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SI TE MIENTO

Clare Mackintosh  

0


Fragmento

1

La muerte no me sienta bien. La llevo como un abrigo prestado; me queda ancha por los hombros y la arrastro por el suelo. Me queda fatal. Me resulta incómoda.

Tengo ganas de quitármela de encima; de dejarla tirada en el armario y volver a ponerme mis prendas hechas a medida. No quería dejar mi antigua vida, aunque albergo esperanzas en la siguiente; esperanzas de convertirme en alguien bello y vital. Por ahora, estoy atrapada.

Entre vidas.

En el limbo.

Dicen que las despedidas inesperadas son más fáciles. Menos dolorosas. Se equivocan. Cualquier sufrimiento, salvo el del adiós que se prolonga por una enfermedad que te va consumiendo, es menos intenso en comparación con el horror provocado por una vida sesgada sin previo aviso. Una vida arrebatada con violencia. El día de mi muerte caminé por una cuerda floja entre dos mundos, con la red de seguridad hecha jirones bajo mis pies. Por aquí se iba a la seguridad; por allí, al peligro.

Di un paso adelante.

Morí.

 

 

Antes bromeábamos con la muerte, cuando éramos muy jóvenes para hacerlo, cuando la muerte era algo que ocurría a los demás.

—¿Quién crees que morirá primero? —me preguntaste una noche cuando nos habíamos quedado sin vino y estábamos tumbados junto a la estufa eléctrica de mi piso alquilado en Balham.

Una mano juguetona, que me acariciaba el muslo, suavizó tus palabras. Yo respondí enseguida.

—Tú, por supuesto.

Me tiraste un cojín a la cabeza.

Llevábamos un mes juntos; gozando de nuestros cuerpos, hablando sobre el futuro como si perteneciera a otra persona. Sin ataduras, sin compromisos, solo posibilidades.

—Las mujeres viven más años. —Sonreí—. Lo sabe todo el mundo. Es por la genética. La supervivencia del más fuerte. Los hombres no saben apañárselas solos.

Te pusiste serio. Me tomaste la cara con una mano y me obligaste a mirarte. Se te veían los ojos negros con la luz mortecina; las resistencias encendidas de la estufa se reflejaban en tus pupilas.

—Es verdad.

Me desplacé para besarte, pero tú seguías sujetándome con los dedos e impedías que me moviera; noté la presión de tu pulgar en el hueso de la barbilla.

—Si te ocurriera algo, no sé qué haría.

Sentí el más fugaz escalofrío, a pesar de la intensidad del fuego. Pisadas sobre mi tumba.

—Aceptarlo.

—También me moriría —insististe.

Entonces puse freno a tu dramatismo juvenil, levanté una mano para apartar la tuya y conseguir que me soltaras la barbilla. Con mis dedos entrelazados con los tuyos para que el rechazo no te doliera. Te besé, con ternura al principio, luego con más pasión, hasta que te echaste hacia atrás y yo me coloqué encima de ti y mi melena ocultó tras una cortina nuestros rostros.

Habrías muerto por mí.

Nuestra relación era joven; una chispa que podía sofocarse con la misma facilidad con la que podía consumirse envuelta en llamas. No habría imaginado que dejarías de amarme; que yo dejaría de amarte. No pude evitar sentirme halagada por la profundidad de tu sentimiento, la intensidad de tu mirada.

Habrías muerto por mí y, en ese momento, yo también creía que habría muerto por ti.

Pero jamás creí que ninguno de los dos tuviera que hacerlo.

2

ANNA

Mi hija Ella tiene ocho semanas. Está con los ojos cerrados, y sus pestañas largas y negras le acarician las mejillas sonrosadas, que se mueven arriba y abajo mientras mama. Los dedos de su mano diminuta están desplegados sobre mi pecho como una estrella de mar. Estoy sentada, pegada al sofá, y pienso en todo lo que podría estar haciendo mientras ella toma pecho. Leer. Ver la tele. Hacer la compra por internet.

Hoy no.

Hoy no es un día para hacer las cosas de siempre.

Contemplo a mi hija, y, después de un rato, sus pestañas se levantan y clava sus ojos azul marino en mí, con solemnidad y confianza. Sus pupilas son estanques profundos de amor incondicional; mi reflejo es diminuto, pero estable.

La pequeña Ella empieza a succionar con más lentitud. Nos miramos, y pienso en que la maternidad es el secreto mejor guardado: ni todos los libros, películas ni consejos del mundo pueden prepararte para el omnipresente sentimiento de serlo todo para una personita. De que esa persona lo sea todo para ti. Yo perpetúo el secreto, no se lo cuento a nadie, porque ¿con quién iba a compartirlo? Menos de una década después de haber terminado el colegio, mis amigas comparten sus camas con amantes, no con bebés.

Ella sigue mirándome, pero, poco a poco, el enfoque de su mirada se nubla, tal como ocurre cuando la bruma matutina se cierne sobre una panorámica. Se le caen los párpados una vez, dos, y al final los cierra. Sus succiones —siempre tan ávidas al principio y después rítmicas y relajadas— se ralentizan hasta que pasan varios segundos entre cada una. Para. Se duerme.

Levanto una mano, presiono ligeramente el dedo índice sobre mi pecho y rompo la unión entre mi pezón y los labios de Ella, luego vuelvo a ajustarme el sujetador de lactancia. La pequeña sigue moviendo la boca durante un rato; a continuación, el sueño la sumerge en un lugar más profundo y sus labios se congelan formando una «o» perfecta.

Tendría que tumbarla. Aprovechar al máximo el tiempo que permanezca dormida. ¿Diez minutos? ¿Una hora? Nos queda mucho para alcanzar cualquier clase de rutina. ¡Ay, la rutina! El lema de la madre novata; el tema de conversación de las mañanas de café postparto con las que mi asesora del centro sanitario me da la tabarra para que asista. «¿Ya duerme de un tirón? Deberías intentar el método del llanto controlado. ¿Has leído a Gina Ford?»

Yo asiento en silencio, sonrío y respondo: «Ya le echaré un vistazo», y luego me aparto para hablar con otra de las madres novatas. Con alguien diferente. Alguien menos estricto. Porque la rutina me da igual. No quiero dejar a Ella llorando arriba mientras estoy sentada en la planta baja publicando un post en Facebook sobre mi «pesadilla de la maternidad».

Duele llorar por una madre que no regresa. Mi pequeña Ella no tiene por qué saberlo todavía.

Se agita mientras duerme, y noto cómo se me forma el sempiterno nudo en la garganta. Cuando está despierta, Ella es mi hija. Cuando los amigos señalan su parecido conmigo o cuando dicen lo mucho que se parece a Mark, yo no lo veo. Miro a Ella y solo veo a Ella. Pero, dormida... Cuando está dormida veo a mi madre. Hay un rostro en forma de corazón oculto bajo esas mejillas rechonchas de bebé, y la curvatura de la línea de su cabello es tan parecida a la de mi madre que sé que, dentro de unos años, mi hija se pasará horas ante el espejo, intentando domar esos pelillos que crecen en una dirección distinta al resto.

¿Los bebés sueñan? ¿En qué pueden soñar teniendo tan poca experiencia en el mundo? Envidio su forma de dormir, no solo porque esté cansada de un modo que jamás había experimentado antes de tener un bebé, sino porque, cuando por fin llega el sueño, trae consigo las pesadillas. Los sueños me enseñan aquello que es imposible que sepa. Suposiciones derivadas de los informes policiales y el informe forense. Veo a mis padres, con las caras abotargadas y desfiguradas por el agua. Veo el miedo en sus rostros cuando cayeron por el acantilado. Oigo sus gritos.

Algunas veces, mi subconsciente es amable conmigo. No siempre veo caer a mis padres; en ocasiones los veo volar. Los veo pisar en el vacío, extender los brazos y caer en picado sobre un mar azul que salpica sus rostros sonrientes. Entonces me despierto serena, con una sonrisa en los labios hasta que abro los ojos y me doy cuenta de que todo sigue como cuando los cerré.

Hace diecinueve meses, mi padre cogió un coche —el más nuevo y más caro— de la zona de exposición de su propio concesionario. Lo condujo durante diez minutos desde Eastbourne hasta Beachy Head, donde estacionó en el aparcamiento, dejó la puerta abierta y anduvo hasta el borde del acantilado. Por el camino fue recogiendo piedras para ponerse peso. Luego, cuando la marea estaba más alta, se tiró por el precipicio.

Siete meses después, consumida por la pena, mi madre siguió sus pasos, con una precisión tan devastadora que el periódico local lo calificó de «suicidio calcado».

Conozco todos estos hechos porque en dos ocasiones distintas escuché al forense describírnoslos, paso a paso. Permanecí sentada con el tío Billy mientras escuchábamos la atenta aunque dolorosa descripción de sendas misiones de rescate costero fallidas. Yo me miraba el regazo mientras los expertos daban detalles sobre las mareas, las estadísticas de supervivencia, las estadísticas sobre muertes. Y cerré los ojos mientras el forense daba cuenta del veredicto de suicidio.

Mis padres murieron con siete meses de diferencia, aunque la cercanía de sus muertes conllevó que se realizara una investigación durante la misma semana. Me enteré de muchas cosas esos días, pero no de la única que importaba.

Por qué lo hicieron.

Si es que en realidad lo hicieron.

Los hechos son irrefutables. Salvo que mis padres no tenían instintos suicidas. No eran personas depresivas, ni sufrían de ansiedad ni de fobias. Eran las últimas personas que una esperaría que se quitaran la vida.

—La enfermedad mental no es siempre tan evidente —dice Mark cuando saco el tema, sin transmitir con su tono de voz que le impaciente el hecho de que la conversación gire, una vez más, en torno a la misma cuestión—. Las personas más capacitadas y más optimistas pueden caer en una depresión.

Durante este último año he aprendido a guardarme mis teorías para mí misma; no verbalizar el cinismo que subyace bajo mi tristeza. Nadie más alberga dudas. Nadie más se siente incómodo.

Pero, claro, quizá nadie más conociera a mis padres como yo.

El teléfono suena. Dejo que responda el contestador automático, pero quien llama no deja mensaje. Enseguida noto la vibración del móvil en el bolsillo y sé, incluso antes de mirarlo, que es Mark quien llama.

—¿Estás bajo una bebé dormida, por casualidad?

—¿Cómo lo has sabido?

—¿Cómo está?

—Comiendo cada media hora. He intentado varias veces preparar la cena sin éxito.

—Déjalo, ya la preparo yo cuando llegue a casa. ¿Cómo te sientes?

Percibo un sutil cambio de tono del que nadie más se percataría.

Un subtexto. «¿Cómo te sientes precisamente hoy?»

—Estoy bien.

—Puedo ir a casa...

—Estoy bien. De verdad.

Mark detestaría tener que salir del curso a medias. Colecciona titulaciones como quien colecciona posavasos de cerveza o monedas extranjeras; tiene tantos títulos que ya no caben detrás de su nombre. Cada pocos meses imprime nuevas tarjetas profesionales y las titulaciones menos destacables acaban cayendo en el olvido. El curso de hoy es «El val

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