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SISSI, EMPERATRIZ REBELDE (SISSI 2)

Allison Pataki  

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Fragmento

Introducción

La emperatriz Isabel de Austria-Hungría, conocida como Sissi, acaba de cambiar su imperio para siempre.

A su alrededor, las grandes dinastías monárquicas se desmoronan, los reinos más poderosos del mundo se enfrentan a sublevaciones internas y a la inestabilidad externa. Pero ese no es el caso de Austria-Hungría, gracias a Sissi. La amada emperatriz ha sido la artífice en la sombra del compromiso por el cual Hungría, un territorio insatisfecho pero crucial del fracturado Imperio austríaco, ha decidido permanecer en el reino y permitir que los Habsburgo conserven sus dominios a lo largo y ancho de Europa… sin disparar ni una sola bala.

Mediante este golpe de efecto, Sissi revalida no solo su derecho al trono sino también el lugar que le corresponde junto a su marido como líder de la corte de los Habsburgo. Ha demostrado a rivales y a críticos que ya no es la muchacha ingenua y cándida de quince años de quien el emperador Francisco José se enamoró apasionadamente. Es la madre del príncipe heredero, una activista amada por su pueblo y por su emperador y, por fin, será ella quien dirija su propia vida.

Sin embargo, los peligros y las exigencias de la corte de los Habsburgo aumentarán a medida que Sissi intente ampliar su papel en ella. ¿Cuántos enemigos, conocidos o desconocidos, se ha ganado a lo largo del camino? En la Viena de mediados del siglo XIX, donde en los majestuosos salones de palacio y en los dormitorios no solo reinan los valses y el champán, sino también las tentaciones, los rivales y las constantes intrigas, Sissi se enfrenta a un sinfín de peligros y adversarios, nuevos e inesperados. ¿Podrá la hermosa, encantadora y obstinada reina de las hadas superar estas vicisitudes? ¿O está destinada a convertirse en el último sacrificio realizado en el altar del imperio más poderoso del mundo?

Prólogo

Ginebra, Suiza

Septiembre de 1898

 

Aparece de repente y es tal y como todos la han descrito: una belleza que se diría que no es de este mundo. Cuando la ve, la mira con los ojos entrecerrados, totalmente concentrado en ella. La emperatriz. Isabel. Sissi.

Desciende con elegancia los escalones del lujoso hotel, el Beau Rivage, aferrando su sombrilla mientras el brillante sol de principios de otoño ilumina la avenida. Cerca del hotel se ha congregado una pequeña multitud que se emociona al reconocer a la emperatriz.

—¡Ahí está!

—¡Emperatriz Isabel!

—¡Sissi!

O no oye los gritos o prefiere no reaccionar, pues sigue caminando con pasos largos y rápidos, alejándose del hotel. Él se separa un poco de la multitud, se niega a que su cháchara y sus gritos lo distraigan.

La emperatriz avanza por el muelle en dirección al embarcadero y al barco de vapor que la aguarda; su dama de compañía hace lo posible por seguirle el paso. Su apariencia la distingue del común de los mortales: su piel luminiscente del color de una perla; su estilizada figura con una ajustada chaqueta de cuello alto, una falda larga y un sombrero negro que oculta parte de su abundante pelo castaño. Ese pelo —tan famoso que hasta él ha leído acerca de su pelo—, oscuro, ondulado y salpicado de hebras plateadas. Observa un instante su desharrapado aspecto y chasquea la lengua, disgustado, al reparar en la suciedad incrustada bajo sus uñas y en el bajo descosido de sus pantalones.

Está tan cerca que la ve parpadear con la expresión asustada de un animal perseguido. Y eso es lo que es, por supuesto: una presa. No solo la persigue él, sino todo el mundo. Ella, como él, es una corredora. Se ha pasado la vida acosada y perseguida, desgarrada y recompuesta de nuevo, asumiendo la identidad que la gente necesitara ver en ella. Su forma de aferrar la sombrilla, que lleva inclinada hacia un lado, le indica que es más una protección contra las miradas y las palabras de la gente que contra los tibios rayos del sol. Para él esa sombrilla puede suponer un problema.

Se coloca detrás de ella y la sangre se acelera en sus venas, su cuerpo se llena de una emoción y una euforia embriagadoras. A varios cientos de metros de allí, el barco de vapor la espera flotando en el cercano embarcadero mientras expulsa una columna de humo negro que se eleva hacia el claro cielo azul. Introduce la mano en el bolsillo y sus dedos rozan la hoja, la acarician con ternura, como acariciaría la mejilla de un bebé. Es muy pequeña, apenas mide diez centímetros. Sin embargo, sabe que con ese diminuto estilete su destino quedará ligado para siempre al de la emperatriz Isabel, la mujer más hermosa y más querida del mundo. Todos aquellos que la aman tendrán que recordarlo también a él.

Primera parte

Capítulo 1

Palacio de Gödöllő, Hungría

Verano de 1868

 

Sissi podría haber dado un sinfín de explicaciones de por qué era tan distinto. Si alguien le hubiera preguntado, le habría resultado muy fácil dar una respuesta. Pero ¿cuál era la verdad?, pensaba. ¿Por qué el ocaso en Gödöllő, su residencia oficial a las afueras de Budapest, le parecía tan diferente del ocaso en Viena?

Podría haber dicho que por el paisaje: el salvaje, indómito y acogedor paisaje. Allí, a la tenue luz de la inminente noche, los campos se extendían ante ella en suaves ondulaciones de color verde claro hasta encontrarse con miles de hectáreas de bosques vírgenes. Las flores silvestres salpicaban los valles, nada que ver con los prados y los jardines imperiales de Viena, donde los correctos y elegantes tulipanes delimitaban unos jardines tan simétricos y tan bien cuidados que daba la sensación de que el hombre había sometido a la naturaleza por completo. Y, por supuesto, así había sido en Viena.

¿O era por los sonidos de Gödöllő a la hora del crepúsculo? Al ponerse el sol resonaban los ladridos de sus perros pastores; las carcajadas alegres de los mozos de cuadra húngaros mientras cepillaban sus caballos; los cantos de los grillos y de las ranas que se despedían del sol desde los pastos, la orquesta de la naturaleza afinaba sus instrumentos para la sinfonía nocturna. Era un conjunto de sonidos del todo distintos a los de Viena, donde Sissi podía oír el paso marcial de la guardia imperial mientras hacía la ronda por los patios, el traqueteo de los carruajes al atravesar las puertas del palacio de Hofburg, los gritos de la muchedumbre vienesa congregada a las puertas del palacio a todas horas, suplicando que les diera un florín o les permitiera atisbar su afamada figura, sus legendarios peinados.

Tal vez era el aroma que flotaba en el aire. Allí, la brisa traía una amalgama de olores dulces: la sutil fragancia de las rosas silvestres y las acacias; el almizcle terroso de los establos; el intenso perfume de la hierba crecida, la paja y el barro. Era un ramillete de olores muy agradable y natural, distinto de lo que se respiraba en Viena, donde inhalaba el asfixiante olor del agua de colonia de los serviles cortesanos; el hedor de tantos cuerpos y tantas bacinillas llenas en el palacio de Hofburg; el miedo de los aristócratas siempre vigilando, calculando cómo trepar o derribar a un rival. Sí, el miedo podía olerse. Sissi, después de tantos años en Viena, lo sabía.

Pero no, no era el paisaje, ni los sonidos ni el olor lo que hacía que el ocaso en Hungría fuera tan distinto del ocaso en Austria. No se trataba de algo fuera de ella o alrededor de ella; era algo que llevaba dentro. Era cómo se sentía ella cada anochecer lo que hacía que Gödöllő fuera tan distinto a Hofburg.

En Viena, a esas horas, Sissi estaría agotada. Le dolería la cabeza por alguna desagradable discusión con su marido o con su obcecada suegra. Tendría el estómago revuelto, notaría una opresión en el pecho por la ansiedad de llevar todo el día intentando separar los cotilleos y los rumores de la verdad, de asimilar la opinión o la desaprobación que creía ver en la cara de cada uno de los cortesanos. Estaría preparándose para soportar una noche en la corte imperial…, una tediosa noche envuelta en el damasco y el oropel de las estancias oficiales, el sonido de los violines apagado por el parloteo sobre escándalos triviales. Pasaría las horas viendo cómo las mujeres rondaban a su marido y forzando una sonrisa cuando los hombres le regalasen los mismos cumplidos que empleaban noche tras noche. Los días en Viena eran largos, pero las noches eran interminables… y Sissi se arrastraba de regreso a sus aposentos agotada, exhausta. Tan cansada que temía el día siguiente antes de que llegara.

En Gödöllő también se sentía cansada, pero de la mejor manera posible. Como un recipiente vacío, ligera y sin cargas. Ese día, al igual que todos los días en su residencia húngara, Sissi había sido libre. Llevaba en el exterior desde las cinco de la mañana, pues se había despertado a las cuatro. Siguiendo su rutina diaria, había cabalgado largo y tendido y había regresado para un almuerzo ligero a mediodía. La tarde la sorprendió de nuevo a lomos de su caballo, de vuelta a los prados y los bosques, donde practicaba saltos, galopaba hasta quedarse sin aliento y se reunía con su simpático vecino, el príncipe Nikolaus Esterházy, para cazar zorros y galopar por aquel indómito paisaje.

Por eso el ocaso en Gödöllő era siempre tan diferente. Cuando el sol comenzaba a ponerse sobre los campos al oeste, hacia donde se encontraba Budapest, el cuerpo de Sissi se quejaba de un cansancio placentero y bien merecido. Sus mejillas, relucientes por el limpio aire campestre y el ejercicio físico, lucían un intenso rubor. Tenía el corazón contento; el ánimo, alegre; el cuerpo, fuerte.

Y así era como se sentía Sissi esa calurosa noche estival, cuando entregó las riendas de su caballo a un mozo húngaro y le sonrió con dulzura. Echó a andar hacia el palacio, cuya cúpula rojiza creaba una silueta ensoñadora contra el cielo. Incluso ese edificio, caprichoso y sin pretensiones, contrastaba con la sólida y majestuosa residencia imperial en Viena, el palacio de Hofburg. Mientras recorría con la mirada la fachada de color rosa y crema, sus ojos volaron a la segunda planta y se posaron en la ventana del ala este. Sonrió y aceleró el paso. Casi había esperado ver la carita de querubín mirándola desde la ventana junto a una vela recién encendida; y de repente no pudo contener las ganas de entrar en el palacio, ese lugar donde había creado su hogar, donde había erigido un refugio de tranquilidad y libertad lejos del asfixiante poder de Viena y de la corte imperial.

—Hola, Shadow. —Su perro preferido, un animal descomunal de pelo rizado y blanco, saltó y le dio un lametón de bienvenida cuando llegó a la puerta principal—. ¿Me has echado de menos? —Sissi acarició al enorme sabueso, saludó con un gesto de la cabeza a un criado y entró en el vestíbulo con el perro, que hacía honor a su nombre y la seguía como su sombra.

—Emperatriz Isabel. —Ida Ferenczy, dama de compañía de Sissi y vieja amiga, hizo una reverencia cuando la vio entrar.

A su lado roncaba el otro perro de la emperatriz, un rechoncho san bernardo llamado Brave. Su suegra odiaba los perros grandes. La archiduquesa Sofía solo tenía perros lo bastante pequeños para sentarlos en su regazo. Tal vez por eso, allí, en Gödöllő, Sissi se había rodeado de bestias enormes y cariñosas.

—Hola, Ida. —Sissi tiró los guantes de montar a una silla cercana y atravesó el espacioso vestíbulo de techo alto hacia su dama de compañía—. Enseguida me cambio de ropa. He echado de menos a mi pequeña. ¿Va todo bien en la habitación de la niña?

—La archiduquesa Valeria se encuentra en perfecto estado de salud esta noche, gracias a Dios.

—¿Ha llorado hoy?

—Solo lo normal en cualquier niño de su edad. Según la niñera, la archiduquesa se ha tomado la leche sin incidentes y debería estar de buen ánimo para la visita de Su Majestad Imperial a su habitación.

—Bien. Me cambio y voy a verla.

—Por supuesto. ¿Ha disfrutado hoy Su Majestad Imperial de su paseo a caballo?

—Sí. —Sissi se dirigió a la amplia escalinata que conducía al piso superior y a sus aposentos—. Ha sido un día maravilloso. El zorro creyó que había encontrado un refugio seguro en los bosques meridionales, pero Nicky lo obligó a salir y casi… —Se detuvo en los escalones; su mente iba en varias direcciones a la vez

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