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SISSI, EMPERATRIZ ACCIDENTAL (SISSI 1)

Allison Pataki

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Fragmento

Introducción

Corre el año 1853 y el Imperio austríaco abarca gran parte de Europa, extendiéndose desde Italia hasta la frontera rusa y desde el norte de Alemania hasta los Balcanes.

El emperador Francisco José, uno de los monarcas más poderosos del mundo, reina sobre más de treinta y cinco millones de almas, que incluyen católicos, protestantes, judíos y musulmanes. Sus súbditos son austríacos, húngaros, alemanes, checos, croatas, italianos, gitanos y personas de otras etnias.

Austria es la quintaesencia de ese imperio multiétnico, un rompecabezas políglota que se mantiene unido no por la nacionalidad, ni por la religión, ni por la lengua, ni siquiera por un sentimiento de afecto mutuo. Solo hay un vínculo común que mantiene unidas esas tierras, a esas gentes y esos intereses tan dispares: Francisco José. Un joven apuesto de poco más de veinte años, de pelo castaño cobrizo ondulado y de ojos azules con expresión seria que reina por derecho divino, una figura bendecida, una institución más que un simple hombre.

Francisco José llega al poder en 1848, año en el que las revoluciones asolan Europa, derribando monarquías en una oleada de idealismo liberal y de fervor nacionalista. En ningún otro lugar se alienta dicho fervor revolucionario, para después aplastarlo, como en el Imperio austríaco. Tras sofocar revueltas tanto en Hungría como en Italia, Francisco José le arrebata el trono a su tío, un hombre débil, y afianza su poder sobre el gobierno de Viena y de todo el reino.

Sin embargo, unos años después del comienzo de su reinado, un nacionalista húngaro ataca a Francisco José mientras pasea por Viena y le asesta una puñalada en el cuello. El imperio se estremece y reza mientras el emperador yace en la cama de un hospital, recobrándose de la herida. La necesidad de un heredero al trono de los Habsburgo nunca fue más evidente.

Gracias a su apostura, a su simpatía y, no en menor medida, a su rutilante imperio, Francisco José cuenta con un buen número de jovencitas deseosas de convertirse en su futura esposa.

Sin embargo, el consejero más poderoso de Francisco José no es un general de porte rígido ni un burócrata bigotudo. La persona cuyos consejos más busca Francisco José es su madre. La archiduquesa Sofía es, al fin y al cabo, la persona que lleva toda la vida educándolo para que asuma ese papel y la que ha encontrado el modo de situarlo en un trono que no le pertenecía. Y ya tiene a una novia en mente.

Siguiendo el consejo de su madre, Francisco José envía una invitación a Baviera a su bella y joven prima Elena, quien se siente intimidada y a la vez halagada al recibirla. Cuando Sissi, la alegre hermana menor de Elena, de quince años, decide acompañarla, ninguno de los implicados sabía hasta qué punto iban a cambiar sus vidas… y el mundo.

Prólogo

Budapest, Hungría

8 de junio de 1867

—Emperatriz, estamos listos.

Ella se vuelve, asiente levemente con la cabeza y hace una floritura con la mano.

—Ha llegado el momento de asumir el papel.

Pasa los brazos por las mangas. La prenda de seda, cortada y cosida por expertos, se amolda a sus curvas. ¡Por Dios…! Jamás se acostumbrará a semejante carga. Todas esas cosas parecen pesar más que su propio cuerpo, tan cansado.

Los criados y los asistentes parlotean con nerviosismo y discuten como abejas frenéticas en la colmena alrededor de su importante líder.

—¡Ahuecadle la falda!

—¡Cuidado con el bajo!

—¡Es hora de irse!

—¿Ya? No puede ser…

—¿Lista, emperatriz Isabel? —le pregunta la peluquera imperial, que está frente a ella con la antigua diadema entre las manos. Los diamantes relucen a la luz de las velas. La corona, tan delicada como una telaraña, ha sobrevivido sin embargo al paso de los siglos, más que las regias cabezas en las que descansó. Unas cabezas que a esas alturas están embalsamadas, con el pelo gris y marchito.

—Lista.

La emperatriz asiente y baja la barbilla para que puedan colocarle la diadema sobre su cabello castaño rizado. Ese cabello sí que es la joya más valiosa del tesoro de los Habsburgo. Según se dice, fue lo que conquistó el corazón del emperador.

Una vez con la diadema ceñida, avanza para mirarse en el espejo de cuerpo entero. Está deslumbrante. Hasta ella tiene que admitirlo.

El vestido está confeccionado con brocado de seda blanco y plateado, adornado con hileras de diamantes y cosido de manera que se ajuste a su delgada figura. De sus hombros pende una capa de satén blanco que arrastra por el suelo. Pero es su rostro lo que casi siempre quieren ver, más que cualquier vestido imperial o una diadema antigua. Todos han oído hablar de sus ojos almendrados del color de la miel. De sus pómulos cincelados. De sus labios, esos labios de los que el emperador dijo en una ocasión que eran «tan refrescantes como las fresas». El emperador… El corazón le da un vuelco en el pecho. ¡Por Dios…! Qué cansada está. ¿Tendrá la energía suficiente para sobrevivir a ese día?

Alguien llama a la puerta y el corazón le da otro vuelco. Alza la vista y sus ojos vuelan hacia la recia puerta de roble. ¿Cuál de ellos estará al otro lado? ¿Será el emperador? ¿O será… él? La idea le arrebola las mejillas y ella misma se reprende. Pese a todo lo que ha superado, todavía se sonroja como una niña de dieciséis años al pensar en él, al oír su nombre. Ni su propio esposo consigue ruborizarla de esa manera.

La puerta se abre, gruñendo como un guardia perezoso que alguien ha despertado para que realice la ronda nocturna después de beber demasiada cerveza. Lo ve al instante, y él la ve a ella. La mira de arriba abajo. La expresión de su cara le indica que ha logrado dejarlo sin aliento. Parece un animal asombrado.

—Sissi… —Es lo único que atina a decir. Extiende los brazos como si quisiera abrazarla, pero se reprime al reparar en todos los criados que hay a su alrededor—. Majestad. —Carraspea—. ¿Está lista?

Ella inspira mientras medita la respuesta. ¿Está lista? No. Nunca lo ha estado, supone. Ese era el problema, ¿verdad? Aun así, levanta la barbilla y endereza los hombros.

—Lo estoy —contesta al tiempo que asiente brevemente con la cabeza. Avanza con elegancia. El vestido es un lastre. Tanta opulencia resulta demasiado pesada para su agotado cuerpo. Pero suspira y sigue caminando.

Ya puede oírlos al otro lado de los muros. No tanto los vítores y los gritos como una especie de latido sordo y persistente. Constante. Como el murmullo de las olas al romper en la orilla: inquebrantable, incesante.

Él le ofrece el brazo y ella lo acepta. Percibe el roce de su almidonado uniforme contra la suave piel del brazo. Alguien abre la puerta de par en par. Parpadea y ansía poder levantar una mano. Para protegerse, para ocultar su cara de todas esas miradas directas e inquisitivas. Unas miradas que la observarán, la escudriñarán como si fueran a comérsela. El instintivo y familiar deseo de huir, de escapar, se apodera de ella. Pero controla el impulso. Se yergue un poco más.

Y entonces lo oye:

—¡Sissi!

Toma una bocanada de aire. Un instante para infundirse valor mientras se vuelve hacia él.

—Ha llegado el momento.

Y así era. Por fin había llegado el momento.

 

 

 

 

 

Primera parte

Capítulo 1

 

Castillo de Possenhofen, Baviera

Julio de 1853

Sissi se agachó y miró por encima del seto. Su expresión era vigilante, sus piernas estaban preparadas para entrar en acción, su corazón bombeaba la sangre por sus venas con esa velocidad que solo los perseguidos pueden soportar.

—¡Salid, cobardes!

En ese momento Sissi atisbó la figura que atravesaba el prado. Una silueta oscura que se recortaba contra las almenas del castillo blanco y el cielo azul. Se agachó de nuevo para ocultarse. Su hermano Carlos todavía no la había encontrado y, frustrado, detuvo su caballo como para recordar al animal quién mandaba, esa autoridad que sus hermanas menospreciaban con insolencia.

Sissi observó a Carlos y su desprecio aumentó a medida que le leía el pensamiento: mientras sujetaba las riendas, se veía como si fuera un guerrero germano a lomos de un semental, preparado para cargar contra los húngaros o los polacos y conseguir la gloria en el campo de batalla.

—¡Carlos el Benévolo, duque de Baviera, exige que os presentéis ante vuestro señor y os rindáis! —Buscó por la arboleda, y sus palabras encontraron a Sissi, si bien sus ojos no lograban localizarla—. Besad el anillo y os mostraré clemencia. Más clemencia de la que merecéis. Pero si seguís escabulléndoos y escondiéndoos como ratones, tendré que sacaros a la fuerza del escondite. ¡Y cuando lo haga, desearéis haberos rendido! —El caballo golpeó el suelo con los cascos, nervioso por culpa de la fuerza con la que Carlos aferraba las riendas.

Sissi ya estaba harta de ser la presa. No era justo. Si tuviera la oportunidad de montar su propio caballo, Bummerl, perseguiría a Carlos hasta la frontera de Baviera, y él lo sabía. Pero no imaginaba que tendría que defenderse de su hermano cuando se dirigía con su hermana, Elena, a la orilla del lago del bosque para coger flores.

—Deberíamos rendirnos, Sissi. —Elena estaba agachada a su lado. Su rostro moreno acusaba su creciente preocupación—. Ya lo has oído. Si no lo hacemos, nos creará problemas.

—Bobadas, Elena.

Carlos era menor que Sissi pero la doblaba en tamaño. Tenía trece años, dos menos que ella, y un cuerpo robusto debido a la adolescencia, a la cerveza y a las salchichas. Pero aunque carecía de su físico, Sissi sabía que era capaz de batir a su hermano con la inteligencia.

—Le enseñaremos a Carlos el Benévolo el enemigo tan temible que es.

Sissi le hizo un gesto con la cabeza a su hermana al tiempo que cogía una piedra fría y suave. Elena replicó con un gemido.

—¡Que así sea! —gritó Carlos desde la linde del bosque, en el otro extremo del prado—. Habéis elegido vuestro destino. Y ese destino es… ¡el dolor! —Azuzó a su caballo clavándole los talones en los costados. El animal relinchó en respuesta y acto seguido Sissi notó que el suelo empezaba a temblar.

—Ahora sí que tenemos problemas, Sissi.

Elena se removía en su escondite como si fuera un animal herido mientras el sonido de los cascos del caballo se acercaba.

—Calla, Nené —dijo Sissi para silenciar a su hermana mayor. ¡Oh, cómo deseaba estar a lomos de Bummerl!—. Elena, cuando yo diga «corre» echa a correr. ¿Entendido?

—¿Correr hacia dónde? ¿Hacia el lago?

—No. —Sissi negó con la cabeza—. En el sentido opuesto. Hacia casa, atravesando el prado.

—¿Hacia Carlos?

—Confía en mí, Nené, ¿de acuerdo?

Tras un breve silencio Elena asintió a regañadientes. Sissi asomó de nuevo la cabeza por encima del matorral y vio que su hermano casi había atravesado el prado. Cabalgaba hacia la arboleda donde ellas se habían ocultado, con los ojos entrecerrados mientras inspeccionaba la linde de matorral. Pero todavía no las había descubierto. Sissi levantó la mano que sostenía la piedra y apuntó. El golpeteo de los cascos de

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