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SIRIA, EL PAíS DE LAS ALMAS ROTAS

Javier Espinosa   Mónica G. Prieto  

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Fragmento



Índice

Siria, el país de las almas rotas

Prólogo

1. La dictadura del Doctor B

2. Revolución 2.0

3. Homs, cuna de la revolución

4. Libertad en las montañas de Idlib

5. Baba Amr, primer asalto

6. La batalla final de Baba Amr

7. La radicalización de la insurgencia

8. Veneno sectario en las venas de la revolución

9. La expansión de la insurgencia y el odio

10. El humor, la última barricada frente al caos

11. Asalto contra Alepo

12. La vida entre escombros

13. Siria regresa a la Edad Media

14. Raqqa, el último espejismo

15. El futuro petróleo del ISIS

16. El gran éxodo

17. La guerra siria se libra en el Líbano

18. Construyendo un estado islámico

19. Venganza en Taftanaz

20. La línea que nunca fue roja

21. El ISIS destruye la revolución

22. En las entrañas de Estado Islámico

23. Negociar con el diablo

Epílogo. El califato devora la revolución

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A Serene, Safa, María, Ghaith, Yaroub, Pasqual y Gervasio,

nuestra familia en la adversidad,

por su incondicional apoyo e infinita paciencia

 

A los amigos invisibles

 

¿Quieres una sencilla explicación sobre qué ha generado al ISIS? Aquí va: el fracaso de las élites poscoloniales a la hora de crear sociedades genuinamente democráticas y fomentar un sentido de la unidad nacional, optando en cambio por dictaduras militares que erosionaron el potencial de desarrollo económico y político, junto con los errores históricos de los partidos progresistas árabes y su pasividad frente a líderes autocráticos que han contribuido al total debilitamiento del contexto de la alternativa política que podría haber creado una resistencia orgánica hacia las intromisiones externas; las intervenciones militares totales y hegemónicas que han permitido una interpretación radical de la religión como la única plataforma ideológica restante capaz de movilizar a aquellos privados de sus derechos, exacerbado por el retroceso a escala mundial de los ideales universales y el aumento de la identidad como agente de movilización primordial, habilitado por el apoyo político y financiero de regímenes teocráticos deseosos de apuntalar su legitimidad y agravado por el colapso de la seguridad regional, que ha creado condiciones para guerras subsidiarias; así como las convulsiones políticas, sociales y económicas intensificadas por conflictos intromisivos geopolíticamente incoherentes y dirigidos a intensificar un perpetuo estado de caos bajo el cual el llamamiento a un orden revivalista políticoreligioso encarnado en el califato se convierte en algo atractivo, particularmente cuando se combina con una narrativa apocalíptica milenaria. Sencillo.

KARL SHARRO,

arquitecto libanés y autor del blog Karl reMarks

Prólogo

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Antioquía (Turquía), enero de 2014

Su imagen respondía fielmente a la descripción que había recibido y que podía resumirse en dos sencillas, casi pueriles, palabras: «Da miedo». Su rostro anguloso, ensombrecido por pequeños ojos hundidos, quedaba enmarcado por una profusa melena de pelo negro grasiento y recogido en una coleta; su constitución musculosa resultaba amplificada por una indumentaria estrictamente negra que respondía exactamente al prototipo de combatiente islamista radical al que nos tenían acostumbrados los grupos próximos a Al Qaeda en Siria. Musab vestía como miraba y como se comportaba: de forma agresiva, bravucona, cruel y descreída. Personificando una hombría mal entendida, una completa ausencia de escrúpulos y su larga experiencia —casi una década— torturando y asesinando a sueldo del Estado Islámico, primero en Irak y luego en Siria.

Hollywood no habría encontrado un físico mejor para representar a la demonizada organización, pero la última sensación que provocó nuestro encuentro fue temor. Agotada tras meses de infructuosas gestiones con todo tipo de bienintencionados activistas, líderes de milicias, señores de la guerra, jeques del Golfo, ideólogos salafistas, buscarrecompensas, políticos deseosos de hacerse la foto y dudosos espontáneos en busca de un papel estrella en la tragedia, Musab representaba la mejor opción para obtener resultados. No estaba dispuesta[*] a arruinar el encuentro y, además, podía detectar el remoto tufo que despedía su puesta en escena. Pretendía ser mucho más de lo que creía ser, especialmente lejos del feudo psicópata donde se sentía seguro. Y creía tenerlo fácil con una mujer debilitada por un secuestro como audiencia: el fiero yihadista frente a una llorosa madre de familia que también sabía cuál era el papel que le correspondía en aquel absurdo drama.

Desde el inicio de la reunión —a la que había accedido a regañadientes, tras dos días de ruegos, en lo que parecía otro gesto teatral—, su gesto era altivo, casi de fastidio. Transmitía indiferencia y rencor, pero también curiosidad.

—¿Por qué vas velada? ¿Te has convertido al islam? —preguntó cuando tomé asiento, ataviada con hiyab y abaya, en la cafetería de Antioquía donde se celebraba el encuentro, a pocos kilómetros de la frontera siria.

—Por respeto —respondí empleando una estudiada fórmula que me había funcionado en innumerables ocasiones en el pasado—. Resido desde hace más de diez años en países musulmanes y agradezco ser vuestra invitada.

—Ajá —asintió—. Javier también es nuestro invitado, como sabes.

Fina ironía de un hombre acostumbrado a hacer daño.

—Claro, pero mantenerle como huésped de forma indefinida os va a salir caro. Y sus hijos preguntan por él. —Decidí apostar por uno de los escasos puntos fuertes de nuestra situación de debilidad—. Lo hacen en árabe, porque, como sabréis, han nacido en Oriente Próximo y lo hablan tan bien como tú. La pequeña se llama Nur [«Luz»], y Nur llora cada día por su padre. Por eso quiero saber cómo deseáis resolver esta situación.

Su mueca rayó el desprecio.

—Hablas como si creyeses que sigue vivo. ¿Qué te hace pensarlo? —insinuó con sonrisa burlona.

—Que no perderías el tiempo con una viuda. Estoy segura de que eres un hombre muy ocupado.

Musab arqueó la espalda columpiando la silla hacia atrás, antes de encender un cigarrillo que me rompió los esquemas. Llegué a dudar de la autenticidad del personaje, dado que el tabaco es un hábito que puede costar caro en su estado islámico. Conocí demasiados casos de amputación de dedos, desde Chechenia hasta Irak, por haber osado encender un pitillo, pero, obviamente, esa era una regla que no se aplicaba a los dirigentes del Dawla,[1] como me esforzaba en llamarlo ante su presencia, sobre todo cuando estaban fuera de sus fronteras. Y decidí arriesgarme a pedirle una deferencia que en aquellos momentos de tensión se antojaba perentoria.

—¿Puedo fumar?

Tras unos segundos, asintió.

Pausadamente, saqué un pitillo y lo encendí con su propio encendedor; tras inhalar una bocanada de humo, ordené mentalmente las preguntas que necesitaba hacer y las que me convenía hacer para ganarme su confianza y confirmar que era la persona que decía ser.

Sin duda, se trataba de la entrevista menos profesional y más complicada que hubiera mantenido jamás. Por primera vez no podía, no debía ser objetiva, porque la historia sobre la que versaba aquella primera conversación era el destino de mi pareja, y por tanto de mi propia vida. Debía calcular mi exposición emocional y, al mismo tiempo, exprimir al máximo la simpatía que podía generar en un sujeto con el que no se podía tener nada en común. Contaba con mi mejor virtud profesional: una capacidad para empatizar con cualquiera que me había permitido mantener conversaciones —no meras entrevistas— con criminales de guerra, extremis

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