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SIGMUND FREUD

Élisabeth Roudinesco

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Fragmento

 

Introducción

Un hombre solo está verdaderamente muerto, decía Jorge Luis Borges, cuando muere a su vez el último hombre que lo ha conocido. Es lo que hoy sucede en el caso de Freud, aunque vivan todavía unas pocas personas que tuvieron algún contacto con él en su infancia. Freud dedicó la vida a escribir, y si bien alguna que otra vez destruyó documentos de trabajo y cartas para complicar la tarea de sus biógrafos futuros, se entregó con tamaña pasión a la huella, la arqueología y la memoria, que lo perdido no es nada en comparación con lo conservado. Tratándose de un destino semejante, el historiador se enfrenta a un exceso de archivos y, en consecuencia, a una pluralidad infinita de interpretaciones.

Además de unos veinte volúmenes y más de trescientos artículos, Freud dejó una cantidad considerable de notas, borradores, agendas, dedicatorias y anotaciones en las obras de su inmensa biblioteca instalada en el Freud Museum de Londres. Escribió, al parecer, alrededor de veinte mil cartas, de las que solo se conserva la mitad.1 Estas, en su mayor parte, se han publicado en francés o, cuando no es así, están en proceso de fijación del texto en alemán. A ello se suman intervenciones y entrevistas de gran riqueza realizadas en la década de 1950 por Kurt Eissler, psicoanalista emigrado de Viena a Nueva York, así como textos acerca de unos ciento sesenta pacientes ahora identificados, pero en su mayoría poco conocidos.

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Traducidas a una cincuentena de lenguas, las obras de Freud son de dominio público desde 2010, y ya se puede acceder a una parte esencial de sus archivos en el Departamento de Manuscritos de la Library of Congress (LoC, Biblioteca del Congreso) de Washington, después de treinta años de polémicas y terribles batallas.2 También pueden consultarse diversos documentos en el Freud Museum de Viena.

Sobre Freud se han escrito varias decenas de biografías, desde la primera aparecida mientras aún vivía, en 1924, obra de su discípulo Fritz Wittels, norteamericano naturalizado, hasta la de Peter Gay publicada en 1988, pasando por el monumental edificio en tres volúmenes de Ernest Jones, puesto en entredicho a partir de 1970 por Henri F. Ellenberger y los trabajos de la historiografía científica, a la que me adhiero. Eso sin contar el trabajo historiográfico realizado por Emilio Rodrigué, primer biógrafo latinoamericano, que en 1996 tuvo la audacia de inventar un Freud de la sinrazón más cercano a un personaje de García Márquez que a un científico originario de la vieja Europa. Cada escuela psicoanalítica tiene su Freud —freudianos, posfreudianos, kleinianos, lacanianos, culturalistas, independientes— y cada país ha creado el suyo. Cada momento de la vida de Freud ha sido objeto de decenas de comentarios y cada línea de su obra se ha interpretado de numerosas maneras, a tal punto que, al modo de Georges Perec, podemos trazar una lista de todos los ensayos aparecidos sobre el tema de un «Freud acompañado»: Freud y el judaísmo, Freud y la religión, Freud y las mujeres, Freud clínico, Freud en familia con sus cigarros, Freud y las neuronas, Freud y los perros, Freud y los francmasones, etc. Pero también, destinados a los muchos adeptos de un antifreudismo (o Freud bashing): Freud rapaz, Freud organizador de un gulag clínico, demoníaco, incestuoso, mentiroso, falsario, fascista. Freud está presente en todas las formas de expresión y de relatos: caricaturas, cómics, libros de arte, retratos, dibujos, fotografías, novelas clásicas, pornográficas o policiales, filmes de ficción, documentales, series de televisión.

Tras decenios de hagiografías, aborrecimientos, trabajos científicos, interpretaciones innovadoras y declaraciones abusivas, y luego de los múltiples retornos a sus textos que han salpicado la historia de la segunda mitad del siglo XX, nos cuesta mucho saber quién era verdaderamente Freud: a tal punto el exceso de comentarios, fantasías, leyendas y rumores ha terminado por distorsionar lo que fue el destino paradójico de ese pensador en su tiempo y en el nuestro.

Por eso, y dado que yo misma frecuenté durante mucho tiempo los textos y los lugares de la memoria freudiana, en el marco de mi enseñanza o con motivo de mis viajes y mis investigaciones, me he propuesto exponer de manera crítica la vida de Freud, la génesis de sus escritos, la revolución simbólica que lo tuvo por iniciador en los albores de la Belle Époque, los tormentos pesimistas de los años locos y los momentos dolorosos de la destrucción de sus iniciativas por los regímenes dictatoriales. La apertura de los archivos y el acceso a un conjunto de documentos todavía no analizados me brindaron la posibilidad de adoptar un enfoque de esas características, y la empresa se vio facilitada por el hecho de que ningún historiador francés se había aventurado todavía en este terreno dominado desde hace lustros por investigaciones en inglés de gran calidad.

En este aspecto, quiero dar las gracias a título póstumo a Jacques Le Goff, quien, durante una prolongada conversación y frente a mis vacilaciones, me alentó vivamente a lanzarme a esta empresa y me dio valiosas indicaciones acerca de la manera como convenía observar a Freud en la construcción de su época, a la vez que esta lo construía.

Así pues, se encontrará en este libro, dividido en cuatro partes, el relato de la existencia de un hombre ambicioso perteneciente a un extenso linaje de comerciantes judíos de Galitzia oriental que se dio el lujo, a lo largo de una época turbulenta —el derrumbe de los Imperios Centrales, la Gran Guerra, la crisis económica, el triunfo del nazismo—, de ser a la vez un conservador ilustrado en busca de liberar el sexo a fin de controlarlo mejor, un descifrador de enigmas, un observador atento de la especie animal, un amigo de las mujeres, un estoico aficionado a las antigüedades, un «desilusionador» de lo imaginario, un heredero del romanticismo alemán y un dinamitero de las certezas de la conciencia, pero también, y acaso sobre todo, un judío vienés, deconstructor del judaísmo y de las identidades comunitarias, tan apegado a la tradición de los trágicos griegos (Edipo) como a la herencia del teatro shakespeariano (Hamlet).

A la vez que se volcaba en la ciencia más rigurosa de su tiempo —la fisiología—, consumió cocaína y, en 1884, creyó descubrir sus virtudes digestivas. Se aventuró en el mundo de lo irracional y del sueño, identificándose con el combate de Fausto y Mefistófeles, de Jacob y el ángel, y después fundó un cenáculo según el modelo de la república platónica, al que arrastró a discípulos fascinados por la búsqueda de una revolución de las conciencias. Con la pretensión de aplicar sus tesis a todos los dominios del saber, se equivocó en lo concerniente a las innovaciones literarias de sus contemporáneos —que tomaron sin embargo sus modelos—, desconoció el arte y la pintura de su tiempo y adoptó posiciones ideológicas y políticas bastante conservadoras, pero impuso a la subjetividad moderna una pasmosa mitología de los orígenes cuyo poderío parece más vivo que nunca cuando más se intenta erradicarlo. Al margen de la historia del «hombre ilustre», abordé, como contrapunto, la de algunos de sus pacientes que llevaron una «vida paralela» sin relación con la exposición de su «caso». Otros reconstruyeron su cura como una ficción y, por último, aun otros, más anónimos, salieron de las sombras gracias a la apertura de sus archivos.

Freud siempre pensó que lo que él descubría en el inconsciente anticipaba lo que sucedía a los hombres en la realidad. Por mi parte he decidido invertir esa proposición y mostrar que lo que Freud creyó descubrir no era, en el fondo, sino el fruto de una sociedad, de un entorno familiar y de una situación política cuya significación él interpretaba magistralmente para presentarla como una producción del inconsciente.

He aquí al hombre y la obra inmersos en el tiempo de la historia, la larga duración de una narración donde se mezclan pequeños y grandes acontecimientos, vida privada y vida pública, locura, amor y amistades, diálogos de largo aliento, agotamiento y melancolía, tragedias de la muerte y la guerra y, para terminar, exilio hacia el reino de un futuro siempre incierto y siempre por reinventar.

PRIMERA PARTE

VIDA DE FREUD

1

Los comienzos

A mediados del siglo XIX, la aspiración de los pueblos europeos a disponer de sí mismos inflamaba los espíritus. Por doquier, de este a oeste, tanto en el corazón de las naciones ya democráticas como en el seno de las comunidades todavía arcaicas o de las minorías integradas en los Imperios Centrales, un nuevo ideal de emancipación surgía en las conciencias, ilustrando la gran profecía enunciada por Saint-Just en 1794: «Sepa Europa que ya no queréis un solo desdichado ni un solo opresor en territorio francés; fructifique este ejemplo sobre la tierra [...]. La felicidad es una idea nueva en Europa».

El año de 1848 puso en marcha un viraje. Primavera de los pueblos y de las revoluciones, primavera del liberalismo y del socialismo, aurora del comunismo. Tras años de guerras, masacres, sojuzgamientos y rebeliones, hombres de lenguas y costumbres diferentes reclamaban la abolición de los antiguos regímenes monárquicos restaurados en los países donde la epopeya napoleónica había contribuido, no mucho tiempo atrás, a difundir los ideales de 1789: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo», escribían Marx y Engels en 1848, y proseguían: «Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma».1

Si esas revoluciones fueron reprimidas en toda Europa, las ideas que expresaban siguieron propagándose de manera contradictoria, según se refirieran a la Ilustración francesa, caracterizada por la búsqueda de un ideal de civilización universal fundada en una práctica política, o, al contrario, en la Aufklärung alemana, cuya vocación filosófica tenía sus orígenes en la religión protestante.2

Sin embargo, a mediados del siglo XIX esas dos concepciones de la Ilustración (civilización y Kultur) —la primera universalista, y la segunda más identitaria— entraron en contradicción con los regímenes políticos deseosos de restaurar, bajo nuevas formas, el antiguo orden del mundo, gravemente quebrantado por la primavera de las revoluciones. Así apareció el nacionalismo.

Para responder a la aspiración de los pueblos y luchar contra la universalización de los ideales de la Ilustración, la burguesía industrial en plena expansión hizo suya la idea de nación para transformarla en su contrario. Procuró entonces unificar, no a los hombres entre sí, sino naciones jerarquizadas concebidas como entidades distintas las unas de las otras, cada una de ellas asimilada a la suma de sus particularismos. El principio afirmado por la Ilustración francesa, conforme al cual el hombre debía definirse como un sujeto libre, y el ideal alemán de la cultura identitaria fueron sucedidos por una doctrina fundada en la obligación en que se veían todos los seres humanos de pertenecer a una comunidad o una raza: el hombre en sí no existe, se decía; solo hay hombres sujetos a un territorio, a un Estado nación. Cada uno tenía el deber de ser francés, italiano, alemán, antes de ser un sujeto de derecho, al margen de toda pertenencia.

En ese mundo europeo en plena mutación, también los judíos aspiraban a un ideal de emancipación. Convertidos en ciudadanos con todas las de la ley desde 1791, los judíos franceses habían ganado los mismos derechos que los demás ciudadanos, pero a condición de renunciar a la carga de la doble identidad. Para ellos solo debía contar el acceso al estatus de sujeto de derecho, liberado de las servidumbres de la religión y del influjo comunitario. En virtud de ello se les había autorizado, en privado, a practicar el culto de su preferencia. Al mismo tiempo el judaísmo se convirtió, para el Estado laico, en una religión como cualquier otra; dejaba de ser la religión madre, la religión odiada desde la Edad Media, la religión del pueblo elegido que había dado origen al cristianismo. La idea de que uno pudiera definirse como judío en el sentido de tener la identidad judía era contraria al ideal universalista del laicismo francés.

En Alemania, tierra de la Reforma luterana, el proceso de emancipación ambicionado por la Haskalá —el movimiento de la Ilustración judía fundado por Moses Mendelssohn— apuntaba, no a integrar a los judíos como ciudadanos con todas las de la ley, sino a permitirles ser a la vez «judíos y alemanes». Opuestos al jasidismo, otro componente de la Ilustración que intentaba revalorizar la espiritualidad judía —sobre todo en Europa oriental—, los partidarios de la Haskalá afirmaban que los judíos modernos podrían vivir de acuerdo con dos pertenencias positivas: una dependiente de la fe, otra, del territorio. Con la condición, de todos modos, de que se deshicieran de los lastres de una tradición religiosa demasiado apremiante.

En la generalidad del mundo germanoparlante en vías de industrialización —de Europa del Norte a la Mitteleuropa—, los judíos asquenazíes no habían conquistado los mismos derechos que en Francia. Repartidos en las cuatro grandes provincias antaño situadas en el corazón del Santo Imperio Romano Germánico —Galitzia, Moravia, Bohemia y Silesia— e incorporadas luego al Imperio austrohúngaro, ocupaban en realidad un territorio más amplio de fronteras indeterminadas —la famosa Yiddishland— donde se agrupaban en comunidades de una misma lengua y circulaban por una zona inestable entre Polonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Rumanía y Hungría.

Al no tener acceso a todas las profesiones, esos judíos estaban condenados, para escapar a la humillación de serlo, ya fuera a la conversión, ya fuera a la práctica del autoodio judío, ya fuera al éxito intelectual, a menudo vivido a la manera de una revancha: «Si los judíos se destacaron en la universidad», escribe William Johnston, «es porque sus familias los exhortaron a trabajar con más empeño para vencer los prejuicios».3

Los judíos emancipados del siglo XIX creían, así, ser capaces de escapar a la persecución ancestral mediante la integración en la sociedad burguesa industrial e intelectual de diferentes maneras, según el país donde habitaran: como ciudadanos con todas las de la ley en Francia, como individuos pertenecientes a una comunidad en Inglaterra y más adelante en Estados Unidos, como súbditos judeoalemanes en el mundo germánico y como minorías en los Imperios Centrales. Muchos de ellos transformaron su apellido con motivo de las distintas migraciones que los afectaron: de ahí el movimiento de germanización o afrancesamiento de los nombres polacos, rusos o rumanos en esa época. Y muchos renunciaron a la circuncisión o se convirtieron.

Pero a medida que el nacionalismo se apartaba de los antiguos ideales de la primavera de los pueblos, comenzaron a ser rechazados, ya no por su religión sino por su «raza», es decir, debido a una pertenencia identitaria invisible que parecía resistirse a las conversiones y que, al mismo tiempo, los forzaba a definirse, también a ellos, como originarios de una nación. Tal fue la paradoja del nacimiento del antisemitismo, que reemplazó al viejo antijudaísmo. El judío dejó de ser condenado al ostracismo por su práctica de la otra religión —el primer monoteísmo—; ahora se lo miraba como miembro de una raza en busca de una nación.

Si durante siglos los europeos solo habían tenido que vérselas con judíos dispersos, es decir, con un pueblo de parias consciente del rechazo que provocaba, y que entendía su unidad o su universalidad sin referencia a frontera alguna, pronto iban a tener que enfrentarse con un pueblo que, como ellos, estaba obligado a definirse como una nación: la nación judía. Pero ¿qué es una nación sin fronteras? ¿Qué es un pueblo sin territorio? ¿Qué son una nación y un pueblo compuestos de sujetos o individuos que, a fuerza de tener su origen en diferentes naciones, no son ciudadanos de ninguna parte?4

Fue en ese mundo en plena efervescencia, marcado por una urbanización y una germanización graduales de los judíos del reino de los Habsburgo, donde nació Jacob Kallamon (Kalman) Freud, en Tysmenitz, aldea (shtetl) de Galitzia oriental, el 18 de diciembre de 1815, seis meses después de la derrota de las tropas napoleónicas en Waterloo.5 Como muchos judíos establecidos en esa zona de Europa oriental, ahora incorporada al imperio de los Habsburgo, su padre, Schlomo Freud, originario de Buczacz, ejercía la profesión de comerciante. Tras el nacimiento de su hijo mayor, la mujer de Schlomo, Peppi Hofmann-Freud, hija de Abraham Siskind Hofmann, negociante en tejidos y otros artículos de primera necesidad, trajo al mundo otros dos varones —Abae y Josef— y una niña. El apellido Freud derivaba sin duda del nombre de pila Freide que llevaba la bisabuela de Schlomo.

Comerciante de lanas en Breslau, Abae tuvo muy poca suerte con sus hijos: un varón hidrocefálico y débil mental, otro que se volvió loco. Al pensar en sus tíos y sus primos durante su viaje a París en 1886, Freud, por entonces ferviente admirador de Jean-Martin Charcot y convencido del origen hereditario de las neurosis, no vacilaba en afirmar que una tara neuropatológica afectaba a su familia: «En mi calidad de neurólogo me preocupan tanto estas cosas como a un marinero el mar». Y agregaba: «Estas cosas son muy corrientes en las familias judías».6

Hacia mediados de 1832, cuando tenía apenas diecisiete años, Jacob se casó en Tysmenitz con la joven Sally Kanner, hija de un comerciante. Según la costumbre todavía vigente en la época, las dos familias habían concertado el matrimonio. En un primer momento la pareja se alojó en casa de la familia Kanner, donde Sally trajo al mundo dos varones: Emanuel en 1833 y Philipp un año después. Tuvo a continuación otros dos hijos que murieron de pequeños.

Siskind Hofmann y Schlomo Freud se entendían a las maravillas. Como solía suceder en las familias extensas del shtetl, regidas por la ley del padre y los matrimonios consanguíneos, tres generaciones vivían bajo el mismo techo o en el mismo barrio. Las mujeres permanecían en el hogar para criar a los hijos en compañía de sus madres, hermanas, suegras, criadas o ayas, mientras que los hombres, padres, yernos e hijos, se encargaban de los negocios fuera de la casa: por un lado el poderío femenino reducido al territorio de lo íntimo y de las tareas domésticas, por otro el poder masculino en perpetuo exilio. Dentro de ese orden familiar, donde cada cual ocupaba un lugar bien definido desde el nacimiento hasta la muerte, las relaciones entre suegro y yerno revelaban ser tan importantes como las existentes entre padre e hijo, abuelo y nieto o tío y sobrino. Casado en la adolescencia y ya padre de dos hijos a los diecinueve años, Jacob perpetuó esa tradición. Como su padre, se habituó a acompañar a su abuelo materno (Siskind) en sus viajes de negocios a Moravia, donde la política austríaca de asimilación era más rigurosa que en Galitzia y, por lo tanto, más orientada no solo a la germanización de los judíos sino también a su integración en un modo de vida más urbano.

Los dos hombres dormían en posadas judías, respetaban los ritos ancestrales y, al hacerlo, chocaban con las leyes discriminatorias, a la vez que descubrían maneras de vivir más modernas que la suya en el shtetl. Uno seguía apegado a la herencia del jasidismo, en tanto que Jacob, si bien piadoso y perfecto conocedor de la lengua sagrada, comenzaba a interesarse en los ideales de la Haskalá.7 A los veinte años Jacob se convirtió en socio de su abuelo.

En julio de 1844 ambos iniciaron juntos un trámite administrativo con el fin de que los inscribieran en la lista de los judíos «tolerados» en Freiberg. Tras recordar a las autoridades que compraba paños en Moravia, que los llevaba a Galitzia para teñirlos y que sobresalía en el comercio de cáñamo, miel y sebo, Siskind reclamó además la prórroga de su pasaporte y el de su nieto. Luego de muchas y farragosas gestiones se les concedió la «tolerancia».

Cuatro años después la revolución de los pueblos, que estremeció Europa, permitió a los judíos del Imperio austrohúngaro obtener derechos civiles y políticos. La urbanización progresaba a medida que, bajo el efecto de la explosión demográfica, las poblaciones judías de Galitzia emigraban al oeste y el sur.8 Jacob aprovechó esa situación para solicitar autorización a fin de fijar domicilio en Freiberg. Con el paso de los años deshizo lentamente los lazos que todavía lo ataban a la tradición jasídica de su padre, para romper mejor con la mentalidad del shtetl e integrarse en la nueva sociedad burguesa.

Y como una manera de señalar su evolución, compró un ejemplar de la Biblia de Ludwig Philippson, primer traductor al alemán del texto hebreo. Publicada entre 1838 y 1854 y destinada al uso de los judíos reformados, la obra respetaba la integridad de las Sagradas Escrituras, pero acompañaba el texto de una lujosa iconografía tomada del antiguo Egipto. En la página de guarda Jacob dejó anotada la fecha del 1 de noviembre de 1848, como una manera de celebrar la primavera de los pueblos.

Convertido en liberal sin dejar por eso de salpicar sus conversaciones con numerosas anécdotas tomadas de la larga tradición del humor judío, Jacob terminó por ignorar las ceremonias religiosas. Pero tenía el cuidado de celebrar Purim y Pésaj como fiestas familiares. La primera conmemoraba la liberación de los judíos del Imperio persa, y la segunda, la salida de Egipto y el fin del sojuzgamiento del hombre por el hombre: dos fiestas de la libertad en las cuales se arraigaba su adhesión a los ideales de la rebelión de los pueblos.

Entre 1848 y 1852 Jacob prosiguió con su vida itinerante. Tras la muerte de Sally se casó con una tal Rebekka, hija de un comerciante, con la que no tuvo descendencia, al mismo tiempo que su hijo mayor desposaba a los diecinueve años a una joven judía, Maria Rokach, cuya familia procedía de Rusia. En 1855 Maria trajo al mundo a su primer hijo, Johann (John) Freud, futuro compañero de juegos de su tío Sigmund, nacido un año después de él. Vino a continuación Pauline, nacida el 20 de noviembre de 1856.9

Emanuel, el primer hijo de Jacob, se convirtió a su turno en socio de su padre como este lo había sido del suyo y de su abuelo. En cuanto a Philipp, el menor, se mantuvo soltero y solo fundó una familia una vez instalado en Manchester, a donde había emigrado con su hermano alrededor de 1859, cuando su padre se marchó de Freiberg. Los dos hicieron fortuna en el comercio de telas y joyería. Jacob no mencionó nunca su segundo matrimonio, cuyas huellas fueron descubiertas por historiadores. ¿Había repudiado a Rebekka? No hay ninguna prueba. Algunos comentaristas inventaron toda una novela con referencia a esa segunda esposa, de la que no se sabe casi nada y cuya existencia Freud desconocía.10

Lo cierto es que el 29 de julio de 1855 contrajo un nuevo matrimonio con una muchacha, Amalia Nathansohn, hija de Jacob Nathansohn, agente comercial procedente de Odesa y radicado en Viena. Nacida en Brody en 1835 y única mujer en una fratría de cuatro varones, Amalia pertenecía a la generación de los dos hijos de su esposo. La unión fue bendecida conforme al rito reformado por Isaac Noah Mannheimer. El oficiante recitó las siete bendiciones nupciales y el recién casado rompió un vaso bajo sus pies en recuerdo de la destrucción del Templo de Jerusalén.

Imperiosa, autoritaria y sin duda mucho más afligida que su madre y su abuela por la falta de libertad individual que aún forzaba a las mujeres de la época a ser exclusivamente madres, Amalia se negó a dejarse encerrar en la cárcel de un modelo familiar condenado a la extinción. Pero carecía, sin embargo, de los medios para rebelarse contra su condición de esposa en el hogar. Delgada, elegante, bella, jovial, capaz de una enorme resistencia física, psíquica y moral, supo conservar su autonomía en un mundo en plena mutación. Dio a ese marido que habría podido ser su padre ocho hijos en diez años, tres varones y cinco niñas: Sigmund, Julius, Anna, Regine Debora (apodada Rosa), Maria (apodada Mitzi), Esther Adolfine (apodada Dolfi), Pauline Regine (apodada Paula) y Alexander. La enumeración hace notar que nunca dejó de estar embarazada entre la fecha de su casamiento y la del nacimiento de su último hijo, en 1866. Por lo demás, no se sabe por qué, si era tan fértil, no tuvo más hijos luego de esa fecha.

El 6 de mayo de 1856, entonces, Amalia dio a luz a su primer hijo, Sigmund (Sigismund), llamado Schlomo-Shelomoh en homenaje al patriarca de Tysmenitz. Jacob, que había anotado en hebreo en su famosa Biblia la fecha de la muerte de su padre, ocurrida el 21 de febrero, agregó la del nacimiento de este nuevo Schlomo, «admitido en la Alianza» (circuncidado) una semana después.11 En 1891 daría a su hijo esa obra como regalo de cumpleaños, luego de haberla hecho reencuadernar: «Hijo que es querido para mí, Shelomoh [...]. Te lo obsequié como recuerdo y signo de amor de tu padre, que te ama con amor eterno. En la ciudad capital, Viena, 29 de nisán de [5]651, 6 de mayo de 1891».12

Desde su nacimiento Sigmund fue para Amalia un motivo de orgullo y altivez. Ella lo llamaba «mi Sigi de oro», le hablaba naturalmente en yiddish y siempre lo prefirió al resto de sus hijos, convencida de que llegaría a ser un gran hombre. Un día, en una pastelería, se encontró con una anciana, que le anunció que su hijo era un genio. Se sintió con ello ratificada en su certeza, que Freud siempre juzgó ridícula: «Harto frecuentes han de ser tales profecías; ¡hay tantas madres esperanzadas y tantas viejas campesinas u otras viejas mujeres que han perdido su poder en la tierra y por eso se han vuelto al futuro!».13

Amalia transmitió su convicción a Jacob, que comenzó entonces a admirar a su hijo, en la creencia de que algún día sería superior a él. En tanto que los hombres de la familia, ayudados por sus yernos o sostenidos por sus suegros, siempre se habían visto como honrados comerciantes de lana y artículos surtidos, Jacob, que ahora se adhería plenamente a la Ilustración judía, pensó muy pronto que su hijo podría acceder a un destino distinto del de sus antepasados: ya no el negocio sino el saber. Lo inició, pues, en el relato bíblico como en una novela familiar genealógica, lo que le procuró un intenso placer. A lo largo de toda su escolaridad el joven Freud seguiría empapándose de la lengua bíblica, en contacto sobre todo con Samuel Hammerschlag, su profesor de hebreo, que lo ayudaría además a financiar sus estudios: «En su alma», escribiría Freud en 1904, a la muerte de aquel, «ardía una chispa del mismo fuego que animó a los grandes sabios y profetas judíos».14

Dijera lo que dijese al respecto, Freud tomó así muy tempranamente conocimiento del texto sagrado. En la infancia nada lo atraía más que la saga egipcia de Moisés, las aventuras de José y sus hermanos o los múltiples matrimonios de los patriarcas centenarios que engendraban una numerosa descendencia con sus mujeres, sus concubinas o sus criadas. Adoraba a Sansón, Saúl, David, Jacob. En los textos del judaísmo reencontraba algunos rasgos estructurales de su propia familia, y más adelante deduciría de ellos que una gran familia es siempre una bendición al mismo tiempo que un motivo de inquietud. Aficionado a deleitarse en sus fantasías y sus ensoñaciones, le gustaba imaginar que su medio hermano Philipp, que vivía bajo el mismo techo que él, era el verdadero esposo de su madre y que su padre era su abuelo. Por eso tenía celos de ese soltero, en tanto que se entendía de maravilla con su otro medio hermano, Emanuel, que se había casado con una mujer de su misma generación. Algunos historiadores imaginaron, sin aportar la más mínima prueba de ello, que Philipp había sido realmente amante de Amalia.

Apegado a su joven y seductora madre, a quien amaba de manera egoísta, Freud la miraba en su infancia como una mujer a la vez viril y sexualmente deseable. Durante un viaje en tren, entre Freiberg y Leipzig, quedó deslumbrado con su desnudez, y más adelante contó un célebre sueño de angustia en el cual la veía dormida y transportada a su cama por personajes con pico de pájaro que le recordaban las divinidades egipcias reproducidas en la Biblia paterna. A continuación consideró que los niños que habían sido preferidos por su madre acarreaban consigo, una vez llegados a la edad adulta, un optimismo inquebrantable. Más aún, deduciría de esta convicción la idea de que las relaciones de amor entre las madres y los hijos varones son las más perfectas y despojadas de ambivalencia. En realidad, jamás pudo dilucidar la índole del vínculo que lo unía a su madre. Para él, el amor maternal —y más aún el amor de la madre por el hijo varón— era algo que estaba en la naturaleza de las cosas.

Con su nanny descubrió otro aspecto del amor maternal. Contratada como niñera, Resi Wittek (o Monika Zajic)15 era vieja, fea y poco deseable: todo lo contrario de Amalia. Pero brindó a Freud afecto y sensualidad. En síntesis, algo carnal que le faltaba en la relación con su madre: «Ella fue», diría más adelante, «mi maestra en cosas sexuales. [...] [M]e ha lavado con agua enrojecida, en la que se había lavado antes».16 Ardiente católica, Monika le hablaba en checo, le contaba historias de diablos y santos y lo llevaba a iglesias en las que se celebraba el culto de María. Freud descubrió así la segunda religión monoteísta, religión de la carne, del pecado, de la confesión y de la culpa, con sus imágenes piadosas, sus rosarios, su iconografía barroca, sus representaciones del infierno. Cuando volvía a su casa, Sigmund predicaba y glorificaba el nombre del Dios de los cristianos. Pero al nacer Anna, Philipp, el «mal hermano», hizo encarcelar a Monika por robo. Privado de su madre, confinada en su habitación tras el reciente parto, y despojado de su nodriza, Sigmund comenzó a proferir alaridos. Creía a pies juntillas que habían encerrado a Amalia en un baúl.

En 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, Freud afirmó que las nodrizas poco concienzudas acariciaban los órganos genitales de los niños para adormecerlos.17 Al tomar conocimiento de esta observación, varios comentaristas imaginaron a posteriori que Monika había sobado el pene del pequeño Sigmund y que ese era, a no dudar, el origen de la pasión de este por el estudio de la sexualidad humana.18 Así se abrió paso la idea de un Freud que había sufrido abusos de su nodriza, como tantos otros rumores en torno de la vida privada del fundador del psicoanálisis.

En su infancia Sigmund tuvo como compañeros de juegos a Pauline y John, con quienes formaba un trío. Treinta años después, en un artículo sobre los «recuerdos encubridores», contó que un hombre de treinta y ocho años, a quien él había curado de una fobia, había evocado un recuerdo infantil que enmascaraba otro mucho más reprimido.

De hecho, en ese texto Freud ponía en juego sus propios recuerdos para ilustrar su teoría, y el hombre cuya historia daba a conocer no era otro que él mismo. Dos primos y una prima juegan en un prado, decía, y cada uno de ellos recoge un ramo. Como la niña junta la mayor cantidad de flores, los dos varones, celosos, le arrebatan el ramo. Cuando ella se queja a una campesina, que la consuela y le da una rebanada de pan, los varones tiran las flores para ganarse también su parte de la hogaza: «Este pan me sabe exquisito en el recuerdo; y con esto se interrumpe la escena». Y unas páginas más adelante Freud señalaba «el punto de contacto [entre] el desflorar [y] el arrebatar las flores».19

No hacía falta nada más para que algunos comentaristas, confundiendo realidad y fantasia inconsciente, aprovecharan para afirmar que, en su infancia, Freud había desflorado efectivamente a su sobrina con la complicidad de su sobrino.

La leyenda de un Freud víctima de abusos de su nodriza y violador de su sobrina encuentra su fuente, por lo tanto —como todas las otras leyendas—, en la propia obra freudiana, reinterpretada sin cesar al capricho de especulaciones o construcciones infundadas. En cambio, lo que está establecido con certeza es que Freud mantenía relaciones de complicidad y rivalidad con su sobrino mayor que él. Como todos los varones enfrentados a niñas de su edad, John y Sigmund «a veces [se] porta[ban] cruelmente» con Pauline.20 Eran inseparables, se querían, se acusaban o se peleaban. Al comparar esta amistad infantil con la de Bruto y César, Freud hizo de ella la matriz de lo que más adelante serían sus relaciones con los hombres de su entorno, maestros, discípulos, amigos, adversarios, enemigos: «Un amigo íntimo y un enemigo odiado fueron siempre los requerimientos necesarios de mi vida afectiva; siempre supe crearme a ambos de nuevo, y no rara vez ese ideal infantil se impuso hasta el punto de que amigo y enemigo coincidieron en la misma persona».21

En 1860 la familia Freud se instaló en Leopoldstadt, un suburbio popular de Viena poblado de judíos pobres que residían a veces en viviendas insalubres. Otra vez embarazada, Amalia enfermó de tuberculosis y tuvo que pasar varios períodos en los Cárpatos para restablecerse. En esa época Jacob seguía autocalificándose de comerciante de lanas. Sin embargo, víctima de la mecanización de la producción de textiles, nunca logró llegar a ser un comerciante próspero. Con la ayuda de sus hijos del primer matrimonio, no obstante, pudo asegurar una vida decente a su numerosa prole.

Después de haber sido la encarnación de una fuerte autoridad paterna, Jacob daba de sí mismo la imagen de un hombre débil y humillado. Por eso acariciaba, con más intensidad que nunca, el sueño de que su hijo disfrutara de un destino más glorioso que el suyo, pero sin olvidar, empero, honrar lo que él había sido antaño: «Mi Sigismund tiene más inteligencia en el dedo pequeño del pie que yo en la cabeza, pero jamás se atrevería a contradecirme».22 Schlomo-Sigismund fue el primero en el extenso linaje de los Freud, procedentes de los shtetl de Europa oriental, en acceder a otra carrera que la de comerciante.23

De esa época procede su identificación con figuras de conquistadores, vencedores luego vencidos, pero siempre dispuestos a vengar al padre o a superarlo: Aníbal, Alejandro, Napoleón. Lo testimonia el recuerdo que conservó de una escena de la infancia: el relato hecho por su padre de una vieja anécdota destinada a demostrarle que el presente era mejor que el pasado. Una vez, le había dicho Jacob, «vino [...] un cristiano y de un golpe me quitó el gorro y lo arrojó al barro exclamando: “¡Judío, bájate de la acera!”». Y a la pregunta de su hijo sobre su reacción, había respondido: «Me bajé a la calle y recogí el gorro».

A esta escena que le disgustaba, Sigmund había opuesto otra, más ajustada a sus aspiraciones: el episodio histórico en que Amílcar había hecho jurar a su hijo Aníbal que se vengaría de los romanos y defendería Cartago hasta la muerte.24

De ese modo se afirmó en el imaginario del joven la preocupación por restablecer el recuerdo de un poder patriarcal que no dejaba de deshacerse ante su vista. La anécdota del gorro de piel, en efecto, contaba no solo la historia de una claudicación paterna frente al antisemitismo, sino también el itinerario de un hijo que desde muy temprano se había asignado la misión de revalorizar simbólicamente la ley del padre por un acto de rebelión a la altura de Aníbal. No solo había que superar al padre, sino que además era preciso cambiar de cultura sin traicionar jamás la identidad judía de los ancestros. Al trazar así su destino, Freud se asociaba a la historia de los hijos de la burguesía comercial judía del Imperio austrohúngaro, obligados a despojarse de su judaísmo para ser intelectuales o científicos. Para vivir como judíos, habían tenido que adoptar la cultura griega, latina y alemana.

Ernst Simon, un filósofo israelí de origen berlinés, afirmó en 1980 que Freud se había preparado para el bar-mitzvá y había realizado la ceremonia a los trece años. Y como prueba de lo que sostenía, traía a colación una confidencia del propio Freud. Este contó un día, en efecto, que a los catorce años le habían regalado las obras del escritor judío alemán Ludwig Börne, admirador de la Revolución francesa y heredero de la Aufklärung. Freud las conservó piadosamente como los únicos libros procedentes de su juventud. Y Simon deducía de ello que, en realidad, se los habían regalado al cumplir trece años y que, en consecuencia, se trataba de un obsequio recibido con motivo de su bar-mitzvá. Esta interpretación es seductora, sin duda, pero nada prueba que la ceremonia tuviera efectivamente lugar. En cambio, es indudable que Freud admiraba a ese escritor, de quien recordaba estas palabras: «Una vituperable cobardía para pensar nos refrena a todos. Más oprimente que la censura de los gobiernos es la censura que la opinión pública ejerce sobre nuestra labor espiritual».25

Durante el verano de 1865 Josef Freud, hermano de Jacob, fue detenido por posesión de billetes falsos. Algunos meses después lo condenaron a diez años de cárcel: «Mi padre, que a causa del disgusto encaneció en pocos días, solía decir siempre que el tío Josef no era un mal hombre, pero sí un idiota».26 Nada permite decir, como lo han hecho algunos comentaristas, que este asunto se habría ocultado al joven Sigmund, con la consecuencia de provocar en su subjetividad de adulto una gran «catástrofe» existencial.27 En realidad, Freud fue sensible a esa nueva humillación del padre y recordó en esa oportunidad que la relación de tío con sobrino había sido, en su propia infancia, un motivo de odio y amistad.

A los trece años intimó con Eduard Silberstein, hijo de un banquero judío rumano establecido en Jassy y luego en Braila, una ciudad a orillas del Danubio.28 Criado por un padre medio loco y sometido a la ortodoxia religiosa, Eduard aspiraba a ser un librepensador. Así, se hizo amigo y fue condiscípulo del hijo de Jacob en el Realgymnasium de Viena y después en el Obergymnasium.

Se tejieron entonces lazos entre las familias de los dos adolescentes. Anna Silberstein y Amalia Freud se reunían en la estación termal de Roznau para tomar las aguas y charlar sobre sus problemas domésticos, mientras los dos muchachos, apasionados por la literatura, se imaginaban que eran héroes de una novela. Para alimentar mejor sus ensoñaciones, fundaron una «Academia Castellana» en homenaje a su escritor predilecto: Cervantes. En ese cenáculo, que los tenía por únicos miembros, sus placeres intelectuales procedían de una libre práctica de la palabra iniciática. Intercambiaban sus misivas en alemán y castellano a la vez que aderezaban ambas lenguas con palabras que funcionaban como un lenguaje codificado. Y para mostrar su veneración por la novela picaresca, se asignaron nombres tomados del célebre «Coloquio de los perros» de las Novelas ejemplares.

En ese relato Cervantes presenta al perro Berganza, narrador inveterado, y al perro Cipión, filósofo cínico y amargo, ambos hijos de la bruja Montiela, a quien deben su asombrosa facultad de disertar sobre los vagabundeos del alma humana. A través de ese coloquio el autor se entrega a una crítica feroz de las perversiones humanas y de las injusticias de su época.

No nos sorprenderemos de que Freud escogiera llamarse Cipión, como una autoafirmación de su fe en la incapacidad del ser humano para dominar sus pasiones. Y pese a ello, decía, «el hombre que piensa» es el único capaz de decidir al respecto: «Es su propio legislador, su confesor y su juez».29

Fascinado desde temprana edad por esa concepción de la libertad humana, Freud, llegado a la adolescencia, tuvo con respecto a su propia sexualidad una actitud ambivalente. Por un lado sufría las frustraciones impuestas por la sociedad en que vivía, al punto de considerarlas como la causa de los tormentos subjetivos más sombríos; por otro, consideraba la exhibición pulsional como una fuente de destrucción. De ahí un culto marcado por el control de los desórdenes del yo. Prefiriendo el deseo no saciado al goce de los cuerpos, no vacilaba en rememorar una escena infantil durante la cual había orinado en el dormitorio de sus padres en presencia de estos: «Este chico nunca llegará a nada», había dicho Jacob. Desafiado por esa frase paterna, Freud no dejó de contabilizar, a lo largo de muchos años, todos sus éxitos intelectuales a fin de demostrarse que nunca sería un inútil.30 Judío sin Dios, puritano emancipado capaz de dominar sus pulsiones y criticar los perjuicios del puritanismo, presentó de sí mismo la imagen de un rebelde bien ordenado, apasionado desde su infancia por los misterios y las extravagancias de la sexualidad humana. Siempre se definiría como un «liberal a la antigua usanza», alimentado por la Neue Freie Presse, principal diario del Imperio austrohúngaro,31 fundado en 1864, y en el cual colaboraban eminentes intelectuales vieneses: Hugo von Hofmannsthal, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Theodor Herzl.

Durante el verano de 1871, acompañado por Eduard, Freud se alojó en Freiberg en la casa de la familia de Ignaz Fluss, comerciante textil y un viejo amigo de Jacob Freud. Turbado por la hija de Ignaz, Gisela, una niña de doce años que también era hermana de su camarada Emil Fluss, le dio el nombre de Ichthyosaura y se autodesignó como «príncipe del Liásico y señor del Cretácico», en referencia a un poema de Viktor von Scheffel sobre el fin de la era de los saurios, esos animales rebeldes al orden del mundo pero impotentes para impedir la catástrofe final.

Un año después Freud volvió a ver a Gisela. Con aparente indiferencia, la dejó regresar a su internado y luego comenzó a vagabundear por los bosques de su infancia, pensando en lo que podría haber sido su vida si sus padres no se hubiesen marchado de Freiberg y, en vez de hacer suyo el nuevo destino vienés, él hubiera aceptado tomar a su cargo el negocio de Jacob y casarse, a la misma edad que este, con una joven procedente de su medio.

Para poner mejor fin a la era prehistórica de los amores imposibles entre saurios —señor del Cretácico e Ichthyosaura—, explicó a Eduard que el verdadero objeto de su deseo no era Gisela sino Eleonora, la madre de esta:

Me parece que transferí a la hija, bajo la forma de amistad, el respeto que me inspira la madre. Soy un observador perspicaz o me tengo por tal: mi vida dentro de una familia numerosa, donde se desarrollan tantos caracteres, ha aguzado mi mirada y estoy lleno de admiración por esa mujer a quien no iguala del todo ninguno de sus hijos.32

Eleonora Fluss tenía cualidades de las que carecía Amalia. Moderna, liberal, culta, se había deshecho del espíritu del gueto. En cuanto a su marido, al contrario de Jacob Freud, se había mostrado capaz de superar la crisis que había vivido la industria textil. Al haber conservado su fortuna, no se había mudado de Freiberg a Viena, ciudad detestada por Sigmund, que amaba la naturaleza, las flores, las setas, los bosques, los animales y la vida al aire libre. Con motivo de ese retorno a la comarca natal, el joven se fabricó pues una doble «novela familiar». Mientras imaginaba lo que habría podido ser su vida si hubiera hecho carrera en el comercio textil, aspiraba también a otra parentalidad: tener un padre idéntico a Ignaz Fluss y una madre semejante a Eleonora. Esto le permitía, claro está, sublimar su atracción carnal por Gisela. Una manera entre otras de tomar distancia con respecto a su propio padre, que, a la misma edad que él, no se había visto obligado a refrenar su sexualidad.

Una anécdota muestra hasta qué punto el joven Freud era capaz de inventar una novela familiar conforme a sus deseos y, a la vez, juzgar con gran severidad a las familias que violaban las reglas de la compostura burguesa. Y, desde luego, consideraba que en el corazón de ese sistema las familias judías tenían el deber de ser más ejemplares que las demás. Por eso se horrorizó, en septiembre de 1872, al descubrir la banal grosería de un padre y una madre en el tren que lo llevaba de Freiberg a Viena:

Él era de la madera con que el destino, llegado el momento, hace malandrines: astuto, mentiroso, mantenido por su querida familia en la convicción de ser un hombre de talento, y todo eso acompañado de una ausencia de principios y de concepción del mundo. Una cocinera de Bohemia, dueña del más perfecto rostro de bulldog que yo haya visto en mi vida, completaba el panorama. Me harté de esa canalla. Durante la conversación me enteré de que la dama judía y toda su familia eran originarios de Meseritsch; justamente el montón de mierda que conviene a este tipo de producto.33

Y algunas líneas más adelante, sensible al sufrimiento de las madres neuróticas, contaba a Emil Fluss su encuentro, en el mismo tren, con «una mujer nerviosa, excitada, trémula, acompañada por una niña de doce años con rostro de ángel», a quien él no había dejado de mirar a lo largo de todo el viaje: «Llegaba así a Viena. Vi una vez más a la mujer nerviosa y la hija rubia, y me juré apuntar el lugar donde, en la multitud vienesa, volviera a encontrarlas. De ese modo termina mi pequeña novela».34

Educado de manera liberal, en el seno de un sistema familiar endogámico y todavía marcado por la tradición de los matrimonios concertados, Freud tuvo una infancia feliz entre un padre que habría podido ser su abuelo, una madre que habría podido casarse con su medio hermano y sobrinos que tenían la misma edad que él. Si bien sus cinco hermanas lo veneraban, también lo consideraban tiránico. Él vigilaba sus lecturas, no soportaba el ruido del piano —que lo perturbaba en sus preciosos estudios— y le parecía normal que quedaran relegadas en una sola habitación iluminada con bujías, cuando por su parte él tenía un cuarto para su exclusivo disfrute y contaba con el beneficio de una lámpara de aceite.

Como la mayoría de las mujeres de su generación, las hermanas de Freud no tuvieron otro destino que el de convertirse en esposas, madres o sirvientas, y no recibieron ninguna formación intelectual que les permitiera escapar a su condición. Anna fue la única que estudió para ser maestra. Hacia los dieciséis años comenzó a cortejarla un viejo tío de la familia Nathansohn que se había lanzado a la búsqueda de una nueva esposa y pretendía llevarla a Odesa. Horrorizado ante la idea de una unión consanguínea entre una adolescente y un viejo, Freud se opuso con la mayor firmeza.35 Anna tuvo luego la fortuna de contraer un buen matrimonio con Eli Bernays, hermano de Martha, y de emigrar a Estados Unidos, donde sus cinco hijos disfrutaron de una vida próspera.36

Rosa, la preferida de Freud, tan neurasténica como él, se casó con un jurista, Heinrich Graf, que murió al cabo de poco tiempo. Su hijo Hermann perdió la vida en la Gran Guerra, y su hija Cäcilie (Mausi) se suicidó en 1922 después de que, embarazada, su amante la abandonara.37 Maria se casó con un primo lejano de Bucarest, Moritz Freud, con quien tuvo cinco hijos:38 entre ellos un mortinato y otras dos víctimas de muerte violenta (suicidio y acc ...