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SI UN DíA ME BESARAS... (BESOS EN RICHMOND 2)

Ana Álvarez  

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Fragmento

Capítulo 1

Olivia se tocó una vez más, nerviosa, el largo cabello rubio, y sintió de nuevo crecer su irritación hacia Scott. Los ojos grises, en general tan claros que parecían traslúcidos, refulgieron de rabia y se oscurecieron mientras apretaba los labios para no expresar su enfado.

El reloj de la cocina marcaba las seis y diez de la tarde y la celebración del sesenta cumpleaños de Andrew, su padre, se retrasaba en espera del invitado que aún no había hecho acto de presencia.

Si por ella hubiera sido, haría rato que habrían comenzado a tomar la merienda, preparada de antemano para agasajar el cambio de década. Pero el homenajeado quería demasiado a Scott, el hijo de su gran amigo de la infancia y al que consideraba un miembro de su familia también, para no esperarle. Y lo que la irritaba más, le disculpaba por la tardanza. Como siempre.

Su padre, conocedor de su desagrado, le hizo una caricia para que suavizara el gesto.

—No seas tan dura con él, cariño. Seguro que tiene un buen motivo para llegar tarde.

—Seguro que sí —masculló entre dientes. Se apostaba el sueldo del mes a que el retraso tenía nombre de mujer. Y ella sabía ese nombre: Stefany.

No es que le importase, pero tenía veinticuatro horas al día para estar con su vecinita, mientras que Andrew solo cumplía los sesenta años una vez en la vida. Ella había cambiado su turno para estar presente en el acontecimiento y, junto con su madre, habían elaborado una merienda en la que no faltaban los emparedados preferidos del hombre ni la tarta casera que reposaba sobre la mesa.

—Si en cinco minutos no ha llegado, comenzamos sin él —advirtió a los padres del culpable, que guardaban silencio, rogando para que su vástago llegase pronto y evitar otro enfrentamiento.

Rara era la reunión familiar en que ambos jóvenes no se lanzaran pullas y miradas asesinas. Desde pequeños era evidente que no se soportaban, y si aceptaban estar bajo el mismo techo era por el gran cariño que los dos sentían hacia Andrew.

Al fin, el timbre de la puerta les hizo a todos exhalar el aire que estaban conteniendo, y a Olivia apretar los labios con fuerza, mientras su madre abría al recién llegado. Tendría que contenerse, una vez más, para no estropear la fiesta.

Scott Howard, el hijo del mejor amigo de su padre, hizo su aparición en la estancia, llenándola con su presencia. Era un hombre corpulento, de ojos marrón oscuro y cabello negro peinado hacia atrás, lo que permitía ver unas facciones regulares y agradables. Vestía una camisa a cuadros sobre un pantalón negro, signo de que asistía a una celebración, en lugar de sus habituales sudaderas y camisetas. Se dirigió hacia Andrew con paso decidido y le besó con cariño, tras encerrarlo en un abrazo afectuoso.

—¡Felicidades, tío!

A pesar de no ser parientes carnales, siempre le había llamado así. Hasta los siete años Scott fue el hijo que Andrew y Melissa no habían tenido en una década de matrimonio y lo consideraban un sobrino. Pero entonces llegó Olivia, adoptada a la edad de cuatro años. para cambiarlo todo. Aunque el cariño que sentían hacia Scott no mermó, este tuvo que compartirlo y no lo aceptó demasiado bien.

Tras felicitar a Andrew, continuó besando al resto de la familia. Al llegar a ella, esta se limitó a poner la mejilla sin devolver el gesto, algo que no pareció sorprenderlo en absoluto.

—Espero que tengas una buena excusa para hacernos esperar casi media hora —masculló en su oído.

—Por muy válida que sea, a ti no te convencerá.

—La puntualidad es importante para mí.

Scott se mordió la lengua para no decirle que, si no fuera el retraso ya buscaría alguna otra cosa que recriminarle. No tenía intención de entrar en la provocación, esa tarde no. De todas formas, no era a Olivia a quien debía pedir disculpas.

—Siento llegar tarde —se excusó, dirigiéndose a Andrew—, tenía que resolver un asunto que se ha alargado más de lo previsto.

La mirada de Olivia se elevó hacia el techo en un gesto de incredulidad. A continuación, se perdió en la cocina para coger la comida preparada.

—No importa, ya estás aquí y no es tan tarde —afirmó Andrew con una sonrisa.

Dudaba mucho que ella pensara lo mismo, pero decidió dejar el asunto. De todas formas, estaba seguro de que a lo largo de la tarde se las arreglaría para continuar con sus recriminaciones. Su prima no dejaba escapar una ocasión de hacerle reproches, sobre todo si había un delito y había llegado tarde, eso era indiscutible.

Una vez servida la merienda, todos se sentaron alrededor de la mesa a disfrutar de la celebración.

Como siempre, la comida estaba exquisita. Las mujeres Wood eran excelentes cocineras y él gozaba de un apetito envidiable. Mientras disfrutaba de las delicias que había sobre el mantel, trataba de ignorar la aviesa mirada que le dirigía Olivia, sentada al otro extremo de la mesa. Llevaba más de veinte años viviendo situaciones parecidas, pero nunca terminaba de acostumbrarse.

De pequeños habían tenido sus diferencias y rencillas, propias de críos que luchaban por la atención de los mayores o por un juguete. Pero aquellas peleas infantiles, en vez de cesar con el tiempo, como hubiera sido natural, dieron paso a una rivalidad que no tenía mucha lógica en la edad adulta.

Al principio, Scott se había sentido celoso de aquella niña rubia y encantadora, porque de pequeña lo fue: buena, dócil y maravillosa, la hija perfecta que cualquiera desea tener. Su llegada le robó la atención absoluta de su tío Andrew a la edad de siete años y le hizo sentirse desplazado, pero ya era lo bastante adulto para saber que este le seguía queriendo tanto como siempre.

Su resentimiento hacia Olivia se hubiera suavizado si ella no continuase tratándole con desprecio y haciéndole víctima de sus pullas y mal humor. No sabía dónde había ido a parar la niña dulce que llegó a Richmond muchos años atrás, porque ahora era una autentica arpía, al menos siempre

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