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SIGMUND FREUD

Élisabeth Roudinesco

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Fragmento

 

Introducción

Un hombre solo está verdaderamente muerto, decía Jorge Luis Borges, cuando muere a su vez el último hombre que lo ha conocido. Es lo que hoy sucede en el caso de Freud, aunque vivan todavía unas pocas personas que tuvieron algún contacto con él en su infancia. Freud dedicó la vida a escribir, y si bien alguna que otra vez destruyó documentos de trabajo y cartas para complicar la tarea de sus biógrafos futuros, se entregó con tamaña pasión a la huella, la arqueología y la memoria, que lo perdido no es nada en comparación con lo conservado. Tratándose de un destino semejante, el historiador se enfrenta a un exceso de archivos y, en consecuencia, a una pluralidad infinita de interpretaciones.

Además de unos veinte volúmenes y más de trescientos artículos, Freud dejó una cantidad considerable de notas, borradores, agendas, dedicatorias y anotaciones en las obras de su inmensa biblioteca instalada en el Freud Museum de Londres. Escribió, al parecer, alrededor de veinte mil cartas, de las que solo se conserva la mitad.1 Estas, en su mayor parte, se han publicado en francés o, cuando no es así, están en proceso de fijación del texto en alemán. A ello se suman intervenciones y entrevistas de gran riqueza realizadas en la década de 1950 por Kurt Eissler, psicoanalista emigrado de Viena a Nueva York, así como textos acerca de unos ciento sesenta pacientes ahora identificados, pero en su mayoría poco conocidos.

Traducidas a una cincuentena de lenguas, las obras de Freud son de dominio público desde 2010, y ya se puede acceder a una parte esencial de sus archivos en el Departamento de Manuscritos de la Library of Congress (LoC, Biblioteca del Congreso) de Washington, después de treinta años de polémicas y terribles batallas.2 También pueden consultarse diversos documentos en el Freud Museum de Viena.

Sobre Freud se han escrito varias decenas de biografías, desde la primera aparecida mientras aún vivía, en 1924, obra de su discípulo Fritz Wittels, norteamericano naturalizado, hasta la de Peter Gay publicada en 1988, pasando por el monumental edificio en tres volúmenes de Ernest Jones, puesto en entredicho a partir de 1970 por Henri F. Ellenberger y los trabajos de la historiografía científica, a la que me adhiero. Eso sin contar el trabajo historiográfico realizado por Emilio Rodrigué, primer biógrafo latinoamericano, que en 1996 tuvo la audacia de inventar un Freud de la sinrazón más cercano a un personaje de García Márquez que a un científico originario de la vieja Europa. Cada escuela psicoanalítica tiene su Freud —freudianos, posfreudianos, kleinianos, lacanianos, culturalistas, independientes— y cada país ha creado el suyo. Cada momento de la vida de Freud ha sido objeto de decenas de comentarios y cada línea de su obra se ha interpretado de numerosas maneras, a tal punto que, al modo de Georges Perec, podemos trazar una lista de todos los ensayos aparecidos sobre el tema de un «Freud acompañado»: Freud y el judaísmo, Freud y la religión, Freud y las mujeres, Freud clínico, Freud en familia con sus cigarros, Freud y las neuronas, Freud y los perros, Freud y los francmasones, etc. Pero también, destinados a los muchos adeptos de un antifreudismo (o Freud bashing): Freud rapaz, Freud organizador de un gulag clínico, demoníaco, incestuoso, mentiroso, falsario, fascista. Freud está presente en todas las formas de expresión y de relatos: caricaturas, cómics, libros de arte, retratos, dibujos, fotografías, novelas clásicas, pornográficas o policiales, filmes de ficción, documentales, series de televisión.

Tras decenios de hagiografías, aborrecimientos, trabajos científicos, interpretaciones innovadoras y declaraciones abusivas, y luego de los múltiples retornos a sus textos que han salpicado la historia de la segunda mitad del siglo XX, nos cuesta mucho saber quién era verdaderamente Freud: a tal punto el exceso de comentarios, fantasías, leyendas y rumores ha terminado por distorsionar lo que fue el destino paradójico de ese pensador en su tiempo y en el nuestro.

Por eso, y dado que yo misma frecuenté durante mucho tiempo los textos y los lugares de la memoria freudiana, en el marco de mi enseñanza o con motivo de mis viajes y mis investigaciones, me he propuesto exponer de manera crítica la vida de Freud, la génesis de sus escritos, la revolución simbólica que lo tuvo por iniciador en los albores de la Belle Époque, los tormentos pesimistas de los años locos y los momentos dolorosos de la destrucción de sus iniciativas por los regímenes dictatoriales. La apertura de los archivos y el acceso a un conjunto de documentos todavía no analizados me brindaron la posibilidad de adoptar un enfoque de esas características, y la empresa se vio facilitada por el hecho de que ningún historiador francés se había aventurado todavía en este terreno dominado desde hace lustros por investigaciones en inglés de gran calidad.

En este aspecto, quiero dar las gracias a título póstumo a Jacques Le Goff, quien, durante una prolongada conversación y frente a mis vacilaciones, me alentó vivamente a lanzarme a esta empresa y me dio valiosas indicaciones acerca de la manera como convenía observar a Freud en la construcción de su época, a la vez que esta lo construía.

Así pues, se encontrará en este libro, dividido en cuatro partes, el relato de la existencia de un hombre ambicioso perteneciente a un extenso linaje de comerciantes judíos de Galitzia oriental que se dio el lujo, a lo largo de una época turbulenta —el derrumbe de los Imperios Centrales, la Gran Guerra, la crisis económica, el triunfo del nazismo—, de ser a la vez un conservador ilustrado en busca de liberar el sexo a fin de controlarlo mejor, un descifrador de enigmas, un observador atento de la especie animal, un amigo de las mujeres, un estoico aficionado a las antigüedades, un «desilusionador» de lo imaginario, un heredero del romanticismo alemán y un dinamitero de las certezas de la conciencia, pero también, y acaso sobre todo, un judío vienés, deconstructor del judaísmo y de las identidades comunitarias, tan apegado a la tradición de los trágicos griegos (Edipo) como a la herencia del teatro shakespeariano (Hamlet).

A la vez que se volcaba en la ciencia más rigurosa de su tiempo —la fisiología—, consumió cocaína y, en 1884, creyó descubrir sus virtudes digestivas. Se aventuró en el mundo de lo irracional y del sueño, identificándose con el combate de Fausto y Mefistófeles, de Jacob y el ángel, y después fundó un cenáculo según el modelo de la república platónica, al que arrastró a discípulos fascinados por la búsqueda de una revolución de las conciencias. Con la pretensión de aplicar sus tesis a todos los dominios del saber, se equivocó en lo concerniente a las innovaciones literarias de sus contemporáneos —que tomaron sin embargo sus modelos—, desconoció el arte y la pintura de su tiempo y adoptó posiciones ideológicas y políticas bastante conservadoras, pero impuso a la subjetividad moderna una pasmosa mitología de los orígenes cuyo poderío parece más vivo que nunca cuando más se intenta erradicarlo. Al margen de la historia del «hombre ilustre», abordé, como contrapunto, la de algunos de sus pacientes que llevaron una «vida paralela» sin relación con la exposición de su «caso». Otros reconstruyeron su cura como una ficción y, por último, aun otros, más anónimos, salieron de las sombras gracias a la apertura de sus archivos.

Freud siempre pensó que lo que él descubría en el inconsciente anticipaba lo que sucedía a los hombres en la realidad. Por mi parte he decidido invertir esa proposición y mostrar que lo que Freud creyó descubrir no era, en el fondo, sino el fruto de una sociedad, de un entorno familiar y de una situación política cuya significación él interpretaba magistralmente para presentarla como una producción del inconsciente.

He aquí al hombre y la obra inmersos en el tiempo de la historia, la larga duración de una narración donde se mezclan pequeños y grandes acontecimientos, vida privada y vida pública, locura, amor y amistades, diálogos de largo aliento, agotamiento y melancolía, tragedias de la muerte y la guerra y, para terminar, exilio hacia el reino de un futuro siempre incierto y siempre por reinventar.

PRIMERA PARTE

VIDA DE FREUD

1

Los comienzos

A mediados del siglo XIX, la aspiración de los pueblos europeos a disponer de sí mismos inflamaba los espíritus. Por doquier, de este a oeste, tanto en el corazón de las naciones ya democráticas como en el seno de las comunidades todavía arcaicas o de las minorías integradas en los Imperios Centrales, un nuevo ideal de emancipación surgía en las conciencias, ilustrando la gran profecía enunciada por Saint-Just en 1794: «Sepa Europa que ya no queréis un solo desdichado ni un solo opresor en territorio francés; fructifique este ejemplo sobre la tierra [...]. La felicidad es una idea nueva en Europa».

El año de 1848 puso en marcha un viraje. Primavera de los pueblos y de las revoluciones, primavera del liberalismo y del socialismo, aurora del comunismo. Tras años de guerras, masacres, sojuzgamientos y rebeliones, hombres de lenguas y costumbres diferentes reclamaban la abolición de los antiguos regímenes monárquicos restaurados en los países donde la epopeya napoleónica había contribuido, no mucho tiempo atrás, a difundir los ideales de 1789: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo», escribían Marx y Engels en 1848, y proseguían: «Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma».1

Si esas revoluciones fueron reprimidas en toda Europa, las ideas que expresaban siguieron propagándose de manera contradictoria, según se refirieran a la Ilustración francesa, caracterizada por la búsqueda de un ideal de civilización universal fundada en una práctica política, o, al contrario, en la Aufklärung alemana, cuya vocación filosófica tenía sus orígenes en la religión protestante.2

Sin embargo, a mediados del siglo XIX esas dos concepciones de la Ilustración (civilización y Kultur) —la primera universalista, y la segunda más identitaria— entraron en contradicción con los regímenes políticos deseosos de restaurar, bajo nuevas formas, el antiguo orden del mundo, gravemente quebrantado por la primavera de las revoluciones. Así apareció el nacionalismo.

Para responder a la aspiración de los pueblos y luchar contra la universalización de los ideales de la Ilustración, la burguesía industrial en plena expansión hizo suya la idea de nación para transformarla en su contrario. Procuró entonces unificar, no a los hombres entre sí, sino naciones jerarquizadas concebidas como entidades distintas las unas de las otras, cada una de ellas asimilada a la suma de sus particularismos. El principio afirmado por la Ilustración francesa, conforme al cual el hombre debía definirse como un sujeto libre, y el ideal alemán de la cultura identitaria fueron sucedidos por una doctrina fundada en la obligación en que se veían todos los seres humanos de pertenecer a una comunidad o una raza: el hombre en sí no existe, se decía; solo hay hombres sujetos a un territorio, a un Estado nación. Cada uno tenía el deber de ser francés, italiano, alemán, antes de ser un sujeto de derecho, al margen de toda pertenencia.

En ese mundo europeo en plena mutación, también los judíos aspiraban a un ideal de emancipación. Convertidos en ciudadanos con todas las de la ley desde 1791, los judíos franceses habían ganado los mismos derechos que los demás ciudadanos, pero a condición de renunciar a la carga de la doble identidad. Para ellos solo debía contar el acceso al estatus de sujeto de derecho, liberado de las

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