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SI LAS PRINCESAS HUBIERAN USADO TINDER

María Monrabal Pacheco  

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Fragmento

El primer match nunca se olvida

Era 2 de febrero, lo que significaba que Madrid ya estaba inundado de cupidos en todos los escaparates, ofertas en cada restaurante para ir a cenar en pareja y más personas en Tinder de las que diciembre o enero pudieran haber acumulado juntos.

El «amor». Estábamos en esa época del año en la que unos se vendían a precio de saldo y otros solo querían mendigar cariño, hacerse con alguno de esos corazones en rebajas para luego dejarlo olvidado en el fondo de su armario.

¿Dónde había quedado eso de perder la cabeza por alguien? Lo de estar dispuesto a querer tan de verdad y tanto. Lo de imaginar a partir de una conversación cómo sería vuestra primera cita, qué tal sonarían vuestros apellidos juntos o, no sé, en qué barrio podrían crecer vuestros tres hijos, felices, junto con Tico, el schnauzer que adoptaríais con tres meses. Por ejemplo.

Bueno, vale, igual todo eso era demasiado. Pero qué bonito era arriesgarse a querer y qué bonitos eran los principios de esas relaciones en las que creías. Aquellos principios en los que aún no sabías suficiente de esa persona y podías dibujar en tu lienzo en blanco todos los (im)posibles y maravillosos finales, dignos de cualquier cuento de princesas. Si las princesas hubieran vivido en el siglo XXI y hubieran usado Tinder, claro.

La verdad, hacía bastante que llegué a la conclusión de que la mejor parte de cualquier historia de amor se quedaba en el principio. Todas las relaciones eran iguales. Con el tiempo cada uno empezaba a reclamar su espacio. Era como si aquella persona que antes parecía ser tu media naranja, de repente, te tuviese totalmente exprimido. Como si de un día para otro toda esa «conexión única» se hubiese desdibujado para hacerte sentir atrapado al lado de alguien que te impedía ser tú mismo. Una fuga de libertad y tiempo que, al descubrir haber perdido, exigías de vuelta.

Después de los primeros principios, es decir, las primeras conversaciones, los primeros planes, las primeras bromas, los primeros viajes, etc., todo se volvía monótono y aburrido. Y cuando eso pasaba, se intentaba reavivar la llama buscando otros nuevos inicios. Es decir, haciendo cualquier cosa por primera vez, por ridícula que fuera, con tal de no asumir que la relación ya estaba más que muerta. Cosas como acudir a ese fantástico concierto del tío que toca la flauta con la nariz, organizar una escapada para subir a no sé qué monte juntos porque «cariño, estas experiencias unen» o ir a aquella exposición taaan guay donde el artista refleja la decadencia de nuestro siglo desperdigando migas de Cheetos por el suelo. Increíble. Muy impactante.

A ver, no tacho esto de malo, al contrario, los principios son necesarios para cualquier relación. Tener siempre algo nuevo que hacer que te ilusione. Pero es que los principios ya son emocionantes por sí mismos. Si lo articulamos todo alrededor de ellos, es casi como hacer trampa. Enfrentarse a la rutina es lo que realmente determina si algo va a funcionar o no. Y, asumámoslo, la mayoría de las veces no da resultado. Si no, todas las relaciones serían perfectas y saldrían a la primera.

Yo, en mi caso, teniendo todo esto en cuenta, había dejado de preocuparme por los finales, porque todos ellos venían seguidos de otros principios emocionantes.

Esto no quería decir que fuera yo de hielo, ni mucho menos, o que estuviese suplicando en cada nueva relación que todo se acabara para empezar con el siguiente; pero viendo cómo estaba el patio, era casi mejor pensar en lo bonito que sería todo con el próximo que preocuparme de la pendiente cuesta abajo sin frenos en la que me encontraba con el de turno.

Si dibujase una gráfica de la curva de mis relaciones, todas tendrían el mismo patrón. Empezaban siendo perfectas, la persona de mi vida —curva ascendente al principio—; después, las cosas se estabilizaban, se normalizaban, se quedaban en un punto muerto por un corto período de tiempo y, al final, todo caía por su propio peso —curva descendente—: el agobio de la rutina, la falta de ganas al tener que narrarle tu día a día, cualquier razón que implicara un repentino distanciamiento, una persona nueva, una persona anterior, una falta de respeto que jamás hubieses esperado, etc. En fin, cualquier motivo que de repente hiciera que esos cimientos que parecían tan estables se tambaleasen y se vinieran abajo en cuestión de segundos.

Cuando querías darte cuenta, ya no estabas pensando en el modelito de la próxima cita, en vuestros apellidos juntos ni en el barrio en el que criar a vuestros hijos. Y casi a la vez y sin proponértelo, empezabas a pensar en cómo sería el siguiente, sin haber desocupado del todo el espacio del anterior en tu cabeza.

Total, que ahí estaba yo. En Tinder. Sí. Tras superar mis prejuicios —«¿Qué le pasa a la gente que solo puede encontrar a alguien gracias a una app?»— y adoptar una actitud más abierta —«Voy a probar, porque, total, es que no tengo tiempo para conocer a nadie de otra forma»—, decidí crearme un perfil.

Me lanzaba al mundo de los principios fáciles y los finales aún más fáciles, y lo hacía buscando ¿qué? Ni idea. ¿Realmente pensaba encontrar al hombre de mi vida ahí?, ¿quería solo distraerme con la atención que me prestase cualquiera?, ¿me apetecía acostarme con un tío que me pusiera? No lo sabría hasta que entrase de lleno en el mundo del «amor» virtual y recibiese la «atención» virtual que necesitaba para subir mi autoestima después de mi última ruptura.

Así que empecé con mi perfil. La aplicación ya se había descargado. Próximos hombres dispuestos a decepcionarme, ¡allá iba!

Vale... Me preguntaba mi nombre. Paula. Continuar. Qué soy: mujer. Continuar. Mi centro de estudios es: ¿de verdad tenía que responder a eso?, en fin... Universidad Rey Juan Carlos. Genial, ahora todos iban a pensar que me habían regalado el título. Cifuentes, cuánto daño has hecho. Continuar. Mi mejor foto es: Venga, cuál es... Ahora era cuando me tocaba revisar toda la galería del móvil, pasar por los mil intentos que no borré hasta conseguir el selfie perfecto que subí a Instagram poniéndole, además, algún filtro para ocultar ojeras.

Tenía que escoger una en la que estuviese mona pero natural, una de esas que no diera pie a un comentario del tipo «¡Qué diferente estás en persona!». Joder, diferente en qué sentido. ¿Esperabas más?, ¿te he sorprendido para bien?... Bueno, sí, lo de la foto. Una en la que saliese sola. Tirar de efecto animadora podía hacerles pensar que yo era la que peor estaba del grupo.

Había una reciente... No estaba subida en ningún sitio. Me la hizo mi amiga Julia. Aparecía en una cafetería de Malasaña, sonriendo; mi sonrisa es bonita, o eso me dicen. Además, era buena hora. Me daba el sol de lado y mi pelo parecía más rubio; estaba perfectamente recogido en uno de esos moños hechos con las prisas que, sin saber cómo, te quedan impecables. Algo despeinado pero formal. La luz resaltaba bastante mis ojos verdes y mis pestañas parecían infinitas gracias a la máscara Lash Paradise de L’Oreal. Bendito rímel. Llevaba mi suéter preferido, uno de cuello alto color verde botella, y mi abrigo largo camel, del que solo se alcanzaba a ver la parte superior, ya que la foto acababa en mi cintura. Genial, esta.

Bien, ahora Tinder quería acceder a mi ubicación. ¿Habría alguien interesante cerca? Yo vivía en Malasaña, hogar del polvo fácil y del amor a medias tintas. Idealista, dime que escogí el barrio correcto. Continuar. ¿Recibir notificaciones?: No, ¿no? A ver si estando en el curro me hablaba el tío de turno y todos pensaban que era una desesperada al ver un mensajito de Tinder. Mejor no.

Verifica tu dirección de correo electrónico: La hostia... Diez años para abrirse un perfil... Se me iba a pasar el arroz... ¡Uy, dentro! Bufet libre de tíos.

Quimo, 31 años, periodista. Qué mala pinta. ¿Por qué la gente sube fotos abrazando a sus gatos? Además, no a un solo gato. A dos gatos. ¿Estaban él y esos gatos por la calle? ¿Serían sus gatos o se los habría encontrado por ahí? No sé qué me parecía peor... A ver, el chico era mono, pero... ¿quedaría con alguien que abraza gatos callejeros para hacerse una «buena» foto? No. Siguiente. Hummm... Max. «Here for the weekend.» Sinónimo de sexo. Está bien. No es de aquí... Nadie se enteraría. Podría ser un affair. ¡Podría amortizar mi DIU! Qué ilusión. Venga, like. Siguiente. Jaime, 26 años. No. Alex, 29. No. Pedro, 25. «Si no eres interesante, ni te molestes en hablarme», y justo arriba, dos fotos suyas tumbado en la cama sin camiseta; la tercera, en el espejo, en calzoncillos, marcando rabo —ese se había puesto ahí un calcetín, porque, si no, qué puto miedo—; la cuarta, besando una medalla de oro de la que colgaba un cristo. ¡Con la Iglesia hemos topado! No. ¡Oye! Gonzalo, 27, publicista, copywriter. Le gusta escribir, será que tiene algo interesante que contar, ¿no? A ver sus fotos... Ninguna sin camiseta; eso le da puntos. Una sentado en el mirador del Golden Gate. Bah, no parece pretencioso, sale bien y ya. La siguiente, sonriendo en una calle cualquiera de Madrid. Me gusta cómo viste. Es atractivo. Tiene algo. Cuatro años más que yo... Está bien, es una buena edad. Venga, like. ¡Mi primer match! Joder, qué rápido...

Volví a mirar sus fotos y me saltó una notificación de su chat. Me preguntaba si era de Madrid. Preferí esperar para contestarle. Así, como aparentando que tenía vida.

Abrí YouTube y me puse a remolonear mirando vídeos en el teléfono para hacer tiempo. Al tercer clip de Ellen DeGeneres, me entró una llamada. Era mi amiga Andrea.

—Tía, ¿te pillo bien?

—Sí, claro, estaba adelantando unas cosas del curro, pero ya he acabado. —Soy tonta, ¿por qué le miento? Bah, ya le contaría en otro momento

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