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SILBER. EL PRIMER LIBRO DE LOS SUEñOS (SILBER 1)

Kerstin Gier  

0


Fragmento

Título original: Silber. Das erste Buch der Träume

Traducción: Nuria Villagrasa Valdivieso

1.ª edición: diciembre, 2015

© 2015 by S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main 2013

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-275-2

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para F.

Siempre vuelve a ser bonito soñar contigo.

 

 

 

 

 

¿Y si durmieras?

¿Y si en tu sueño

soñaras?

¿Y si al soñar

fueras al cielo

y allí cogieras una extraña y bella flor?

¿Y si al despertar

tuvieras la flor en tu mano?

Ah, entonces, ¿qué?

SAMUEL TAYLOR COLERIDGE

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

1

2

3

Dimes y diretes

4

5

6

7

8

9

10

Dimes y diretes

11

12

13

14

15

16

17

18

19

Dimes y diretes

20

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24

25

Dimes y diretes

26

27

28

29

30

Dimes y diretes

31

Apéndice

1

El perro olfateó mi maleta. Para ser un perro rastreador de drogas, se trataba de un ejemplar sorprendentemente suave, quizás un hovawart. Yo iba a acariciarle las orejas cuando levantó el morro y soltó un amenazador «guau». Entonces se sentó y pegó la nariz enérgicamente a la maleta. El funcionario de aduanas parecía estar tan sorprendido como yo, dos veces dirigió la mirada del perro a mí y de mí al perro antes de agarrar la maleta y decir: «Bueno, entonces miraremos a ver qué ha detectado nuestra Amber.»

Vale, genial. No llevaba ni una hora en suelo británico y ya era sospechosa de pasar drogas de contrabando. Los auténticos contrabandistas de la fila detrás de mí seguro que ya se alegraban furtivamente; gracias a mí, ahora podían pasar por el control con sus relojes suizos y sus drogas de diseño sin ser molestados. ¿Qué aduanero con sentido común apartaría de la fila a una quinceañera con coleta rubia en vez de, por ejemplo, a ese tipo aparentemente nervioso de ahí atrás con cara de astuto? O a ese chico sospechosamente pálido con el pelo desgreñado que, en el avión, ya se había quedado dormido antes de llegar a la pista de despegue. No era de extrañar que ahora mirara tan maliciosamente. Probablemente, llevaba los bolsillos repletos de somníferos ilegales.

Pero decidí no dejar que me estropearan el buen humor, al fin y al cabo al otro lado del control nos esperaba una nueva vida maravillosa, justo en el hogar con el que siempre habíamos soñado.

Le lancé una mirada tranquilizadora a mi hermana pequeña Mia, que ya estaba junto al control y se balanceaba impaciente. Todo iba bien. No había motivos para alterarse. Esta era la última valla que se interponía entre nosotras y la susodicha nueva vida maravillosa. El vuelo había transcurrido impecablemente, sin turbulencias, por lo que Mia no había tenido que vomitar y, por una vez, yo no había tenido que sentarme junto a un hombre gordo que me disputara el reposabrazos y apestara a cerveza. Y aunque papá, como de costumbre, había reservado en una de esas aerolíneas de bajo coste que, al parecer, siempre repostan demasiado poco, el avión no se había visto en dificultades cuando habíamos tenido que dar varias vueltas sobre Heathrow esperando aterrizar. Y, además, también estaba ese chico guapo de pelo oscuro que se había sentado al otro lado en

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