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SIETE SON TUS RAZONES (SERIE ZUZUNAGA 2)

Jorge Alberto Gudiño Hernández  

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Fragmento

No quieres abrir los ojos.

El cuerpo de Nat se bambolea sobre el tuyo, a horcajadas. Tus manos a los costados. Sin atreverte a tomarla por la cintura. Poco importa la cama desvencijada, las grietas del techo. No te atreves a sentir la piel tibia, casi infantil. Algo te detiene. Tampoco intentas una caricia. Las paredes sucias. Sobre sus muslos. Delgados. Tan diferentes a los que siempre te han gustado. Te conformas con los pálpitos. Con el golpeteo que aumenta su frecuencia. Ella no gime. Tú resoplas. Sintiendo cómo se precipita la inminencia. Se cuela un gañido cubierto de sudor. Embistes con menos fuerza. Atento. Demasiado atento. Es humano. El gañido. Ligero. Si Nat fuera otra persona cambiarías de posición. No quieres terminar tan pronto.

El ruido se convierte en llanto. Quedo. Sabes que no deberías hacer esto. Tus acciones no buscan un pago. El llanto arrecia. Falso. Siempre buscas una ganancia. Es la Niña. La pequeña. Llora buscando a su madre. A Nat. Reclama alimento a mitad de la noche. Al menos no un pago de este tipo. Exige. Exiges. Se convierte en un pequeño grito.

Te sientas sobre la cama. La oscuridad desvanece al ensueño. Estás solo. Tu espalda reclama una noche más en el sillón. Al otro lado de la puerta, en tu cuarto, la voz de Nat arrulla por lo bajo. Ahora te es más fácil imaginar la escena. Una madre carga a su bebita. Anula tu deseo. Están tan cerca. Te levantas. Los músculos reaccionan con lentitud. Tan lejos. Te estiras. La idea de la Niña te arrebata una sonrisa. La de Nat, un misterio.

Sales a la calle. El frío te estremece. Le robas una bocanada a la noche. Espabilas.

Te refugias en la fonda de los miércoles. No buscas una vida cotidiana. Nada que te haga sospechar que vives con una familia. Que formas una familia. El Fresno ha recobrado su textura. Más un barrio que una colonia. Pides los sopes sin cebolla. Jugo de naranja. Café.

Entretienes la espera con el tránsito de las calles. La parsimonia de los ancianos en franco contraste con la prisa de las señoras empujando a sus hijos hacia la escuela. Librarse de ellos. Truenas la boca. También ser responsables de sus destinos. Ahuyentas las ideas.

Eludes las escenas familiares. Llevas un mes con la pregunta galopándote en la conciencia. La pregunta incluye a Nat, a la Niña y al término familia. Es una pregunta que te corresponde sólo a ti. No la has externado. Si acaso, apenas intercambian palabras. Los diálogos son escasos. Dejas dinero cada tanto sobre la mesa. Te desentiendes. Si acaso, cargas a la Niña cuando puedes. Te gusta su olor, los movimientos acompasados de su cuerpo. No duras mucho. Te niegas a aceptar que ese sentimiento se instale en tu interior. Una razón para estar contento. Vuelves a la pregunta. Sigues durmiendo en el sillón de la sala, incapaz de responderla. Rescatar a esas dos niñas de la calle es diferente a mantenerlas de por vida. Hacerte cargo de ellas representa demasiado. Te has conformado con darles albergue. De momento. Es eso y los billetes sobre la mesa. Nada más.

Y cargar a la Niña cada que hay ocasión.

Sólo eso. La falta de muebles en tu departamento confirma la caducidad del arreglo. También tus fantasías. Deben irse, concluyes con el primer sorbo de café. Aguado. Extrañas a Arcángel. Recuerdas el peso de la Niña entre tus brazos. Extrañas el café que preparaba Arcángel. Sus balbuceos anticipando una sonrisa. Sus cosquillas. Ni modo que vayas a la cárcel a pedirle que te prepare una taza. Te rehúsas a desprenderte de esas virutas de felicidad.

Las razones se acumulan.

Los sopes humean frente a ti.

Tu jefe tiene el tino de la impertinencia. Dejas vibrar el teléfono. Las manos manchadas de salsa roja. Frijoles. Queso. La manteca con que frieron el sope. La llamada se descompone a cada bocado. El jugo apacigua la persistencia del chile. Un mensaje de Alvariño corrobora su insistencia: “Te veo en mi oficina”. El café tendrá que esperar. No hay problema. Es malo.

No pagas. El dueño te despide con un asentimiento.

Se le nota radiante. Hay mobiliario nuevo en su despacho. Sillas cubiertas de cuero. Sonríe. La nariz ganchuda se integra a esa sonrisa. Fantaseas. Quizá al cerrar la boca le dé una dentellada a la punta del apéndice. Eso sí sería gracioso.

Te ofrece uno de los sillones. Están solos. Sus prosélitos habituales aguardan en el pasillo exterior. Alvariño sale por la puerta trasera. El cuero chilla. Está frío. Hiede un poco. Como si lo hubieran mojado. El mueble te absorbe. En verdad es cómodo. Deberías comprarte una cama. Reclinas la cabeza. Al menos un mejor sillón.

¡Pinche Zuzunaga! ¡No te duermas!

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