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SIR DOMINICK FERRAND (FLASH RELATOS)

Henry James  

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Fragmento

I

«Hay algunas pegas, pero si lo modifica lo aceptaré –decía la árida nota del señor Locket; y no había malgastado tinta en la posdata al añadir–: Venga a verme, y le explicaré lo que me propongo.» Esta comunicación había llegado a Jersey Villas con el primer correo, y Peter Baron casi no había tenido tiempo de engullir su correosa tortita antes de ponerse en marcha en cumplimiento de las órdenes del editor. Sabía que esta precipitación delataba mucha impaciencia, y no tenía ninguna gana de parecer impaciente: eso no decía nada en su favor; pero ¿cómo conservar, como una deidad, la calma, por muy predispuesto a ella que estuviese, si era la primera vez que una de las más importantes revistas aceptaba, aunque fuera haciendo ciertos crueles distingos, una muestra de su apasionado genio juvenil?

No fue hasta que, como un niño pegado a una caracola, empezó a oír el potente rugido de las «corrientes subterráneas», cuando, en su vagón de tercera, la crueldad de los distingos penetró, con el sabor del humo acre, en lo más sensible de su interior. Estar impaciente era realmente humillante, sabiendo como sabía que iba a tener que «modificar». En esos momentos Peter Baron trataba de convencerse a sí mismo de que no iba corriendo a delatar la urgencia de sus necesidades, sino a defender algunos de sus pasajes más atrevidos, aquellos que, con toda seguridad, despertaban las reticencias del director de la Promiscuous Review. Se convenció –como si quisiera convencer a su mugriento compañero de pasaje– de que ardía de indignación; pero se dio cuenta de que, a los pequeños y redondos ojos de ese correligionario aún más abatido, él representaba la imagen del éxito egoísta. Le habría gustado poder recrearse en la idea de que la Promiscuous le había «llamado»; pero, pensaran lo que pensasen en las oficinas de esta revista sobre algunos de los vuelos de su fantasía, no eran poco firmes las sospechas que de vez en cuando le asaltaban de que allí él no pasaba de ser un pesado al que se habían llegado a habituar. Lo único claramente halagüeño era la circunstancia de que la Promiscuous rara vez publicaba obras de ficción. Esto significaba que iba a verse envuelto en la desviación de un hábito

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