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SERAFINA Y EL BASTóN MALIGNO (SERAFINA 2)

Robert Beatty  

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Fragmento

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Pegada al suelo y con los ojos fijos en su presa, Serafina acechaba entre la maleza del bosque bañado de luna. Allí delante, a pocos metros, una enorme rata cambalachera roía el escarabajo que acababa de sacar de la tierra. Los potentes y regulares latidos de su corazón marcaban el lento avance de Serafina hacia el roedor. Los músculos le temblaban con la emoción del salto inminente. Pero no se dio prisa. Contoneando los hombros adelante y atrás para corregir el ángulo del ataque, aguardaba el momento preciso. Cuando la rata se agachó para sacar otro escarabajo, saltó.

La rata atisbó a Serafina de refilón un instante antes de que cayera sobre ella. Serafina no se explicaba por qué el terror paralizaba a casi todos los animales del bosque cuando se precipitaba sobre ellos. Si la muerte en forma de uñas y dientes surgiera de la oscuridad para apresarla, Serafina lucharía. O escaparía. Haría algo. Los animalillos silvestres como ratas, conejos, ardillas y demás no se caracterizaban precisamente por su valor, pero ¿de qué les servía quedarse paralizados de puro terror?

Cayendo sobre la rata, la atrapó en menos de lo que canta un gallo y la sujetó con el puño. Y ahora, demasiado tarde, el animal empezó a forcejear, a morder y a arañar según su cuerpecito peludo mudaba en una escurridiza serpiente y su diminuto corazón latía a un ritmo desenfrenado. Ahora sí, pensó Serafina mientras percibía el titim-titim del corazoncito en la mano. Ahora opones resistencia. La sensación le aceleró el pulso y aguzó sus sentidos. Súbitamente, percibía hasta el último movimiento del bosque que la envolvía: el rumor de una rana de árbol que recorría una rama a diez metros de distancia, el potente canto de una perdiz solitaria a lo lejos y la sombra de un murciélago que surcaba el estrellado firmamento sobre la irregular bóveda del bosque.

Serafina tan solo lo hacía como entrenamiento, claro que sí, merodear y saltar, acechar a la presa y capturarla. No mataba a los animales salvajes que cazaba, no le hacía falta, ¡pero ellos no lo sabían, maldita sea! ¡Serafina era el terror con patas! ¡Era la muerte andante! Así pues, ¿por qué en el instante del ataque se quedaban paralizados? ¿Por qué no escapaban?

Serafina se acomodó entre la maleza, de espaldas a un viejo roble de tronco retorcido y cubierto de liquen, y apoyó el puño con la rata en el regazo.

Entonces abrió la mano despacio.

La rata salió disparada, pero ella volvió a atraparla y devolvió la mano al regazo.

Sostuvo la rata con fuerza unos segundos antes de abrir nuevamente la mano. La rata no se apresuró esta vez. Se quedó allí, temblando y jadeando, demasiado confusa y cansada como para moverse.

Serafina levantó al aterrado roedor sobre su palma extendida para mirarlo más de cerca, ladeó la cabeza y lo observó. La rata cambalachera no se parecía a las desagradables ratas de cloaca que cazaba en el sótano de la mansión Biltmore. Esta en particular tenía una cicatriz en la oreja izquierda. No era la primera vez que se metía en líos, estaba claro. Y con esos ojillos oscuros y los temblorosos bigotes en el hocico largo y puntiagudo, recordaba más a un ratoncillo marrón y regordete que a las sucias alimañas a las que Serafina debía el título que ostentaba. Prácticamente lo imaginaba con un sombrerito en la cabeza y un chaleco abotonado. Se sintió una pizca culpable por haberlo capturado, pero también sabía que, si el animal intentaba escapar nuevamente, su mano lo atraparía antes de que diera dos pasos. No era una decisión consciente. Era un reflejo.

Mientras recuperaba el resuello, la ratita miraba aquí y allá buscando una vía de escape. Pero no se atrevió a intentarlo. Intuía que, tan pronto como tratara de huir, Serafina la apresaría otra vez, pues tal era la naturaleza de su especie: jugar con su presa, arrearle, propinarle algún que otro zarpazo hasta matarla.

Con todo, Serafina miró a la rata y luego la dejó en el suelo.

—Perdona, amiguita… Solo estaba practicando.

El animal alzó la vista, desconcertado.

—Vete —concedió Serafina con suavidad.

La rata lanzó una ojeada a los tupidos matojos.

—No te engaño —le aseguró ella.

El roedor no se lo acababa de creer.

—Vete a casa —insistió Serafina—. Tú aléjate despacio al principio, sin echar a correr; ese es el truco. Y, la próxima vez, aguza la vista y el oído, aunque te estés zampando un escarabajo, ¿me oyes? En este bosque hay seres mucho peores que yo.

Estupefacta, la ratita de la oreja partida se frotó la cara varias veces antes de inclinar la cabeza, casi como haciendo una reverencia. Serafina soltó una risita por la nariz, lo que por fin animó a la rata a ponerse en marcha. Se espabiló en un santiamén y se escabulló entre la maleza.

—Que pases una buena noche —le gritó Serafina.

Supuso que el animal se felicitaría más y más por su valor según se alejara de ella y para cuando llegara a su casa tendría una bonita historia que contar a su esposa y a sus crías durante la cena. Serafina sonrió al imaginar al animalillo explicando a su atenta familia una fantástica epopeya. Estando tan tranquilo en el bosque, royendo un escarabajo, un malvado depredador lo había atacado y había tenido que luchar a brazo partido para no perder la vida, les diría. Se preguntó si, en la historia, ella sería una bestia feroz. O solo una niña.

De improviso oyó un susurro en lo alto, como una brisa otoñal que agitara las copas de los árboles. Pero no era una brisa. Hacía una noche fría y callada, y no soplaba ni una pizca de aire, igual que si Dios contuviera el aliento.

Se quedó escuchando el delicado murmullo, casi etéreo, algo así como el susurro de un fantasma. Alzó la vista, pero no vio nada más que las ramas de los árboles. Serafina se levantó, se sacudió el sencillo vestido de trabajo, de color verde, que la señora Vanderbilt le había regalado el día anterior y se encaminó hacia el bosque, atenta al rumor. Intentó determinar de dónde procedía. Torció la cabeza a la izquierda y luego a la derecha, pero el ruido no venía de ninguna parte en concreto, o eso parecía. Enfiló hacia unos peñascos, allí donde el terreno caía en picado hacia un frondoso valle. Las vistas desde allí eran magníficas, kilómetros y kilómetros de bosque que se perdían entre la niebla hasta las montañas Blue Ridge del fondo. Un refulgente velo de nubes blancas matizadas en tonos plata pasó despacio por delante de la luna. Los rayos del astro proyectaron una corona de luz en las vaporosas nubes, las traspasaron y dibujaron una sombra alargada e irregular en la tierra que se extendía detrás de Serafina.

Serafina permaneció unos instantes en la cornisa de roca, observando el valle que se abría a sus pies. A lo lejos, las puntiagudas torres y los tejados de pizarra de la imponente casa Biltmore emergían de las sombras del bosque circundante. Gárgolas de animales míticos y exquisitas estatuas de guerreros de otros tiempos decoraban los grisáceos muros de caliza. Los cristales de las oblicuas ventanas reflejaban la luz de las estrellas, y las aristas del tejado, ribeteadas de oro y cobre, destellaban a la luz de la luna. Allí, en el segundo piso de la mansión, dormían el señor y la señora Vanderbilt, al igual que su sobrino y amigo de Serafina, Braeden Vanderbilt. Los invitados de la familia —parientes procedentes de otras ciudades, hombres de negocios, dignatarios, artistas famosos— descansaban en el tercer piso, cada cual en el lujoso dormitorio que le habían asignado.

El padre de Serafina se encargaba de mantener el sistema de calefacción a gas, la dinamo que generaba la electricidad, las lavadoras impulsadas por correas y demás artilugios de última tecnología que poseía la mansión. Los dos vivían en el taller del sótano, al final del pasillo que llevaba a las cocinas, los lavaderos y los almacenes. Sin embargo, a diferencia de todas las personas que Serafina conocía y amaba, ella no dormía durante la noche. Echaba una cabezadita por aquí y otra por allá durante el día, acurrucada bajo una ventana o en algún oscuro recoveco del sótano. Al caer la noche merodeaba por los corredores de Biltmore, por la zona de los señores y por la zona de los criados, igual que un vigilante invisible y silencioso. Exploraba los sinuosos caminos de los enormes jardines y los sombríos valles de los bosques circundantes, y cazaba.

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