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SIN RETORNO

Susana Rodríguez Lezaun  

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Fragmento

1

La luz del sol se filtraba a raudales entre las cortinas del salón. Sobre los rayos, apenas tamizados por la fina tela de los estores, miles de diminutas motas de polvo interpretaban una danza alocada. Ajena a todo lo que le rodeaba, Irene se frotaba nerviosa las manos, sentada en el borde del sofá, intentando poner un poco de orden en sus pensamientos. Apretaba los labios con fuerza, sobreponiéndose al intenso temblor que sacudía su cuerpo y provocaba el rítmico castañeteo de sus dientes, hueso contra hueso, en una enloquecedora sintonía que parecía no tener fin. No sintió el golpe de aire fresco que le llegó desde la ventana entreabierta, ni el lejano piar de una bandada de pájaros que regresaba al Norte, huyendo del calor extremo del Sur. Tenía que ser hoy, decidió. Mañana sería demasiado tarde. Marcos no solía emborracharse tanto hasta el fin de semana; pero hoy, a pesar de ser miércoles, había llegado a casa tambaleándose, con una botella de ron mal disimulada en el interior de su ajado maletín negro. Apestaba a alcohol y a sudor. Sin duda, algo había ido mal en el bufete.

Como tantas otras veces, ni siquiera la miró con sus ojos de borracho, empañados en alcohol, abiertos lo suficiente para distinguir, entre el vaho, la realidad que lo rodeaba. La esquivó en la cocina, de donde salió con un vaso en la mano, y caminó zigzagueando por el pasillo, intentando enfocar las esquinas y las puertas, hasta que consiguió llegar al dormitorio. Se tumbó sobre la cama sin quitarse los zapatos, encendió el televisor con el mando a distancia y se sirvió el primer vaso de ron, sin hielo ni cola, nada que amortiguara el anhelado efecto anestésico que necesitaban sus sentidos.

Irene lo observó unos instantes desde la puerta, con la mano crispada sobre el marco de madera. Fueron muy pocos segundos, apenas un aleteo, pero los necesarios para que él sintiera su presencia. En el hombre que exudaba bilis y alcohol por todos sus poros no quedaba nada de aquel otro que la volvía loca con sus besos; nada del joven abogado, atractivo y osado, una promesa del derecho, que consiguió llevarla hasta el altar a pesar de todas sus reticencias respecto al matrimonio. El sujeto que la miraba ahora desde la cama no tenía nada que ver con Marcos.

—¿Qué miras, imbécil? Ni siquiera tendrías que estar aquí. Deberías estar muerta. —A duras penas fue capaz de balbucear las palabras, pero el mensaje era claro. Cada sílaba destilaba odio, cada gota de saliva escupida hacia su cuerpo era un insulto, una amenaza apenas disimulada.

Tras este saludo, Marcos volvió a concentrar su atención en la pantalla y siguió bebiendo del vaso que colgaba de su mano mientras ella daba un rápido paso hacia atrás, apartándose inmediatamente de su vista. Respiró hondo apoyada en la pared del pasillo, recuperando el latido y el aliento. Escuchó el tintinear de la botella contra el vaso de cristal cuando Marcos se sirvió un nuevo trago, y sintió en el silencio que siguió cómo el alcohol se abría camino desde su garganta hasta su estómago.

Refugiada en la cocina, Irene supo que no tenía más opción que actuar. Sus brazos todavía guardaban, morado sobre blanco, las marcas que le habían dejado los dedos de Marcos cuando la zarandeó. Tenía grabadas en la memoria las imágenes de la última paliza. Volvió a sentir los nudillos de su marido contra su vientre; la punta de su zapato lacerando de nuevo la piel de su espalda, y la mano que antes la acariciaba, agarrándola con violencia del pelo, arrastrándola por el suelo y obligándola a gatear tras él, a suplicar que la soltara, que la dejara vivir. Cerró fuerte los ojos y sacudió la cabeza para alejar de ella los golpes, los gritos y los insultos. No era momento para las lágrimas. Apartó de un manotazo las gotas saladas que escapaban de sus ojos y apretó los puños. Conocía perfectamente los hábitos de su marido. Continuaría bebiendo hasta caer en un sueño semiinconsciente, con la mente perdida entre los vapores del alcohol. La tranquilidad duraría tres o cuatro horas y, después, despertaría hambriento y malhumorado. Si la encontraba en casa, le pegaría para desahogarse. Y si no estaba, su enfado iría en aumento por cada segundo de ausencia, para estallar más tarde en una sonora bofetada en la misma puerta, a la que seguirían decenas de golpes más en cuanto hubiera cruzado el umbral de su casa.

Marcos no siempre había sido así. La «mala racha» comenzó cuando el bufete para el que trabajaba perdió varios clientes importantes y lo acusaron de no haber sabido manejar adecuadamente las cuestiones legales que debía controlar. Un par de malos consejos en el peor de los momentos y se convirtió en poco más que un pasante en el despacho. Los que hasta ese momento habían sido sus compañeros del alma, colegas en los éxitos, amigos en los buenos tiempos hicieron leña del árbol caído. Las bromas de dudoso gusto y las insinuaciones de incapacidad pronto dejaron paso a las acusaciones directas. No tardaron en repartirse su cartera de clientes y encomendarle los casos administrativos que podría resolver incluso un estudiante de segundo curso. El alcohol apareció entonces ante sus ojos como el asidero perfecto para soportar las constantes humillaciones, un endeble bastón en el que apoyarse y mantener el tipo hasta que saliera del bache. Cada vez eran más frecuentes las tardes en las que llegaba a casa con media botella de ron oculta en el maletín. Abandonaba el despacho cabizbajo, con el corazón hecho un guiñapo y un enorme agujero negro en el estómago. Sentado al volante de su coche, se calentaba el espíritu con un primer trago. La botella menguaba rápidamente al cerrar tras de sí el portón del garaje de su casa. Bebía solo y en silencio, oculto entre las sombras del aparcamiento, madurando la ira que sentía hacia sus compañeros para descargarla más tarde sobre la espalda de su mujer. Aun así, nunca nadie le vio dando tumbos por la calle. «La dignidad» pensaba, «es lo único que me queda». Y cada día entraba en casa borracho, pero con la cabeza alta.

Irene se sentía impotente para ayudar a un marido que no deseaba ser ayudado. Al principio, Marcos ignoraba sus súplicas y reproches. Después, comenzó a responderle airado cada vez que ella le pedía que dejase de beber y le hacía ver su deterioro personal. Pronto llegaron los insultos y algún empujón en el pasillo cuando ella se interponía en su camino entre la cocina y el dormitorio. Un día, Marcos dejó que la ira se apoderase definitivamente de él y le propinó una sonora bofetada, un golpe seco que todavía resonaba en su cabeza. Lejos de arrepentirse, descubrió con satisfacción que se sentía mejor. A ese primer golpe le siguieron muchos otros. Cientos. Pero hoy todo iba a terminar.

Esperó paciente y en silencio a que el ron surtiera su efecto aletargador. El ruido del mando a distancia al caer al suelo le indicó que ya estaba profundamente dormido. Nada sería capaz de despertarlo ahora.

Se dirigió rápidamente hasta su habitación y abrió la puerta con cautela. El aire apestaba a alcohol. Comprobó que, efectivamente, su marido tenía los ojos cerrados. No percibió en él otro movimiento que el lento subir y bajar de su pecho. El traje gris, impecable por la mañana, estaba sucio y arrugado. Se había aflojado el nudo de la corbata, que caía flácida sobre la pechera de su camisa blanca. En las axilas y en los puños pudo ver amplias manchas de sudor, cercos oscuros que vulgarizaban el caro tejido. Como en otras ocasiones, ni siquiera se había molestado en quitarse los zapatos. El betún negro con el que siempre lustraba el calzado había dejado la huella de un zarpazo oscuro sobre la colcha.

Irene cerró la ventana y bajó la persiana. La luz procedente del pasillo era más que suficiente para ver con claridad en el interior del dormitorio sin tener que encender las lámparas. Eran poco más de las seis de una preciosa tarde del mes de junio y el sol todavía brillaba con fuerza. Con cuidado de no hacer ruido, aunque estaba segura de que ni un terremoto sería capaz de despertarlo ahora, sacó del cajón de su mesita de noche un cenicero, un paquete de tabaco rubio y un mechero. Abrió el paquete con mano temblorosa, se deshizo del celofán y el papel plateado, y extrajo un cigarrillo. La llama del mechero osciló temblorosa. Succionó el filtro con fuerza, como le había visto hacer mil veces a su padre, y le dio varias caladas, intentando contener las náuseas que le producía el humo al atravesarle la garganta. Consumido medio cigarrillo, colocó el cenicero sobre la cama, al alcance de la mano de Marcos, que continuaba roncando ajeno a todo. Después, dejó el pitillo directamente encima de la colcha. Esperó unos instantes, hasta ver cómo unas chispas anaranjadas comenzaban a extenderse poco a poco en círculo sobre la tela, alrededor de la colilla encendida, produciendo un denso humo negro. Sin embargo, temía que la llama, tan pequeña en ese momento, se consumiese antes de prender toda la cama, o que Marcos se despertara por el calor y el humo y consiguiera salir de la habitación. Eso sería su fin. Presa de un pánico momentáneo, y a pesar de que su marido seguía inmóvil y roncaba cada vez más intensamente, Irene decidió ayudar a las chispas del cigarrillo prendiendo con el mechero la esquina de la colcha en el lado en el que ella dormía.

Marcos, sumido en su sueño etílico, arrugó levemente la nariz, movió la cabeza de un lado a otro y volvió a dormirse con la boca abierta. Varios mechones de pelo, empapados en grasa y sudor, se movieron sobre su frente hasta rozarle un párpado. Levantó una mano e intentó apartarse el pelo de la cara, pero el brazo volvió a caer laxo sobre su cuerpo, con la mano en la cadera, como si buscara algo en el bolsillo del pantalón. La colcha continuaba quemándose sin producir llamas, pero el humo llenaba ya la mitad de la habitación y comenzaba a rodear el cuerpo inerte de su marido. La nube negra trepaba por sus piernas despacio, en bocanadas redondas y amenazantes que cada vez llegaban un poco más arriba, robándole el oxígeno, engullendo su vida.

Durante un segundo pasó ante los ojos de Irene la imagen de un Marcos sonriente y feliz. Recordó los largos paseos cogidos de la mano, sintió sobre su piel el calor de su mirada, la pasión de sus caricias. Luego lo contempló, tumbado sobre la cama, inconsciente, borracho y sucio. Miró sus largos y cuidados dedos y la sombra de una sonrisa asomó a sus labios al acordarse de la incomodidad de su marido la primera vez que ella insistió en arreglarle las uñas, una costumbre íntima que repetían con asiduidad: él sentado sobre el taburete del baño, apenas tapado con una toalla, húmedo y caliente después de una ducha, y ella sentada frente a él, limándole las uñas, apartándole las cutículas, extendiendo la crema sobre la palma de su mano, en el dorso, dedo a dedo. Pensó en sacarlo de allí, llamar a los bomberos y, simplemente, pedir el divorcio. Pero el dolor de sus moratones la devolvió a la realidad. Él la mataría antes que permitirle marcharse. Sus palabras no dejaron lugar a dudas. Fue la última vez que la miró a los ojos, fijamente, sin pestañear. Le dijo que no podía irse, que la mataría si lo intentaba. Eso fue todo. Y ella le creyó. La decisión era fácil; «Es mi vida o la suya», decidió.

Una bofetada de calor la sacó de su ensimismamiento. El humo la envolvía. Salió rápidamente de la habitación sin volver la vista atrás. Ya no había lugar para el arrepentimiento. Cerró la puerta con decisión y corrió al baño a por unas toallas. Las colocó en el suelo, tapando la rendija de la puerta, impidiendo al humo cualquier vía de escape, y esperó con la mano firmemente asida al pomo, atenta a cualquier sonido procedente del interior de la habitación. Aunque el olor era cada vez más fuerte, no se oía nada. ¿Cuánto tiempo tendría que esperar hasta estar segura de que Marcos no se levantaría nunca más? ¿Cinco minutos?, ¿diez?

La puerta emanaba un intenso calor y apenas era ya capaz de sostener la manilla. Retiró la mano, sobresaltada, y comenzó a actuar con rapidez. Recogió las toallas y las volvió a dejar en el baño. Cuando pasó de nuevo ante la puerta de su habitación vio cómo el humo escapaba por la rendija en densas oleadas, como si fuera agua derramada, para volver a entrar de nuevo en el cuarto, absorbida por el vacío. Le dio la sensación de que la muerte le sacaba la lengua, burlándose de ella. Mientras corría hacia el salón escuchó extraños sonidos procedentes de su dormitorio, secos crujidos sin eco que hacían tambalearse las paredes. Cogió su bolso de encima del sofá y se apresuró a salir a la calle. El pequeño jardín delantero de su vivienda unifamiliar estaba rodeado por un alto seto. Marcos y ella lo plantaron poco después de casarse para poder salir desnudos al jardín y tumbarse en el césped a tomar el sol, hablar en voz baja y acariciarse mirándose a los ojos hasta que la urgencia los llevaba a la habitación, donde podían pasarse la tarde entera haciendo el amor. Ahora, el seto servía para ocultar su miedo, su humillación, la sangre, los moratones y las borracheras de su marido.

Se detuvo un momento para respirar y calmarse. Comprobó que desde fuera nada hacía sospechar lo que estaba ocurriendo dentro. Afortunadamente, su casa era la última de una hilera de viviendas adosadas. No tenía vecinos a la izquierda, y a la derecha vivía una familia cuyos hijos tenían una agenda de actividades extraescolares tan apretada que nunca llegaban a casa antes de las nueve de la noche.

Echó un rápido vistazo a la calle. No había nadie en las aceras y las casas colindantes permanecían silenciosas. El sol la cegó durante unos segundos, deslumbrándola con un fogonazo de luz inesperado después de la oscura agonía que dejaba a su espalda. Un vibrante siseo alcanzó sus oídos, seguido por el inconfundible crujido sordo que había escuchado un momento antes, procedente del interior de la habitación. Tras un instante de silencio, una fuerte explosión estuvo a punto de tirarla al suelo. La onda expansiva la golpeó por la espalda y le hizo errar en su intento de abrir la puerta del jardín. Se

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