Loading...

SIN ECO (HANNE WILHELMSEN 6)

Anne Holt   Berit Reiss-Andersen  

0


Fragmento

1

Harrymarry apenas era capaz de recordar su verdadero nombre. Había venido al mundo en la plataforma de un camión en enero de 1945. Su madre era una huérfana de dieciséis años. Nueve meses atrás se había vendido a un soldado alemán por dos cajetillas de tabaco y una tableta de chocolate. Iba camino de Tromsø. Finnmark estaba en llamas. El bebé se había abierto camino a veintidós grados bajo cero y, tras ser envuelto en una manta de lana apolillada, había quedado al cuidado de un matrimonio de Kirkenes. Caminaban por la carretera con un niño de cinco años de la mano, y antes de que tuvieran tiempo de darse cuenta de lo que ocurría el camión en que viajaba la adolescente había desaparecido. La niña de dos horas no había recibido de su madre nada más que el nombre, Marry. Con dos erres. Ella siempre tuvo cuidado de que así fuera.

Contra todo pronóstico, la familia de Kirkenes fue capaz de mantener vivo al bebé. Se la quedaron año y medio. Antes de que Marry cumpliera los diez había dejado atrás otras cuatro familias de acogida. Marry era espabilada, sorprendentemente poco agraciada y además tenía una pierna lesionada a causa del parto. Cojeaba. Cada vez que ponía el pie derecho en el suelo se volvía, como si tuviera miedo de que estuvieran siguiéndola. Sus dificultades para moverse contrastaban con la velocidad a la que se largaba. Después de dos años batallando en un orfelinato de Fredrikstad Marry se fue a Oslo a buscarse la vida por su cuenta. Tenía doce años.

Y se apañó sola.

Ahora era la puta más vieja de las que hacían la calle en Oslo.

Era una mujer singular en más de un sentido. A lo mejor era portadora de un gen tozudo que la había ayudado a sobrevivir más de medio siglo en el negocio, o tal vez fuera pura cabezonería. Los primeros quince años los aguantó gracias al alcohol. En 1972 se enganchó a la heroína. Fue una de las primeras personas a las que se ofreció la posibilidad de recibir metadona en Noruega.

—Demasiao tarde —dijo Harrymarry, y siguió su camino cojeando.

A finales de la década de 1970 tuvo su primer y último encuentro con los servicios sociales. Necesitaba dinero para comer, unas pocas coronas, pues llevaba dieciséis días pasando hambre y se desmayaba todo el rato, lo que no era bueno para el negocio. Fue de un funcionario a otro y no consiguió otra oferta que pasar tres días desintoxicándose. Nunca más se acercó a los servicios sociales, incluso la pensión por invalidez que le concedieron en 1992 la tramitó su médico. El matasanos era un tipo legal, tenía su misma edad y nunca le había puesto mala cara cuando se dejaba caer por su consulta con las rodillas doloridas y llena de sabañones. Con los años también había contraído alguna que otra enfermedad venérea sin que por eso la sonrisa del médico fuera menos cordial cuando Marry entraba cojeando en su cálida consulta de la plaza de Schous. La pensión le llegaba para el alquiler, la electricidad y la tele por cable. El dinero que sacaba de la calle se iba en droga. Harrymarry nunca tuvo presupuesto para comprar comida. Cuando pasaba por dificultades se olvidaba de las facturas. La desahuciaban. Nunca estaba en casa cuando llegaban y nunca protestaba. Le sellaban la puerta y se llevaban sus cosas. A veces era complicado encontrar un sitio para vivir y pasaba un invierno o dos en un albergue.

Estaba cansada, exhausta. Hacía una noche helada. Harrymarry llevaba una minifalda rosa, medias de rejilla rotas y una chaqueta plateada de lentejuelas. Intentó arroparse mejor pero no sirvió de mucho; tenía que meterse en algún sitio y el Hogar del Misionero era el mejor a pesar de que no dejaban entrar a gente drogada. Harrymarry llevaba tantos años colgada que era imposible decir si iba puesta o no. A la altura de la comisaría torció a la derecha. El parque que rodeaba la construcción en arco de Grønlandsleiret 44 era el área de descanso de Harrymarry. La gente bien se cuidaba mucho de ir por allí. Un negrata podía pasarse la tarde ahí sentado con la parienta, mientras una pandilla de críos daban patadas a un balón y reían asustados cuando veían acercarse a Harrymarry. Los borrachos eran legales y hacía mucho que la poli había dejado de meterse con una puta honrada.

Esa noche el parque estaba vacío. Harrymarry salió arrastrando los pies del círculo de luz que proyectaba el foco junto a la verja de la vieja cárcel. Llevaba en el bolsillo su bien merecido chute para pasar la noche; solo tenía que encontrar un sitio donde metérselo. En la parte norte de la comisaría estaba su escalera, sin iluminar y siempre vacía.

—Coño, joder.

Alguien le había quitado su escalera, el lugar donde iba a chutarse, donde esperaría a que la heroína le pusiera a tono el cuerpo. La escalera trasera de la comisaría, a tiro de piedra de los muros de la cárcel, era suya. Alguien se la había quitado.

—¡Eh, tú!

El hombre no parecía haberla oído. Harrymarry fue hacia él tambaleándose. Los altos tacones se hundían en las hojas podridas y las cagadas de perro. A lo mejor era un tipo guapo, no se le veía bien la cara, ni siquiera inclinándose hacia él. Estaba demasiado oscuro. Del pecho le sobresalía un enorme cuchillo. Harrymarry era una persona con sentido práctico. Pasó por encima del hombre, se sentó en el último escalón y sacó la jeringuilla. La cálida y agradable sensación de tener sus necesidades cubiertas le llegó antes de sacar la aguja de la vena. El tipo estaba muerto, probablemente asesinado. Harrymarry había visto gente asesinada antes, pero nunca a alguien tan bien vestido como ese. Seguro que había sufrido un asalto, un atraco. O tal vez era un maricón que se había tomado demasiadas libertades con uno de esos chavales que se vendían por cinco veces lo que cobraba Harrymarry por una mamada.

Se puso de pie entumecida y se tambaleó un poco. Se quedó unos instantes observando el cadáver. El hombre llevaba un guante puesto; el otro estaba a su lado. Sin dudarlo mucho Harrymarry se agachó y cogió los guantes; le estaban grandes pero eran de piel auténtica y estaban forrados de lana. El muerto ya no los necesitaba. Se los puso y echó a andar para coger el último autobús rumbo al albergue nocturno. A unos metros de allí encontró un pañuelo; esa noche Harrymarry estaba de suerte. No sabía si era la heroína o las nuevas prendas, el caso era que tenía menos frío. Quizá se permitiría coger un taxi. Y tal vez llamaría a la policía para decirles que tenían un cadáver en el jardín trasero. Pero lo más importante era conseguir una cama, no recordaba ni el día que era y necesitaba dormir.

2

María, madre de Jesús.

La imagen colgada en la pared de detrás de su cama recordaba a una antigua estampita. Un rostro piadoso con los ojos entornados y las manos juntas para rezar. Hacía mucho que el halo que le rodeaba la cabeza se había transformado en una vaga nube de polvo.

Al abrir los ojos Hanne Wilhelmsen comprendió que se había dejado engañar por sus rasgos débiles, la fina nariz y el cabello oscuro con raya en medio. Ahora que lo veía claro no entendía por qué había tardado tanto tiempo en descubrirlo. Era el mismo Jesús quien había vigilado su sueño todas las noches durante casi medio año.

Un haz de luz se posó sobre el hombro del hijo de María. Hanne se incorporó y entornó los ojos para protegerlos de la claridad que se abría paso entre las cortinas. Se llevó la mano a los riñones sorprendida al encontrarse atravesada en la cama. No recordaba la última vez que había dormido toda la noche de un tirón. Al poner los pies sobre el suelo helado dio un respingo. Se detuvo en la puerta del baño para echar otra mirada a la imagen. Recorrió el suelo con la vista. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que era azul. Se tapó un ojo y observó con el otro. Hanne Wilhelmsen llevaba alojada en la austera habitación de Villa Monasteria desde mediados del verano. Se acercaba la Navidad. Sus días habían sido grises, del mismo tono que los alrededores del gran edificio de piedra. Incluso en verano el paisaje de Valpolicella que se divisaba desde el ventanal del segundo piso había estado monótonamente desprovisto de color. Las parras se aferraban a los postes amarillentos; la hierba agostada se pegaba a los muros de piedra.

Media hora más tarde, cuando abrió las puertas que daban al patio cubierto de gravilla de Villa Monasteria, la envolvió el frío aire de diciembre. Caminó indecisa hacia el bosque de cañas de bambú que crecía unos veinte metros más allá. En el sendero que lo cruzaba por en medio había dos monjas charlando animadamente. Bajaron

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta