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SIETE CASAS EN FRANCIA

Bernardo Atxaga  

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Fragmento



Índice

 

Portadilla

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

Sobre el autor

Créditos

I

Chrysostome Liège firmó el contrato para servir en la Force Publique del rey Leopoldo a principios de 1903, y llegó a su destino en el Congo en agosto del mismo año tras haber viajado en paquebote de Amberes a Matadi, después en tren hasta Léopoldville, y luego por fin en un pequeño vapor, el Princesse Clémentine, hasta la estación militar de Yangambi. No era exactamente el último lugar del mundo, porque, como se decía en la Force Publique, tal honor correspondía a Kisangani, situado a unos doscientos kilómetros río arriba; pero estaba ciertamente lejos de cualquier lugar conocido.

El Princesse Clémentine atracó en una plataforma de madera que había en la playa del río y que servía de embarcadero. Un oficial acudió a su encuentro caminando pausadamente. Era un joven de cerca de dos metros que casi le sacaba la cabeza.

—¿Chrysostome Liège? —preguntó.

El recién llegado respondió con parquedad.

—Sí —dijo.

—Yo soy Donatien, el asistente del capitán Lalande Biran —dijo el oficial—. ¿No traes nada más? —preguntó a continuación en tono más relajado, y señalando el saco de lona medio vacío que Chrysostome agarraba en la mano.

Chrysostome respondió con la misma parquedad, pero negativamente.

Comenzaron a caminar hacia la aldea, y Donatien le dio un primer informe sobre la guarnición. Había en Yangambi un total de diecisiete oficiales blancos, veinte suboficiales negros y ciento cincuenta soldados voluntarios, también negros, los llamados askaris, y todos estaban al mando del capitán Lalande Biran, un hombre muy culto, bastante conocido en Bélgica como poeta, un militar excelente, el más dotado de cuantos habían pasado por Yangambi.

—Al capitán le gustan las cosas bien hechas —dijo Donatien después de la exposición—. Por eso te ha preparado un recibimiento en el campo de tiro. Tranquilo, Chrysostome. Pronto te sentirás a gusto en Yangambi, y los días se te pasarán volando.

Donatien hablaba rápido, a trompicones, comiéndose las palabras. Pronunciaba «tutrouveratrebienci» donde debería haber dicho «tu te trouveras très bien ici». De vez en cuando la nuez del cuello se le movía arriba y abajo como si las glándulas de la boca le produjeran demasiada saliva y le costara tragarla.

—¡Eso sí! ¡Podían haber levantado la aldea un poco más cerca del río! —se quejó cuando hubieron recorrido unos doscientos metros—. Pero no fue idea del capitán, sino de los primeros oficiales que llegaron a esta región. El capitán sólo lleva cinco años aquí, los mismos que yo. He sido su asistente desde el primer día. Me aprecia mucho. No me cambiaría por otro.

Subían la pendiente apoyando los pies en las tablas que atravesaban el camino, evitando que las botas se mancharan de barro. Al llegar a lo alto de la ladera Donatien se detuvo a respirar, y Chrysostome, con la actitud del explorador que desea ubicarse, se puso la mano en la frente a modo de visera y recorrió con la mirada todo lo que le rodeaba. Tenía ante sí las primeras chozas —las paillotes— y unas cuantas casas de estilo europeo rodeadas por una empalizada; en los costados, a derecha e izquierda, había abundantes palmeras; detrás, imponentes, el río Congo y una selva que parecía no tener fin.

El Congo era un río poderoso. Cortaba limpiamente la selva, si bien la vegetación, como si continuara por debajo del agua, volvía a surgir en medio del río en forma de islotes poblados de árboles y de maleza. El vapor que había traído a Chrysostome, el Princesse Clémentine, estaba todavía en el embarcadero. Dos hombres descargaban los bultos y otros dos se encargaban de tras

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