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SIGUE MI JUEGO (TRILOGíA STARK 6)

J. Kenner  

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Fragmento

1

El sol entra a raudales en la cocina por las ventanas que dan al este; por las puertas acristaladas abiertas del lado oeste oigo el rítmico embate del Pacífico contra la costa de Malibú. Son poco más de las siete de la mañana de un domingo de febrero y, aunque me he despertado con una sonrisa y un plan, la sonrisa se me está borrando y mi plan comienza a naufragar. Debo aceptar la ineludible y cruda realidad: soy un desastre en la cocina. Así pues, el propósito de deleitar a mi marido con un desayuno en la cama está a punto de estrellarse y arder como un avión siniestrado.

O quizá solo de incendiarse, rectifico, al darme cuenta de que se me están quemando los gofres.

Cojo la plancha por el asa para darle la vuelta y la abro con los dientes de un tenedor. Lo que hay dentro no se parece a nada comestible que yo haya visto antes. Es de color negro, está lleno de protuberancias y se asemeja a la suela de una bota de montaña.

–Mierda –digo, y comienzo a soltar una retahíla de palabrotas, peores incluso que la anterior, al darme cuenta de que se me están quemando los huevos y que, de un momento a otro, el humo del beicon va a activar la alarma contra incendios.

Me lanzo de costado hacia la cocina y enciendo el extractor de humos; luego, miro hacia el techo con los ojos entrecerrados desafiando a la alarma a que se ponga a pitar. Porque, aunque el desayuno se componga de café solo y tostadas resecas, lo voy a preparar. Nada: ni la alarma antiincedios, ni el olor a gofre quemado, ni tan siquiera mis palabrotas dichas a media voz, va a hacer salir de la cama al que es mi marido desde hace casi tres semanas, antes de que le dé una sorpresa.

Al instante, me doy cuenta de lo equivocada que estoy.

Aún no me he dado la vuelta, pero no me hace falta. Sé que está detrás de mí. No lo he oído acercarse. No he advertido su olor. No hay ningún signo que me anuncie su presencia. Pero eso no importa.

Lo sé.

Puede que se deba a un cambio en la densidad del aire.

A que el calor que irradia su cuerpo hace que las moléculas que lo rodean giren a más velocidad.

A lo mejor es por el simple hecho de que es Damien Stark, mi marido, mi amor, y yo soy tan consciente de su presencia como lo soy de mi propio cuerpo.

Por un momento, me quedo quieta, aún de espaldas a él. Quería darle una sorpresa, de modo que he de admitir que estoy un poco decepcionada. Pero pronto el deseo de verlo es más fuerte que la decepción. De saborearlo. De que la imagen que tengo de él en la mente se materialice.

Me doy la vuelta poco a poco y me lo encuentro apoyado en la pared que separa la cocina del espacio diáfano del segundo piso. No lleva nada más que un pantalón gris de chándal que le queda suelto a la altura de las caderas. Su cuerpo atlético aún es

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