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SHAKESPEARE PALACE

Ida Vitale  

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Fragmento

Todo comienza antes

Antes de que el destino nos pusiera a Enrique y a mí en México, éste fue una desaforada ilusión adolescente, una burbuja que las líneas de mi mano sostuvieron por unos días hasta que se desbarató.

Retrocedo a una época ya casi inasible, al final de los estudios preparatorios (los dos años que seguían a los cuatro de secundaria, previos al ingreso a la universidad): con Alicia —amiga con la que practicamos la constancia, desde la escuela hasta su muerte— mirábamos sin deslumbramientos un futuro de abogadas al que nos conducían los preparatorios de derecho. Habíamos optado por éstos, porque insinuaban, con el engaño de una novela realista que de pronto echara mano de fantasmas, una vaga proximidad con los cursos de humanidades con los que sí soñábamos. La inexistencia de éstos no condecía con el pasado cultural del país y nos dejaba sin un auxilio institucional que suponíamos imprescindible, sin un derecho cuya imposibilidad de cumplirse nos hacía sentir estafadas.

El Uruguay había alcanzado un nivel bastante saludable sin esos cursos por cuya falta nos angustiábamos, pero al imaginar la cultura como un crecimiento infinitamente posible, insistíamos en ir en su búsqueda donde fuese.

Uno de mis profesores se había formado en la no muy remota ciudad argentina de La Plata, en la que desde hacía muchos años era posible seguir los ansiados estudios. Pero ni el resultado a la vista me convencía ni teníamos noticias de becas para ninguna universidad argentina. Así llegamos a una conclusión que creímos sabia: sólo México podía resolvernos el problema que nos obsesionaba.

Empezábamos a leer y admirar autores traducidos en editoriales mexicanas que suplían en parte a las españolas, rehuidas por llegar del dominio franquista. Estas lecturas pudieron ser arcos de un puente que nos pareció de sencilla plata. Una tarde —debía ser en los primeros meses del 43— caminaba con Alicia por el centro de la ciudad, ambas dándole vueltas en la cabeza a nuestro tema, como solíamos. Sin duda hartas de no avanzar en el asunto, allí mismo resolvimos tomar el toro por los cuernos y llamar a la embajada de México y pedir una cita con el agregado cultural. O con el mismísimo embajador. Sin conocer a ninguno de los dos, claro está. La embajada estaba en el Prado, un barrio lleno de hermosas residencias finiseculares con grandes jardines desatendidos; allí había estado la casa de mis abuelos, allí mí tía Ida había plantado árboles raros en el Uruguay. Alejado de las playas que no estaba de moda frecuentar cuando se fue creando, no nos resultaba muy familiar ni era cómodo el traslado hasta él y ya eso nos pareció una aventura que debía dar comienzo a otra.

Lamento haber olvidado el nombre —o quizás nunca lo supimos— del funcionario que nos atendió, con paciencia que supongo no exenta de cierta curiosidad. Poco a poco fue atrayendo a tierra el fantástico globo que habíamos construido en nuestra impráctica, disparatada hipótesis, mientras nos sentíamos capaces de riesgos mayores, dignos de Verne. Existían, sí, las becas, becas exiguas, que no incluían el pasaje, algo básico, aunque en nuestra imaginación no había pesado la lejanía de nuestra meta. Tampoco era seguro que fueran suficientes para pagar alojamiento, comida y esos etcéteras que en boca del amable señor fueron alcanzando, de modo clínico e impostergable, aunque de gran gentileza, un peso abrumador como para irnos hundiendo a cada una, sin que nos atreviéramos a mirar la angustia de la otra, en los cómodos sillones en que nos habían sentado.

Nunca supimos a qué punto exacto debíamos llegar. Ahora supongo que a Veracruz, en barco, y de allí a la capital, en ferrocarril, tampoco incluido en la beca. Ni siquiera habíamos estudiado en un mapa las distancias, las representaciones de esa realidad inconsistente para nosotras, fuera del espacio sin peso de lo quimérico no puesto a prueba.

Quizás no se entienda el tamaño de nuestra frustración porque aún no he dicho que nuestro proyecto había comenzado por lo que supusimos una base seria: un mes atrás —al menos yo— había tramitado mi primer pasaporte. Por mucho tiempo lo guardé, inviolado, hasta el día en que, inexplicablemente, lo perdí. Incluía la mejor fotografía de mi vida, prueba de que el técnico que me la tomó en la policía había entrado, quién sabe cómo, en mi mismo nivel de irrealidad. Porque todos saben que las fotos que en aquel lugar se producen son siempre las menos agraciadas de la colección que, quiérase o no, se va armando en nuestra historia.

Esta que voy a recordar es una historia ya antigua, aunque no tanto como la anterior, la que no llegó a ser. Alguna vez, en ocasión de una lectura-homenaje o un acercamiento, que también lo era, a Jaime Sabines, en el que se me ofreció participar —y yo acepté con alegría—, estuve tentada de hablarle de Rosario Castellanos, de esa Chayito que él quiso bien. Y no lo hice, por inveterado temor de parecer buscadora de cercanías. Por los años sesenta leí Balún Canán, recién llegado a librerías de Montevideo. No conocía a su autora, como tampoco conocía mucho de la literatura mexicana de ese momento, pero escribí con entusiasmo en la página literaria de un diario, donde a veces colaboraba sobre aquella novela que me abría un mundo distinto. Alguien, sin duda desde su embajada en Montevideo, le hizo llegar mi nota. Sabría después por ella que eso coincidió con un momento desdichado de su vida (una operación y, según entendería mejor más adelante, el final de su matrimonio). El estímulo de la lectura de una lejana desconocida la alcanzaba con precisión inesperada. Un tiempo después una carta me anunció su llegada desde Chile, de paso para México. Pudimos estar juntas unas horas.

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