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SI HOY ES JUEVES, ESTO ES TOMBUCTú

Paco Nadal  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Prólogo

Tailandia. Julio, 2008

Cuba. Agosto-septiembre, 2008

Chile. Noviembre-diciembre, 2008

Colombia. Febrero, 2009

Gales. Abril-mayo, 2009

Islandia y Groenlandia. Mayo-junio, 2009

Tahití. Julio, 2009

Crucero por el Báltico (Estonia, Rusia, Suecia). Agosto-septiembre, 2009

La Ruta de la Seda (Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán). Octubre, 2009

Sudáfrica. Enero, 2010

Patagonia (Chile y Argentina). Marzo, 2010

México. Abril, 2010

San Francisco. Julio-agosto, 2010

Islas Shetland y Orkney (Escocia). Septiembre, 2010

Kenia. Noviembre, 2010

Tailandia. Diciembre, 2010

Bahamas. Marzo, 2011

Francia. Abril, 2011

Croacia. Junio, 2011

Jordania. Junio-julio, 2011

Desierto de Atacama e isla de Pascua (Chile). Septiembre, 2011

Antártida. Enero, 2012

Papúa-Nueva Guinea. Febrero, 2012

Egipto. Mayo, 2012

Kenia, Tanzania y Zanzíbar. Mayo-junio, 2012

Sobre el autor

Créditos

Prólogo

Empecé a viajar desde muy pequeñito. Mi padre era viajante, hermosa palabra ya en desuso que definía una profesión en la que tenías que lanzarte a la carretera a vender tus productos y pasar semanas lejos de tu casa y tu familia, te gustara o no. Pero es que además, a él le gustaba viajar de verdad y nos inculcó a mí y a mis hermanos el valor terapéutico de dejar atrás tu pequeño y seguro mundo en búsqueda de experiencias en otros más lejanos. Experiencias que no necesariamente resultarían placenteras, pero que siempre serían enriquecedoras.

Con quince años crucé Europa en autobús para ir a un campamento juvenil y allí descubrí que a mí lo que me ponía era desplazarme de A a B, con la razón y motivo que fuera, pero desplazarme. El movimiento perpetuo. En ese viaje decidí que cuando fuera mayor sería lo que las madres definen como un culo inquieto, sin saber muy bien qué quería decir aquello. Con esa única premisa podría haber sido conductor de autobús, azafato de líneas aéreas o revisor de Renfe, pero acabé siendo periodista de viajes. Los caminos del Señor son inescrutables.

Gracias a mi profesión he pasado años maravillosos viajando a menudo, escribiendo reportajes para revistas y suplementos o presentando documentales de viajes para diversas televisiones. Era afortunado: viajaba mucho, muchísimo más que la media de los mortales. Era lo que siempre había soñado. Y me encantaba hacerlo.

Pero todo se aceleró en junio de 2008 cuando el diario El País me propuso escribir un blog de viajes. Ya no solo era periodista de viajes, de repente me convertí también en bloguero. Y el vértigo de mi vida se aceleró exponencialmente. Si antes viajaba para colocar uno o dos reportajes al mes en los medios convencionales, con un blog podía estar publicando viajes, con fotos y vídeos incluidos, cada día, sin limitación de espacio ni temática. ¡Aquello era el nirvana de un contador de historias!

Así que desde entonces no he parado de moverme, aún más, hasta el punto de que en sueños se me aparece el título de aquella película de Mel Stuart Si hoy es martes, esto es Bélgica. El blog consume todo lo que le dé, es un confidente insaciable que se traga todas las historias que yo pueda proporcionarle y enseguida me pide más. Este libro que tiene en sus manos recoge los cuatro primeros años de ese diario alocado de un periodista y bloguero de viajes, según lo he ido narrando día a día en mi bitácora de El Viajero, el suplemento de viajes del diario El País. Nunca he contado los países que he visitado a lo largo de mi vida, pero, cuando tuve que recapitular y editar estos post para traspasarlos de su original vida digital a esta nueva vida en papel, me salían 45 países en 4 años; casi uno diferente cada mes. Si se cae el techo de mi casa es difícil que me pille debajo.

No están todos en este libro (no me cabían) pero creo que los elegidos resumen muy bien la visión del mundo de aquel niño que con quince años quería ser culo inquieto y reflejan la disparatada vida de una profesión rara, pero maravillosa: la de un periodista de viajes digital.

Pueden parecer unas vacaciones continuas. Pero no siempre lo son. Viajar también cansa. Y pasar más de 200 días al año fuera de casa, también. Lo juro.

TAILANDIA. Julio, 2008

La dicotomía de Bangkok
12 de julio

 

Un Mercedes de gama alta se detiene en la puerta del hotel Hilton de Bangkok, a orillas del río Chao Praya. Una pareja de ejecutivos vestida, tanto él y ella, con trajes de marca y maletines de diseño italiano desciende del vehículo. Alrededor se elevan otras torres de rascacielos que albergan más hoteles de lujo, como el Shangri-La, el Lebua, el Oriental o el Sukhothai (ninguno baja de varios cientos de dólares la noche), además de oficinas acristaladas y sedes de compañías multinacionales.

Justo enfrente del Hilton, al otro lado del río, se levanta Thonburi, el barrio histórico de Bangkok. Aquí no hay calles, solo canales de aguas estancadas; las casas son palafitos de madera y chapa, la gente vive en cuclillas sobre esteras vegetales y todo se compra y se vende desde piraguas atestadas de productos naturales que manejan mujeres protegidas por un gorro de paja de arroz. Un siglo de distancia entre una orilla y otra del mismo río. Dos mundos coetáneos separados por unos metros en la distancia y un abismo en el tiempo. Así es Bangkok, la capital tailandesa, a la que acabo de llegar después de muchísimas horas de vuelo, vía Estambul.

El jet lag me pesa, pero me puede más el ansia de redescubrir una ciudad que vi por primera vez hace ya más de 25 años y que recuerdo caótica pero amable. No me importa dejar las maletas en el hotel y tirarme sin pausa a la calle.

Bangkok es futurista, rabiosamente moderna, saturada de todo (ya sean olores, gentes o coches), una ciudad donde las autovías crecen unas sobre otras, el metro circula bajo tierra y también sobre raíles por encima de ella; los rascacielos del siglo XXI se reflejan en las aguas achocolatadas de río Chao Praya junto con la silueta piramidal del Wat Arum, la pagoda de estilo camboyano más antigua de la ciudad. Donde los grandes reclamos publicitarios llenan la noche de destellos de neón y el ir y venir de sus catorce millones de habitantes genera unos atascos bíblicos famosos en toda Asia.

Sin embargo, Bangkok, “la deliciosa capital de las nueve gemas, la morada real más elevada”, vive la misma dicotomía entre la tradición y la vanguardia que el resto del país: junto a esos rascacielos de acero y cristal se pueden ver palafitos de madera, frente a esas ejecutivas ceñidas en finos trajes de marca enganchadas permanentemente a su teléfono móvil caminan aldeanas tocadas con el gorro cónico en dirección a un mercado flotante, o monjes budistas envueltos en raídas túnicas naranjas esperan el pindapata, la limosna matutina. Es la dulce locura de una ciudad única, alocada, calurosa en extremo, que simboliza el desarrollo de este tigre asiático.

 

 

Las alturas de Bangkok
13 de julio

 

Hoy he cenado en el Night Bazar, junto al mercado de artesanía nocturna de Bangkok, un lugar al aire libre donde solo acuden tailandeses y algunos pocos extranjeros. Cientos de mesas y sillas cubren la explanada, rodeadas por docenas de chiringuitos de comida tailandesa donde tú mismo te compras los que quieras y te lo llevas a la mesa. Vamos, un merendero, pero en versión thai.

Preside la gran plaza un escenario con actuaciones en dir

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