas de sus ojos y se ciñó el reloj en la muñeca con gesto decidido. Luego cogió el petate y salió al pasillo sin hacer ruido. Pasó de puntillas ante el dormitorio de su madre y abrió la puerta de la casa acompañándola con ambas manos para que no chirriase. Su madre aborrecía madrugar tanto como él aborrecía sus imprevisibles cambios de humor y las escenas que estos provocaban. Una vez en el rellano, cerró con igual cuidado y bajó por la oscura escalera con la agilidad de un bailarín. Se detuvo ante la vivienda de Encarnación, la portera, y llamó con los nudillos a la puerta, pero no había nadie. Lástima, le habría gustado despedirse de la anciana encorvada y tenaz que durante los tres años que había durado la guerra había mantenido el secreto de su presencia en la casa. Salió a la calle, respiró hondo, sujetó la correa del petate con fuerza y echó a caminar hacia el paseo de Gracia mientras silbaba el «Cara al sol».

A pesar de lo radiante del día, a su alrededor la ciudad seguía mostrando el rostro ceniciento de los supervivientes de la guerra. Edificios derruidos, impactos de bala en las fachadas, escombros amontonados que nadie había retirado todavía. Los vehículos eran tan escasos como los alimentos que se podían encontrar en las tiendas y se movían a paso de tortuga, propulsados por sus feos y humeantes gasógenos. Aun así, le gustó comprobar que la amplia avenida estaba mucho más concurrida que de costumbre y que una corriente de peatones parecía converger hacia la plaza Cataluña y las Ramblas empujada por un entusiasmo común.

Yo formo parte de él, se dijo con una sonrisa, estoy aquí para hacer justicia, la justicia que le negaron a mi padre. Que a nadie se le ocurra degradar lo que voy a hacer llamándolo venganza.

Corrió hasta la parada del tranvía y subió de un salto al primero que vio pasar en dirección a la estación de tren. El revisor lo miró con cara de pocos amigos y le tendió el billete con desgana. Miguel le leyó el pensamiento: Bah, uno que no ha tenido bastante con una guerra y quiere luchar en otra. Aun así, pagó con unas monedas y de propina le obsequió con una sonrisa. Sacó del petate la edición de Sin novedad en el frente que había comprado el día anterior en la librería del señor Muñoz, pero estaba demasiado nervioso para leer, de modo que lo guardó y permaneció de pie, apoyado en un rincón, con una mano en el bolsillo y con la otra pellizcándose el labio. Miró a su alrededor y no vio a más jóvenes de uniforme en el vagón, pero no importaba porque no tardaría en reunirse con sus nuevos compañeros. El sol brillaba en un cielo sin nubes.

Cuando el tranvía llegó entre traqueteos y chirridos al último tramo de la avenida del Marqués de la Argentera, vio que una multitud abarrotaba la Estación de Francia. Centenares de hombres vestidos con los uniformes viejos y raídos del ejército bajaban de todo tipo de vehículos e iban de un lado para otro bajo el sol abrasador de aquella mañana de julio. También había una cantidad ingente de civiles: mujeres y niños y hombres mayores que habían acudido a despedir a sus hermanos, hijos o nietos. Las madres abrazaban a sus hijos y los jóvenes besaban a sus novias. Un enjambre de manos se agitaba en el aire y otras les respondían agitando pañuelos de despedida. Al viento ondeaba una multitud de banderas españolas y de la Falange. Por todas partes, pancartas adornadas con el emblema del yugo y las flechas saludaban a los voluntarios que se disponían a partir hacia el frente. «¡Viva Alemania!», «¡Rusia, culpable!», clamaban mientras las muchachas de la Sección Femenina repartían entre la tropa paquetes de cigarrillos y botellas de coñac con una sonrisa entre tímida y entusiasmada. Los gritos de adiós se fundían con las voces que cantaban el «Cara al sol» a los acordes de una banda de música, y en el bullicio reinante se respiraba una extraña combinación de tensión y alegría, de sudor y colonia barata. Miguel notó que un ratón inquieto empezaba a corretearle por las entrañas.

Desde el escabel del tranvía oteó en busca de algún rostro conocido pero no encontró ninguno entre el mar de boinas rojas y camisas azules bajo las guerreras. No importaba, seguramente su unidad debía de estar agrupándose en uno de los andenes de la estación. Cogió el petate y saltó a la calle cuando el tranvía todavía no se había detenido frente a los arcos de la entrada. El impulso estuvo a punto de hacerlo chocar con una mujer mayor y un joven de uniforme, como él, que se abrazaban. Ella era baja, ancha de caderas y sin cintura, con el cabello cano. No pudo verle la cara porque la hundía en el hombro del voluntario, pero se fijó en que no llevaba pendientes y en la piel de su nuca, roja y curtida bajo los rizos grises; pero sobre todo en que lloraba y se aferraba al uniforme del chico como si quisiera arrancárselo. Apretó los dientes. Su madre no lo había abrazado nunca de esa manera, ni siquiera la noche anterior, mientras preparaba el equipaje. «¿Ahora, te marchas y me dejas? ¿Ahora, que la guerra ha acabado?», esas habían sido sus palabras.

Se abrió paso hacia la entrada y, al volver la cabeza, los cristales le devolvieron el reflejo de sus veinticinco años: sus ojos negros, la tez morena, la nariz recta y la boca de dientes grandes que hacían de él la viva imagen de su madre. Le habría gustado heredar algo de su padre, sobre todo su metro ochenta y siete y los ojos azules, pero también en eso su madre se había salido con la suya. Se encogió de hombros con resignación y siguió caminando.

La alegría del ambiente era contagiosa, pero él tenía motivos para sonreír. Al fin había logrado su propósito y en esos momentos era un voluntario más entre los miles que abarrotaban la estación. De repente, entre el torbellino de empujones, vivas a la Falange y saludos con el brazo en alto, una joven le alargó un par de cajetillas de Player’s y una petaca de Fundador.

—¡Toma, soldado! ¡Esto es solo para los valientes! —Y antes de dar media vuelta para entregar otro lote añadió con un guiño—: Y para los guapos.

Miguel notó que se ponía colorado, pero cogió el paquete al vuelo.

—Gracias, pero yo no fu... —contestó mientras veía desaparecer a la atractiva morena que se lo había entregado.

Contempló brevemente el tabaco y el coñac y se lo guardó en los bolsillos con una sonrisa. Aquello sí que era un lujo de verdad. Se ciñó con orgullo la boina y dobló el cuello de su camisa azul por encima de la guerrera para que el color destacara. La División Azul. Qué complicado había sido conseguirlo. El comandante de la junta de reclutamiento lo había mirado de arriba abajo con los labios fruncidos bajo el fino bigote y le había espetado que únicamente admitían voluntarios con antecedentes falangistas o que hubieran combatido en las filas de los Nacionales. Gente de bien, nada de espontáneos indocumentados. Menuda manera de reclutar voluntarios. Él no tenía lo uno ni había hecho lo otro, pero por suerte conocía a la persona adecuada. Se ajustó el uniforme y miró el reloj de su muñeca. Esto va por ti, padre. Apretó el paso y entró.

Bajo la gran bóveda del vestíbulo continuaba el bullicio exterior, solo que con más calor. Ondeaban menos pañuelos al viento y más manos en alto haciendo el saludo de los vencedores. Los voluntarios que se dirigían a sus unidades se fundían entre vítores y cánticos con la masa de civiles que había acudido a despedirlos. Sin embargo, ese no era su caso. Había tenido su propia despedida y no podía decir que hubiera resultado agradable. Se abrió paso sin mirar atrás hasta la verja que daba acceso a los andenes y eligió la entrada donde parecía haber menos cola. Cuando llegó al tornillo mostró su pasaporte y su documento de reclutamiento al revisor, y este se los pasó al oficial que controlaba el acceso. Miguel vio que era manco y que tenía que examinarlos con la incomodidad de una sola mano. Aun así, aquel teniente era un hombre afortunado.

—Andén número uno —dijo el oficial sin levantar la vista de la cartilla—. Los voluntarios de Valencia están llegando por el andén número dos, así que será mejor que no se retrase. Buena suerte, soldado.

—Gracias, señor —contestó Miguel haciendo el saludo reglamentario con una mano y recogiendo sus papeles con la otra.

Empujó la barra del tornillo lustrosa por el roce, pasó a la plataforma de los andenes y buscó el que le correspondía. En el aire se respiraba el olor a grasa y a metal caliente de las calderas de los trenes que esperaban para partir. Todo era una barahúnda de voces, pasos presurosos, golpes de silbato y chirridos del acero contra el acero. Alzó la vista. La luz caía a chorros a través de las vidrieras del techo que no estaban tapiadas por culpa de los bombardeos y parecía dejar en suspenso el polvo y las nubes de vapor que flotaban en el ambiente. Parecía una manifestación del poder de Dios.

Se detuvo con el aliento contenido y soltó el petate mientras a su alrededor se hacía un progresivo silencio y las prisas de sus camaradas voluntarios se convertían en una coreografía a cámara lenta. El ratón que le corría por las tripas se le subió a la garganta.

La idea que en esos momentos tenía de Dios se correspondía con la de un ser cruel y malhumorado que no ahorraba sufrimientos a sus criaturas. Esa era la inapelable conclusión a la que había llegado tras descubrir que habían asesinado a su padre en una siniestra checa de la calle San Elías. El cadáver que con tantos esfuerzos había logrado recuperar llevaba grabadas en la piel las huellas de largas horas de tortura, marcas de haber sido maniatado y un agujero de bala en la nuca. Francisco Arquer, Paco para los amigos, don Paco para sus operarios, un hombre bueno al que sus enemigos solo podían acusar de haber logrado salir de la miseria gracias a su trabajo, un hombre que nunca había hecho daño a nadie. Cuando había cerrado de nuevo el saco de esparto que envolvía el cuerpo frío y lacerado de su padre había descubierto el significado de la palabra «odio». Un odio ardiente y a secas. Un odio a dentelladas.

Por eso estaba allí. Apretó los puños con fuerza para contener las lágrimas que arrastraban el nombre de su padre y siguió contemplando aquella iluminación catedralicia que parecía la voz de su Dios, inmisericorde y despiadado, diciéndole que el camino que emprendía era el correcto. Bajó la cabeza y se mordió los nudillos. No quería que nadie viera el dolor y la furia que llevaba dentro, el dogal que tiraba de él para que partiera a dar muerte a sus enemigos. Al cabo de un momento, se irguió y respiró hondo.

—¡... a los valientes que parten hacia Rusia! —oyó que gritaba un orador entre los aplausos de la multitud.

Era la segunda vez que lo llamaban valiente desde que había llegado a la estación, y sintió una mezcla de orgullo y de revancha. De haber podido verlo en esos momentos, Juan Bonell no se habría atrevido a llamarlo cobarde. Seguro que no.

Se agachó para recoger el petate y echárselo a la espalda, pero una mano ruda como el hierro le cayó en el hombro.

—¡Firmes, soldado!

Giró sobre sí mismo con el corazón en un puño y no tuvo más remedio que sonreír.

—¡Enrique! ¡Qué alegría!

—¡Pero mírate! —exclamó Enrique mientras lo sujetaba por los hombros y lo miraba desde las alturas de su metro noventa—. ¡Tú, vestido de falangista y dispuesto a largarte para combatir a la fiera del comunismo en su misma guarida, como dice la propaganda! Si alguien me hubiera dicho que te ibas a convertir en un guripa cualquiera, lo habría tomado por loco.

Miguel lo miró desde su escaso metro setenta y forzó una sonrisa. Mejor hacer caso omiso y enterrar la borrosa visión del rostro amoratado de su padre en un rincón de su memoria. Enrique era capaz de soltar las mayores burradas con la despreocupación de un piloto de bombarderos lanzando sus bombas desde tres mil metros de altitud.

—Tienes razón —contestó mirándolo a los ojos sin reproche—. Yo habría dicho lo mismo de mí hace cosa de un año, antes de que los comunistas me dieran todas las razones de este mundo para alistarme.

Enrique desvió la mirada.

—Lo siento. Soy un bruto y siempre se me olvida que hay heridas que no cicatrizan fácilmente. —Se agachó, cogió el equipaje de su amigo con una mano como si fuera un saco de plumas y le rodeó los hombros con la facilidad que le daba su corpulencia de oso—. Vamos, deja que te lleve esto y vayamos a buscar tu tren. No querrás perderlo en el último minuto, ¿verdad? Por cierto, hablando del último minuto, ¿cómo conseguiste que te aceptaran en la División Azul? Que yo sepa, nunca has sido falangista y tampoco has luchado en el bando del Caudillo.

Enrique tenía razón. Lo único que había hecho en esa condenada guerra

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