Loading...

SOñANDO CON EL DEMONIO (ABRAZANDO LA OSCURIDAD 2)

Alina Covalschi  

5


Fragmento

ALMAS CONDENADAS

La música explotaba a todo volumen de los altavoces y las luces brillantes cegaban mis ojos. Había personas ebrias bailando eufóricas a mi alrededor, sin embargo, no les hice caso. Empezaba a sentirme mareada, nunca había estado en un lugar tan sofocante. Mis párpados se apretaron con fuerza. La ansiedad se arremolinaba en la boca de mi estómago como un huracán.

—Este lugar no me gusta. —Abrí los ojos de golpe y le di un pequeño empujón a Sheila con mi hombro—. Me voy.

—Espera, Vivian. —Tiró de mi brazo, pero apenas consiguió mover mi cuerpo.

Mis poderes se habían incrementado, tanto que se habían apoderado de mi cuerpo por completo. Desde que me había ido de casa, los sueños se habían vuelto aterradores y más reales. Había huido sin mirar atrás. Había abandonado a mi madre y a mis amigos para encontrar otro rumbo.

Tenía quince años cuando me fui, sin embargo, no había estado sola. En la estación de trenes había encontrado a Sheila, una chica muy peculiar que se había convertido en mi mejor amiga.

Por las noches soñaba con mi madre llamándome para que regresara a casa. Estaba sufriendo, podía sentirlo, pero no quería hacer lo que ella me pedía. Me negaba a creer que yo era especial y que por mis venas corría sangre de demonio.

Llevaba más de veinte años ayudando a todos los humanos que perdían sus almas y cada vez se me hacía más imposible. Los otros demonios me derrotaban en el sueño y terminaba llorando con lágrimas de sangre. Eran sueños de tránsito y veía con detalles como las personas morían.

Sheila miró fijamente los dedos que resbalaban en mi brazo y cerró los ojos.

—Tienes que volver a tu casa, Vivian. Seguramente tu madre sabe...

—No voy a volver a ese lugar. Ella quiere que haga cosas raras. —Me sequé la frente de sudor y miré a mi alrededor.

La gente bailaba y gritaba sin parar. Me gustaba salir de fiesta con Sheila, pero ese club tenía algo que no me gustaba. Me sentía vigilada.

—No voy a insistir más —dijo, soltando un bufido—. Pero quédate un ratito más. Hay un chico muy guapo que me hace ojitos.

—Está bien. Me quedo una hora más. —Miré su escote amplio y gruñí—. Seguramente

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta