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SEVENEVES

Neal Stephenson  

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Fragmento

Título original: Seveneves 

Traducción: Pedro Jorge Romero 

1.ª edición: abril 2016 

© Ediciones B, S. A., 2015 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-435-0 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Primera parte La era de la Luna única Las Siete Hermanas Exploradores Pioneros y prospectores Consolidación El Gran Cleroterion Arca Nube Segunda parte Día 700 Cielo Blanco Lluvia Sólida Ymir Endurance Hoyuelo Tercera parte Cinco mil años después Epílogo Agradecimientos

Para Jaime, Maria, Marco y Jeff 

Primera parte

La era de la Luna única

La luna estalló sin aviso previo ni razón aparente. Estaba en fase creciente, a falta de un día para la luna llena. La hora era 05:03:12 UTC. Más tarde se convertiría en A+0.0.0, o, simplemente, Cero.

La primera persona de la Tierra en ser consciente de que sucedía algo extraño fue un astrónomo aficionado de Utah. Momentos antes había visto una mancha surgiendo en las proximidades de la formación Reiner Gamma, cerca del ecuador lunar. Supuso que se trataba de una nube de polvo provocada por el impacto de un meteorito. Cogió el teléfono y blogueó lo que veía, moviendo los pulgares rígidos (se encontraba en lo alto de una montaña y el aire estaba tan frío como limpio) todo lo rápido que pudo para intentar dar una primicia. No tardarían otros astrónomos en apuntar su telescopio a la misma nube de polvo. De hecho, era posible que ya estuviesen haciéndolo. Pero si lograba mover los pulgares a la velocidad adecuada, él sería el primero en comunicarlo al mundo. La fama sería suya; incluso era posible que, si el meteorito dejaba un cráter visible, lo bautizasen con su nombre.

Su nombre se olvidó. Para cuando sacó el teléfono del bolsillo, el cráter ya no existía. Tampoco existía la Luna.

Guardó el teléfono y volvió a poner el ojo en el ocular. Al no ver más que una mancha difusa de color marrón soltó una maldición; debía de haber desenfocado el telescopio sin darse cuenta. Se puso a ajustarlo. No sirvió de nada.

Acabó apartando la cara del telescopio y dirigió la vista hacia el lugar donde se suponía que estaba la Luna. En aquel momento dejó de ser un científico con información privilegiada y pasó a ser una persona no muy diferente de millones por todas las Américas, mirando boquiabierto el fenómeno más extraordinario que los humanos hubiesen visto en el cielo.

En las películas, cuando un planeta estallaba, se transformaba en una bola de fuego y dejaba de existir. No fue eso lo que sucedió con la Luna. El Agente (como la gente acabó llamando a la fuerza misteriosa responsable del hecho) emitió, es cierto, una cantidad enorme de energía, pero no tanta como para convertir en fuego la sustancia lunar.

La teoría más generalmente aceptada decía que la ráfaga de polvo observada por el astrónomo de Utah fue resultado del impacto. En otras palabras: el Agente llegó de fuera de la Luna, atravesó su superficie, alcanzó el centro y luego emitió su energía; o avanzó hasta el otro lado, depositando por el camino suficiente energía como para romper la Luna. Otra hipótesis indicaba que el Agente no era más que un dispositivo que los alienígenas, en un tiempo remoto, habían enterrado en la Luna, listo para detonar en cuanto se cumpliesen ciertas condiciones.

En cualquier caso, el resultado fue que, primero, la Luna se fracturó en siete grandes trozos, así como en innumerables fragmentos pequeños; y segundo, esas piezas se distanciaron entre sí lo suficiente como para aparecer como objetos separados —enormes peñascos puntiagudos—, pero no tanto como para seguir apartándose unas de las otras. Aquellas piezas lunares siguieron sujetas por la fuerza gravitacional, un grupo de rocas gigantescas orbitando caóticamente alrededor de su centro común de gravedad.

Ese punto, que antes había sido el centro de la Luna pero que ahora no era más que una abstracción en el espacio, seguía girando alrededor de la Tierra como había hecho durante miles de millones de años. Así que cuando la gente de la Tierra miraba al punto del cielo nocturno donde debería estar la Luna, en su lugar veía una constelación de rocas blancas rodando lentamente.

Al menos eso es lo que vieron al dispersarse el polvo. Durante las primeras horas, lo que había sido la Luna se manifestaba como una nube algo mayor que ella, que enrojeció antes del amanecer y se puso por el oeste, ante la mirada confundida del astrónomo de Utah. Asia alzó la vista para ver en el cielo una mancha de color lunar. En aquel conjunto empezaron a manifestarse puntos brillantes a medida que las partículas de polvo caían sobre las piezas grandes más cercanas. Europa y luego América disfrutaron de una imagen clara de la nueva situación: siete rocas gigantes donde debería haber estado la Luna.

Antes de que los líderes científicos, militares y políticos empezasen a usar la palabra Agente para referirse a aquello que había reventado la Luna, la interpretación más habitual de la palabra, al menos en la mente del público normal, era la del sentido de agente secreto o del FBI en las historias pulp o las películas de serie B. Puede que alguien con formación técnica la emplease con algún significado químico, como en agente limpiador. La equivalencia más cercana al uso que a partir de aquel momento tendría ya para siempre esa palabra era la que recibía en esgrima o artes marciales. En un entrenamiento con espadas, en el que un participante va a atacar y el otro va a responder de cierta forma, el atacante es conocido como agente y el que responde es conocido como paciente. El agente actúa. El paciente es pasivo. En este caso, un Agente desconocido actuó sobre la Luna. La Luna, junto con todos los seres humanos que vivían en la región sublunar, eran receptores pasivos de tal acción. Podía ocurrir que mucho después los humanos despertasen y actuaran como agentes una vez más. Pero por el momento, y durante mucho tiempo, no iban a ser más que pacientes.

Las Siete Hermanas

Rufus MacQuarie lo vio desde la oscura línea de cumbres de la cordillera de Brooks, en el norte de Alaska. Rufus trabajaba allí como encargado de una mina. Las noches despejadas cogía la camioneta y conducía hasta la cima de una montaña que él y sus hombres habían estado horadando durante el día. Sacaba el telescopio, un Cassegrain de treinta centímetros, de la parte posterior de la camioneta, lo montaba en la cumbre y miraba las estrellas. Cuando el frío se volvía ya del todo insoportable, se refugiaba en la cabina con el motor en marcha y colocaba las manos sobre las salidas de ventilación hasta que volvía a sentir los dedos. Mientras se calentaba el resto de su cuerpo, daba buen uso a esos mismos dedos comunicándose con amigos, familiares y extraños de todo el mundo.

Y de fuera del mundo.

Al estallar la Luna, y tras convencerse de que lo que veía era real, lanzó una app que mostraba las posiciones de distintos cuerpos celestes tanto naturales como artificiales. Comprobó la posición de la Estación Espacial Internacional. Resultaba que recorría el cielo a cuatrocientos kilómetros por encima y a tres mil kilómetros al sur de su posición.

Se colocó un trasto sobre la rodilla. Lo había construido en su taller. Estaba formado por una clave de telégrafo que parecía tener ciento ci

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