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SIN COMPROMISO (TESSA LEONI 2)

Lisa Gardner  

5


Fragmento

1

Esto es lo que aprendí cuando tenía once años: el dolor tiene sabor. La pregunta es: ¿a qué te sabe a ti?

Esa noche mi dolor sabía a naranjas. Me senté frente a mi marido en el reservado de la esquina del restaurante Scampo, en Beacon Hill. Discretos camareros venían a rellenarnos en silencio las copas de champán. Dos veces a él. Tres veces a mí. Panes artesanos cubrían el mantel de lino blanco, junto a una selección de quesos mozzarella. Lo siguiente serían unos primorosos cuencos de tallarines cortados a mano coronados con guisantes tiernos, panceta crujiente y una salsa cremosa pero ligera. El plato favorito de Justin. Lo había descubierto en un viaje de negocios a Italia hacía veinte años y desde entonces lo pedía en todos los restaurantes italianos de categoría.

Alcé mi copa de champán. Le di un sorbo. La dejé en la mesa.

Frente a mí, Justin sonrió, y en las comisuras de los ojos se le formaron pequeñas arrugas. Su pelo castaño claro y corto empezaba a blanquear por las sienes, pero a él le sentaba bien. Tenía ese aspecto rudo de alguien a quien le gusta el aire libre que nunca pasaba de moda. Las mujeres se fijaban en él cuando entrábamos en un bar. Los hombres también lo hacían, curiosos por el recién llegado, un irrebatible macho alfa que combinaba las botas usadas del trabajo con camisas de doscientos dólares de Brooks Brothers, consiguiendo con ello que lucieran aún más.

—¿Vas a comer? —preguntó mi marido.

—Me estoy reservando para la pasta.

Volvió a sonreír, y pensé en playas de arena blanca, el aroma salado del aire del océano. Recordé el tacto de las suaves sábanas de algodón enrolladas en mis piernas desnudas mientras pasábamos la segunda mañana de nuestra luna de miel sin haber salido de nuestro bungaló privado. Justin me dio de comer con sus manos naranjas recién peladas mientras yo le lamía con delicadeza el pegajoso jugo de sus dedos con durezas.

Bebí otro sorbo de champán, reteniéndolo dentro de mi boca esta vez y concentrándome en sentir las burbujas.

Me pregunté si era más guapa que yo. Más excitante. Mejor en la cama. O quizá, tal como son esas cosas, nada de eso importaba. No entraba en la ecuación. Los hombres te engañan porque es lo que hacen los hombres. Si tu marido puede, lo hará.

Lo que quería decir que, a su modo, los últimos seis meses de mi matrimonio no habían sido nada personal.

Tomé otro sorbo, todavía bebiendo champán, todavía saboreando naranjas.

Justin se ventiló la selección de entrantes, bebió un poco de su propia copa y se puso a ordenar la cubertería distraídamente.

Mi marido había heredado la constructora de su padre, valorada en veinticinco millones de dólares, a los veintisiete años. Algunos hijos se habrían sentido satisfechos con dejar que un negocio boyante se mantuviera igual. Pero no Justin. Cuando le conocí, a los treinta y cuatro, ya había doblado los beneficios hasta los cincuenta millones, y su meta era alcanzar los setenta y cinco en los siguientes dos años. Y no sentado en una oficina. Justin se enorgullecía de ser un experto en la mayoría de los oficios: fontanería, electricidad, pladur, cemento. Estaba al pie del cañón, pasando tiempo con sus hombres, mezclándose con los subcontratistas; el primero en llegar, el último en irse.

Al principio era una de las cosas que más me gustaban de él. Un hombre hecho y derecho. Se sentía igualmente cómodo en una elegante sala de juntas que echando unas canastas y disfrutaba llevándose su revólver favorito, un 357, al campo de tiro para animarlo.

Cuando estábamos empezando a salir me llevaba a su club de tiro. Me quedaba de pie, refugiada en el cálido abrazo de su cuerpo grande y fuerte mientras él me enseñaba cómo colocar las manos en la empuñadura de un relativamente pequeño 22, cómo apuntar, cómo acertar en la diana. Las primeras veces no daba una; el sonido de los disparos me asustaba, aun cuando llevaba puestos los protectores de oído. Mis balas terminaban en el suelo o, si tenía mucha suerte, rozaban la parte inferior de la hoja de papel que era el objetivo.

Una y otra vez Justin me corregía pacientemente; su voz, un murmullo contra mi nuca mientras se inclinaba y me ayudaba a afinar mi puntería.

Algunas veces ni llegábamos a casa. Acabábamos desnudos en el vestidor del campo de tiro, o en el asiento trasero de su todoterreno, todavía en el aparcamiento. Me hundía los dedos en las caderas, exigiéndome que le diera más, que fuera más rápido, y yo le obedecía, volviéndome loca por la pólvora y la lujuria y el poder absoluto.

Sal. Pólvora. Naranjas.

Justin se disculpó para ir al baño.

Cuando se fue, recoloqué la pasta en mi plato para que pareciera que había comido algo. Después abrí el bolso y, amparada por la mesa, saqué cuatro pastillas blancas. Me las tragué de una vez, seguidas de medio vaso de agua.

Luego cogí mi copa de champán y me preparé para el evento principal de la noche.

Justin condujo los cinco minutos hasta casa. Había comprado la mansión de Boston prácticamente el mismo día que confirmamos que estaba embarazada. De la consulta del médico a la agencia inmobiliaria. Me llevó a verla después de llegar a un acuerdo verbal, el cazador mostrando su trofeo. Supongo que me debería haber sentido ofendida por su arrogancia. En vez de eso, recorrí los cuatro pisos y medio de maravillosos suelos de madera, techos de tres metros e intrincadas molduras talladas a mano, y me quedé boquiabierta.

Así que esto era lo que te podías comprar con cinco millones de dólares. Habitaciones bañadas por la luz del sol y una preciosa azotea, sin contar con un vecindario entero de edificios de ladrillo rojo restaurados a la perfección, cobijados unos al lado de otros como amigos perdidos hace tiempo.

La mansión estaba en la arbolada calle Marlborough, a unas manzanas de la elegante calle Newbury, sin mencionar que solo nos distanciaba un paseo del Jardín Público. El tipo de barrio donde la gente pobre conducía un Saab, las niñeras hablaban con acento francés y las escuelas privadas tenían un proceso de selección que empezaba la primera semana de concepción del bebé.

Justin me dio carta blanca. Muebles, obras de arte, cortinas, alfombras. Antigüedades, sin antigüedades, con decorador de interiores, sin él. No le importaba. Que hiciera lo que tuviera que hacer, que gastara lo que tuviera que gastar, que simplemente lo convirtiera en nuestro hogar.

Así que lo hice. Como esa escena de Pretty Woman, excepto que incluía a un montón de pintores y decoradores y anticuarios pregonando sus mercancías mientras yo aposentaba mi cuerpo de embarazada en diversos divanes y con un elegante gesto de la mano ordenaba un poco de esto y un poco de aquello. La verdad, me divertí mucho. Por fin podía aplicar al mundo real mi talento para las bellas artes. No solo podía crear joyas a partir de arcilla tratada con plata, sino que podía renovar una mansión de Boston.

Estábamos eufóricos en aquella época. Justin trabajaba en un gran proyecto hidroeléctrico. Venía y se iba en helicóptero, literalmente, y yo le enseñaba los progresos de nuestra casa mientras él me frotaba la espalda y me apartaba el pelo para besarme el cuello.

Después, Ashlyn. Y alegría, alegría, alegría. Feliz, feliz, feliz. Justin sonreía, sacaba fotos, le enseñaba su preciosa niña a cualquiera que entablara contacto visual. Todo su equipo se presentó en nuestra casa de Boston, dejando sus botas embarradas en el pulcro recibidor para que un puñado de exmarines y de antiguos SEAL, la unidad de fuerzas especiales de la Armada estadounidense, pudieran poner caras de adoración ante nuestra niña dormida en su cuarto forrado de rosa. Intercambiaron consejos acerca de cómo cambiarle los pañales y cuáles eran las mejores mantillas y después se pusieron a intentar enseñar a una recién nacida cómo eructar todas las letras del abecedario.

Justin les informó de que sus hijos nunca saldrían con ella. Aceptaron la noticia con buen humor y después pasaron a mirarme a mí con adoración. Les dije que podrían conseguir lo que quisieran siempre y cuando cambiaran pañales a las dos de la mañana. Esto provocó tantos comentarios insinuantes que Justin se llevó a su equipo fuera de la casa.

Pero él era feliz y yo era feliz y la vida era maravillosa.

Eso es el amor, ¿verdad? Ríes, lloras, compartes las tomas de medianoche y al final, meses después, terminas teniendo sexo con delicadeza y te das cuenta de que las cosas han cambiado ligeramente pero que en lo esencial sigue siendo fantástico. Justin me llenó de joyas y yo me apunté al preceptivo yoga mientras descubría tiendas obscenamente caras donde comprar ropa de bebé. Sí, mi marido pasaba mucho tiempo fuera de casa, pero yo nunca fui el tipo de mujer a la que le daba miedo estar sola. Tenía a mi hija y en poco tiempo también a Dina, que me ayudó para que pudiera volver a mi estudio de joyería, donde daba forma y vida y creaba y resplandecía.

Ahora, Justin redujo la velocidad del Range Rover y empezó la inútil búsqueda de aparcamiento en la calle. Nuestra casa incluía un garaje en el subsuelo, un lujo que ya por sí solo valía el impuesto de bienes inmuebles, pero por supuesto Justin me cedía el espacio a mí, dejándole a él el competitivo deporte de intentar aparcar en el centro de Boston.

Pasó una vez por delante de nuestra casa y mi mirada se dirigió automáticamente hacia la ventana de la tercera planta, la habitación de Ashlyn. Estaba a oscuras, lo que me sorprendió porque se suponía que esa tarde se iba a quedar en casa. A lo mejor simplemente no se había molestado en encender la luz y se conformaba con el brillo de su ordenador. Las quinceañeras se podían pasar horas así, me estaba dando cuenta. Auriculares puestos, ojos vidriosos, labios firmemente cerrados.

Justin encontró un hueco. Dio marcha atrás, un poco hacia delante y dejó el Range Rover perfectamente colocado. Salió del coche para abrirme la puerta y yo le dejé.

Los últimos segundos ya. Tenía las manos agarradas con tanta fuerza en el regazo que los nudillos se me estaban poniendo blancos. Intenté obligarme a respirar. Dentro. Fuera. Tan fácil como eso. Paso a paso, un momento detrás de otro.

¿Empezaría besándome en la boca? ¿A lo mejor en el sitio que había descubierto una vez, detrás de la oreja? O quizá simplemente nos desnudaríamos, nos meteríamos en la cama, nos lo quitaríamos de encima. Luces apagadas, ojos cerrados. Tal vez estaría pensando en ella todo el rato. Tal vez no debería importarme. Estaba conmigo. Había ganado. Había conservado a mi marido, el padre de mi hija.

La puerta se abrió. Mi marido de hacía dieciocho años se cernía sobre mí. Me tendió la mano. Y le seguí, saliendo del coche, andando por la acera, sin que ninguno de los do

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